¿Comulgar sin participar de la fe y de la vida de la Iglesia?

PREGUNTA: ¿Qué puedo contestar a quien me dice “comulgo porque lo importante es la relación directa con Dios. No soy parte de la Iglesia ni de sus ritos, porque no creo en ella.., pero sí creo en el Dios cristiano”?

En primer lugar -como siempre en el apostolado- tendrás que rezar por esa persona.
Y tratar de explicar las cosas con calma, sin pretender “convencerla”, ya que en las discusiones cada persona se cierra más en su postura, en lugar de abrirse a entender…

Habría que explicarle que una religión supone coherencia con ella. Si yo participara de unos ritos en los que no creo, estaría faltando sinceridad: los ritos de los que participo expresan exteriormente mi adhesión interior a lo que significan. Y además, con ello ofendería a los creyentes, ya que implícitamente les estaría diciendo que no valoro sus creencias.
Se trata de una ofensa a una fe de la que no se participa: una cosa es no tener fe y otra muy distinta simular esa fe buscando no se sabe qué tipo de unión con Dios…
Los cristianos creemos que en el Eucaristía está presente Jesucristo, y que por eso, recibirlo sin las debidas condiciones (la primera de las cuales es la fe) supone un grave sacrilegio.
A quien comulgara sin fe en la Iglesia, le pediría con cariño que no lo haga. Si no cree en la Iglesia, comulgar sería una farsa. Realizaría un gesto de comunión sin la menor comunión… estaría mintiendo.
También tendría que darse cuenta que ofende a Dios: quien creen en la Eucaristía cree que no es un trozo de pan, sino Cristo mismo. Por eso, comulgar sin fe, es una ofensa a Dios. Sería pretender unirme con Él a través de algo en lo que no creo… profanaría el signo de unión en el que no creo.
Si no cree, tendría que mostrar su respeto por la fe que no tiene, no participando de ella.
En cuanto a que lo importante es la relación con Dios, esto eso es obvio. Pero… esa relación tiene un cauce concreto…
Dios quiso hacer nuestra relación con Él más cercana, accesible a nuestra experiencia. Siendo espíritu puro, no tenemos experiencia física de Él: ¿cómo podríamos tener una relación con un Dios con el que no pudiéramos tener contacto?
Por eso se hizo Hombre: para que encontráramos a Dios en Jesucristo.
Y Jesús para eso envío el Espíritu Santo e instituyó la Iglesia: para que el Espíritu actuando en la Iglesia hiciera posible nuestro encuentro con Él.
Sin la Iglesia no podríamos tener a Jesús: la Iglesia nos transmite su palabra en la Sagrada Escritura y nos da su gracia en los sacramentos (que Jesús instituyó y confió a la Iglesia), sobretodo el don más precioso que es la Eucaristía.
Por todo eso tendría que aclararse a sí misma, analizar qué significa cuando dice que cree en el Dios cristiano… sin creer en la Iglesia, ni en sus enseñanzas… Aclararse qué es creer y qué es en concreto lo que cree…
El Dios cristiano es un Dios que se ha revelado… Por eso no es coherente con su concepción querer decidir qué es importante y qué no en la relación con Dios: nosotros no somos Dios…, no decidimos la fe… la recibimos de Él.
Por ser una religión revelada no surge de nosotros, la recibimos de Dios. Esto no lo podemos demostrar matemáticamente… pero lo creemos firmemente. Se puede creer o no creer, aceptarla o no; pero no tiene sentido “usar” ritos en los que no se cree buscando una experiencia de lo divino.

Para aprender a vivir de fe y para rezar por los perseguidos y refugiados

Ankawa Mall Maryam es una niña cristiana iraquí cuya familia tuvo que huir de su casa cerca de Mosul cuando ISIS [Estado Musulman] tomó el control de su ciudad a mediados 2014. Huyeron de la muerte y del horror hacia Arbil, en la zona relativamente segura de la región autónoma del Kurdistán, donde vive como refugiada junto a su mamá. Ella contó su historia a Essam Nagy, el presentador de un programa para niños SAT-7 KIDS… Un hombre que se sintió tan pequeño ante la grandeza de esta pequeña y claro no pudo dejar de conmoverse ante las respuestas de esta pequeña… El perdón libera y hace más ligero el alma… GRACIAS MARYAM por tu testimonio.

¿Por qué necesitamos la Misa del domingo?

Para bajar en Word: Por qué necesitamos la Misa del domingo

No vamos a cumplir una regla, vamos por una necesidad existencial: la necesidad de unirnos con Dios y “divinizar” nuestra vida.

