Amor conyugal y apertura a la vida

Amor conyugal y apertura a la vida

(Charla dada por Zoom, desde el CUP, Córdoba, Argentina, el 27 de agosto de 2020).

Vamos a hablar de la antropología del acto conyugal, ese acto específico en el que los esposos corporalmente expresan y sellan esa unidad existencial que han realizado en el matrimonio.

Comenzaremos con tres cuestiones previas, para enmarcar la cuestión.

El particular modo de aproximar las cuestiones morales, para progresar en su entendimiento, unas premisas que damos por supuestas y el progresivo vaciamiento de la sexualidad que se ha realizado en un poco más de medio siglo.

Cómo progresar en la comprensión de las cuestiones morales

En primer lugar hace falta buenas disposiciones morales. Si no las tengo (si no estoy dispuesto a vivir aquello) es muy difícil que lo entienda. Porque no es como las matemáticas, en las que 2+2=4 no tiene implicancias existenciales. Las cuestiones morales, sí. Por ejemplo: quien es egoísta tiene serias dificultades para entender la justicia, porque siempre pensará que le corresponde más de lo que en realidad le corresponde: no entenderá qué es lo justo, porque su mirada carece de imparcialidad.

Peleas por herencias familiares. Con frecuencia, alguno trata de sacar una tajada más grande… incluso convencido de que lo merece, que los demás le están haciendo la guita (como dicen los tucumanos). O esos jueces coimeros que piensan que es justo que les den una gratificación. Porque no es justo que los abogados se lleven suculentos honorarios, cuando es él quien hace gran parte del trabajo…

Una segunda idea, es que en las cuestiones morales se avanza en su entendimiento de forma de espiral: dando vueltas a los asuntos, mirándolos desde distintas perspectivas, me voy acercando. Hace falta tiempo, leer…

En un mundo supererotizado, no pretendo que con esta charla, agotar sus inquietudes sobre el tema. Sí ayudarlos a da un paso racional hacia el entendimiento de la relación entre el amor conyugal y la apertura a la vida.

Lo que diremos no es cuestión cumplir de reglas. Son exigencias antropológicas de la persona humana. Lo que la realidad exige para recorrer el camino de la plenitud y la felicidad. Procede de la razón –que es capaz de discernir el bien y el mal en la conducta–. En esta tarea se ve ayudada por la revelación divina y por el Magisterio de la Iglesia, que es su intérprete auténtico.

Cuatro premisas para encarar este tema:

  • La unidad corpóreo espiritual que es el ser humano, que hace que el cuerpo sea expresión de toda la persona. Esto lleva consigo que haya un lenguaje del cuerpo, y que por tanto haya verdad o falsedad en sus expresiones. Sonrisa, si/no, saludo… si te abrazo para robarte la billetera, estoy traicionando el abrazo, lo prostituyo.
  • La naturaleza sexuada del ser humano. No existe en neutro: dos modalidades: mujer y varón. En todo el ser: cuerpo –hasta la última célula–, psicología, afectividad, cerebro, forma de pensar… Complementariedad que permite llegar a ser una sola cosa, una carne…
  • El amor total que supone el matrimonio. Cuerpo, alma, presente y futuro, dinero… Implica: exclusivo, definitivo, para siempre…
  • El sentido de la sexualidad como vehículo corporal del amor. El amo ser expresa sexualmente a través de la feminidad y la masculinidad.

El progresivo vaciamiento de la sexualidad

En los últimos 60 años ha habido cuatro divorcios fatales para el sexo. Lo han ido vaciando de contenido, robándole lo más valioso… hasta dejar solo el placer.

1º se lo separó de la procreación (anticoncepción)

2º se lo separó del matrimonio: no hace falta estar casados: prematrimonial, “pareja”.

3º se lo separó del amor: amor libre, amigos con derechos, actividad lúdica: juntos pero no unidos.

4º se lo separó de la corporeidad (de la biología), autopercepción. Todos con todos…

Así se lo fue empobreciendo, vaciando de significado, de valor, despersonalizando, deshumanizando, instrumentalizando. Sólo resta compadecerse: ¡pobre sexo!

De algo sagrado pasó a ser algo tan banal que no es nada. La persona es la que pierde…

EL AMOR ES FECUNDO

Por definición el amor conyugal está abierto a la vida.

Francisco le dedica el 5º capítulo en Amoris laetitia. Veamos los tres primeros números.

Capítulo quinto. AMOR QUE SE VUELVE FECUNDO

165. El amor siempre da vida. Por eso, el amor conyugal «no se agota dentro de la pareja […] Los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre» (JPII; FC 14).

Uno dice: ¡Wow!

Los hijos están en el amor de sus padres, antes de ser concebidos.

Acoger una nueva vida

166. La familia es el ámbito no sólo de la generación sino de la acogida de la vida que llega como regalo de Dios. Cada nueva vida «nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, que jamás deja de sorprendernos. Es la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen» (Catequesis 11.2.15). Esto nos refleja el primado del amor de Dios que siempre toma la iniciativa, porque los hijos «son amados antes de haber hecho algo para merecerlo» (Id).

Y ya enseguida el Papa entra en la mentalidad antivida, con una descripción que hace patente la crueldad y egoísmo que lleva consigo.

