¿Comulgar sin participar de la fe y de la vida de la Iglesia?

PREGUNTA: ¿Qué puedo contestar a quien me dice “comulgo porque lo importante es la relación directa con Dios. No soy parte de la Iglesia ni de sus ritos, porque no creo en ella.., pero sí creo en el Dios cristiano”?

En primer lugar -como siempre en el apostolado- tendrás que rezar por esa persona.
Y tratar de explicar las cosas con calma, sin pretender “convencerla”, ya que en las discusiones cada persona se cierra más en su postura, en lugar de abrirse a entender…

Habría que explicarle que una religión supone coherencia con ella. Si yo participara de unos ritos en los que no creo, estaría faltando sinceridad: los ritos de los que participo expresan exteriormente mi adhesión interior a lo que significan. Y además, con ello ofendería a los creyentes, ya que implícitamente les estaría diciendo que no valoro sus creencias.
Se trata de una ofensa a una fe de la que no se participa: una cosa es no tener fe y otra muy distinta simular esa fe buscando no se sabe qué tipo de unión con Dios…
Los cristianos creemos que en el Eucaristía está presente Jesucristo, y que por eso, recibirlo sin las debidas condiciones (la primera de las cuales es la fe) supone un grave sacrilegio.
A quien comulgara sin fe en la Iglesia, le pediría con cariño que no lo haga. Si no cree en la Iglesia, comulgar sería una farsa. Realizaría un gesto de comunión sin la menor comunión… estaría mintiendo.
También tendría que darse cuenta que ofende a Dios: quien creen en la Eucaristía cree que no es un trozo de pan, sino Cristo mismo. Por eso, comulgar sin fe, es una ofensa a Dios. Sería pretender unirme con Él a través de algo en lo que no creo… profanaría el signo de unión en el que no creo.
Si no cree, tendría que mostrar su respeto por la fe que no tiene, no participando de ella.
En cuanto a que lo importante es la relación con Dios, esto eso es obvio. Pero… esa relación tiene un cauce concreto…
Dios quiso hacer nuestra relación con Él más cercana, accesible a nuestra experiencia. Siendo espíritu puro, no tenemos experiencia física de Él: ¿cómo podríamos tener una relación con un Dios con el que no pudiéramos tener contacto?
Por eso se hizo Hombre: para que encontráramos a Dios en Jesucristo.
Y Jesús para eso envío el Espíritu Santo e instituyó la Iglesia: para que el Espíritu actuando en la Iglesia hiciera posible nuestro encuentro con Él.
Sin la Iglesia no podríamos tener a Jesús: la Iglesia nos transmite su palabra en la Sagrada Escritura y nos da su gracia en los sacramentos (que Jesús instituyó y confió a la Iglesia), sobretodo el don más precioso que es la Eucaristía.
Por todo eso tendría que aclararse a sí misma, analizar qué significa cuando dice que cree en el Dios cristiano… sin creer en la Iglesia, ni en sus enseñanzas… Aclararse qué es creer y qué es en concreto lo que cree…
El Dios cristiano es un Dios que se ha revelado… Por eso no es coherente con su concepción querer decidir qué es importante y qué no en la relación con Dios: nosotros no somos Dios…, no decidimos la fe… la recibimos de Él.
Por ser una religión revelada no surge de nosotros, la recibimos de Dios. Esto no lo podemos demostrar matemáticamente… pero lo creemos firmemente. Se puede creer o no creer, aceptarla o no; pero no tiene sentido “usar” ritos en los que no se cree buscando una experiencia de lo divino.
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La Eucaristía y el Mandamiento nuevo

Una homilía de la Misa In coena Domini

El Triduo Pascual: tres días, que son un único momento, un único evento (y no sólo porque Jesús no duerme la noche del Jueves al Viernes… hasta su muerte). Una unidad salvífica, una unidad de sentido.

Ex 12,14: “Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones”. Esto sea realiza plenamente.

El Triduo Pascual asume y llena de valor y sentido toda la historia de la salvación: desde la creación hasta la Jerusalén celestial. Tres días.

Un momento unitario que explota en la resurrección. No el happy end de una película, decía el Papa ayer. Un proceso… entrega divina… que conduce a una nueva creación.

Jn 13,15-45: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes?” No sólo lavado de pies… todo el Triduo Pacual: ¿comprendemos lo que ha hecho?

Señor que lo entienda (lléname de fe), que confíe en lo que haz hecho (lléname de esperanza), que lo ame con toda mi alma (lléname de amor).

La Ultima Cena, eslabón entre el Antiguo y Nuevo Testamento. Se da cita toda la historia de la Salvación, porque desde aquí se va a salvar el pasado y el futuro.

Jn 13, 1: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Esto es lo que ha hecho: amar hasta el extremo.

De alguna manera, se podría decir que Jesús comienza su entrega por el final… en el sentido que comienza instituyendo el sistema que permita vivir personalmente a todos los hombres de todos los tiempos, lo que Él vivirá desde este momento hasta el domingo…, meternos en ese “amor hasta el extremo”. Hay un nexo esencial entre la Eucaristía y la muerte y resurrección de Jesús.

Concentra lo que su entrega le hará vivir, para que lo podamos vivir por Él, con Él y en Él. “Hagan esto”, vivan esto, únanse a esto.

El milagro de la Eucaristía son dos milagros juntos: la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo (un milagro físico) que hace presente su Persona divina encarnada. Y un milagro que podríamos llamar temporal-existencial, que hace presente su entrega, su amor hasta el extremo.

La Eucaristía nos introduce en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús: nos mete, nos abre las puertas. No sólo para recibir los frutos… sino para ser partícipes plenos, corredentores con Él.

11 Cor 11,26: “cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. Proclamamos su muerte, nos unimos a su muerte, participamos de su muerte, vivimos su muerte. Y su muerte es una muerte resucitada.

La Eucaristía es nuestro acceso al Triduo Pascual, a la ofrenda de Jesús al Padre, como oferentes y como víctimas. Vivir el misterio, como Moisés se metía en la nube en la que estaba Dios… Envueltos en Dios, inmersos en la Trinidad.

Es nuestro gran tesoro: vivir con Cristo, en Cristo, su entrega… se hace cauce de nuestra entrega.

Esto es mi cuerpo que se entrega… Jesús esta es mi vida…, mi corazón…, mi historia…, mi… todo mi ser (mis grandezas y mis miserias…)

Esta es mi sangre que se derrama… Jesús esta es mi vida que se gasta en tu servicio…, este es mi tiempo, mi proyecto existencial… toda mi vida (mis glorias y mis aplastamientos).

Ultima Cena: Jesús anticipa su entrega en la cruz: no le quitarán la vida, la entrega como Cordero llevado al matadero. Concentra en el pan y en el vino lo que vivirá, y lo ofrece ya al Padre… de una vez para siempre… Con su glorificación incluida…

Ps 116: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré el cáliz de la salvación, invocando su nombre”.

¿Qué tenés para entregar? ¿Qué tenés en el corazón? ¿Qué te pide? A Cristo, de acuerdo. Pero, no podemos ofrecerlo desde fuera de su sacrificio: sólo cabe el ofrecimiento desde dentro…

Una pista de lo que Dios espera de nosotros: el Mandamiento Nuevo, que es anunciado antes que con las palabra, gráficamente, de un modo simbólico: con el lavatorio de los pies. Y que es realizado de modo tremendo con su entrega en la cruz… “como yo los he amado”: hasta el extremo. Dando su vida en la Eucaristía, que contiene la entrega de su vida en la cruz.

Jn 13,15-45: –«¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros; les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan.»

Les doy un Mandamiento nuevo. Te doy un mandamiento nuevo. Te lo da. Me lo da.

Tomen y coman, esto es mi cuerpo. Te da su cuerpo. Me lo da a mí.

La Eucaristía y el Mandamiento nuevo van juntos. No es una coincidencia que nos los haya dado juntos en la Ultima Cena. Hay un vínculo esencial entre la Eucaristía y el Mandamiento del amor.

Jesús podría haber dado el Mandamiento nuevo antes… ¿para qué dejar para último momento lo que sería lo central…?

Porque no lo hubiéramos entendido… sólo se lo entiende desde su entrega en la cruz.

Porque no hubiéramos podido vivirlo: sólo con la Eucaristía, con la fuerza de su amor, que nos transforma el corazón, es posible vivirlo.

Van juntos: se hacen posible mutuamente. Con la Eucaristía podemos vivir el Mandamiento nuevo. Con el Mandamiento nuevo podemos acercarnos a la Eucaristía…

El amor fraterno nos prepara el corazón para que pueda entrar Jesús… Para la Eucaristía necesitamos limpiar nuestro corazón de los obstáculos para el amor: comenzando por los obstáculos para amar a los demás. A veces tenemos piedras en el corazón… a modo de cálculos de riñón… cálculos en el corazón…

¿Cuáles son los temas más frecuentes de la predicación del Papa Francisco en Santa Marta? No hice estadísticas… pero estoy seguro que son relacionados con la caridad: la misericordia y el perdón; y todo lo que tiene que ver con liberar el corazón de “anticaridades”: juicios críticos y temerarios, prejuicios, difamaciones, rencores, condenas… Esas piedras que a veces tenemos en el corazón… y que nos impiden experimentar el amor divino a pleno, porque son causa de amargura y falta de alegría.

El amor tiene efectos asombrosos. Recibí hace poco un mail agresivo contra la Iglesia. Le contesté: “me duele que tengas tanta violencia en el corazón. Cuando quieras charlas sin agresiones, amigablemente, estoy a tu disposición… Mientras rezo por vos”. Me dejó helado la respuesta: gracias por las oraciones. ¡Qué cambio!

El sábado por la noche, la fuerza del resucitado romperá la piedra del sepulcro… la hará volar por los aires… que como un laser divino, disuelva las piedras que podamos tener en el corazón. Para que cada vez que comulguemos el amor divino pueda entrar de lleno en nuestros corazones, para que no encuentre obstáculos que lo oscurezcan y lo enfríen…

Desde la Eucaristía, con el Mandamiento. Desde el Mandamiento nuevo, con la Eucaristía.

Acompañemos a Jesús, bien pegados a la Virgen, sólo de su mano, bien pegados a su corazón viviremos con fruto este Triduo Pascual que comenzamos.

 

P. Eduardo Volpacchio
Buenos Aires, 17.4.14

La Eucaristía: alimentarse de Cristo

Respuestas rápidas sobre la Comunión eucarística

Artículo de preguntas y respuestas publicado en la Revista Misión, pp. 50-51

“Quien comulga tiene dentro de sí a Jesús, tanto como María lo tuvo durante los nueve meses del embarazo”.
Así de grande es el sacramento de la Eucaristía, que nos permite nutrirnos de Cristo y degustar el Cielo en la Tierra.
Si nuestro cuerpo va a ser morada del mismo Jesús, 
¿hay algo que podamos hacer para recibirlo mejor?

¿No es una locura pensar que en un trozo de pan está el mismo Cristo?

Es cierto, es una locura. Solo Dios pudo haber pensado y hecho algo tan grande. Pero desde el punto de vista del amor, es muy razonable. Cuando una madre tiene a su bebe en brazos, llena de amor, lo abraza y, como le parece poco besarlo, le dice: “te comería”. Es lo que Dios hace: hace posible que lo comamos. Y, para ello, eligió un alimento humilde, sencillo y al alcance de todos.

¿De qué modo está presente Cristo en el pan y en el vino?

La Eucaristía esconde a Jesús. Todo Jesús está presente detrás de la apariencia de pan. Quien comulga tiene dentro de sí a Jesús, tan real y físicamente como María lo tuvo durante los nueve meses del embarazo. Obviamente, de un modo distinto: escondido tras las figuras del pan y el vino.

¿Para qué comer la hostia consagrada en lugar de simplemente venerarla?

Porque Cristo se quedó precisamente para que lo comamos; si no, hubiera elegido otro modo de quedarse. Cuando lo instituye, dice “tomad y comed”, no “tomad y venerad”… ¡Se quedó para alimentarnos! No solo para adorarle… El sentido radical de la Eucaristía es comida. Lo comprobamos al repasar el capítulo 6 del Evangelio de Juan: comienza con la multiplicación de los panes (con las que se sacia el hambre material), pasa a hablar del mana (el pan del Cielo, con el que Dios alimentaba todos los días al pueblo en el desierto) y es en ese contexto en el que Jesús promete la Eucaristía (el pan de la vida eterna: su mismo ser).

¿Qué nos aporta comulgar?

Todo. Diviniza nuestra vida. Nos aporta lo esencial, aquello que engrandece nuestra vida y la hace eterna: la vida de Cristo, la vida eterna, vivir en Dios. Y para que nuestra unión a Él sea plena, se nos da como alimento. Para santificarnos, purificarnos, divinizarnos, fortalecernos, hacernos crecer, llenar nuestra vida de El mismo… Lo más grande que podemos hacer en nuestra vida es alimentarnos con Cristo, hacernos una “cosa” con El.

¿Qué efectos puede tener en nuestra vida comulgar con asiduidad?

Todos los beneficios que alimentarse produce en el cuerpo, los produce la Eucaristía a todos los niveles, en cuerpo y alma. No es un alimento solamente espiritual: ¡nos comemos su cuerpo y nos bebemos su sangre! En nuestra existencia corpórea no basta con comer una vez, necesitamos alimentarnos con frecuencia y, gracias a la comida, tenemos energía… El fin de la vida cristiana es cristificarnos, identificarnos con El. Y, para ello, necesitamos una fuerza divina que nos transforme: esa fuerza nos la brinda la Eucaristía.

Al recibirlo con frecuencia, ¿no podríamos trivializar la grandeza del acto?

Hemos de estar atentos para que la facilidad con que se nos entrega no nos haga perder conciencia de la grandeza del don. Sería triste acostumbrarnos a comulgar y hacerlo como si no fuera algo especial. La solución para desearlo más no es espaciar en el tiempo las comuniones, sino evitar el peligro de la rutina. Y el gran remedio para la rutina es la oración: cuando meditamos en la grandeza de la Eucaristía nos enamoramos del amor que Dios nos tiene. El tesoro es tan grande –es Dios– que nunca acabaremos de abarcarlo.

¿Debemos comulgar aunque nos sintamos indignos de recibir a Cristo?

Hay personas que dejan de comulgar porque se sienten indignas… Pero, por más indignos que nos sintamos, conviene que comulguemos si cumplimos con las dos condiciones básicas para recibir la comunión: estar en gracia y guardar una hora de ayuno.

¿Por qué hay que guardar ayuno?

Es una forma de garantizar la delicadeza con nuestro Dios. Si vamos a recibirlo, privarnos de alimentos y bebidas (menos de agua y de medicamentos, los cuales no rompen este ayuno) una hora antes de comulgar es una manera de prepararnos para algo tan grande. Esta condición no se les exige a las personas mayores ni a los enfermos.

¿Qué es el estado de gracia?

La gracia es una participación de la vida divina. Nos introduce en la vida de la Trinidad, ya que nos hace participar de la filiación del Hijo: hijos de Dios Padre, en el Hijo, por la acción del Espíritu Santo. La recibimos en el Bautismo y la perdemos cuando cometemos un pecado mortal. Si la perdemos, la recuperamos en el Sacramento de la Penitencia.

¿Y si se comulga en pecado mortal?

Se comete un sacrilegio, que es pecado grave por el mal uso de lo sagrado. Dejar de comulgar no es pecado; hacerlo indignamente, sí. Por esto, si uno duda si está en pecado mortal, siempre es mejor no comulgar; salvo en el caso de los escrupulosos, que son aquellos que creen estar en pecado mortal, sin estarlo.

Por tanto, ¿no es obligatorio comulgar cada vez que asistimos a misa?

Durante la misa, solo es obligatoria la comunión del sacerdote. Los fieles no tienen esta obligación, pero es muy conveniente comulgar cuando participamos en esta gran celebración. Eso sí, si uno no está en gracia o no cumple con el tiempo de ayuno, no debe comulgar. Los católicos que tienen uso de razón tienen la obligación de comulgar al menos una vez al año, en Pascua.

¿Y para qué nos sirve ir a misa si no podemos comulgar?

La misa es el centro de nuestra vida. En ella nos unimos a la ofrenda de Cristo, al Padre, y así esta recibe un valor de eternidad. Esto no es por la comunión, sino por la participación en la misa. Y, en muchísimos casos, la solución es sencilla: buscar un sacerdote para confesarse.

Si no estamos seguros de sí podemos comulgar, ¿qué debemos hacer?

Si esa duda tiene fundamento (“dudo si un pecado que cometí es grave”) hay que dejar de comulgar. Es mejor no comulgar que cometer un sacrilegio. Si la duda no tiene fundamento (“dudo de que, a lo mejor, podría tener un pecado grave”), hay que despreciar la duda y comulgar.

¿Comulgar sin confesarse?

¿Se puede recuperar el estado de gracia antes de confesarse?  

Si, haciendo un acto de perfecta contrición, con el propósito de confesar tan pronto como sea posible.

¿Puedo comulgar si hago un acto de contrición perfecta?  

Para comulgar se debe estar en estado de gracia: esto no tiene excepción. Como un acto de contrición perfecta devuelve la gracia, en tal caso se cumpliría con dicha condición.

¿Cómo sé que mi acto de contrición ha sido perfecto?  

Para custodiar la Eucaristía y evitar sacrilegios, la Iglesia prescribe que quien tenga conciencia de haber cometido un pecado grave no comulgue sin haberse confesado antes.

¿Hay alguna excepción que permita comulgar sin haberse confesado?  

Los preceptos de la Iglesia no obligan cuando existe una dificultad grave en su cumplimiento. Cuando una persona no puede confesarse y debe comulgar (algo poco frecuente), podría lícitamente comulgar haciendo antes un acto de contrición perfecto. Es el caso, por ejemplo, de un sacerdote que ha cometido un pecado grave y, no teniendo con quien confesarse, debe celebrar misa (ya que no puede celebrarla sin comulgar). En el caso de los laicos no parece que esto se dé, salvo en casos muy extraordinarios.

¿Por qué celebramos el domingo y no el sábado?

Para bajar el artículo en Word: ¿Por qué el domingo?

¿Por qué el cristianismo cambió el sábado por el domingo? Si la Biblia dice que el sábado es el día de Yahvé ¿por qué celebrar el domingo?

La realidad es que la Iglesia no cambió el sábado por el domingo, sino que el domingo es la plenitud del sábado, realiza plenamente lo que el sábado anunciaba. De manera que podríamos decir que el domingo más que remplazar, incluye y lleva a su plenitud el sábado.

En la Antigua Alianza –la que hizo con Moisés- Dios estableció algunas figuras que anunciaban realidades de la Alianza definitiva que Dios establecería con la humanidad cuando llegara la plenitud de los tiempos. Así por ejemplo, la circuncisión que introducía en el pueblo de Israel, era signo del Bautismo que haciéndonos hijos de Dios nos introduce en la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios; el Cordero Pascual, que liberó a los judíos de la esclavitud de Egipto, era signo y anuncio de otro Cordero –el Cordero de Dios, Jesucristo-, que realizaría la liberación definitiva del demonio, el pecado y la muerte.

En el Nuevo Testamento –la Alianza nueva y eterna- no es que la Misa haya sustituido a la cena pascual judía, conmemorativa de la salida de Egipto, sino que realiza plenamente lo que aquella cena anunciaba de modo velado. Lo mismo sucede con el Bautismo y la circuncisión, y con el domingo y el sábado.

¿Qué sentido tenía en el Antiguo Testamento la celebración del Sábado?

1)      Hacía memoria de la Creación: como el séptimo día del relato del Génesis, Dios descansó; el sábado celebraba esa creación y a su Creador, dedicando a Dios ese día: el séptimo.

2)      Memoria de la liberación de Israel: también memoraba la liberación de Egipto: no trabajando ese día, los judíos celebraban a Dios que los había liberado y les había conducido a la tierra prometida.

3)      La celebración del sábado era signo de la Alianza de Dios con el Pueblo Elegido: respetando cada sábado reafirmaban la Alianza, la agradecían, la vivían.

Estos sentidos, encuentran su plenitud en el domingo:

1)      La resurrección de Cristo es un nueva Creación: en su cuerpo y alma gloriosos, ya está el hombre  nuevo de la Jerusalén celestial. El domingo celebramos esta nueva creación de la que ya participamos por la gracia, y que alcanzará su plenitud al final de los tiempos.

2)      La resurrección de Cristo, vence la muerte, el pecado y al demonio, llevando a plenitud la entrega que hizo de sí mismo al Padre en la cruz.

3)      Renovamos nuestra Alianza con Dios participando de la Eucaristía, memorial de su muerte y resurrección.

¿Cuándo comenzaron los cristianos a celebrar el domingo?

Desde el principio. De ello da testimonio la Sagrada Escritura.

1)      Los Hechos de los Apóstoles testimonian que San Pablo se reunía con los cristianos el domingo: Hechos 20,7: “El primer día de la semana, cuando estábamos reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía partir al día siguiente, hablaba a los discípulos, y su discurso se prolongó hasta la medianoche”.

2)      San Pablo rechaza las críticas de los judíos en cuanto a que los cristianos no siguen la ley mosaica: Col 2,16-17: “Así pues, que nadie os critique por la comida o bebida o por cuestión de fiestas, novilunios o sábados, que son una sombra de lo que tenía que venir, a saber, la realidad del cuerpo de Cristo.”

3)      Precisamente en la organización de la colecta, el día clave es el domingo, día en que se reunían: 1 Cor 16,1-2: “En cuanto a la colecta en favor de los santos, haced también vosotros como mandé a las iglesias de Galacia. El primer día de la semana, que cada uno de vosotros ponga aparte lo que le parezca bien y lo guarde, para que no se tengan que hacer las colectas cuando llegue yo.”

4)      El día que Dios encarga a Juan que escriba a las Iglesias, es precisamente el domingo: Ap 1,10: “Caí en éxtasis un domingo y oí detrás de mí una gran voz, como una trompeta, 11 que decía: Escribe en un libro lo que ves y envíaselo a las siete iglesias: a Éfeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea.

 

Catholic Answers recoge el testimonio de muchos autores de los primeros siglos sobre el tema: Sabbath or Sunday. Comenzando por la Didaché (año 70): “En el día del Señor reuníos y romped el pan y haced la Eucaristía, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro” (14,1).

También se puede leer la explicación del Catecismo de la Iglesia Católica: El día sábado, El día del Señor.

 

 

¿Ayuno después de comulgar?

Soy profesora y doy clases de religión a niñas de 9 y 10 años. Leí con mucho interés su columna sobre el ayuno antes de comulgar.

He oído de otras profesoras, que es necesario hacer un tiempo de ayuno (10 minutos) después de comulgar. Me preocupa porque mis alumnas tienen una liturgia de comunión, antes de su recreo y apenas salen de la capilla comen su colación o van a almorzar. ¿Es correcto hacer esto o convendría cambiar la hora de comunión para que las niñas reciban el cuerpo de Cristo con el mayor respeto posible?

Como bien apuntás, hay un precepto de ayunar una hora antes de comulgar, pero no lo hay para después.

Ahora bien, lo importante es con la reverencia con la Eucaristía, y el aprovechamiento que hagamos de la Comunión: sacarle el jugo al maravilloso rato en que nos convertimos en auténticos templos de Dios, ya que Jesús está físicamente unido a nosotros: para adorar, llenar de amor, llenarnos de su amor, pedir (nunca Dios Padre nos mira mejor, que cuando ve a Cristo en nosotros), reparar, identificarnos con El, purificarnos con su presencia, y un largo etcétera. Son momentos sublimes.

¿Cuánto tiempo está Jesús físicamente en nosotros?

La Teología nos enseña que la presencia de Jesús en la hostia dura mientras se conservan las especies sacramentales. De manera que si el vino se avinagra, deja es estar el Señor presente en el cáliz; y lo mismo sucede cuando la hostia se descompone.

Esto ocurre cuando comulgamos: la presencia física de Jesús en nosotros dura lo que duran las especies sacramentales, y no solamente el tiempo en que tenemos la hostia en nuestra boca.

Te aclaro un término teológico:  llamamos especies sacramentales a la apariencia de pan; ya que como sabemos después de la consagración ya no es pan: donde había pan, está Cristo; pero queda la apariencia de pan. Bueno, cuando esta apariencia se desvanece, cesa la presencia eucarística de Cristo. Lo mismo ocurre en la especie de vino.

Por eso, siempre se ha recomendado, permanecer piadosamente rezando un rato después de comulgar. Se suele estimar que esa presencia dura en nosotros unos diez minutos.

Por tanto, tu preocupación es muy buena: sería bueno ayudar a esas chicas a vivir con mucho amor ese rato en que Jesús nos pertenece de modo tan especial, a ser muy buenos anfitriones de su visita. Y para ello rezar y no salir inmediatamente de comulgar, distraídamente a comer un caramelo o un sándwich teniéndolo a Jesús con nosotros.

¿Dejar de amar a Dios porque es bueno?

Aunque parezca curioso —y en realidad sea paradójico— hay personas que se alejan de Dios porque piensan —con razón— que es muy bueno. ¿Tiene esto sentido?

Me preocupa que haya almas que se alejen de Dios por una concepción sentimental del amor, sin darse cuenta de lo poco razonable de un planteo que dan por obvio, y que no lo es en absoluto.

En concreto, hay personas que justifican, por ejemplo, su inasistencia a la Misa dominical, con un argumento sorprendente:

“Yo no voy a Misa los domingos. Dios es bueno y no me va a castigar por eso”

Parecería que detrás se esconde el siguiente razonamiento:

“No voy a Misa porque Dios no me va a condenar por eso; es decir, sólo iría en caso de que corriera peligro de condenación”.

Y con la misma actitud se intenta justificar algunos comportamientos contrarios a la moral cristiana (el uso de anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales, el concubinato —que es como se llama técnicamente que novios vivan juntos—).

Ante estos casos, tenemos que preguntarnos si la misericordia infinita de Dios es motivo para ofenderlo sin reparo. Y si esa ofensa es gratis; es decir, no tiene un costo personal para nuestras almas.

No vamos a ir aquí al fondo de la cuestión (el papel de la moral en la vida cristiana, la obligatoriedad moral de los preceptos de la Iglesia y el papel de la Eucaristía en la vida cristiana, etc.), sino que simplemente nos preguntaremos si el supuesto que Dios no va a castigarme por dejar de adorarlo, de amarlo y de dedicarle tiempo, es un motivo razonable para dejar de hacerlo; si pensar que no va a condenarme es motivo suficiente para ofenderlo con actos contrarios a su ley moral.

La aclaración de algunos puntos fundamentales ayudará a entender el error que esconde la justificación que nos estamos analizando.

1) El amor y la vida cristiana

Comenzamos por analizar el papel del amor de Dios y de nuestra correspondencia en la salvación.

Una cosa es clara: lo que nos salva es el amor de Dios, no nuestras obras. Hay una primacía absoluta de la gracia sobre nuestras obras.

Jesucristo no se hizo hombre para evitar la condenación de los hombres, sino para llevarlos a la plenitud de la filiación divina: eso es lo que nos salva.