10 motivos fundamentales

  1. El domingo es el día de la resurrección de Cristo, día de la nueva creación, de la vida nueva glorificada. La Misa nos hace participar –a través de un gran milagro– de esa resurrección. Así introduce en nuestra vida la vida eterna de Jesús resucitado. Esa vida divina “entra” en nuestra vida por la participación en la Misa. Somos redimidos y santificados. Sin la Misa nuestra vida queda reducida a la sola dimensión temporal –por tanto transitoria y caduca–, se ve privada de su enriquecimiento sobrenatural. Por tanto, lo 1º: aporta la dimensión de eternidad a nuestra vida.
  2. Dios baja a nosotros y nos da el sacrificio de su Hijo para que se lo ofrezcamos. Es imposible pensar en algo de mayor valor para ofrecerle. Con la Misa le ofrecemos el sacrificio perfecto. Lo 2º: ofrecemos a Dios lo único digno de Dios que podemos ofrecer.
  3. La Misa dominical centra nuestra vida en Dios. La semana es una unidad de tiempo fundamental de nuestra vida. El centro de la semana lo tenemos en el domingo (“dies Domini”: el día del Señor). Con la misa centramos nuestra semana en Dios, todo gira en torno al altar: consagramos la semana que hemos vivido y ponemos en las manos de Dios la que tenemos por delante. Así divinizamos nuestra vida semana a semana, domingo a domingo. 3º: La Misa garantiza que nuestra semana esté centrada en Dios.
  4. Concreta el mandamiento de “amar a Dios sobre todas las cosas”. La asistencia a Misa semanal pone de manifiesto que no hay actividad que prioricemos ante el gran don de Dios de la Eucaristía (descanso, deporte, viajes, asados…). Así Dios es lo primero en mi vida, no de un modo teórico, sino existencial.
  5. Es el alimento que necesitamos. En nuevo maná. Necesitamos alimentar nuestra alma semanalmente. ¿Cada cuánto alimentamos nuestro cuerpo? ¿Qué necesidad de alimento tiene nuestra alma?
  6. La necesitamos para dar un nuevo valor a lo que hacemos. Es fuente de gracia y santidad. En la misa dominical ofrecemos toda la semana: así la santificamos, le damos una dimensión divina que no tiene al margen de la Misa. Así la Misa asume toda la semana y Dios pone otra dimensión a la humana: del tiempo a la eternidad.
  7. Crea comunión eclesial. No amamos a Dios solos, no le damos culto solos, sino en comunión de caridad, unidos a nuestros hermanos. Así la Misa dominical supera un posible individualismo y nos integra en la oración común. Porque como miembro de la familia de Dios, rendimos culto a Dios de acuerdo a nuestra naturaleza social, junto a nuestros hermanos. El culto a Dios no es sólo interior (en tu corazón) sino también exterior (que los demás vean tu fe) y comunitario (dar culto unido a tu hermanos). Es decir, es necesario reunirnos con otros para adorar juntos a Dios. Más allá de tus gustos personales, asistís a Misa no por vos mismo (porque te guste) sino para mostrar tu reverencia al Omnipotente en comunión con los demás. Nuestra relación con Dios tiene una dimensión comunitaria. No basta rezar solo, tampoco en familia, hace falta hacerlo unidos a nuestros hermanos en la fe. En este sentido es un acto de comunión con nuestros hermanos en la fe: compartir lo más importante que tenemos: la Eucaristía, es decir, Cristo mismo. En este sentido faltar sería un desprecio de tus hermanos y una falta de unidad.
  8. Tenemos que obedecer a la Iglesia. No es cuestión de un capricho del Papa, sino de una necesidad. En el siglo IV, la Iglesia se vio obligada a imponer este precepto para garantizar a sus fieles el mínimo de vida eucarística que necesitan. La Sagrada Escritura da una gran importancia (cfr. Adán y Eva, diluvio, Abraham, Saúl…). Desde esta perspectiva, faltar a Misa es un acto de desobediencia. Este precepto de la Iglesia concreta el tercer mandamiento del Decálogo: Santificar las fiestas. La gran fiesta es el domingo, y se santifica con la participación en la fuente de santidad, que es la Misa.
  9. Si faltáramos (sin un motivo serio que nos lo impida) cometeríamos un pecado grave. El precepto que obliga a los bautizados a asistir a Misa los domingos y fiestas supone una obligación grave: su incumplimiento también lo es.
  10. En el caso de los padres: no sólo está en juego su deber personal de asistir a Misa, cuando faltan impiden que sus hijos asistan, ya que cuando son menores, no pueden ir solos. Basta recordar las palabras de Jesús: “dejen que los niños vengan a Mí y no se lo impidan” (Mt 19,14).