Sin embargo, «numerosos niños desde el inicio son rechazados, abandonados, les roban su infancia y su futuro. Alguno se atreve a decir, casi para justificarse, que fue un error hacer que vinieran al mundo. ¡Esto es vergonzoso! […] ¿Qué hacemos con las solemnes declaraciones de los derechos humanos o de los derechos del niño, si luego castigamos a los niños por los errores de los adultos?» (Catequesis 8.4.15). Si un niño llega al mundo en circunstancias no deseadas, los padres, u otros miembros de la familia, deben hacer todo lo posible por aceptarlo como don de Dios y por asumir la responsabilidad de acogerlo con apertura y cariño. Porque «cuando se trata de los niños que vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será considerado demasiado costoso o demasiado grande, con tal de evitar que un niño piense que es un error, que no vale nada y que ha sido abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres» (Ibid).

Tema central: la cooperación de los padres y Dios en la generación de nuevos seres humanos.

Un paréntesis antes: en los seres humanos hablamos de procreación y no de reproducción como en los animales. Porque Dios participa del asunto, creando el alma personal.

El don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de la vida eterna.

Contexto existencial de los hijos: toda la eternidad. Tema central: ¿para qué tienen hijos? Dar la existencia a personas para que sean felices por toda la eternidad. No cabe mayor generosidad…

Yo no puedo hacer eso: yo ayudo a llegar al cielo a seres que ya existen…

Una mirada serena hacia el cumplimiento último de la persona humana, hará a los padres todavía más conscientes del precioso don que les ha sido confiado. En efecto, a ellos les ha concedido Dios elegir el nombre con el que él llamará cada uno de sus hijos por toda la eternidad.

Por eso no tiene sentido, pensar solo en coordenadas económicas, sociales… terrenales en última instancia.

Y termina la introducción al capítulo, con una referencia a las familias numerosas.

167. Las familias numerosas son una alegría para la Iglesia. En ellas, el amor expresa su fecundidad generosa. Esto no implica olvidar una sana advertencia de san Juan Pablo II, cuando explicaba que la paternidad responsable no es «procreación ilimitada o falta de conciencia de lo que implica educar a los hijos, sino más bien la facultad que los esposos tienen de usar su libertad inviolable de modo sabio y responsable, teniendo en cuenta tanto las realidades sociales y demográficas, como su propia situación y sus deseos legítimos» (JPII).”

¿Cuántos hijos debe tener un matrimonio?

Es un tema que deben resolver con Dios. Con generosidad y responsabilidad.

Ni cuantos más, mejor. Ni cuantos menos, mejor.

Depende de los hijos que estén en condiciones de sacar adelante. Tantas variables: salud física, psíquica. Carácter, energía. Condiciones materiales: casa, dinero…; laborales. Capacidad de educar…

Prudencia y generosidad: las dos cosas. No querer tenerlo todo bajo control.

* * * * *

Lo que sigue a continuación está inspirado/ tomado/ sintetizado… del Cap. 9 “La consumación del amor”, del libro “El destino del eros. Perspectivas de moral sexual”, de José Noriega, Ed. Palabra, Madrid 2005, pp. 234-259

Tratar de entender la conexión entre el amor conyugal y la apertura a la vida.

¿Qué sentido tiene el acto conyugal?

Preguntar por el significado de algo quiere decir preguntar por su valor, su sentido dentro de la vida de la persona, por su razón de ser;

El acto conyugal realiza, consuma, significa la entrega de vida de los cónyuges. Corporalmente expresan la unión total de sus vidas. Es sacramento de su unión existencial. Por eso se lo llama conyugal. Por eso ese mismo acto sin conyugalidad, sin estar casados, es una mentira, un engaño, una traición, porque expresa algo que no existe. La unión de vidas, total y exclusiva, definitiva, se realiza en el matrimonio. Y el acto conyugal lo expresa corporalmente.

De manera semejante, se miente cuando se priva al acto conyugal de un significado esencial. Cuando voluntariamente se lo hace infecundo, se esteriliza el amor. Se da un signo de entrega total, que no es verdadero, porque se están reservando, están rechazando, algo de esa entrega.

Es un acto antropológicamente viciado, falso. Contradice el lenguaje del cuerpo.

¿Cuál es el significado del acto conyugal? Los esposos obviamente no teorizan para hacerlo, simplemente se entregan.

Movidos por el deseo, se entregan mutuamente, sin reflexionar. Pero esa espontaneidad que supone el dinamismo sexual no implica que lo realicen sin sentido.

Y esto se hace evidente por dos hechos precisos: en primer lugar, solamente siguen ese deseo con una persona, su cónyuge, único e insustituible, por lo que esa acción es vivida con una exclusividad única. Y en segundo lugar, porque, al seguir ese deseo, ambos son conscientes de que puede venir un tercero, el hijo. No es una acción, por lo tanto, cuyo misterio escape totalmente a nuestra comprensión.

Es una acción llena de misterio. Porque hay algo demasiado grande detrás. La sexualidad es un mundo, porque alcanza hasta lo más íntimo de la persona. Por eso promete tanto, porque se intuye detrás algo que supone plenitud.

¿Qué hay detrás del deseo?

El deseo de entregarse, de cercanía, de unirse, de un modo muy peculiar –sexual– en una unión que conlleva una función procreativa.

El significado, es el valor que perfecciona a la persona. El sentido no viene de la acción física, sino de las personas que la realizan, a las que expresa íntimamente.

La comunión reclama que las personas sean acogidas como persona, no por placer. No es una mera acción que genera placer: expresa unión, amor, lo realiza corporalmente. Una unión particular (exclusiva, total, definitiva), que potencialmente los puede hacer padres.

Básicamente dos significados.

Significado unitivo.

El acto conyugal tiene un significado porque implica su libertad y su corporeidad: el cuerpo que es expresión de la persona y que por tanto tiene un lenguaje, se transmiten algo. En el encuentro de los cuerpos se encuentran las personas y su amor.

