Felices los que creen

Caravaggio TomásTenemos pocas palabras de Cristo resucitado. Tienen un valor especial. Felices los que creen. A modo de última bienaventuranza, definitiva.

Felices, dichosos, privilegiados, suertudos…

Nuestro tiempo parece considerar dichoso al que no cree… y una especie de extraterrestre al que cree. Como si el primero se viera liberado de una serie de exigencias que tiene el segundo… Por eso resulta conveniente considerar por qué Jesús considera felices a los que creen.

Los que confían en Dios. Los que aceptan su palabra, se fían de ella son felices porque -según Jesús-  encuentran la salvación, el sentido de si vida…

Porque han encontrado el tesoro… Y con la fe lo tienen todo. Porque la fe les abre la puerta al mundo divino, los pone en comunión con Dios. Felices porque así están cerca de Dios.

Felices porque les permite entrar en un mundo nuevo, y les llena de trascendencia su vida terrena.

Bienaventurados los que creen, porque como dice Jesús: el que cree tiene vida eterna.

Porque esta fe, es una fe que da vida, y una vida grandiosa, definitivamente feliz.

Felices además… porque el que tiene fe podrá mover montañas… se lanzará a aventuras imposibles… y Dios sostendrá su empeño.

Felices porque tienen la motivación más grande y poderosa.

Felices porque podrán tener la paz y la seguridad en todas las circunstancias de su vida, si dejan que su fe las vivifique.

Felices porque como enseña San Juan: esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe. Y con la fe tienen la esperanza y el amor.

Esta última bienaventuranza es como un eco de la primera, pronunciada no por Jesús sino por Isabel a la gran bienaventurada, la Virgen. Feliz de ti que has creído…

El gran don de la fe, que da la posibilidad de ser bienaventurado respondiendo a ella.

Veamos el contexto de la bienaventuranza. Jesús la pronuncia delante de los Apóstoles, que el Viernes Santo no han creído… Se la dice a Tomás que tardó una semana en creer en su resurrección… Para ellos es un reproche. Para nosotros, un desafío. El desafío de creer. Siempre. También cuando cuesta. Cuando el sufrimiento oscurece la inteligencia. Cuando el mal humor lleva a rechazar lo que los demás nos dicen. Cuando la mente se oscurece. O el corazón se revela. O el ambiente social nos hace sentir trogloditas por creer. También en esos momentos: felices los que creen.

Porque la fe no es un sentimiento. Es una decisión. Decisión que necesita de la gracia, pero que es libre: a fin de cuentas soy yo, con mi libertad, quien creo o no creo. Te creo, Dios mío, o no te creo. Porque no es una fe cerrada en mí mismo; mi fe no es lo que yo siento, opino, quiero, sino mi actitud ante Dios: lo que te creo Dios mío, o no te creo; cómo te creo, cuánto te creo. Felices los que deciden creer a Dios, los que se juegan por Él.

La bienaventuranza tiene una especificación: los que creen sin ver. No hace falta ver para creer; es más, según las palabras de Jesús pareciera que es mejor no ver que ver…

La grandeza de la fe reside en que nos permite “ver” sin ver. Es un ver con los “ojos” de Dios. Un entender sin demostración: gracias a la fe se entiende, los que otros no entienden.

La experiencia de fe los Apóstoles fue muy dura. En la prueba su fe flaqueó. Tomás se resistió más… Es cierto que no vio, pero tuvo el testimonio de todos los demás… Tuvo la fe de la Iglesia… y se resistió… Felices los que creen sin ver… porque su fe es más pura, confiada, valiosa…

Cuando la fe de tanta gente flaquea alrededor nuestro… Cuando la nuestra flaquea… Esa fe que nos lleva a rezar, a perdonar, confiar en los momentos de sufrimiento, a seguir a Cristo en los momentos de aridez, de desgana… Felices los que creen, con fuerza, incluso contra sus sentimientos, contra el ambiente, contra las apariencias… Felices y mil veces felices.

Agradecer nuestra fe. Nuestro mayor tesoro. Que nos hace felices y nos da la felicidad eterna. Cuidar la fe. Cultivarla. Pedirla. Ejercerla, hacer actos de fe. Felices. Y ayudar a los demás en este camino de felicidad que es el camino de la fe. Tenemos la ayuda de la Virgen, su compañía, cercanía. Con Ella es más fácil.

P. Eduardo Volpacchio
Villa Allende, 25 de abril de 2017

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¿Comulgar sin participar de la fe y de la vida de la Iglesia?

PREGUNTA: ¿Qué puedo contestar a quien me dice “comulgo porque lo importante es la relación directa con Dios. No soy parte de la Iglesia ni de sus ritos, porque no creo en ella.., pero sí creo en el Dios cristiano”?

En primer lugar -como siempre en el apostolado- tendrás que rezar por esa persona.
Y tratar de explicar las cosas con calma, sin pretender “convencerla”, ya que en las discusiones cada persona se cierra más en su postura, en lugar de abrirse a entender…

Habría que explicarle que una religión supone coherencia con ella. Si yo participara de unos ritos en los que no creo, estaría faltando sinceridad: los ritos de los que participo expresan exteriormente mi adhesión interior a lo que significan. Y además, con ello ofendería a los creyentes, ya que implícitamente les estaría diciendo que no valoro sus creencias.
Se trata de una ofensa a una fe de la que no se participa: una cosa es no tener fe y otra muy distinta simular esa fe buscando no se sabe qué tipo de unión con Dios…
Los cristianos creemos que en el Eucaristía está presente Jesucristo, y que por eso, recibirlo sin las debidas condiciones (la primera de las cuales es la fe) supone un grave sacrilegio.
A quien comulgara sin fe en la Iglesia, le pediría con cariño que no lo haga. Si no cree en la Iglesia, comulgar sería una farsa. Realizaría un gesto de comunión sin la menor comunión… estaría mintiendo.
También tendría que darse cuenta que ofende a Dios: quien creen en la Eucaristía cree que no es un trozo de pan, sino Cristo mismo. Por eso, comulgar sin fe, es una ofensa a Dios. Sería pretender unirme con Él a través de algo en lo que no creo… profanaría el signo de unión en el que no creo.
Si no cree, tendría que mostrar su respeto por la fe que no tiene, no participando de ella.
En cuanto a que lo importante es la relación con Dios, esto eso es obvio. Pero… esa relación tiene un cauce concreto…
Dios quiso hacer nuestra relación con Él más cercana, accesible a nuestra experiencia. Siendo espíritu puro, no tenemos experiencia física de Él: ¿cómo podríamos tener una relación con un Dios con el que no pudiéramos tener contacto?
Por eso se hizo Hombre: para que encontráramos a Dios en Jesucristo.
Y Jesús para eso envío el Espíritu Santo e instituyó la Iglesia: para que el Espíritu actuando en la Iglesia hiciera posible nuestro encuentro con Él.
Sin la Iglesia no podríamos tener a Jesús: la Iglesia nos transmite su palabra en la Sagrada Escritura y nos da su gracia en los sacramentos (que Jesús instituyó y confió a la Iglesia), sobretodo el don más precioso que es la Eucaristía.
Por todo eso tendría que aclararse a sí misma, analizar qué significa cuando dice que cree en el Dios cristiano… sin creer en la Iglesia, ni en sus enseñanzas… Aclararse qué es creer y qué es en concreto lo que cree…
El Dios cristiano es un Dios que se ha revelado… Por eso no es coherente con su concepción querer decidir qué es importante y qué no en la relación con Dios: nosotros no somos Dios…, no decidimos la fe… la recibimos de Él.
Por ser una religión revelada no surge de nosotros, la recibimos de Dios. Esto no lo podemos demostrar matemáticamente… pero lo creemos firmemente. Se puede creer o no creer, aceptarla o no; pero no tiene sentido “usar” ritos en los que no se cree buscando una experiencia de lo divino.