La causa de la salvación no es el amor que tenemos a Dios, sino el amor que Dios nos dona con la gracia.

Un amor cuyo fruto no es sólo la satisfacción afectiva de quien lo recibe, sino sobre todo una vida nueva (ese amor es amor divino, y como tal, nos diviniza). Esa vida, la recibimos y vivimos nosotros. Ser amados por Dios no es algo meramente pasivo, hemos de aceptar y asimilar ese amor, haciéndolo nuestro y ¡viviéndolo!

“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, decía San Agustín. Nuestra libertad tiene un papel fundamental.

Haciendo nuestro amor que Dios no dona, podemos amar con ese amor y entonces la salvación se expresa en ese amor: recibimos el amor para asimilarlo, y una vez asimilado –hecho nuestro- poder amar con ese amor de Dios, que ahora es nuestro.

Es decir, es Dios quien nos salva, pero nuestras obras coherentes con esa salvación resultan indispensables para aceptación y la vivencia de esa salvación.

2) Quien salva y quien se condena

Si nos negáramos a amar, rechazaríamos el amor y con él, la salvación que se nos ofrece… y, por lo mismo, dejaríamos de estar salvados.

El amor de Dios es inagotable (es infinito), de manera que no se cansa de ofrecernos su amor salvador. Siempre estará dispuesto a perdonarnos, si volvemos a El arrepentidos. Siempre estará dispuesto a recibirnos, si a Él nos acercamos. Pero para que efectivamente nos perdone, nos salve y nos reciba, hemos de aceptarlo amando: nuestra libertad también aquí es imprescindible.

Dios no nos condena, pero no porque no pueda hacerlo, sino porque ¡no quiere hacerlo! Espera paciente y quiere la conversión de nuestro corazón. Conversión que sólo se llevará a término recorriendo el camino que El nos señala. Si nosotros no queremos amarlo, si rechazamos su voluntad, si nos cerramos a las fuentes de la gracia, estamos rechazando libremente su amor, su perdón y su salvación. Y esto es muy malo, haciéndolo nos condenamos a nosotros mismos. En esto consiste el infierno:

Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.

Catecismo de la Iglesia Católica, 1033.

3) Razón de ser de las exigencias de Dios

Dios no necesita nuestro culto ni nuestra obediencia. Simplemente pide lo que necesitamos para alcanzar la plenitud humana y sobrenatural. Así lo creemos los cristianos. Detrás de sus mandamientos no vemos un capricho irrazonable, sino una voluntad paterna que conduce a la plenitud en la vida eterna, a través de las vicisitudes de esta vida. Eso vale para los mandamientos y para la recepción de los sacramentos, para la oración y para la caridad. Todo es importante, porque nuestro Padre Dios nunca nos pedirá algo para molestarnos.

Jesús nos enseñó a pedir: “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. Y pedimos que la cumplan los planetas, y los animales y los hombres… comenzando por nosotros mismos. Porque ¡de verdad!, es lo mejor para nosotros.

4) El perdón de Dios y realización personal

El pecado hace mal al alma. El perdón, no es una cuestión formal: Dios cura el alma cuando perdona. Sería una locura pecar solamente porque Dios perdona (como diciendo, ¿para qué dejar de pecar si después te perdonan igual?).

Este planteo supone que pecar es bueno —lo mejor que podemos hacer—, pero un Dios caprichoso nos lo prohíbe. Pero como tan malo no es, nos deja una puerta de escape: que lo hagamos tranquilos ya que después El nos perdona. ¡Esto es absurdo!

Otra cosa es que seamos débiles y caigamos. Entonces necesitamos perdón de por las cosas malas que hacemos, y por el bien que dejamos de hacer, por el amor que dejamos voluntariamente de tener. Y el primer paso para el perdón es el arrepentimiento: es imposible el perdón sin el rechazo personal del pecado, ya que Dios no nos liberará de las acciones que nosotros no rechazamos (una vez más respeta nuestra libertad). Pero esto imposible si pensamos que lo que hicimos es bueno.

Pero no es sólo cuestión de que pensar en el perdón de Dios. Es el aspecto negativo: liberarnos de lo malo que haya en nuestra vida.

Pero hay una cuestión mucho más importante y muy positiva: para realizarnos, cumplir su palabra es esencial.

Cumplir la ley de Dios no es lo que nos salva, sino que es la consecuencia natural de haber sido alcanzados por su amor. La procuramos cumplir no por miedo a castigo, sino porque hemos descubierto el amor de Dios. Queremos hacer lo que Dios nos pide porque lo amamos. Porque entendemos lo grande que es su sabiduría y su amor.

En el caso de la Misa; no asisto por miedo a que Dios me castigue (sé que me va a perdonar todas las veces que sinceramente le pida perdón por haberlo ofendido), sino porque quiero participar de la mayor donación de amor de Dios a los hombres: la Eucaristía.

5) Amor y temor

La Teología nos enseña que el temor de Dios es un don del Espíritu Santo: se nos infunde junto con la gracia santificante y las virtudes infusas.

Esto podría resultar un poco curioso: ¿Acaso Dios quiere que le temamos? ¿No es acaso nuestro Padre? ¿El buen Pastor que busca la oveja perdida y da la vida por ella?

Ante estas perplejidades es justo que nos preguntemos qué tipo de temor nos infunde el Espíritu Santo, de qué miedo se trata.

En relación a Dios, puede haber varios tipos de temores, uno malo, uno imperfecto y otro óptimo.

Tener miedo a Dios y mantenerse alejado de Él por eso, es un temor malo, sin sentido. Un miedo que teme a un Dios del que habría que cuidarse…

Está claro que no hemos de tener miedo a Dios: es el más amoroso de todos los padres.

Entonces, ¿miedo a qué hemos de tener? En primer lugar a nosotros mismos… a que —por nuestra debilidad— nos apartemos de Dios, a que lo ofendamos. Se trata de un sano temor a ofender a quien tanto nos quiere, un temor que nos lleva a alejarnos de las ocasiones de hacerlo. En esta línea el sacerdote reza en Misa, antes de recibir la Comunión: “haz que siempre cumpla tus mandamientos y no permitas que me separe de Ti”. Este es el temor de Dios bueno: temor a fallarle a nuestro Padre, a estropear nuestra vida con el pecado. Es un “miedo” muy santo, filial, cariñoso.

Un temor a cometer la locura de rechazar su amor pecando, de vivir lejos de El; y, por lo mismo, terminar lejos suyo por toda la eternidad (te recuerdo que eso es el infierno).

Hay quienes piensan el amor y la confianza excluyen todo respeto y temor. Pero no es así; el amor incluye el respeto como línea de mínimo: respeto a quien amo, y difícilmente amaré a quien ni siquiera respete.

Y el respeto es una cierta forma de temor: un temor que puede ser amoroso, cuando lo que se teme es alejarse del amado, hacerlo sufrir, fallarle, ofenderlo.  De manera que amor, temor y respeto, si se los considera en su justo lugar, están relacionados.

Por eso la Sagrada Escritura enseña que “el comienzo de la sabiduría es el temor de Yahveh; muy cuerdos todos los que lo practican” (Ps 111,10).

6) El miedo y el cumplimiento de los preceptos

En relación al temor de Dios y el cumplimiento de su voluntad caben varias posibilidades. Analicemos sólo tres de ellas.

a) Podemos movernos en la vida por miedo al infierno, un miedo nada filial ni amoroso. Sería un miedo timorato, un miedo que nos apartaría del pecado y nos haría cumplir la voluntad de Dios; un miedo que nos llevaría a hacer cosas buenas y evitar las malas —por tanto que nos haría buenos—, pero imperfecto porque le faltaría amor. Imperfecto no significa malo: es bueno, pero carece de perfección.

Antiguamente –y también en nuestros días- era frecuente encontrar personas que cumplían los preceptos de la ley de Dios por este tipo miedo: miedo a un castigo de Dios, miedo al infierno, etc.

Aunque debemos reconocer que no todo era miedo. Querían a Dios lo suficiente para no querer perdérselo en la eternidad, y estaban dispuestas a pagar el precio de cumplir con lo que Dios mandara para conseguirlo. Se trataba de un miedo que era bueno, porque las apartaba de hacer cosas malas y las conducía a hacer otras buenas, aunque como dijimos bastante imperfecto. No habían descubierto el amor a Dios como motor de su comportamiento. Esas personas tendrían que superar este temor, aprendiendo a cumplir la ley de Dios por amor a Dios.

b) También existe –y ojalá lo tengamos- el santo temor de Dios, que excluye todo miedo a Dios y está lleno de confianza en El.

Quien tiene este santo temor de Dios, hará lo que Dios le pide por amor. Un amor que le llevará a sacrificarse cuando le cueste, para evitar ofender a quien tanto quiere.

c) Podríamos experimentar también una carencia de miedo “patotera”, que enfrenta a Dios. Éste es el caso del que nos ocupamos en este artículo.

Nos encontramos aquí con una versión radicalizada del miedo como motor de la relación con Dios, pero desde una perspectiva negativa: ya no es que cumpla con Dios por miedo al infierno, sino que dejo de cumplir con El, precisamente porque no le tengo miedo.

En esta versión Dios se ha vuelto inofensivo: ya no inspira miedo. Entonces no mueve.

Es bueno no tener miedo; pero es muy triste dejar de gozar de la Eucaristía por falta de miedo. Es bueno no tener miedo a Dios, pero es triste alejarse de El con la excusa de esa falta de miedo.

7) La esperanza y la presunción

En este análisis no puede faltar una breve referencia a la presunción. Es un pecado contra la virtud de la esperanza, que el Catecismo de la Iglesia (n. 2092) define de la siguiente manera:

“Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas, (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito)”.

De más está decir que el caso que no ocupa se encuadra absolutamente en estos términos.

De más está decir que el caso que no ocupa se encuadra absolutamente en estos términos.

Conclusión: cosas que no cierran…

Dejar de ir a Misa porque Dios no me va a condenar por eso, resulta curioso. Y parece bastante egoísta.

Si Dios no me condena, entonces no hago lo que me pide, no me acerco a la Eucaristía, no cumplo sus preceptos. Como si la voluntad de Dios fuera opuesta a la mía… y mientras no corra peligro de condenación, no tengo ninguna intención de corregir la mía para identificarla con la suya.

Además surge otro inconveniente: la asistencia a Misa dominical no es un opcional de la vida cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica señala que “la Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (…) (y) recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días” (n. 1389). Es decir, es de las cosas que determinan la identidad cristiana.

Lo mismo ocurre con los preceptos morales: no son simples consejos, sino que hacen a la fidelidad fundamental a Cristo.

Ante semejante planteo, surgen muchas preguntas que no encuentran respuesta:

¿Donde queda el amor? ¿Qué espero de Dios? ¿No me importa vivir y edificar mi vida al margen de El? ¿Puedo decidir yo cómo amar a Dios, independientemente de lo que Él me pide? ¿Qué es la Eucaristía para mí? ¿Puede ser que me importe tan poco lo que pide?

¿Donde queda el sentido más profundo del cristianismo como divinización del hombre? ¿Qué es para mí la vida de la gracia? ¿Qué es esa vida eterna que me da la Eucaristía?

¿Donde queda el “haced esto en memoria mía”? ¿Qué “pasa” en la Misa para que tenga que ir? ¿Qué falta en mi vida cuando no voy?

¿Por qué la Iglesia enseña que faltar a Misa sin causa grave, sea un pecado mortal? ¿Exagera? ¿Quiere asustar? ¿Acaso miente o simplemente no sabe de qué está hablando? ¿Qué importancia tiene un pecado? El hecho de que Dios perdone los pecados ¿hace que sea lo mismo cometerlos o no cometerlos?

¿Me hace bien el no ir a Misa? ¿Pierdo algo si no voy? ¿Es indiferente ir o no ir? ¿Hace algún daño a mi alma dejar voluntariamente la Misa?

Los que cumplen la voluntad de Dios ¿acaso son tontos? ¿no se han dado cuenta que no es necesario?

Este planteo deja demasiadas preguntas sin responder. Y no es cuestión de que Dios me vaya a castigar… es cuestión de que no puedo vivir sin El…

Y es una actitud que acaba siendo demasiado peligrosa, ya que vivir voluntariamente desconectado de las fuentes de la gracia hace que nuestra vida sea sobrenaturalmente muy pobre, si no es que acaba careciendo totalmente de la vida sobrenatural que dan los sacramentos.

Ir al fondo de las cosas

Para terminar, te invito a que por tu cuenta consideres varias cosas: qué es la Misa, para qué la ha instituido Dios, qué espera de mí. Por qué la Iglesia me insiste tanto en la necesidad que tengo de ella, al punto de obligarme a ir bajo pena de pecado mortal. Qué sentido tienen las exigencias morales. Qué es el amor a Dios y qué papel tiene el santo temor en la vida cristiana.

Si todavía no has descubierto el tesoro divino escondido en la Misa, o en los bienes que protegen los mandamientos… no dejes de asistir o de vivirlos, buscá y pedí a María que te lo enseñe: serás feliz cuando lo encuentres y tu vida alcanzará una dimensión divina.

Y por último que no te dejes llevar por la falta de miedo.

¿Dejar de cumplir la voluntad de Dios excusado en que va a perdonarme?

¿Ofenderlo porque me perdona?

¿Vivir lejos suyo porque no me quiere condenar?

¿Tiene esto algún sentido?

Que Dios no quiera condenarme no es excusa para ofenderlo, sino que ¡hace más grave el desprecio! Endurece el corazón.

Podría sucedernos lo que a los judíos en Meribá, después de cruzar el Mar Rojo: cuantos más prodigios veían, más caprichosos y patoteros con Dios se volvían (cfr. Exodo cap. 15-17; Ps 94).

Eduardo María Volpacchio

2-3-10

“No voy a Misa porque los que van se portan mal”

Hay quienes dejan de asistir Misa poniendo como pretexto que no lo hacen, porque ven  que los que lo hacemos no cambiamos, seguimos igual o peor. Mi pregunta es:

¿Es correcto lo que dicen ellos y qué se les puede contestar?

Es sencillo darse cuenta que el argumento no tiene mucho sentido: carece de coherencia lógica. Decir que no voy a Misa porque los que van no mejoran, no quiere decir nada. Simplemente es una excusa: tratar de justificar algo que hacen mal (no ir a Misa), con defectos que otros podamos tener los que sí vamos.

Para analizar el tema razonablemente habría que ver si asistir a Misa es bueno o es malo. Si hace bien o hace mal. También habría que pensar para qué uno va a Misa y si faltar a Misa hace mejor a la persona, es muestra de amor a Dios, o es lo contrario.

Por último habría que considerar si quien va a Misa y no se porta bien; se portar mal porque va a  Misa (es decir, si ir a Misa hace mala a la gente).

Pero:

1) Ir a Misa es bueno: quien tiene fe en la Eucaristía, no tiene duda de esto (quien carece de fe en la Eucaristía ni se plantea ir o no a Misa, se supone que estamos hablando con gente que cree que Jesús está en la Eucaristía). Dios se nos entrega en la Eucaristía, y eso no puede hacernos mal.

2) Afirmar que todos los que asistimos a Misa nos comportamos mal o no mejoramos  es una agresión gratuita, sin fundamentación alguna. Obviamente tenemos defectos -como todos- pero lo normal es que procuremos portarnos bien, aunque no siempre nos salga. Este juicio colectivo condenatorio, negativo, generalizado, es injusto y carece de fundamento. Por otro lado, tendrían que demostrar dos cosas:

a) que quienes vamos a Misa somos peores que los que no van.

b) que somos peores precisamente por ir a Misa (es decir, la Misa es la causa de ser peores).

3) Puede ser que haya personas que asistan a Misa y lleven una doble vida (es decir, una vida incompatible con la vida cristiana). Pero eso no es culpa de la Misa. La solución para sus vidas no es dejar de ir a Misa, sino cambiar de vida y comportarse de modo coherente con la Misa.

4) Los defectos de los cristianos pueden dar mal ejemplo (y daremos cuenta a Dios de este mal ejemplo), pero no excusa de amar a Dios, rendirle el culto que le debo como mi Creador y Padre.

Habrá que animar a esas personas a compararse menos con los demás, a no buscar justificaciones para no ir a Misa y a descubrir la maravilla de la Eucaristía: vale la pena.