La dignidad humana no acepta –demasiado pobre– que la entrega de los cuerpos tenga solo el sentido de experiencia de placer: si solo fuera eso, instrumentalizaría al otro.

La mutua entrega de los cuerpos es expresión y actualización de la voluntad mutua de donación, por lo que es capaz de unir a sus protagonistas: no solamente sus cuerpos, sino también sus afectos, sus libertades, sus personas, sus vidas. La persona toda ella se da. Y dándose acoge al otro. Este mutuo darse y recibirse en la sexualidad abre el espacio de la intimidad al mutuo encuentro, a la presencia real y concreta de ambos, a la compañía recíproca, al aprecio mutuo.

Dos paréntesis

Los animo a profundizar en la riqueza de contenido del acto conyugal, para que de hecho lo realicen en su vida. Para evitar que la rutina, el egoísmo, la superficialidad, empobrezcan su amor.

Es un desafío: cultivar el amor de verdad.

En una cultura hedonista, que en la sexualidad sólo ve placer, descubrir la grandeza del misterio que viven, y entonces el mismo placer se identificará con el amor y no será algo al margen del mismo…

Para que sea real, es necesaria la virtud de la castidad. No nos da el tiempo: pero la castidad es la integración de la sexualidad en la unidad de la persona. Es decir, la sexualidad integrada, expresa a la persona. Cuando falta la castidad, la sexualidad se desconecta de lo espiritual, se convierte en una cabra loca que corre por el monte en busca de cualquier placer…

Seguimos…

Este significado de la unión conyugal se apoya en la función sexual de acoplamiento sexual mutuo, pero no se reduce a ella, ya que le ofrece una plenitud que la mera funcionalidad sexual no es capaz de producir: la unión de las personas. Y porque es una plenitud, adquiere de ella su significado.

Consuma, resume, concentra toda la unión personal.

Tenemos así la posibilidad de situar esta acción concreta dentro de la globalidad de la vida y entender su valor, su finalización. La unión de los esposos que este acto actualiza y favorece no es su única plenitud. Más aún, para que lo sea, aparece un nuevo significado, la capacidad de ser padres que viene a integrarse no como algo extrínseco, sino como algo que pertenece a la misma unión de ambos, ya que esta unión no es de total complementariedad, sino que implica una cierta asimetría que solo el hijo puede llenar.

La capacidad de ser padres no es algo desligado de esta unión. No es una cuestión meramente biológica… es algo personalísimo.

Es más, ser una carne, ser una sola realidad, en sentido pleno lo son como único principio generativo. En el ser padres, se hacen uno: en cada hijo están los dos… Cuando se separan… es una ficción… porque en los hijos no pueden separar lo que es de cada uno…

Es significado procreativo.

La  comunión de los esposos, por implicar la totalidad de la persona, les hace capaces de transmitir la vida, porque dicha unión implica la función sexual, que incluye la función reproductiva. Son capaces de transmitir la vida. No se trata de que si de hecho la transmiten o no, lo cual depende de muchas cosas.

El hecho es que es una acción capaz de generar a una persona.

Entregarse sexualmente implica, entonces, donar la capacidad de convertirse en padre o madre en virtud de lo que se está haciendo. Esta potencialidad de generar vida que se expresa en el significado procreativo se constituye como un verdadero bien inmanente de la misma acción de los esposos. El que los esposos, uniéndose, estén abiertos a generar una vida indica la plenitud de su amor. Hablamos de «capacidad», porque el hecho de que el hijo venga no dependerá de la sola donación. Solamente un número reducido de uniones entre los esposos es fecunda, pero en todo acto está presente esta fecundidad en esta apertura.

Dios interviene, creando el alma. La acción de los esposos adquiere la forma de una colaboración con Dios creador, asumiendo el significado procreativo

Así los esposos participan de una cualidad singular del amor de Dios: porque Dios ha amado cada persona antes que existiera como alguien digno de existir y ser amado por sí mismo, y ha sido ese amor el que le ha movido a creamos. El amor de los esposos es también así, porque cada persona ha sido amada por sus padres antes de que fuese engendrada. Ella es el fruto de un amor que se dirige, en primer lugar, al cónyuge, pero que, dirigiéndose a él, incluye en sí la posibilidad de acoger un nuevo don del amor. El hijo es así amado también como alguien digno de existir por sí mismo, y no en función de los propios deseos a satisfacer o ulteriores utilidades.

La mutua donación se convierte así en el templo santo donde Dios celebra su liturgia creadora, generando una persona como alguien que es amado por sí mismo.

Por eso el hijo es un don. Engendrar un ser humano es un acto humano, no una consecuencia biológica de un acto humano.

Esta apertura a la fecundidad es necesaria para su amor, no es independiente de él, ni puede ser separado de él.

¡Hace que ese amor no se cierre en ellos mismos!

Por ello, esta dimensión procreativa incluye en sí misma también la dimensión educativa, que se radica, por lo tanto, en el mutuo amor de los esposos, en su mutua entrega.

La unión conyugal incluye en sí el significado de la transmisión de la vida que es posible por el don que Dios hace al amor esponsal.

Por eso protege de egoísmos: porque un egoísmo hacia el posible hijo, no puede no ser también egoísmo entre ellos. La apertura a la vida implica y realiza la apertura entre los esposos.

Por eso esta apertura protege el amor.

De hecho hay muchas menos separaciones y divorcios entre quienes no recurren a la contracepción.

La inseparable unión de los dos significados.

¿Se puede eliminar un significado sin afectar al amor? ¿sin que afecte la naturaleza del acto?

Los significados están unidos: se reclaman mutuamente, en una relación de enriquecimiento mutuo, que es constitutiva para ambos. Tienen una dependencia mutua que procede de la misma realidad. No son independientes.