Otros seis motivos no menores.

  1. Porque Dios es nuestro Creador y debemos dedicarle un tiempo semanal. Es la manifestación de vivir centrado en Dios y en la salvación: vivir el año centrado en la Pascua; la semana, en el domingo; el domingo, en la Misa. Tu Creador ha dispuesto que un día de la semana sea para El: “Acuérdate da santificar el día sábado. Los seis días de la semana trabajarás y harás todas tus labores. Mas el séptimo es sábado, consagrado al Señor tu Dios” (Exodo 20,8-10). Y parece que tiene derecho a tu obediencia. Faltar sin un motivo serio a Misa es una desobediencia evidente (decirle a Dios “no te quiero dar mi tiempo”). Y más allá de la obediencia… Dios se lo merece.
  2. Porque necesitamos de la Eucaristía para vivir una vida realmente cristiana. Es una necesidad vital, de manera que sin la Eucaristía semanal, no nos darían las fuerzas espirituales para vivir como un hijo de Dios.
  3. Porque sin la Eucaristía no tendríamos acceso a la vida eterna. Jesús no dejó lugar a dudas: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre”; “en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo de Dios y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros”; “el que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna” (cfr. Juan 6,30-58)
  4. Porque Jesús nos invita a su mesa y sacrificio. El lo mandó explícitamente a sus discípulos al instituir la Eucaristía: “Hagan esto en memoria mía”. Asistir a Misa no es más que cumplir este mandato del Señor. Y no es sólo una memoria histórica, es una memoria que lo hace presente. Jesús te invita y se te entrega… no responder, ser indiferente su llamado, sería un desprecio bastante considerable.
  5. Porque viviendo en una sociedad que en muchos aspectos no es cristiana, la Misa es la primera manera de defender, robustecer y manifestar nuestra fe. Es necesaria para “proteger” tu espíritu del materialismo sofocante que nos rodea: que tu espíritu pueda al menos una vez a la semana “respirar” un aire espiritual. Además es el primer testimonio cristiano: los demás necesitan tu ejemplo. ¿Te das cuenta qué testimonio de fe da a los que no creen… quien dice creer y muestra no valorar lo que cree?
  6. Porque es mucho mejor ir que no ir. Puede parecer tonto… pero para quien aspira a lo mejor… alcanzaría solo este motivo. Yo no creo que haya un plan más santo y santificante para el domingo. Seriamente, ¿te has puesto a pensar qué es lo que Dios quiere que hagas? Si el domingo se te apareciera un ángel y le preguntaras ¿que hago, voy a Misa o me quedo viendo una película? ¿qué pensás que te contestaría? Es claro que el más interesado en que no vayas a Misa es el demonio… De esto no cabe duda.

