¿Obligación o libertad?

Cuando se las ve como alternativas u opuestas, se ha perdido el sentido de ambas…

Dios «nunca impone su voluntad. ¿Por qué? Porque quiere ser amado y no temido. Y Dios también quiere que seamos hijos y no esclavos: hijos libres. Y el amor sólo puede vivirse en libertad.»
Papa Francisco, 1ª Catequesis sobre el discenimiento (1.9.22)

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El universo –y el ser humano dentro de él– tiene un orden, un plan, un desarrollo, una realización acorde al plan creador de Dios. El universo no es caos. Sigue un designio divino. La mayor parte de los seres –los que no cuentan con libertad– lo realizan de modo necesario. Así los planetas siguen sus órbitas, la realidad se rige según una leyes físicas, químicas, biológicas… que el ser humano es capaz de descubrir. Y el ser humano existe y se desarrolla dentro de este orden universal.

Dios ha creado seres libres. Los ángeles y los humanos. Es su obra cumbre: seres que actúan sin necesidad, con conocimiento del fin, autodisponiéndose hacia lo qua han elegido, capaces de realizarse voluntariamente. Una maravilla asombrosa.

Esto muestra que Dios no quiere esclavos, ni robot que cumplan su ley como autómatas, sin saber lo que hacen. No quiere mercenarios que por conseguir una paga –el cielo– estén dispuestos a cumplir su voluntad (una voluntad que no entienden, ni les interesa, sino que solo cumplen para conseguir el premio…). No quiere miedosos que, por temor al infierno, hagan lo que los realiza personalmente y los lleva al cielo, inconscientes de su sentido y valor.

Quiere hijos, que sepan distinguir el bien y el mal, que sean conscientes de la grandeza del bien, lo amen con todo el corazón y lo realicen libremente en su vida.

En este contexto podemos hablar de la obligación y la libertad, para entender el sentido de la moral cristiana y de los deberes del cristiano.

¿Qué significa que algo sea obligatorio? ¿Lo obligatorio quita la libertad?

En una ocasión preguntaron a San Juan Pablo II qué hacía en su tiempo libre. El Papa, como sorprendido, le respondió: “todo mi tiempo es libre”. Le explicaba que era tan libre al cumplir sus deberes, como descansando, estando con amigos, o en cualquier otra actividad.

Hay en la cultura moderna una gran alergia a la palabra “obligación”, como si fuera algo impuesto desde fuera, arbitrario, atentatorio contra la libertad. Se trataría de algo que yo no elijo, que me imponen, que querría no hacer. Te encontrás personas que, si piensan que algo es “obligatorio”, ya tienen un motivo para no hacerlo… solo por rechazo a lo “impuesto” (curioso porque paradójicamente, así renunciarían a su libertad, “obligadas” a oponerse a lo obligatorio…).

Pero en la vida cristiana no hay nada “obligatorio”, entendido como forzado, contrario a la propia voluntad, impuesto contra mi querer. Nadie va al cielo o al infierno “obligado” sino que responde a la propia elección existencial, de elegir o rechazar a Dios, y nada más libre que eso.

El principio supremo del cristianismo es el amor y el amor es libre. Sólo puedo amar si quiero.

¿La moral cristiana impone obligaciones?

¿Impone las cosas, en el sentido de forzar a hacerlas? No. Simplemente señala que hay acciones buenas y otras malas, pero no fuerza a hacerlas. Dios no envía un ángel para evitar que una persona asesine a otra… Que no “debe” hacerlo, significa que no es bueno que lo haga; pero, de hecho, nadie le impide hacerlo.

La ley moral no coacciona, no oprime. Enseña, libera, orienta. Quien la “cumpliera” sin saber por qué, desconociendo qué sentido tiene, adonde va… carecería de madurez. Y quien la rechazara por capricho, mostraría todavía más inmadurez…

La moral supone la libertad

Muchas veces me preguntan: “¿Se puede hacer tal cosa? ¿es pecado?” Casi como si tuvieran que pedirme permiso para hacer algo. La respuesta debería ser “hacé lo que quieras…” Pero para saber qué querés hacer, tendrías que plantearte la bondad o malicia de esa acción, si te enriquece como persona o no; entonces podrás decidir qué querés, porque el objeto de la libertad es el combo completo (la acción, sus consecuencias, la perfección o corrupción personal que supone, si acerca o aleja de Dios…).

De hecho, las personas buenas, son las que hacen el bien, por amor al bien. Quien obrara bien, o dejara de obrar el mal, por malos motivos, no sería buena. Así, quien desear matar a otra persona y no lo hiciera solamente porque no se anima o porque no quiere ir a la cárcel, no sería bueno… Quiere asesinar (es un homicida de corazón), pero no se anima a hacerlo…, en todo caso es cobarde y eso no lo hace bueno… (aunque le prive de hacer una barbaridad…).

¿La Iglesia quita libertad?

En no pocas personas existe una visión de la Iglesia como si fuera una “imponedora” de obligaciones. Pero esto no es así. Obviamente enseña el camino al cielo, pero como Jesús, invita: “si alguno quiere venir en detrás de Mí…”

¿Hay obligación de ir a Misa el domingo? Se nos dice que la Eucaristía es un tesoro infinito, necesario para nuestra vida, y que si amamos a Dios necesitamos participar de ella semanalmente, en el día del Señor. ¿Alguien nos obliga a asistir? Hay un precepto que indica que no asistir supone cometer un pecado. Pero, nadie nos obliga a hacerlo. Dios no envía un ángel, ni la Iglesia un cuerpo de guardias suizos a sacarnos de la cama y llevarnos a Misa a punta de pistola. Quien quiere ir, va; quien no quiere, no va. Somos libres. Eso no significa que sea lo mismo asistir o no asistir… Quien no va, ser pierde un tesoro infinito.

Con frecuencia alguien me dice: “Uds. los sacerdotes no pueden casarse”. Respondo, no es verdad, nadie me lo impide; nadie me vigila para evitar que lo haga. Simplemente, no quiero hacerlo. Le entregué mi vida a Dios, y eso incluye darle mi corazón entero, libremente. Porque quiero, no porque “no pueda” casarme.

¿Hay obligación de cumplir los “deberes” que tenemos?

Pienso que los jugadores convocados a la selección nacional no ven como una carga impuesta la concentración en el mundial, las dietas de comida, los entrenamientos… Nadie los obliga… es más, se mueren de ganas de estar entre los veintitrés jugadores convocados… Quien no quiera entrenar, simplemente, no va; nadie lo obliga…

Algo semejante sucede con los deberes de nuestra vida (comer, dormir, beber, querer a los seres queridos, trabajar…).

Hay cosas necesarias para la vida humana. ¿Son obligatorias? Bueno, si quiero cuidar mi vida, tengo que hacerlas. Nadie me obliga. Si no como, estaré desnutrido, débil… Nadie me obliga a comer. Al comer cumplo con un “deber”, pero no por cumplir un deber impuesto, sino porque tengo hambre y me gusta la comida…  Obviamente, si estuviera enfermo e inapetente, me vería “obligado” a comer sin ganas; pero aun así lo haría libremente, comería porque querría recuperar la salud.

¿Y si obligatorio significa condición necesaria para algo, que no puede faltar, que lo exige la realidad misma? ¿Si fuera la misma libertad quien “obliga” a hacer algo?

Como vemos la “obligación” no tiene nada que ver con la coacción a la libertad, sino con algo que la libertad tiene que asumir –al menos si es que quiere conseguir aquello para lo cual la condición en cuestión no puede faltar… –

Así, no podemos hacer huevos fritos sin freírlos… Si los ponemos en agua hirviendo, tendremos huevos duros, no fritos. Somos libres de querer unos u otros, pero una vez elegido lo que queremos, deberíamos ponerlos en una sartén o en agua, según lo que hayamos elegido. Y este “deberíamos” no es una imposición, no nos quita libertad, sino que la realiza…

Hay cosas que son necesarias, otras accesorias, u opcionales, o convenientes… todas libres, pero con márgenes de racionalidad más amplios o más estrechos… Esta secuencia de sustantivos va de más necesario a más prescindible… Siempre soy libre, pero esa misma libertad –eso que he elegido– me exigirá una serie de cosas en orden a realizar lo elegido (la libertad, me exige cosas que he elegido…: obvio, no es mera elección vacía…).

Si algo es necesario para conseguir otra cosa, no puedo prescindir de eso si quiero conseguirlo… El querer el fin, me lleva a querer también los medios para conseguirlo.

Lo que hacemos tiene consecuencias…

Si estudio, aprobaré el examen; si no estudio, posiblemente me bocharán. Si quiero aprobar el examen debo estudiar, pero no porque algo o alguien me obligue, sino porque mi libertad –salvo casos de inmadurez inconsciente– eligió un proyecto completo: estudio/aprobar o no-estudio/me-bochan.

Lo que quita la libertad no son las obligaciones –que se asumen libremente, si es que se asumen…–, sino los vicios y las limitaciones personales. Así, los caprichos, la pereza, la dejadez… disminuyen la libertad en cuanto nos dificultan conseguir lo que queremos. Si quiero tener espiritualidad, conseguir un título universitario, cultivar una amistad, tener buen estado físico…, lo que sea, ese querer –ese proyecto de la libertad– llevará consigo una serie de elecciones que están implícitas en ella, que surgen de esa decisión libre, no impuesta por nadie. Las “obligaciones” surgen de mi decisión, no son impuestas: son lo que quiero, ya que son medios para conseguir el fin propuesto. Esto es obvio.

Siempre he afirmado que la pereza es el gran enemigo de nuestra vida, porque si la dejamos gobernar nuestra vida nos hace inútiles, incapaces de hacer lo que queremos. Por eso, si quiero que mi vida tenga fruto, no quiero pereza: no es que “deba” vencerla; es que no quiero que me arruine la vida. Dejarse llevar por lo fácil supone renunciar a la libertad de llevar las riendas de la propia vida y dirigirnos hacia donde queremos.

Libertad e inteligencia

Pienso que todos queremos ser razonables: la libertad –en casos de locura, no hay libertad–supone actuar de modo razonable. Las elecciones locas no son muy libres (les falta inteligencia), las elecciones no reflexionadas (les falta consideración), tampoco; las puramente pasionales o emocionales (les falta voluntad, donde reside la libertad), tampoco; las compulsivas, tampoco… El conocimiento no nos quita libertad, sino permite a la libertad ser tal (una decisión determinada por la ignorancia, no es muy libre…).

El peligro es que un celo exagerado por defender la propia libertad, rechace la verdad de las cosas, como si fuera una imposición… Así considerada, la libertad acabaría siendo simple capricho, inestable, y muy poco libre…

Si sé que los hongos que me ofrecen para comer pueden ser venenosos, no debería comerlos; pero no porque esté prohibido hacerlo, sino porque no es razonable comer hongos posiblemente venenosos… Siempre libre. En este caso no los comería, porque quiero evitar el peligro de envenenarme.

Lo mismo ocurre con las cuestiones morales (las acciones malas serían como veneno moral, que me corrompe como persona; por lo que no me interesan…). No es que “no se pueda” hacerlo, es que no quiero ser injusto, mentiroso, egoísta… Como poder, claro que puedo; pero como soy libre, no quiero serlo.

Libres de verdad, supone conocimiento, reflexión, valoración y decisión… Si faltan algunos de estos elementos, la libertad está disminuida…

¿Es obligatorio comulgar en estado de gracia? El sacerdote antes de la comunión no te interroga para saber si lo estás. Si te acercás al altar, te dará la comunión. Ahora bien, San Pablo dice que quien recibe indignamente el cuerpo del Señor, come su propia condenación… y no creo que vos quieras hacer una comunión que, en vez de santificarte, te condene… Sos libre, pero espero que no seas tonto… Por tu bien, no por “obligación” …

¿Es malo hacer las cosas por obligación?

La responsabilidad –virtud que mueve a cumplir el propio deber–, es muy buena y ayuda mucho en la vida: da facilidad y gusto para hacer las cosas que debemos hacer (que son muchas: desde asearnos, limpiar la casa…). Pobre quien no sea responsable, todo le resultará una carga pesada.

Está muy extendida una sobrevaloración de la espontaneidad que lleva a despreciar la responsabilidad en el cumplimiento del deber. Hacer las cosas por cumplir, sin sentir atracción o sintiendo rechazo por ello, sería algo malo. He llegado a escuchar a alguna persona decir que, “para ir a Misa por obligación, mejor no ir a Misa”… Lo cual es claramente falso. Quien va por “obligación”, va porque quiere –nadie lo fuerza–, con lo cual, va libremente (si no, no iría).

Cumplir un deber es mejor que no cumplirlo. Esto vale para todo deber.

Pero la responsabilidad sola, es pobre. Necesita ser elevada por el amor. Por eso, cumplir un deber por el mero hecho de cumplirlo, es muy pobre e imperfecto.

[Una pequeña aclaración conceptual: bueno se opone a malo; perfecto, a imperfecto. Una cosa buena pero imperfecta, no es mala: es buena, pero le falta perfección. Lo malo es malo; lo bueno imperfecto, sigue siendo bueno.]

La intención con que hacemos las cosas, añade o quita perfección al acto. El amor es la principal fuente de valor de las cosas. ¿Qué vale más? Lo que es hecho por amor. Por eso, la respuesta al tema de la Misa, debería ser afirmar “que para ir a Misa sólo por obligación, mejor es ir por amor”. La prueba más llamativa es el caso de la viuda del templo: la que menos limosna puso, resultó –en la consideración de Jesús– ser la que más puso. ¿Por qué? Porque se dio ella misma en su ofrenda, puso todo lo que tenía, llena de amor.

La gran libertad es la del amor

Cuando hay amor, poco importa cuánto de obligatorio o no sea alguna cosa. Es más, el amor está en lo que no es obligatorio –el amor entrega gozoso más de lo debido–; pero también debería estar en la motivación de fondo de lo que es obligatorio.

Si hago por amor lo que es obligatorio –y también lo que no lo es–, soy la persona más libre del mundo. Se cumple en mí lo de San Agustín: “ama y haz lo que quieras”. Quien ama de verdad, busca realizar el amor, y eso lo llevará a excederse en el deber, sin pensar que se excede, sin pensar si es deber… quiere hacer feliz, y eso lo hace feliz.

Eduardo Volpacchio
Mendoza, 15.10.22

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