Si no es un acto de amor, la generación de la vida se desnaturaliza.

El significado procreativo se realiza de modo humano en la donación recíproca de amor. Generar una persona –alguien que debe ser querido por sí mismo, no por su utilidad o conveniencia de su existencia– supone acogerla en sí misma, no puede ser producida. Es el gran problema de la fecundación artificial. En la donación recíproca lo esposos acogen el hijo como un don.

Si no es procreativo, el amor se desvirtúa, porque es lo que lo caracteriza en su más profunda realidad.

El significado unitivo, como acto de donación, es un amor interpersonal en la sexualidad capaz de procrear. Solo este tipo de amor es procreativo a diferencia de otros. Es un amor espiritual y corporal. Desde el inicio está especificado como amor procreativo.

Cada uno de los significados adquiere sentido en relación al otro.

Intentar buscar uno de estos significados independientemente del otro lleva a perder la especificidad de cada uno de ellos. Porque cada uno adquiere su sentido en la relación con el otro: una unión capaz de generar una persona, una procreación en la mutua donación. Esta unión de ambos es lo que constituye la especificidad e identidad de cada uno de ellos.

No es una cuestión moral (un deber ser). Es decir, no es que no se deban separar porque hay una ley que lo exige. Se trata, más bien, de una inseparabilidad antropológica: esto es, no se pueden separar, porque, si se separan, se pierden ambos, haciéndose imposible realizar ninguno.

Y ello porque dejan de ser lo que son. Un amor conyugal que no sea procreativo en su significado no es un amor conyugal, o una procreación que no se dé en la mutua donación no es procreación: serían otra cosa. Así como, en la persona, alma y cuerpo están unidos «sustancialmente» del mismo modo la separación de estos dos significados hace que el acto sexual sea algo distinto desde el punto de vista moral, y no quede especificado por ninguno de ellos, asumiendo otros significados.

Resumen

Son significados. No dos funciones o realidades físicas. Obviamente físicamente une y tiene un significados procreativo. Perdón, pero la acción de introducir espermatozoides en un útero… no parece orientarse a otra cosa más que a fecundar óvulos que pueda haber ahí… pero la cuestión va mucho más allá: es muy profunda.

Es procreativo en la medida que es unitivo. Y porque es unitivo, es procreativo. Porque el tipo de unión de amor que realiza no se cierra en los cónyuges sino que está abierta a un nuevo posible ser fruto de ese amor.

Es un amor tan grande que es creador…, más precisamente procreador  (porque no crea solo, necesita que Dios cree el alma).

Me refiero a procreativo como exigencia antropológica: es el contexto en el que debe ser engendrado un ser humano. Su dignidad exige ser fruto de un acto de amor humano, que esté en sintonía con el acto de amor divino que crea su alma. Fruto del amor de sus padres y del amor de Dios.

Y siempre un don. Porque más allá de que pueda no ser esperado, es fruto de la unión amorosa de sus padres.

Cuando el amor se hace infecundo: el problema de la contracepción

Porque –debemos decirlo– la anticoncepción no es una solución, es un problema.

La malicia de la anticoncepción reside en el rechazo de la fecundidad del otro cónyuge. En excluir anulando positivamente de la unión sexual, la fecundidad de amor.

El problema de la contracepción

¿Dónde se sitúa la dificultad de la contracepción?

No está en la elección de no tener más hijos. Puede haber situaciones complicadas en la vida de los matrimonios en las que no vean conveniente la generación de un nuevo hijo. Elegir no tener más hijos no es el problema de la contracepción, porque, además, también los que recurren a la continencia periódica han elegido no tener más niños.

No está en el método. Tampoco se sitúa el problema en el «medio» elegido para no tener hijos. No es el hecho de ser un medio artificial.

El problema está propiamente a nivel de la definición de la acción «unión sexual» que realizan los esposos en una acción contraceptiva.

Es decir, la acción que hacen: porque la anticoncepción afecta a la acción en lo más profundo, cambiando su naturaleza, al cambiar su significado. Es otro acto distinto, aunque físicamente parezcan idénticos.

Si la unión sexual se define como «entregarse en la totalidad de lo que ambos son» , ahora la acción que realiza es una entrega sexual-contraceptiva, que implica eliminar una dimensión intrínseca de la totalidad de la persona. Los esposos –por determinadas circunstancias que les hace valorar como no oportuno el nacimiento de un nuevo hijo– deciden unirse sexualmente eliminando la posibilidad de ser padres, para así poder encontrarse mutuamente y actualizar la unión de sus personas.

¿Se unen de verdad? Cierto que se unen corporalmente, pero en la entrega del cuerpo no está la voluntad de entrega en totalidad, porque han eliminado la posibilidad de ser padres. Entonces, en el acto de voluntad de donación recíproca, se ha introducido un elemento que lo cambia, esto es, deja de ser una entrega en totalidad y una acogida en totalidad de lo que ambos son en su realidad personal. Los cuerpos, ciertamente, están unidos. Pero el acto de amor que motiva la entrega es un acto de amor que se ha hecho infecundo intencionalmente, por lo que no es un acto de amor total.

Ha surgido, dentro del acto de amor, una nueva intención que se dirige contra la función reproductiva, eliminándola. Pero de este modo, la acción deja de tener inmediatamente un significado procreativo, ya que se ha hecho infecunda. Al perder el significado procreativo, la donación deja de tener un significado unitivo, porque a nivel intencional no se incluye la totalidad de entrega. ¿Qué queda en él? Queda la función sexual.

No es una entrega total porque se unen específicamente en cuanto varón y mujer, pero excluyen la fecundidad que es específico de su masculinidad y feminidad.

Como se puede apreciar en la explicación realizada, el problema de la contracepción está en la intención de hacer estéril el amor, y no en que la funcionalidad reproductiva pueda o no realizarse. La misma declaración magisterial que rechaza la contracepción especifica que se trata de aquella acción que se proponga hacer estéril el amor: esto es, que tenga esa intención:

Queda excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal o en su realización o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga (intendat), como fin o como medio, hacer imposible la procreación (HV 14).

¿Por qué? Sencillamente, porque esta intención de hacer infecundo el amor contradice la verdad del amor conyugal. Aquí está su drama: lo hace imposible, ya que elimina su especificidad propia. El lenguaje sexual, interactuar sexualmente, pierde ahora su significado propio, el de la totalidad de una donación y de una acogida, para adquirir un nuevo significado, el de la posibilidad de colmar una necesidad, un deseo. De ser un regalo mutuo que los esposos se hacían, pasa a ser la ocasión de saciar una carencia, un deseo. Se ha introducido una lógica muy diferente en la sexualidad: ya no es la lógica de la donación, sino la lógica de la necesidad. Aquí está el cambio simbólico que se ha introducido y que vendrá a determinar su relación.

Ciertamente, los esposos pensarán que no es así como ellos quieren vivir sexualmente su amor, proponiéndose la posibilidad de expresarse mutuamente su aprecio, de encontrar momentos de intimidad. Es cierto, pero el problema es que la expresión de ese amor ha sido vaciada de contenido: no dirigiéndose a la donación y aceptación en totalidad de la otra persona, se concentra en la posibilidad que esta acción tiene de autosatisfacción. Aquí está su sentido, más allá de la vivencia que le quieran dar.

No hay entrega… sino satisfacción de una necesidad de sexo… o te necesita a vos sexualmente, si apertura a la familia. Excluyo tu fecundidad, no la quiero…. El acto sale de la esfera de la donación mutua.

Como vemos la anticoncepción no respeta la dinámica del amor conyugal. Por eso siempre fue considerada ilícita.

La píldora es de los 60… pero la anticoncepción existió siempre. En el primer libro de la Biblia aparece: Onán (2º hijo de Judá, es decir, bisnieto de Abraham) le da el nombre al pecado de onanismo (coito interrupto). 1900 años antes de Cristo.

Hasta 1930 todas las confesiones cristianas fueron unánimes. Los anglicanos fueron los primeros… Ahora desgraciadamente, se han apartado de la tradición moral judeocristiana.

Las consecuencias han sido nefastas. Las pandemia de rupturas matrimoniales, tiene en parte su raíz acá. El aborto. La aceptación social de la homosexualidad.

No soy profeta.., pero hace 30 años… decía: quien acepta la anticoncepción, no tiene argumentos para rechazar la homosexualidad, porque está destruyendo la lógica del acto sexual y el sentido de la sexualidad…

Los divorcios de los que hablé al principio: iter: no procreación, no matrimonio, no amor, no biología… solo placer. Trágico para el sexo, y trágico para la persona porque afecta profundamente la capacidad de amar, y por tanto de ser felices.

Cuando el Gobierno de CABA les dice a los adolescentes: disfruta tus derechos, los está animando frívolamente a dar rienda suelta al instinto sexual… y los destruye. ¡Pobres! Se incapacitan para amar de verdad… Además de agarrarse todas las ETS y empujarlos al aborto.

Regulación natural de la fertilidad

¿Cómo afrontar, entonces, aquellas situaciones más o menos temporales en la vida matrimonial en las que no se ve prudente engendrar un hijo más? Estas situaciones concretas de salud física o psicológica, de momento económico o laboral de la familia u otras semejantes, pueden llevar a los esposos a «interpretar» la voluntad de Dios respecto a su vida conyugal y entender que deberían distanciar o posponer la posibilidad del nacimiento de un hijo.

El mismo Creador ha puesto en el dinamismo sexual de la mujer la posibilidad de administrar la fertilidad. Hoy en día es relativamente fácil conocer los ritmos de fertilidad de la mujer con los diferentes métodos de observación.

Y de eso tratan los métodos de regulación natural de la fertilidad.

Premisa: exige un cambio en la vida sexual de la pareja.

Para eso hace falta de una manera particular la virtud de la castidad, como virtud del amor verdadero, ya que, integrando los diversos dinamismos del amor en el amor a la persona, al don de sí misma y a la acogida de la persona amada en totalidad, es capaz de mover al sujeto a cambiar su comportamiento sexual, adaptando su vida sexual a los ritmos de fecundidad.

Así, los esposos se unirán conyugalmente en los tiempos en que previsiblemente la mujer es infecunda, dejando de unirse en los momentos de previsible fecundidad.

Este cambio de su comportamiento sexual tiene lugar por una motivación muy gorda: conservar el sentido íntegro que la mutua unión tiene, esto es, el don total de sí mismos. Por esta razón, el hecho de cambiar entraña ya en sí un acto de amor a la persona, y un acto de amor que compromete también la corporeidad.

¿Esto atenta contra el significado procreativo?

Ciertamente que los esposos obran así porque han elegido no tener un hijo. Los esposos obran así porque han elegido no tener un hijo. Pero esta elección no les mueve a realizar nada contra la función reproductiva, por lo que el significado procreativo de sus actos permanece inalterable: son actos -en sí y por sí mismos- capaces de engendrar vida, aunque ahora la función reproductiva no se activa porque en sí misma no es capaz de hacerlo. Con ello están administrando una posibilidad dada por el Creador de la naturaleza humana.

El que los esposos no quieran tener hijos no es algo negativo, si ellos tienen motivos serios para no tenerlos.

La dificultad surge cuando se hace intencionalmente algo contra la totalidad de la entrega, eliminando de ella la posibilidad de ser padres.

La continencia periódica y los métodos contraceptivos comparten, por tanto, algo: la elección de posponer el nacimiento de un hijo.

Sin embargo se configuran como acciones totalmente diferentes.

La radicalidad de su diferencia reside en que, en la continencia periódica, la persona asume el dinamismo sexual-afectivo y, por amor a la persona, espera el momento oportuno para unirse. Mientras que, en la contracepción, la persona no asume su dinamismo sexual-afectivo en su integridad, realizándolo sin implicar una totalidad de entrega, para lo que debe resolver técnicamente el problema que le plantea: debe hacerlo estéril.

Es verdad que cambiar las costumbres sexuales no es fácil: exige  dominio de sí, y conocimiento de un método que, en ocasiones, puede ser complejo.

La dificultad es real. No hay que minusvalorarla. Pero, se le puede dar vuelta y verla no como un obstáculo a su espontaneidad, sino como una ocasión de madurez en su propio amor. La continencia periódica exige madurez porque requiere un diálogo recíproco, una escucha atenta de la otra persona, un aprender a esperar sus propios tiempos, ya que no siempre se encuentra disponible para la unión conyugal.

La continencia periódica pide asumir el impulso sexual en el amor personal, evitando que este impulso tienda a imponerse como una exigencia. La castidad conyugal ayuda a los esposos a orientar su mirada, a integrar los dinamismos del amor, a buscar con creatividad formas nuevas de expresión de la ternura y del diálogo que permitan abrir espacios de comunión y transmitirse su mutua compañía.

No tiene porqué apagar el amor, lo puede enriquecer.

Integrarlo en el seguimiento de Cristo.

Por otro lado, la dificultad que puede conllevar la continencia periódica en la vida de los esposos no es algo extraño a su propio amor conyugal. Al pertenecer al mismo dinamismo amoroso integrado por la virtud de la castidad, constituye el caminar del matrimonio, que en el seguimiento de Jesús es capaz de acoger los desafíos que conlleva su propia vocación. Es cierto que estos desafíos pueden implicar momentos difíciles, por el esfuerzo que comportan: esfuerzo en el cambio del comportamiento sexual, en el dominio del impulso erótico, de la imaginación y de la atención que se le presta… El gozo de la comunión vivida en la entrega sexual incluye también la dificultad que pueden suponer los momentos de abstinencia. Este es su modo propio de amarse, y, por ello, de seguir a Jesús y, por lo tanto, su modo propio también de santificación.

Diferencia con la anticoncepción: a dos niveles

La exhortación apostólica Familiaris consortio habla, en su número 32, de la diferencia antropológica y moral entre el método de la continencia periódica y el método contraceptivo. Es una diferencia antropológica, porque está en juego es el sentido de la sexualidad, la posibilidad de expresar a la persona en el lenguaje sexual: posibilidad que se ancla no simplemente en un «querer expresar el amor», sino en un efectivo entregarse en totalidad. El cuerpo con todos sus dinamismos se convierte en verdadero sujeto de acción junto con el espíritu, en verdadero principio de operación. La continencia periódica asume la subjetividad del cuerpo en la totalidad de entrega, permite que sea verdadero principio operativo; mientras que, en la contracepción, se establece una división entre el amor espiritual, lo que quiere expresarse, y el lenguaje corporal, lo que de hecho se da, objetivando el cuerpo al eliminar de él su capacidad procreativa.

Y es una diferencia ética, porque entre ambos métodos hay una diferencia radical en el modo como la persona se sitúa ante el impulso sexual y la acción: en la continencia periódica lo hace como verdadero dueño de sí mismo, por lo que puede cambiar su comportamiento y entregar un amor entero; mientras que, en la contracepción, no lo domina y quiere dejarse llevar de él, para lo que tiene que resolver técnicamente el problema que se le plantea.

Un desafío…

Esto es mucho más que un mandamiento a vivir (el sexto), es un desafío, posiblemente uno de los mayores desafíos de los matrimonios católicos.

El desafío de mostrar al mundo que este punto de la moral, no es una carga insufrible, sino una protección del amor y garantía de felicidad, también cuando cuesta vivirlo, cuando se puede hacer cuesta arriba, incluso cuando el cónyuge no entienda mucho.

Es una cuestión de fe, de creer y confiar que Dios no pide imposibles, y que lo que pide es camino de felicidad.

Muy floja estaría nuestra fe, si la viéramos como una carga, y no como una liberación.

Tenemos, –tienen– toda la gracia sacramental para vivirlo y testimoniarlo con alegría.

Muchas gracias.

Eduardo Volpacchio
Córdoba, 27 de julio de 2020

¿Qué enseña la moral católica sobre el preservativo?

En primer lugar, tenemos que decir que la Iglesia no tiene ningún interés, ni nada que decir acerca un pedazo de goma.

En tanto y en cuanto ese pedazo de goma, sea un instrumento que afecte la vida sexual, sí tendrá algo que decir, en cuanto que afecte la moralidad de los actos (los haga anticonceptivos o difunda la promiscuidad).

La pregunta correcta sería ¿cuándo afecta la moralidad?

Evidentemente el uso de preservativo en una relación heterosexual tiene una función anticonceptiva. En síntesis, la Iglesia declarará la inmoralidad del preservativo, de la misma manera que de cualquier otro anticonceptivo. Esto hace que para entender la enseñanza de la Iglesia sobre los preservativos, haya que entender previamente qué dice exactamente de la anticoncepción.

¿Qué enseña la Iglesia sobre la moral sexual?

En el ámbito de moralidad de la sexualidad, los principios son muy pocos. Básicamente todo se resume a decir que la sexualidad debe ser vivida en un contexto de entrega amorosa total. El acto sexual tiene un significado antropológico concreto: ser signo de la unión de vida de los esposos.

Este principio tiene dos consecuencias inmediatas: todo uso de la sexualidad fuera del matrimonio resultará inmoral (le faltará la entrega amorosa); y, dentro de éste, deberá estar abierta a la vida (es decir, no se deberá alterar artificialmente la potencial fertilidad del mismo). Es lo que enseña el n. 14 de la Enc. Humanae vitae.

Si el acto sexual se realiza fuera del matrimonio es un pecado (adulterio, en caso de personas casadas; fornicación, en el de las solteras). Y si se realiza haciéndolo artificialmente infecundo, también (anticoncepción).

¿Qué problemas presenta el preservativo?

Que cuando se usa en un acto sexual tiene una función anticonceptiva.

Entre homosexuales ¿tiene alguna relevancia moral el uso de preservativos? Absolutamente ninguna, ya que es obvio afirmar que no convierte el acto sexual en cerrado a la vida… El acto homosexual es ilícito moralmente de por sí.  El uso o no de preservativo no cambia absolutamente nada desde el punto de vista moral. Pero esto no significa que la Iglesia se dedique a fomentar que los homosexuales activos usen preservativos en su vida sexual. Tampoco se opone: sencillamente, les enseña que el comportamiento homosexual es contrario a la dignidad de la persona y por tanto, les hace daño como personas. Son libres de desobedecer a la Iglesia y hacerlo; pero, si lo hacen, no necesitarán el consejo de la Iglesia sobre cómo realizarlo…

En el caso del sexo extramatrimonial, la malicia de la acción está dada por el acto en sí mismo considerado (una unión sexual vaciada de su contenido). La Iglesia es pro-vida, pero pro-vida porque quiere que el acto sexual tenga toda su potencialidad expresiva estando abierta a la vida. Sería absurdo pensar que la Iglesia deseara que de cada acto sexual, naciera una vida. Quien conozca con precisión la doctrina católica, nunca podría pensar que la Iglesia exigiera a los adúlteros que en su infidelidad cuidaran mucho la apertura a la vida de sus adulterios… La cualidad moral del adulterio no cambia mucho por la apertura o no a la vida. La Iglesia desea y fomenta la fidelidad matrimonial y desaconseja con todas sus fuerzas el adulterio. Y no está entre sus tareas enseñar cómo ser mejor o peor adúltero.

¿Por qué se rechaza la anticoncepción?

Se entenderá mejor, si consideramos el porqué del rechazo de la moral católica a la anticoncepción. No es una cuestión de reglas, es una cuestión antropológica.

El acto sexual —como todo acto humano— tiene un significado. En este caso, el significado es tan profundo que, si se lo priva del mismo, se lo desvirtualiza de tal manera que se lo corrompe.

Este significado tiene una doble dimensión: es unitivo y procreativo. La malicia de la anticoncepción reside en rechazar el significado de entrega total, que el acto tiene. Ahora bien, una unión sexual en caso de prostitución, o de adulterio, o de fornicación, no son unitivas: la unión de cuerpos no significa y ni realiza la unión de almas y de vidas, ya que esto es inexistente. Es lo que los hace un acto mentiroso: expresan algo que no existe. Sólo en el matrimonio —cuando marido y mujer se han entregado mutuamente, realizando la unión de sus vidas—, la unión sexual es la expresión corporal de esa unión.

Es decir, que a la Iglesia no le preocupa demasiado cómo se realice el pecado de adulterio o de fornicación, sino que quiere que se los evite por el daño moral que hacen.

¿Y la prostitución?

El acto sexual de una prostituta y quien le paga por sus servicios, no es un acto conyugal: no realiza una entrega amorosa y fecunda. Es una transacción comercial en la que se vende la propia intimidad y dignidad por unos pesos. De modo el significado de la acción no es unitivo y ni procreativo, sino de negocio carnal. Un trozo de goma no dignifica la acción, a lo sumo protegerá a los participantes de los virus con que hayan podido haberse contagiado en anteriores relaciones promiscuas. Y esto no redime la acción. No sin una cuota de ironía Benedicto XVI comenta que podría llegar a ser un primer paso moralizador, al comprender que con el sexo no se puede hacer cualquier cosa.

Las acciones que libremente se asumen tienen un precio antropológico —y no hablemos a nivel de gracia, cuyo costo se llama pecado— mucho más caro que los virus que cada uno pueda aportar al otro en la relación. La sexualidad —vehículo para expresar corporalmente el amor— queda dañado, ya que pierde la capacidad de expresar amor; y esa pérdida —la ruptura de la conexión entre amor y sexo— no es evitable con un preservativo.

¿Entonces, por qué la Iglesia se opone a la distribución masiva de preservativos?

Porque con ella se fomentan la promiscuidad y los comportamientos inmorales. Y eso no es bueno. Hace mal a las personas y a la sociedad. Y en cuanto al SIDA, si bien disminuye mucho las posibilidades de contagio, puede dar una falsa sensación de inmunidad, que fomente la promiscuidad de manera que, a la larga, haga más riesgoso el contagio que pretende evitar. Por eso, con gran sentido común y sin negar el grado de eficiencia que pueda tener, sostiene que el preservativo no es la solución a las enfermedades de transmisión sexual. La solución verdadera es un poco más compleja.

Ahora bien, hay que distinguir entre la entrega y propaganda masiva, y campañas de salud pública dirigidas a públicos restringidos, de riesgo real: recomendarle a una prostituta que use preservativos, no afecta en nada su conducta moral; y es un tema de salud pública procurar que no difunda enfermedades. Pero, la Iglesia nunca fomentará la prostitución, ni siquiera con la buena intención de hacerla más saludable y mejorar sus condiciones de vida.

Así como dijimos que un acto homosexual no cambia de moralidad por el uso de preservativos, la Iglesia tampoco recomendará a los homosexuales que los usen: sencillamente tratará de ayudarlos a vivir su sexualidad según la moral cristiana.

¿La doctrina de la Iglesia es causa de aumento del SIDA?

Acusar a la Iglesia de fomentar el SIDA por su rechazo a los preservativos en el matrimonio y la difusión masiva de los mismos, es una burla: ¿quién puede pensar que alguien que rechaza vivir la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad —haciendo un acto directamente contrario a la misma—, cuidará algo que nadie le pide? ¿Puede alguien ser tan ignorante como para pensar que en sus pecados la Iglesia le pide que esté abierto a la vida? ¿Actuará contra el sexto mandamiento, pero se cuidará de obedecer un inexistente mandamiento de no usar preservativo? ¿Será infiel al matrimonio, pero se cuidará de que esos actos estén bien abiertos a la vida? Parece bastante tonto pensarlo.

Conclusión

De manera, que la Iglesia no demoniza el preservativo, ni lo difunde. Sólo cumple con su misión de enseñar a vivir de un modo auténticamente humano la sexualidad.

Y el Papa no ha cambiado la posición de la moral católica sobre el tema, ni ha bendecido el preservativo, sólo se ha referido a un caso concreto haciendo un comentario prudencial.

Eduardo María Volpacchio

 

ANEXO: Las palabras del Papa sobre el preservativo en el libro “Luz del mundo”

Fragmento del libro-entrevista Luz del mundo en el que Benedicto XVI aborda la cuestión del uso del preservativo (páginas 130 a 132).

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Con su viaje a África en marzo de 2009 la política del Vaticano en relación con el sida quedó una vez más en el mira de los medios. El veinticinco por ciento de los enfermos de sida del mundo entero son tratados actualmente en instituciones católicas. En algunos países, como por ejemplo en Lesoto, son mucho más del cuarenta por ciento. Usted declaró en África que la doctrina tradicional de la Iglesia ha demostrado ser un camino seguro para detener la expansión del VIH. Los críticos, también de las filas de la Iglesia, oponen a eso que es una locura prohibir a una población amenazada por el sida la utilización de preservativos.

“El viaje a África fue totalmente desplazado en el ámbito de las publicaciones por una sola frase. Me habían preguntado por qué la Iglesia católica asume una posición irrealista e ineficaz en la cuestión del sida. En vista de ello me sentí realmente desafiado, pues la Iglesia hace más que todos los demás. Y sigo sosteniéndolo. Porque ella es la única institución que se encuentra de forma muy cercana y concreta junto a las personas, previniendo, educando, ayudando, aconsejando, acompañando. Porque trata a tantos enfermos de sida, especialmente a niños enfermos de sida, como nadie fuera de ella.

He podido visitar uno de esos servicios y conversar con los enfermos. Ésa fue la auténtica respuesta: la Iglesia hace más que los demás porque no habla sólo desde la tribuna periodística, sino que ayuda a las hermanas, a los hermanos que se encuentran en el lugar. En esa ocasión [vuelo a África en marzo de 2009] no tomé posición en general respecto del problema del preservativo, sino que, solamente, dije -y eso se convirtió después en un gran escándalo-: el problema no puede solucionarse con la distribución de preservativos. Deben darse muchas cosas más. Es preciso estar cerca de los hombres, conducirlos, ayudarles, y eso tanto antes como después de contraer la enfermedad.

Y la realidad es que, siempre que alguien lo requiere, se tienen preservativos a disposición. Pero eso solo no resuelve la cuestión. Deben darse más cosas. Entretanto se ha desarrollado, justamente en el ´ambito secular, la llamada teoría ABC, que significa: “Abstinence-Be faithful-Condom!” [Abstinencia-Fidelidad-Preservativo], en la que no se entiende el preservativo solamente como punto de escape cuando los otros dos puntos no resultan efectivos. Es decir, la mera fijación en el preservativo significa una banalización de la sexualidad, y tal banalización es precisamente el origen peligroso de que tantas personas no encuentren ya en la sexualidad la expresión del amor, sino sólo una suerte de droga que se administran a sí mismas. Por eso, la lucha contra la banalización de la sexualidad forma parte de la lucha por que la sexualidad sea valorada positivamente y pueda desplegar su acción positiva en la totalidad de la condición humana.

Podrá haber casos fundados de carácter aislado, por ejemplo, cuando un prostituido utiliza un preservativo, pudiendo ser esto un primer acto de moralizacion, un primer tramo de responsabilidad a fin de desarrollar de nuevo una consciencia de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que se quiere. Pero ésta no es la auténtica modalidad para abordar el mal de la infección con el VIH. Tal modalidad ha de consistir realmente en la humanización de la sexualidad.

¿Significa esto que la Iglesia católica no está por principio en contra de la utilización de preservativos?

Es obvio que ella no los ve como una solución real y moral. No obstante, en uno u otro caso pueden ser, en la intención de reducir el peligro de contagio, un primer paso en el camino hacia una sexualidad vivida de forma diferente, hacia una sexualidad más humana.

[©Libreria Editrice Vaticana – editorial Herder]