Motivos comúnmente aducidos para perderse el tesoro de la Misa

  1. Me aburro. La acusación más frecuente contra la Misa es que es aburrida. En primer lugar a Misa no vamos a divertirnos… Es un problema personal a resolver: no parece que Dios sea aburrido -es la perfección absoluta-. Además si tanta gente va a Misa con gusto, algunos incluso todos los días… será que algo le ven… que a vos se te escapa… La solución será descubrir qué tiene la Misa para que los cristianos la consideren tan importante.
  2. Tengo fiaca. “Prefiero quedarme durmiendo”. No parece que sea un motivo muy racional, meritorio o valioso que merezca ser tenido en cuenta.
  3. No tengo ganas/No lo siento. ¿Tus ganas son más importantes que la voluntad de Dios? Además a Misa no vas porque a vos te guste sino para agradar a Dios. Se va a Misa a honrar a Dios y no a honrarte a vos. Es decir que mientras que a Dios le agrade… no hay problema… la cosa va bien. Y si te cuesta… ¿acaso Dios no merece ese sacrificio que incluso hace más valioso y meritorio el acto?
  4. Es siempre lo mismo. Si se tratara de una obra de teatro o de una película… estaría absolutamente de acuerdo con vos. Pero no es una representación teatral… Es algo vivo, que pasa ahora. No sos (al menos no deberías ser) un espectador. Sos partícipe, actor. Imagináte que alguien dejara de asistir a un asado porque en los asados siempre pasa lo mismo… (perdón a la Misa por la comparación).
  5. Desinterés. Las cosas de Dios no me interesan. Si Dios te resbala… estás en problemas… Habrá que ver cómo solucionar la falta de apetencia de lo divino… que te hace no apto para el cielo… y desarrollar la sensibilidad espiritual.
  6. No tengo tiempo. No parece que lo que te pide Dios -1 de las 168 horas de la semana- sea una pretensión excesiva. En concreto, quien te creó, te mantiene en el ser y te da lo que te queda de vida -y sólo El sabe de cuánto se trata…- se merece el 0,59% del tiempo que El te da. Si no tenés tiempo para Dios… ¿para quién lo vas a tener?
  7. Otros planes mejores. No parece que a Dios le interese competir con el fútbol, hockey, cine… No te olvides que el primer mandamiento es “amar a Dios sobre todas las cosas”… Si tenés otros planes que te importan más que Dios… quizá el problema más que en el tercer mandamiento está antes en el primero…
  8. Tengo dudas de fe. La fe es un don de Dios, con lo cual hay que pedirla. Alejarte de Dios dejando de ir a Misa, no parece el mejor método para resolver dudas la fe e incrementarla… La frecuencia de sacramentos -confesión y comunión- es la más efectiva manera de aumentar la fe.
  9. Estoy peleado con Dios. “Hubo algo que pasó en mi vida (la muerte de un ser muy querido, un fracaso muy doloroso, una enfermedad… o cualquier otra tragedia) que me hizo enojar con Dios: si El me hace esto… ¿por qué yo voy a ir a Misa? Es la manera de mostrarle a Dios mi disconformidad con la forma de tratarme”. Hay quienes dejan de ir a Misa como una manera de vengarse de Dios. Pero, en los momentos de dolor ¿no será mejor refugiarnos en Dios y buscar su fortaleza más que reaccionar como un chiquito caprichoso de tres años? Él sabe más… Además, acusar de maltratarnos a quien más nos quiere y murió por nosotros… ¿no será demasiado? ¿No seré yo el que pierdo… alejándome de Dios?
  10. “Hay gente que va y después se porta mal”. “Yo no quiero ser como ellos”, decís seguro de vos mismo. “Además, hay otros que no van, y son buenos”. Es evidente que ir a Misa sólo no basta. Pero, no se puede mezclar la física nuclear con el dulce de leche, ya que las dos cosas no tienen nada que ver. En quienes van y después no son honestos, lo que es malo es ser deshonestos… no el hecho de ir a Misa… que sigue siendo algo bueno aunque ellos después se porten mal fuera de la Misa… Además la causa de su supuesta deshonestidad no es el ir a Misa. Lo mismo se puede decir de los “buenos” que no van a Misa: su “bondad” no procede de su falta de Misa… y tan “buenos” no serán si les falta una dimensión tan importante de bondad como la bondad misma… es decir Dios. Por otro lado, yo creo que nadie se atrevería a afirmar que los que no van a Misa son mejores que los que van… Finalmente, esto no es un concurso de bondad, ni comparaciones… sino tratar de determinar cuán bueno es ir a Misa. Y claramente, el dejar la Misa no mejora a nadie…
  11. No me he confesado y entonces no puedo comulgar. No es necesario comulgar, ni hay ninguna obligación de hacerlo. No comulgar no es pecado; no ir a Misa, sí. Además el problema se solucionaría bastante fácilmente con una breve confesión…
  12. Llevarle la contraria a mis padres. Ofender a Dios para hacer sufrir a tus padres no parece una actitud muy inteligente…
  13. El cura me cae mal. Por más tonto que te parezca el cura, no vas a Misa para darle el gusto, ni para hacerle un favor. El no gana ni pierde nada con tu asistencia o ausencia. El que gana o pierde, sos vos: tu amor a Dios. Además… estoy seguro de que la ciudad en que vivís es lo suficientemente grande como para que puedas encontrar alguno que te caiga más simpático…

Cómo conseguir disfrutar de la Misa

  1. El sistema básico consiste, primero, en ir a Misa: nunca nadie ha conseguido valorar la Misa a base de no ir.
  2. Para gozar la Misa hay que entenderla, para entenderla hay que saber qué es. No se puede disfrutar si no se sabe lo que pasa. Un misterio de amor infinito está escondido en signos, habrá que conocer esos signos. Hay muchísimos libros y folletos… los encontrarás en cualquier librería.
  3. Tratar de vivir la Misa. No asistir como una estatua, estar atento, responder, rezar, cantar, evitar las distracciones, etc. Es decir que “gozar” la Misa depende más de uno que de la Misa…
  4. Leer y meditar los textos de la Liturgia. Tiene una riqueza inagotable, de manera que nadie que medite las partes y oraciones de la Misa puede aburrirse. Es absolutamente imposible. No se encuentra un límite, de manera que siempre se les puede sacar nuevos sentidos, matices, dimensiones, etc.
  5. Hay oraciones lindísimas para preparar el corazón para tan importante encuentro con Dios.

