¿Qué hacemos con las dudas de fe?

¿Quién no ha experimentado dudas de fe?

Pienso que todos las hemos sufrido. Es natural que quien piensa, se plantee preguntas e interrogantes acerca de lo que ve, piensa, reza, hace, reza, vive, etc.

Además, en nuestros días, la cultura reinante desafía constantemente muchas verdades de fe, y es muy importante tener respuesta para esos desafíos. Verdades incómodas para la cultura moderna (la moral sexual cristiana, por ejemplo) exigen un mayor conocimiento de sus razones. Ya San Pedro pedía a los primeros cristianos que estuvieran dispuestos a dar respuesta a “cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen” (1 Pedro, 3, 15).

Por eso no debería inquietarnos experimentarlas, ya que son una ocasión de madurar y crecer en la fe. Plantearnos y replantearnos cuestiones nos lleva a redescubrir su sentido y valor.

Por otro lado, también es cierto que fomentar dudas de modo frívolo, sin resolverlas; o apagarlas para no pensar, puede dañarla y mucho. Todo depende de cómo las analicemos y les respondamos.

Por tanto, no te sientas mal por tener dudas de fe, ni las fomentes. Simplemente, intentemos aprovecharlas.

La seguridad de la fe no excluye una cierta inseguridad

La fe nos aporta el conocimiento más importante de nuestra vida, el más profundo, el que aporta el sentido a todo, el que da trascendencia a una vida –la nuestra– que, sin ella, quedaría encerrada en las coordenadas espacio-temporales en las que trascurre, sin apertura a lo eterno.

Ese conocimiento, por ir más allá de lo sensible y experimentable, no es demostrable a ese nivel. Por definición es un saber de algo que, tenemos por seguro, pero no podemos demostrar en términos de ciencias experimentales, es decir, empíricamente, sin que quede margen de duda. La fe nos permite el conocimiento de lo que es, pero no se ve… No se ve, pero es muy sensato, ya que aporta respuestas a las preguntas más importantes de la vida; preguntas que sin fe, no es que tendrían otras respuestas, sino que se quedarían absolutamente sin respuesta[1].

Ese saber tiene certeza –estoy seguro de lo que creo–, con una certeza que no es ni metafísica (no puede ser de otra manera de modo absoluto), ni física (demostrada empíricamente), sino moral (seguridad subjetiva, sólida, pero no absolutamente cerrada externamente). Para fundamentar esa fe, tengo numerosos argumentos convincentes (es decir, que convencen, sin ser cada uno de ellos definitivos) y convergentes (todos apuntan en la misma dirección, llevan a afirmar la fe). Esto hace de la fe, siempre un acto libre. Los argumentos me llevan a la fe, pero el último paso, lo doy, no movido por una necesidad racional (el caso de aceptar que 2 + 2 = 4, no puedo negarlo sin negar lo evidente), sino en libertad.

Tanto el creyente como el no creyente creen, tienen fe. En el primer caso, una fe positiva (“creo en Dios”) y en el segundo, negativa (“no creo en Dios”). Pero tan fe, la una como la otra.

Y ambos, tanto el creyente como el no creyente, tienen –en su seguridad– un margen de inseguridad. Al creyente le pueden asaltar pensamientos del estilo de “¿y si todo esto es un cuento chino…”. Y al no creyente, “y si Dios existe…”. Nos ocupamos de este tema en mi libro “Creer o no creer: esa es la cuestión”.

Evidentemente la seguridad de la fe de cada uno –cuánto de sólida sea mi fe–, dependerá de su fundamento personal (cuánto conozco de la fe, la he estudiado; conozco sus razones, he alcanzado una visión de conjunto, coherente de la fe; entiendo el sentido que tienen las cosas…), del carácter de cada uno (las personas inseguras, tienden a tener más dudas que el resto, por su forma de ser…), del ambiente en que se vive (en un ambiente creyente, será más fácil que la fe sufra menos terremotos que en un ambiente contrario a la misma).

Cuánto menos conozca de la fe, es natural que más cosas me resulten difíciles de entender… y más dudas se me presenten.

A veces, las dudas de fe tienen su origen en la poca formación personal: en no haber estudiado la propia fe. Muchos no saben bien qué es lo que creen; tienen, más que dudas de fe, dudas de lo que afirma la fe… o dudas de cosas que no son de fe… Y desconocen las razones de la fe.

La duda no es mala en sí misma, hasta puede ser una buena motivación para profundizar en la fe. El asunto es no conservarla como duda, sino como ex duda resuelta…

Maduración de la fe

En el crecimiento de la fe, se debe pasar de la fe infantil (basada en lo que has recibido) a una fe personal (asumida como propia). Y tendrá que pasar por pruebas, para llegar victoriosa a una fe más sólida. Triste cosa sería perderla en esas crisis de crecimiento.

Así nos hacemos merecedores de la bienaventuranza que Jesús pronuncia con ocasión del acto de fe de Tomás, que ha visto y tocado las llagas de sus manos y sus pies: “bienaventurados los que creen sin haber visto” (Jn 20,39).

Hay dudas y dudas…

Las dudas surgen por muchos motivos (afectivos, ante problemas, falta de formación…).

Para saber cómo manejar las dudas, habrá que precisar un poco.

Hay que distinguir las dudas razonables y la no razonables. Hay dudas que no proceden de la falta de entendimiento o de la dificultad de aceptación de alguna cuestión de fe, sino que tienen su un origen lejos de la racionalidad.

Las dudas afectivas, no son propiamente dudas, porque no tienen un origen racional: surge de la sensibilidad, de un sentimiento: algo no me gusta, me desagrada… y entonces lo cuestiono. Me enojo con Dios porque murió un familiar, y me cuestiono su bondad… También podría ser el caso de quien, cansado para ir a Misa, se pregunta ¿sirve para algo ir a Misa? Su pregunta busca una respuesta negativa, la podríamos llamar duda perezosa. No es “honrada”, en el sentido que no busca encontrar su sentido, sino una excusa para dejar de asistir…

También son dudas afectivas, las que llevan a sentirse raro por las propias creencias en un ambiente ateo o anticristiano. Sería una duda vanidosa o vergonzosa. Uno no se siente bien con su fe, pero no por su relación personal con la fe, sino por la falta de sintonía con quienes le rodean o por cómo lo miran –o piensa que lo miran–; y eso lo lleva a sentirse incómodo. Puede uno sentirse un dinosaurio, donde se considera a la fe pasada de moda… Pero no se trata de incomodidad con la fe, sino de respetos humanos.

Existen las dudas perezosas o desganadas… Me decía una adolescente: “tengo dudas de fe”. Le pregunto qué inquietudes tenía. Y me respondió que no sabía si iba a Misa los domingos por mera costumbre o porque quería… Le expliqué que ese no era un problema para ir a Misa… Le digo: ir por costumbre es bueno, y de hecho si vas es porque querés (si no quisieras, no irías). Es bueno que te lo preguntes, para actualizar tu querer, redescubrir el sentido de la Misa, y encender el amor a Dios cuando asistas, para que no sea sólo costumbre (porque sola es muy pobre). Pero, absolutamente esa duda, no es una duda de fe, ya que no dudás de la Eucaristía, sino de tus ganas de asistir a Misa…

También existen dudas contreras. Es el caso de algunos adolescentes peleados con sus padres. Si estos son creyentes, no es poco frecuente que –para poner distancia con ellos y hasta una pizca de venganza…– rechacen la fe que sus padres tanto valoran.

Hay dudas negativas. Se llaman dudas negativas a las que no tienen razón de ser. Por ejemplo, cuando te estás alejando del auto que dejaste estacionado, te puede venir a la cabeza, ¿habré cerrado con llave o lo dejé abierto? Si no hubiera ningún motivo positivo que genere la duda (salí muy rápido, no escuché el ruido de las trabas al cerrarse…), la respuesta a esta pregunta, debería ser: siempre lo dejo cerrado, seguro que lo cerré. Dudas negativas en el ámbito de la fe son, por ejemplo, esas que vienen a la cabeza del tipo de “y si el cielo no existe”, “y si Dios es un invento humano” …

Las dudas negativas –no tienen razones que las justifiquen, son dudas que surgen sin motivo– deberían ser despreciadas, no tenidas en cuenta, ya que de otro modo nos volveríamos locos dudando de todo y en todo momento…

Las dudas intelectuales son las dudas propiamente de fe. Es cuando me planeo la racionalidad de una verdad de fe, la duda de una cuestión concreta, con ciertos argumentos contra ella. O el sentido de un precepto moral, que de repente nos parece poco razonable. Estas son propiamente las dudas de fe, y es conveniente buscarles respuestas.

¿Qué hacer con las dudas?

  1. Plantearse la racionalidad o no de la duda.
    Para ver si vale la pena resolverla o despreciarla, no perder el tiempo con dudas sin sentido, y encarar las que reclaman una respuesta.
  2. Buscar la respuesta con honradez intelectual.
    Buscar la verdad con apertura mental. Se trata de encontrar la verdad, y no de buscar excusas para vivir más cómodo, o justificar cosas que me gustan… Esta honradez intelectual comienza por buscar conocer qué enseña exactamente la Iglesia sobre el tema que despierta la duda y entender por qué lo enseña.
  3. No esconder dudas bajo la alfombra.
    Siempre me impresionó la honradez del Card. Ratzinger para hacerse preguntas difíciles, esas que quisiéramos evitar porque parece que nos mueven el piso, que no tienen respuesta fácil, que van en contra de nuestra fe… Las dudas son una oportunidad de madurar en la fe, de encontrar respuestas que deberíamos buscar para entenderla mejor. Quien tiene fe, no teme los desafíos de la razón y de la ciencia, porque sabe que nunca la podrán contradecir.
  4. No asumir que una duda es lo que pensamos.
    Que no entienda un asunto, no quiere decir que no crea en él. Que se nos ocurra una duda, nos venga a la cabeza una ocurrencia, experimentar una tentación, no significa que no tengamos fe. Significa solamente que no vemos a Dios cara a cara, como lo veremos en el cielo (donde obviamente no habrá dudas), que nos falta conocimiento más profundo de muchas cuestiones (no somos una enciclopedia), nuestra fe debe madurar (y es en la prueba, como se consolida), que tenemos curiosidad intelectual… Podríamos decir que yo no soy mis dudas, soy mis certezas. Las cosas necesitan estudio y una reflexión profunda.
  5. Pedir al Señor que nos aumente la fe.
    Es un don de Dios, que hemos de pedir con humildad, ya que Dios se esconde de los soberbios y se muestra a los humildes. Quién de modo patotero exige demostraciones, no encontrará a Dios. A quien lo busque humildemente, se le hará el encontradizo.
    A Jesús no le ofenden tus dudas sinceras. Abrí el corazón con Él, contáselas y pedile que te ayude a encontrarles respuesta. No te va a dejar solo. No son un problema solo tuyo, es un problema de los dos. No olvides que creer es primariamente creerle a alguien, y después, creer lo que dice. Cuando te cueste creer, tu reacción bien puede ser la de aquel padre que al constatar que no tenía tanta fe como para conseguir el milagro de la curación de su hijo, pide a Jesús con sencillez: “Señor, creo, pero ayuda mi falta de fe” (Mateo 9,23).
  6. ¿A quién acudir?
    Buscar respuesta en los que saben: el cristianismo ha buscado explicar racionalmente la fe desde su mismo comienzo. Nunca le ha huido a los desafíos intelectuales.
    Los Padres apologistas, por ejemplo, escribieron a los emperadores explicándoles el cristianismo… Toda la historia, hemos estado escribiendo y desafiando la inteligencia para penetrar en el misterio, entenderlo, explicarlo, acercarlo a nuestra cultura (la de cada época). Al punto que las universidades nacieron de la Iglesia.
    Cuanto tengo dudas de fe, el primer paso es buscar entender qué es exactamente eso de lo que dudamos, para precisar la cuestión. Muchas veces, las dudas de fe son motivadas por matices malinterpretados. Por eso, es razonable que la primera búsqueda sea con personas que conozcan la fe mejor que nosotros.
    Ese decir, antes que ponerte a googlear como loco en cualquier sitio, comenzá buscando en fuentes católicas serias. ¿Quién sabe más del cristianismo que cristianos bien formados? Otros pueden opinar, pero debido a prejuicios, falta de conocimiento a fondo de la fe, y no pocas veces una visión deformada de la misma…, no podrán ayudarte.
    Si quiero saber las razones de tal misterio de la fe o de alguna cuestión moral, es razonable que acuda a expertos en el tema, de la misma manera que si quiero saber algo sobre las estrellas, acudo a un astrónomo.
    En mi blog www.algunasrespuestas.com encontrarás, como el nombre indica, algunas respuestas a tus preguntas y también la oportunidad de hacerme preguntas escribiéndome a algunasrespuestas.com@gmail.com
  7. Hacer una lista de cuestiones de fe que me gustaría entender mejor.
    Es un buen sistema para ir mejorando la propia formación a partir de las propias inquietudes. Así podrás ir estudiando temas concretos según tus necesidades de respuesta.
    Así, aprovechando tus dudas para crecer en tus certezas, también serás capaz de dar razón de tu esperanza a muchos que viven sin esperanza y sin sentido.

No pretendas entenderlo todo, pero irás entendiéndolo todo. Con momentos de oscuridad, y otros de tanta luz que deslumbra. Con paciencia y perseverancia, hasta que no necesitemos fe, porque veremos cara a cara.

Eduardo Volpacchio
Mendoza, 18.7.2022

Nota. Quien escribe estas líneas está convencido de la racionalidad de fe en la existencia de Dios y de la racionalidad del cristianismo. De tal manera, que la razón tiene mucho que aportar a nuestra fe, así como la fe le aporta mucho a nuestra razón.

Para bajar el artículo en PDF: Dudas de fe


[1] La diferencia entre una persona con fe y otra sin fe frente a las preguntas sobre el sentido de la vida, el dolor, la muerte…, no es que tengan respuestas distintas, sino que la segunda no tiene respuesta alguna.

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Felices los que creen

Caravaggio TomásTenemos pocas palabras de Cristo resucitado. Tienen un valor especial. Felices los que creen. A modo de última bienaventuranza, definitiva.

Felices, dichosos, privilegiados, suertudos…

Nuestro tiempo parece considerar dichoso al que no cree… y una especie de extraterrestre al que cree. Como si el primero se viera liberado de una serie de exigencias que tiene el segundo… Por eso resulta conveniente considerar por qué Jesús considera felices a los que creen.

Los que confían en Dios. Los que aceptan su palabra, se fían de ella son felices porque -según Jesús-  encuentran la salvación, el sentido de si vida…

Porque han encontrado el tesoro… Y con la fe lo tienen todo. Porque la fe les abre la puerta al mundo divino, los pone en comunión con Dios. Felices porque así están cerca de Dios.

Felices porque les permite entrar en un mundo nuevo, y les llena de trascendencia su vida terrena.

Bienaventurados los que creen, porque como dice Jesús: el que cree tiene vida eterna.

Porque esta fe, es una fe que da vida, y una vida grandiosa, definitivamente feliz.

Felices además… porque el que tiene fe podrá mover montañas… se lanzará a aventuras imposibles… y Dios sostendrá su empeño.

Felices porque tienen la motivación más grande y poderosa.

Felices porque podrán tener la paz y la seguridad en todas las circunstancias de su vida, si dejan que su fe las vivifique.

Felices porque como enseña San Juan: esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe. Y con la fe tienen la esperanza y el amor.

Esta última bienaventuranza es como un eco de la primera, pronunciada no por Jesús sino por Isabel a la gran bienaventurada, la Virgen. Feliz de ti que has creído…

El gran don de la fe, que da la posibilidad de ser bienaventurado respondiendo a ella.

Veamos el contexto de la bienaventuranza. Jesús la pronuncia delante de los Apóstoles, que el Viernes Santo no han creído… Se la dice a Tomás que tardó una semana en creer en su resurrección… Para ellos es un reproche. Para nosotros, un desafío. El desafío de creer. Siempre. También cuando cuesta. Cuando el sufrimiento oscurece la inteligencia. Cuando el mal humor lleva a rechazar lo que los demás nos dicen. Cuando la mente se oscurece. O el corazón se revela. O el ambiente social nos hace sentir trogloditas por creer. También en esos momentos: felices los que creen.

Porque la fe no es un sentimiento. Es una decisión. Decisión que necesita de la gracia, pero que es libre: a fin de cuentas soy yo, con mi libertad, quien creo o no creo. Te creo, Dios mío, o no te creo. Porque no es una fe cerrada en mí mismo; mi fe no es lo que yo siento, opino, quiero, sino mi actitud ante Dios: lo que te creo Dios mío, o no te creo; cómo te creo, cuánto te creo. Felices los que deciden creer a Dios, los que se juegan por Él.

La bienaventuranza tiene una especificación: los que creen sin ver. No hace falta ver para creer; es más, según las palabras de Jesús pareciera que es mejor no ver que ver…

La grandeza de la fe reside en que nos permite «ver» sin ver. Es un ver con los «ojos» de Dios. Un entender sin demostración: gracias a la fe se entiende, los que otros no entienden.

La experiencia de fe los Apóstoles fue muy dura. En la prueba su fe flaqueó. Tomás se resistió más… Es cierto que no vio, pero tuvo el testimonio de todos los demás… Tuvo la fe de la Iglesia… y se resistió… Felices los que creen sin ver… porque su fe es más pura, confiada, valiosa…

Cuando la fe de tanta gente flaquea alrededor nuestro… Cuando la nuestra flaquea… Esa fe que nos lleva a rezar, a perdonar, confiar en los momentos de sufrimiento, a seguir a Cristo en los momentos de aridez, de desgana… Felices los que creen, con fuerza, incluso contra sus sentimientos, contra el ambiente, contra las apariencias… Felices y mil veces felices.

Agradecer nuestra fe. Nuestro mayor tesoro. Que nos hace felices y nos da la felicidad eterna. Cuidar la fe. Cultivarla. Pedirla. Ejercerla, hacer actos de fe. Felices. Y ayudar a los demás en este camino de felicidad que es el camino de la fe. Tenemos la ayuda de la Virgen, su compañía, cercanía. Con Ella es más fácil.

P. Eduardo Volpacchio
Villa Allende, 25 de abril de 2017

¿Comulgar sin participar de la fe y de la vida de la Iglesia?

PREGUNTA: ¿Qué puedo contestar a quien me dice «comulgo porque lo importante es la relación directa con Dios. No soy parte de la Iglesia ni de sus ritos, porque no creo en ella.., pero sí creo en el Dios cristiano»?

En primer lugar -como siempre en el apostolado- tendrás que rezar por esa persona.
Y tratar de explicar las cosas con calma, sin pretender «convencerla», ya que en las discusiones cada persona se cierra más en su postura, en lugar de abrirse a entender…

Habría que explicarle que una religión supone coherencia con ella. Si yo participara de unos ritos en los que no creo, estaría faltando sinceridad: los ritos de los que participo expresan exteriormente mi adhesión interior a lo que significan. Y además, con ello ofendería a los creyentes, ya que implícitamente les estaría diciendo que no valoro sus creencias.
Se trata de una ofensa a una fe de la que no se participa: una cosa es no tener fe y otra muy distinta simular esa fe buscando no se sabe qué tipo de unión con Dios…
Los cristianos creemos que en el Eucaristía está presente Jesucristo, y que por eso, recibirlo sin las debidas condiciones (la primera de las cuales es la fe) supone un grave sacrilegio.
A quien comulgara sin fe en la Iglesia, le pediría con cariño que no lo haga. Si no cree en la Iglesia, comulgar sería una farsa. Realizaría un gesto de comunión sin la menor comunión… estaría mintiendo.
También tendría que darse cuenta que ofende a Dios: quien creen en la Eucaristía cree que no es un trozo de pan, sino Cristo mismo. Por eso, comulgar sin fe, es una ofensa a Dios. Sería pretender unirme con Él a través de algo en lo que no creo… profanaría el signo de unión en el que no creo.
Si no cree, tendría que mostrar su respeto por la fe que no tiene, no participando de ella.
En cuanto a que lo importante es la relación con Dios, esto eso es obvio. Pero… esa relación tiene un cauce concreto…
Dios quiso hacer nuestra relación con Él más cercana, accesible a nuestra experiencia. Siendo espíritu puro, no tenemos experiencia física de Él: ¿cómo podríamos tener una relación con un Dios con el que no pudiéramos tener contacto?
Por eso se hizo Hombre: para que encontráramos a Dios en Jesucristo.
Y Jesús para eso envío el Espíritu Santo e instituyó la Iglesia: para que el Espíritu actuando en la Iglesia hiciera posible nuestro encuentro con Él.
Sin la Iglesia no podríamos tener a Jesús: la Iglesia nos transmite su palabra en la Sagrada Escritura y nos da su gracia en los sacramentos (que Jesús instituyó y confió a la Iglesia), sobretodo el don más precioso que es la Eucaristía.
Por todo eso tendría que aclararse a sí misma, analizar qué significa cuando dice que cree en el Dios cristiano… sin creer en la Iglesia, ni en sus enseñanzas… Aclararse qué es creer y qué es en concreto lo que cree…
El Dios cristiano es un Dios que se ha revelado… Por eso no es coherente con su concepción querer decidir qué es importante y qué no en la relación con Dios: nosotros no somos Dios…, no decidimos la fe… la recibimos de Él.
Por ser una religión revelada no surge de nosotros, la recibimos de Dios. Esto no lo podemos demostrar matemáticamente… pero lo creemos firmemente. Se puede creer o no creer, aceptarla o no; pero no tiene sentido «usar» ritos en los que no se cree buscando una experiencia de lo divino.

Homilía a la JMJ 2011 y saludo final

Para bajar en Word:

Todos los discursos en Madrid durante la JMJ 2011

Discursos a los jóvenes JMJ 2011

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HOMILÍA EN LA MISA DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD (21-8-11)

En la explanada de Cuatro Vientos

Queridos jóvenes:

Con la celebración de la Eucaristía llegamos al momento culminante de esta Jornada Mundial de la Juventud. Al veros aquí, venidos en gran número de todas partes, mi corazón se llena de gozo pensando en el afecto especial con el que Jesús os mira. Sí, el Señor os quiere y os llama amigos suyos (cf. Jn15,15). Él viene a vuestro encuentro y desea acompañaros en vuestro camino, para abriros las puertas de una vida plena, y haceros partícipes de su relación íntima con el Padre. Nosotros, por nuestra parte, conscientes de la grandeza de su amor, deseamos corresponder con toda generosidad a esta muestra de predilección con el propósito de compartir también con los demás la alegría que hemos recibido. Ciertamente, son muchos en la actualidad los que se sienten atraídos por la figura de Cristo y desean conocerlo mejor. Perciben que Él es la respuesta a muchas de sus inquietudes personales. Pero, ¿quién es Él realmente? ¿Cómo es posible que alguien que ha vivido sobre la tierra hace tantos años tenga algo que ver conmigo hoy?

En el evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16, 13-20), vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.

Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena.

Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.

En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.

Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.

Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.

De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.

Queridos jóvenes, rezo por vosotros con todo el afecto de mi corazón. Os encomiendo a la Virgen María, para que ella os acompañe siempre con su intercesión maternal y os enseñe la fidelidad a la Palabra de Dios. Os pido también que recéis por el Papa, para que, como Sucesor de Pedro, pueda seguir confirmando a sus hermanos en la fe. Que todos en la Iglesia, pastores y fieles, nos acerquemos cada día más al Señor, para que crezcamos en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de su esperanza. Amén.

 

PALABRAS TRAS LA MISA DE LA JMJ

Al rezar la oración mariana del Ángelus

Queridos amigos,

Ahora vais a regresar a vuestros lugares de residencia habitual. Vuestros amigos querrán saber qué es lo que ha cambiado en vosotros después de haber estado en esta noble Villa con el Papa y cientos de miles de jóvenes de todo el orbe: ¿Qué vais a decirles? Os invito a que deis un audaz testimonio de vida cristiana ante los demás. Así seréis fermento de nuevos cristianos y haréis que la Iglesia despunte con pujanza en el corazón de muchos.

¡Cuánto he pensado en estos días en aquellos jóvenes que aguardan vuestro regreso! Transmitidles mi afecto, en particular a los más desfavorecidos, y también a vuestras familias y a las comunidades de vida cristiana a las que pertenecéis.

No puedo dejar de confesaros que estoy realmente impresionado por el número tan significativo de Obispos y sacerdotes presentes en esta Jornada. A todos ellos doy las gracias muy desde el fondo del alma, animándolos al mismo tiempo a seguir cultivando la pastoral juvenil con entusiasmo y dedicación.

Encomiendo ahora a todos los jóvenes del mundo, y en especial a vosotros, queridos amigos, a la amorosa intercesión de la Santísima Virgen María, Estrella de la nueva evangelización y Madre de los jóvenes, y la saludamos con las mismas palabras que le dirigió el Ángel del Señor.

[Después de rezar el Ángelus, el Papa saludó en diferentes idiomas. En español, dijo:]

Saludo con afecto al Señor Arzobispo castrense y agradezco vivamente al Ejército del Aire el haber cedido con tanta generosidad la Base Aérea de Cuatro Vientos, precisamente en el centenario de la creación de la aviación militar española. Pongo a todos los que la integran y a sus familias bajo el materno amparo de María Santísima, en su advocación de Nuestra Señora de Loreto.

Asimismo, y al conmemorarse ayer el tercer aniversario del grave accidente aéreo ocurrido en el aeropuerto de Barajas, que ocasionó numerosas víctimas y heridos, deseo hacer llegar mi cercanía espiritual y mi afecto entrañable a todos los afectados por ese lamentable suceso, así como a los familiares de los fallecidos, cuyas almas encomendamos a la misericordia de Dios.

Me complace anunciar ahora que la sede de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en 2013, será Río de Janeiro. Pidamos al Señor ya desde este instante que asista con su fuerza a cuantos han de ponerla en marcha y allane el camino a los jóvenes de todo el mundo para que puedan reunirse nuevamente con el Papa en esa bella ciudad brasileña.

Queridos amigos, antes de despedirnos, y a la vez que los jóvenes de España entregan a los de Brasil la cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud, como Sucesor de Pedro, confío a todos los aquí presentes este gran cometido: Llevad el conocimiento y el amor de Cristo por todo el mundo. Él quiere que seáis sus apóstoles en el siglo veintiuno y los mensajeros de su alegría. ¡No lo defraudéis! Muchas gracias.

[En francés]

Queridos jóvenes de lengua francesa, Cristo os pide hoy que estéis arraigados en Él y construyáis con Él vuestra vida sobre la roca que es Él mismo. Él os envía para que seáis testigos valientes y sin complejos, auténticos y creíbles. No tengáis miedo de ser católicos, dando siempre testimonio de ello a vuestro alrededor, con sencillez y sinceridad. Que la Iglesia halle en vosotros y en vuestra juventud a los misioneros gozosos de la Buena Noticia.

[En inglés]

Saludo a todos los jóvenes de lengua inglesa que están hoy aquí. Al regresar a vuestra casa, llevad con vosotros la Buena Noticia del amor de Cristo, que habéis experimentado en estos días inolvidables. Con los ojos fijos en Él, profundizad en vuestro conocimiento del Evangelio y dad abundantes frutos. Dios os bendiga hasta que nos encontremos nuevamente.

[En alemán]

Mis queridos amigos. La fe no es una teoría. Creer significa entrar en una relación personal con Jesús y vivir la amistad con Él en comunión con los demás, en la comunidad de la Iglesia. Confiad a Cristo toda vuestra vida, y ayudad a vuestros amigos a alcanzar la fuente de la vida: Dios. Que el Señor haga de vosotros testigos gozosos de su amor.

[En italiano]

Queridos jóvenes de lengua italiana. Os saludo a todos. La Eucaristía que hemos celebrado es Cristo Resucitado, presente y vivo en medio de nosotros: Gracias a Él, vuestra vida está arraigada y fundada en Dios, firme en la fe. Con esta certeza, marchad de Madrid y anunciad a todos lo que habéis visto y oído. Responded con gozo a la llamada del Señor, seguidlo y permaneced siempre unidos a Él: daréis mucho fruto.

[En portugués]

Queridos jóvenes y amigos de lengua portuguesa, habéis encontrado a Jesucristo. Os sentiréis yendo contra corriente en medio de una sociedad donde impera la cultura relativista que renuncia a buscar y a poseer la verdad. Pero el Señor os ha enviado en este momento de la historia, lleno de grandes desafíos y oportunidades, para que, gracias a vuestra fe, siga resonando por toda la tierra la Buena Nueva de Cristo. Espero poder encontraros dentro de dos años en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Río de Janeiro, Brasil. Hasta entonces, recemos unos por otros, dando testimonio de la alegría que brota de vivir enraizados y edificados en Cristo. Hasta pronto, queridos jóvenes. Que Dios os bendiga.

Saludo en polaco:

Queridos jóvenes polacos, firmes en la fe, arraigados en Cristo. Que los talentos recibidos de Dios en estos días produzcan en vosotros abundantes frutos. Sed sus testigos. Llevad a los demás el mensaje del Evangelio. Con vuestra oración y con el ejemplo de la vida, ayudad a Europa a encontrar sus raíces cristianas

 

LAS 50 PREGUNTAS

Una lista de los temas que deberíamos saber «manejar»

Te presento una lista de los 50 temas que -me parece- un cristiano debería conocer al menos básicamente para moverse con coherencia y sin pasar papelones en el mundo actual:

Para bajar la lista: El desafío de 50 temas

Aunque está desde hace tiempo en el blog, ahora lo publico como entrada, para que todos lo vean.