P. Eduardo Volpacchio (La Plata, 27.8.2015)

Nota: Este artículo es una nueva versión de uno publicado hace unos años.

The big picture: la esencia del cristianismo en pocas líneas

En Power point: La esencia del cristianismo

¿Qué es el cristianismo y la vida cristiana en su esencia?

* El cristianismo se reduce a sólo dos misterios de fe: la Trinidad y la Encarnación.

* Dios infinito, no es soledad, ni energía: es una comunión infinita: amor.

* Es un tema central. Padre, Hijo y Espíritu Santo: un solo Dios: comunión infinita, unión absoluta. Todo en Dios es uno. Explosiva riqueza infinita, por eso poder creador.

* Crea universo, en él al hombre, su imagen y semejanza (¡cuántas consecuencias…!). Para qué: para conducirlo a la plenitud. Plan creador: las cosas salen de Dios para alcanzar su plenitud dirigiéndose a Dios, en quien serán transformadas definitivamente al final de los tiempos (exitus y reditus).

* La plenitud del hombre está en la comunión con Dios: vivir en su vida de felicidad infinita. Imagen de Dios, está abierto a la plenitud (por eso nada lo sacia). Llamado a la comunión con Dios, donde encontrará la realización total, la plenitud y la felicidad.

* El Pecado. El hombre busca su plenitud al margen de Dios, y se autodestruye.

* La Redención: Dios se hace hombre.

* Para divinizar al hombre: unión de Dios y el hombre no es un sueño, es una realidad en Cristo. ¿Cómo redime? Con un acto monumental de amor: su amor convierte un acto de crueldad atroz en una entrega amorosa. Entonces resucita glorioso, con una vida eterna.

* Nosotros estamos llamados a esa vida. Para eso hemos de participar de su muerte y resurrección: es camino a la gloria.

* ¿Qué es ser cristiano? Haber sido hecho hijo de Dios: haber recibido una vida nueva: divina. Una vida a la que la muerte no puede hacer nada. Llamado a la felicidad perfecta. Eso es lo que buscamos, no nos conformamos con menos.

* ¿Qué es esa vida? Acá en la tierra es la vida de la gracia.

* ¿Qué es la gracia?: una participación de la vida divina. Que al identificar con Cristo, hace hijo de Dios. ¿Cómo es posible? por la acción del Espíritu Santo.

* ¿Qué es estar en gracia? Tener esta vida divina en nosotros.

* Por eso es necesaria para comulgar… para confirmarse…

* ¿Cómo se recibe? De modo sacramental.

* ¿Qué son los sacramentos? Siete ritos que Jesús instituyó para comunicarnos la vida divina y el auxilio necesario para vivir como hijos de Dios toda la vida.

* Hay un rito para cada necesidad existencial. Un medio instituido por Cristo para transmitir gracia divina. No se ve, como no se ve diferencia en la hostia antes y después de la consagración. Como no se veía la divinidad de Cristo.

*Por la acción del ES, la vida divina pasa a nosotros: morimos con Cristo al pecado y  resucitamos a la vida divina.

*Liturgia: acción de Cristo. Es muy fuerte. No son acciones humanas. Tienen un valor divino y sobrenatural.

*Bautismo: Cristo Bautiza… Misa: Cristo celebra… Confirmación: Cristo envía el ES con el Padre. Muertos en la muerte de Cristo, sepultados con Él (por eso la inmersión en agua), resucitamos con Él: una nueva criatura.

*Así somos una nueva criatura: vivimos una vida divina: la gracia en nosotros sobrenaturaliza -santifica- todo lo que vivimos, hacemos, nos sucede…, que así adquiere una nueva dimensión: se hace eterna, trascendente, gloriosa… en la aparentemente simplicidad de lo de todos los días…

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2015

El Miércoles 18 de febrero comienza la Cuaresma. Aquí tienes el Mensaje del Papa para este año.

Para bajar el Mensaje en Word: Francisco Cuaresma 2015

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2015

Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

  1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

  1. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf.Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

  1. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís