Vivir juntos, casados o no, ¿cambia algo?

Está de moda que muchos novios se vayan a vivir juntos antes de casarse. La costumbre se ha normalizado, ya casi no llama la atención; creo que con demasiada superficialidad. Porque este hecho plantea una serie de interrogantes serios sobre qué es el matrimonio –si cambia algo, si tiene sentido, si es una formalidad, si añade algo o no a la relación– que deberían resolverse.

En la base de este artículo hay muchas preguntas, algunas serían como de este estilo:

¿El amor es más importante que el matrimonio? ¿qué tipo de amor? ¿cuánto –qué cantidad– de amor? ¿Cómo se mide?

¿Vivir como casados sin estarlo? ¿es lo mismo? ¿si nos queremos y nos vamos a casar, qué cambia?

¿Es lo mismo desear casarse que estar casados? ¿Es verdad que el amor y el deseo de casarse en el futuro son equivalente al matrimonio? ¿el matrimonio es solo una formalidad o es una realidad? ¿cambia algo el casarse?

Mi tesis – que intentaré demostrar en estas páginas– es que la separación conceptual de amor e institución matrimonial es presagio de problemas matrimoniales (o al menos exponerse seriamente a ellos).

Cuando dos novios aceptan vivir juntos sin estar casados, con la excusa de que quisieran casarse pero no pueden hacerlo ahora, están dando un paso en falso en su relación.

Te pediría que tengas la paciencia de seguir los razonamientos que siguen y juzgues su racionalidad.

Porqué la convivencia previa al matrimonio hace daño al futuro matrimonio.

En otro artículo ya me ocupé del tema de vivir sin estar casados pero desde otra perspectiva. Me centraba en esa ocasión sobre todo en quienes conviven sin proyecto ni compromiso[1]. En esta oportunidad, me referiré a la convivencia marital de no casados que quieren casarse –al menos eso afirman–  y el problema conceptual que encierra el asunto.

Me da lástima lo mucho que se pierden cuando lo hacen, ya que su futuro matrimonio no aportará exteriormente mucho cambio a su vida –para muchos sólo significará la fiesta más grande que organicen en su existencia–, pero a esta fiesta faltará mucha de gracia y magia, ya que es difícil que no vivan su matrimonio –el casarse– como una formalidad.

Me siento obligado a comenzar a aclarando que los cristianos no somos dinosaurios aferrados a una tradición absurda. Tenemos muchos motivos –y muy bien fundados– para pensar como pensamos.

Queremos ser consecuentes con nuestro ser imagen y semejanza de Dios. Un Dios que es sabiduría y amor. Y lo que creemos e intentamos vivir tiene una racionalidad antropológica impecable. Y, no podía ser menos, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano.

En el caso de la institución matrimonial, ¿quién no aspira a un amor eterno?

El modelo cristiano de matrimonio, además, tiene una verificación empírica importante: el aumento desmedido del fracaso matrimonial ocurrido desde que se perdieron valores antropológicos muy importantes. Hoy más del 50% de los matrimonios fracasan. Es un dato. Y es razonable pensar que quien hace lo que hacen todos, no puede esperar conseguir resultados distintos.

No es fácil vivir la doctrina católica, pero hay algo hay grandioso por detrás y una promesa de eternidad. Por otro lado, quien no quiera fracasar en su matrimonio como la mayor parte de la gente, tendrá que hacer algo distinto de lo que hace la mayoría (de otro modo, conseguirá los mismos resultados que los demás).

Qué es el amor conyugal o matrimonial

Cuando se habla de amor, es importante distinguir a qué tipo de amor nos referimos, porque existen muchos tipos de amor: desde el paterno/materno/filial, pasando por el fraterno, de amistad… hasta el más profundo de todos que es el conyugal.

Entre tantos tipos de amor, hay un amor único, que se da entre un varón y una mujer, se llama conyugal. Se define como un amor total porque es un amor que lo abarca todo: cuerpo y alma, cabeza y corazón, alcanza toda la existencia, presente y futuro, hasta dimensiones muy pequeñas de la vida diaria (comparten todo)…

La Sagrada Escritura usa una expresión muy gráfica y fuerte para este tipo amor: los hace una sola carne (como si dijera una sola persona). Y precisamente esa totalidad exige que sea exclusivo (no puede uno entregarse del todo a más de una persona) y definitivo (no tiene sentido decir: te amo con toda mi alma por seis meses…). Cuando este amor se hace efectivo, se habla de matrimonio.

Es necesario distinguirlo del amor entre amigos “con derechos”, porque éste último, aunque incluye la dimensión sexual, no tiene nada que ver con el amor conyugal, porque no incluye la entrega de la vida, ni es total. En ese caso no son uno, sino que están juntos…

El matrimonio es una comunidad de vida y amor, que hace de dos vidas, una. Esta “fusión” de vidas se realiza mediante el acto de la voluntad (denominado consentimiento) por el cual los contrayentes entregan y reciben, mutuamente, la vida. Lo hacen –en el caso del matrimonio canónico– con una fórmula que expresa el recibimiento de la entrega del otro y la solidez de la unión, cualesquiera sean las circunstancias:

“Yo, N., te recibo a ti, N., como esposa/o, prometo serte fiel tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, amándote y respetándote durante toda mi vida”.

Sus dos vidas se hacen una, mediante la entrega mutua –querer pertenecer al otro y, de hecho, entregarle mi vida: dársela para siempre– y la recepción mutua –querer que el otro sea mío y, de hecho, aceptar esa entrega que me hace, hacerme cargo de su vida, comprometerme a hacerlo feliz…–. Cuando lo han hecho, cada uno le pertenece al otro, y se hace cargo del otro. Antes de hacerlo, esto obviamente no ha sucedido.

Es importante subrayar que la unidad es el resultado de la entrega y recepción mutua: ambos y al mismo tiempo se entregan y se reciben, uno al otro, del todo y para siempre. Eso es la forma de amar más grande que puede darse entre seres humanos, un amor total y exclusivo, que quiere hacerse eterno.

Así con el casamiento comienzan una vida nueva, en la que no conjugan el “yo y el vos” sino el “nosotros”, con una vida en común, en la que lo personal –que sigue siendo personal– se conjuga con lo personal del otro, y se abre a los hijos que vengan como fruto de su amor.

Raíz de las crisis afectivas de las parejas

La gran crisis afectiva –roturas de relaciones afectivas– es una pandemia. Más de la mitad de los matrimonios fracasan. Es demasiado. Si se cayeran la mitad de los aviones, nadie tomaría un avión… (quizá por eso hay muchos que optan por no casarse).

Las causas son muchas y no es el fin de este artículo estudiarlas.

Nos limitamos a una raíz conceptual.

Cuando no se entiende qué es el matrimonio, es muy fácil que su vivencia falle.

Cuando el amor y el matrimonio se separan como cosas independientes, cuando se confunden conceptos relacionados pero diferentes, cuando prima el sentimiento inestable en la relación, no estamos en el mejor escenario para el éxito matrimonial.

Distinciones conceptuales importantes

Amor afectivo y entrega de la vida.

Cuando se separan conceptualmente el amor conyugal (ese tipo de amor específico de los esposos, diferente de cualquier otro tipo de amor, que tiene como expresión propia la entrega sexual) y el matrimonio (que realiza la unión efectiva), como si fueran cosas diferentes, separables, y se prioriza el primero, algo no funciona. Significa que estamos ante una concepción del amor que falla en su raíz antropológica.

En el amor podemos distinguir dos dimensiones. Una afectiva: la que se siente –no dependiente de la voluntad–, totalmente ligada al momento presente (es lo que siento ahora, no puedo saber qué sentiré en el futuro, ni puedo decidirlo) y a mi estado emocional circunstancial. Y una dimensión volitiva: la decisión libre de amar, de hacer eterno ese amor que tengo y no quiero perder, de defenderlo, protegerlo, fomentarlo, garantizarlo… Esta segunda dimensión del amor proyecta, decide, construye el futuro. Genera confianza ya que solo puedo confiar en serio, si puedo confiar en la continuidad del amor de la otra persona, en su compromiso de amarme, más allá de lo que pueda sentir en un momento particular.

Estas dos dimensiones del amor son complementarias y no tienen por qué oponerse; de hecho, la segunda es la madurez de la primera. Pero si reduzco mi horizonte afectivo a la primera, es probable que nunca llegue a la segunda. Porque a veces me cansaré de amar, me molestarán cosas del amado…, surgirán conflictos; y solo un compromiso estable de amor definitivo, será capaz de superarlos. Solo si soy capaz de amar cuando la otra persona “menos lo merezca”, la amaré de verdad.

Ahora bien, esa palabra “compromiso” no es un añadido al amor, algo que viene de fuera, sino que es exigencia intrínseca del amor total que es el conyugal. Si amo del todo, quiero que ese amor sea eterno; no es que además hago un compromiso que no querría hacer: el mismo amor lo lleva consigo. Si es amor total, quiere ser para siempre. Si es amor sólo mientras no me canse, mientras dure… claramente no es total. Y como se entregan de verdad (no es una ficción la que hacen al casarse), de hecho no se pertenecen a sí mismos, cada uno le pertenece al otro, y no pueden romper la unidad que en su voluntad ha sido definitiva. Si se unieron para siempre, se unieron para siempre. Si no lo hicieron, no se pertenecen. Hay matrimonio o no hay matrimonio, no hay término medio.

Esta es la grandeza del matrimonio: que dos personas se quieran tanto, que se jueguen el uno por la otra, de modo total, poniéndose en las manos del otro, confiando definitivamente en el otro y ofreciendo esa confianza. Así el amor puede ser total, de otra manera, no.

Un amor reducido a su dimensión afectiva –a que se siente– no puede sostener una relación toda la vida y menos una familia, porque por definición está sujeto a los vaivenes anímicos que son inestable por definición.

Pero el amor conyugal se realiza mediante el acto de entrega que hacen cuando se casan. Ahí se entregan y reciben. Hasta ese momento, todo es deseo, pero nada más…

Relaciones reales y deberes morales.

Separar lo que va junto, confundir sentimientos y realidades, hechos con deberes, no puede ser bueno.

Una cosa es el vínculo real que existe entre dos personas y otra los deberes morales que ese vínculo lleva consigo. Soy hijo de mis padres, debo amarlos; pero el vínculo no depende del amor. No es que si dejo de quererlos, dejaré de ser hijo. Tampoco es que el amor establezca el vínculo: soy hijo independientemente del amor que puedan tenerme. Lo mismo sucede con otras relaciones como ser hermanos, primos, etc.

El vínculo matrimonial se establece por el libre consentimiento de los contrayentes. En principio el amor los lleva a casarse –es deseable que así sea– pero no es el amor quien crea el vínculo, ni éste depende de él.

Si se han casado, están casados. Entonces, el amor se convierte también en un deber, porque al casarse se han obligado a quererse mutuamente. Pero el amor no hizo el vínculo, así como la falta de amor no lo hace desaparecer.

Porque por definición, si se casaron, se entregaron el uno al otro para siempre. Y si no se entregaron para siempre, en realidad no se casaron. Así de sencillo.

Si no confían el uno en el otro como para entregarse la vida y comprometerse a amarse siempre, es que no se quieren con un amor total, que es el que lleva a casarse. Y sería mejor que no se casen…

Promesas y realidades

Imaginemos que te quiero y estoy entusiasmado por vos. Ese amor me lleva a querer darte la mitad de mis bienes… Pero hasta que no haya hecho la escritura a tu nombre de las propiedades que ahora son mías, no serán tuyas, por más grande que sea el deseo que tengo de hacerlo.

Si mi deseo cambia antes de transferirte mis bienes, nunca será tuyos. Si mi deseo cambia después de hacerlo, ya no podría recuperarlos.

La cuestión entonces, es ¿te lo doné o no? ¿Ya lo puse a tu nombre? Si la respuesta es no, los bienes no son tuyos.

Lo mismo sucede con el amor y la propia vida. Entre decir “Te quiero con toda el alma”, “sos mi vida”, “soy todo tuyo”… y entregarte la vida hay una distancia a recorrer. ¿Te entregué la vida, y me la entregaste para siempre? “No, pero queremos hacerlo”. Perfecto, pero sólo se pertenecerán cuando lo hagan. “Pero nos queremos”. De acuerdo, pero ese quererse no ha llegado todavía a la entrega,  y, por lo tanto, no se pertenecen mutuamente.

El matrimonio no es cuestión de fe

Hay quienes se excusan para no casarse en que no tienen fe. Eso es otra cosa. El matrimonio en sí mismo no es cuestión de fe, es cuestión de entrega de vida para convertirse en una comunidad de vida y amor.

La decisión de casarse es humana  y depende del amor. La pregunta es ¿te quiero para toda la vida? ¿Sí o no? ¿Me juego por vos, te entrego mi vida, acepto tu vida en la mía para siempre? Esto es objeto de una decisión personal y de amor, no de fe. Si no querés ofrecer ni aceptar un amor entregado para toda la vida, no le eches la culpa a la falta de fe en Dios, sino a tu egoísmo o tu falta de amor por la otra persona o a que la otra persona no merece semejante confianza.

El matrimonio es algo muy grande, que requiere mucha gracia –aquí aparece la dimensión sacramental para los cristianos–, para que no sólo sea un proyecto humano, sino que sea también -sin dejar de ser muy humano- muy divino.

Con su matrimonio, los esposos cristianos, son signo de la unión de Cristo y su Iglesia –esto es muy fuerte– y forman una iglesia doméstica (una comunidad de vida y amor, en la que se hace la Iglesia, en la que los demás verán a la Iglesia).

Esto es lo que el hecho de estar bautizados añade al matrimonio natural, pero la base –el hecho de entregarse mutuamente la vida, pertenecerse, formar una comunidad de vida y amor– es  común a todo matrimonio, independientemente de la religión, raza, etc.

Un problema conceptual serio: separación conceptual del amor y el matrimonio como institución

Veamos dos problemas: el problema del amor sin matrimonio y el problema del matrimonio sin amor.

Se podría relacionar esta separación a la del amor y la entrega; es decir, el eros sin ágape, y la entrega sin amor, el ágape sin eros. Los dos son un problema.

El matrimonio es la unión de dos personas en una sola carne, es decir, en un solo proyecto existencial, donde dos -en un cierto sentido y con un contenido concreto- se hacen uno: comparten un proyecto existencial que abarca hasta lo más íntimo y cotidiano de sus vidas y los proyecta en los hijos que son el fruto de esa unión.

Como ya hemos visto, se realiza por la mutua entrega de la vida expresada en el consentimiento matrimonial: acto por el que entregan y reciben la propia vida. Se entregan al otro y reciben la entrega del otro. Así se hacen uno. Con una decisión irrevocable. Eso es casarse y cambia radicalmente la relación. Antes no se pertenecían, ahora se pertenecen. Se pertenecen porque se entregaron uno al otro y aceptaron la entrega del otro.  Hasta el momento de hacerlo, no tienen obligaciones respecto al otro. Pueden finalizar la relación cuando quieran y comenzar otra, porque no se han entregado. Después de casarse, no es posible, porque ya no se pertenecen.

El amor los lleva a entregarse mutuamente la vida (quieren pertenecerse mutuamente, unir sus vidas para siempre), y esa unión (el matrimonio que han realizado) crea el deber de fomentar ese amor; el deber de quererse, porque a eso se han comprometido mutuamente. El matrimonio está muy relacionado con el amor, pero no se identifica con él.

La cultura moderna ha separado el amor y la entrega mutua, el amor y la institución, dando primacía absoluta al amor. Un amor que, además, se reduce al amor afectivo, sensible. Que se mide por lo que sienten (lo que no medible exteriormente, ya que no es posible construir una máquina mida el amor de una persona hacia otra). Y que es tan inestable como lo es el sentimiento…

Cuando en la concepción del matrimonio se separa el amor conyugal (es decir, el amor que lleva a compartir toda la vida y se expresa con la entrega sexual) de la institución matrimonial (la real entrega mutua de vida) estamos en problemas (mejor dicho está en problemas quien lo separa). Separar quiere decir hacerlos independientes uno del otro: ya sea  por vivir el amor conyugal sin institución; o por pretender romper la institución en nombre del amor.

¿Qué pasa cuando se los “separa” antes de casarse?

Son los novios que piensan que para “amarse” (es decir, para vivir como si estuvieran casados sin estarlo) no hace falta casarse. Entonces, antes de casarse, viven de modo matrimonial (como si estuvieran casados), porque lo importante es amor que sienten y no los papeles (como si el matrimonio fuera un mero papel, una formalidad). Dicen, para justificarlo, que quieren casarse aunque en este momento no pueden hacerlo[2].

Así estos novios se van a vivir juntos (no es pecado –piensan y dicen–, porque se aman, y se van a casar…). Confunden el amor con la institución. No se entregan la vida (lo que sucede cuando se casan). La entrega de vida no importa, importa que ahora te quiero, y eso justifica todo. No se entregan la vida… solo conviven…, comparten los gastos, la cama… obviamente ahora no quieren tener hijos… El deseo de casarse en el futuro, obviamente, no cambia la realidad de que no se han entregado la vida, y de que hasta el mismo momento de dar el “sí”, no tienen ninguna obligación de hacerlo.

Y después de casarse, esta manera de pensar lleva no considerar el matrimonio indisoluble, ya que ¿para qué seguir juntos si no nos queremos o si ahora quiero a otro/a?

Esto explica la mayor tasa de divorcios entre quienes conviven antes de casarse que entre quienes no lo han hecho. En sus mentes, la entrega no es tan importante, lo sustantivo es el amor de sienten (y que obviamente pueden dejar de sentir, ya que no decidimos los sentimientos que podamos tener en el futuro). El amor que hoy justifica la vida similar a la conyugal sin estar casados, mañana podrá justificar la separación si faltara, aunque lo estuviéramos.

La indisolubilidad del matrimonio tiene que ver con la entrega, no con el amor (que los lleva a entregarse la vida).

La licitud (mejor dicho, santidad) del acto sexual tiene que ver con la entrega, no con el amor (que obviamente es necesario para la santidad del acto). El acto matrimonial es la expresión corporal de la entrega de vida y mutua pertenencia en el amor que tienen. Sin entregarse la vida, el acto está vacío, es una mentira: significa una unión que no tienen. No los une, porque no están unidos.

Después de casados, ese mismo error, cuando uno se ha cansado del otro, lleva a decirle: “ya no te amo, desaparecé de mi vida”. Que se hayan entregado la vida (lo que significa que no se pertenecen) no importa, importa que ahora ya no te quiero…

Como en muchos casos no hay “entrega”, sino solo “amor”; muchos matrimonios hoy son nulos. Porque si no hay voluntad de entregarse, obviamente no hay entrega, y la fórmula que la expresa es una farsa: digo entregarme, pero no me entrego; digo para siempre, pero no quiero que sea para siempre sino solo mientras dure el amor… Y si no me entrego, no hay matrimonio por más pomposa que sea la ceremonia en la que se “casan” o la fiesta que lo celebra.

¿El matrimonio civil es matrimonio? ¿casa a los que “se casan” o es un mero trámite formal?

Aunque pretenda tener aires de matrimonio y hasta haya un juez que predique sermones… el matrimonio civil para un cristiano es –en principio– un trámite civil. Y no casa a los contrayentes tanto por motivos humanos como sobrenaturales[3].

Además, el matrimonio civil (que es matrimonio para un no católico) en su forma actual en Argentina no refleja lo que es el verdadero matrimonio. Porque, de hecho, es el mismo para distintos tipos de uniones que nada tienen que ver con el matrimonio, lo que lo convierte en una unión civil de dos personas con un contenido incierto; y porque es esencialmente disoluble (es casi más fácil divorciarse que despedir un empleado…). Por esto corre el peligro de vaciar de contenido el consentimiento de los contrayentes, que es inválido si carece de elementos esenciales del matrimonio (que en la forma civil no están presentes).

De manera que para un cristiano es un signo de cierto compromiso –es mucho más que nada–, pero no casa a quienes lo contraen. De hecho, una persona casada civilmente se puede casar por la Iglesia con cualquier otra persona: a efectos eclesiales es considerado soltero/a[4].

La contradicción de algunos signos matrimoniales y el convivir antes de casarse.

Cuando se separa conceptualmente el amor conyugal del matrimonio, el matrimonio –la entrega mutua de las vidas– pierde en sus cabezas su valor. La misma ceremonia, llena de simbolismo, es ridícula.

¿Qué sentido tiene el traje blanco de la novia? Su pureza –incluso si no ha sido capaz de vivirla de hecho, significa el hecho de que quiso vivirla: no vivió matrimonialmente antes de casarse–. Si han convivido, obviamente es una farsa. Un color mentiroso, ya que no puede entregar una pureza que no tiene.

¿Qué sentido tiene que la novia entre a la iglesia del brazo de su padre?, ¿que la entregue al novio en al pie del altar antes de la ceremonia? Significa que el padre se la cede, ella deja su casa, para ir a vivir con el novio. Deja su familia de origen, para formar una nueva familia, en una nueva casa. Pero, si han vivido juntos es una broma…, una mentira… Un signo vacío.

¿Qué cambia el día del casamiento? Obviamente mucho espiritualmente porque se han entregado la vida. Pero esa entrega mutua no tiene ninguna implicancia concreta en la vida de todos los días. Externamente, para ellos, significa muy poco. El estar casados no les ha cambiado la vida en lo más mínimo. Y esto es terrible, aunque solo sea desde el punto de vista simbólico: casarse no les significa ningún cambio en su vida. Existencialmente les cambió la vida (ya no se pertenecen a sí mismo, son uno del otro), pero exteriormente no les cambió nada.

A modo de conclusión

La visión que realza la importancia del amor conyugal en detrimento del matrimonio, en realidad responde a una visión antropológica del amor alternativa a la cristiana.

Son dos modelos alternativos de amor. Uno de amor total y el otro de amor light. Uno de amor para siempre; y otro, de amor mientras dure. Uno proyectado hacia el futuro; y otro, centrado en el momento presente. Uno, con entrega de vida; y otro, con algo de entrega, compartiendo el presente. En uno están unidos, y el otro están juntos. En uno se juegan por el otro; en el segundo, disfrutan el momento (mientras dure).

Una pregunta fundamental que deben hacerse quienes se quieren es cómo se quieren, con cuál de los dos amores. Cuánto están dispuestos a sacrificar por otro. Y si ambos hablan del mismo tipo de amor cuando dicen que se quieren (es relativamente frecuente que uno quiera amor definitivo y total, y el otro no tanto…, pero el primero piense que los dos quieren lo mismo…).

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Para padres: un caso particular

La objeción de conciencia de los padres ante la imposición de cooperar a una acción inmoral de un hijo.

Cuando un hijo pretende que sus padres lo ayuden económicamente a irse a vivir con la novia antes de casarse, se plantea a los padres un dilema muy grande entre su conciencia y el deseo de ayudar a su hijo; entre sus deberes ante Dios y el miedo a que su hijo de distancie de ellos, por seguir sus principios.

Los pone entre la espada y la pared.

Es importante distinguir entre el respeto de la libertad –siempre necesario– y la cooperación a una acción mala.

Los padres deben respetar la libertad de sus hijos mayores de edad. Si un hijo decide irse a vivir con la novia, no compartirán la decisión, les hará sufrir, pero respetan la libertad de su hijo. Sólo intentarán hacerles ver por qué esa decisión les parece inadecuada. Pero, lo dejan ir, ya no pueden evitar que se vaya, lo siguen queriendo, respetan su libertad. Y punto.

Por eso, podrían decirle a su hijo:

“No discutimos tu libertad. Está fuera de duda el respeto de tu libertad. Sos mayor de edad, respetamos lo que hagas, aunque nos duela (porque no podemos ocultar que nos duele algo que pensamos que le hará daño a tu futuro matrimonio).”

Pero en el caso en que el hijo requiere la colaboración de sus padres para hacerlo, lo que está en juego no es la libertad del hijo, sino la libertad de los padres.

Es cuando se les pide/exige que lo ayuden a realizar esa decisión, ya sea prestando un departamento, pagando parte del alquiler, contribuyendo con muebles, etc.

Le podrían explicar:

Está aquí en juego obligar a tus padres a cometer un pecado para darte un gusto: a actuar contra su conciencia. Vos pensás que no es pecado vivir matrimonialmente sin estar casados, pero nosotros creemos que es una ofensa a Dios (somos católicos y respetamos la doctrina católica). Así como nosotros respetamos tu libertad, te pedimos que respetes la nuestra, y no nos pidas que actuemos contra nuestra conciencia. Te pedimos que aceptes nuestra objeción de conciencia (ejercer el derecho a no ser obligado a actuar contra la propia conciencia).

¿Cuál es el problema en cuestión?

El problema se llama cooperación al mal. Una acción mía que contribuye a que otro actúe mal. Es un tema muy estudiado en la Teología Moral. Es el caso de quien presta dinero para alguien haga un aborto, o vota un partido político que promueve políticas inmorales, o le da alcohol a un amigo para que se emborrache… Sobre el tema se puede consultar cualquier tratado de Teología Moral. En este caso, alquilarle al hijo un departamento propio a bajo precio, para que vaya vivir con su novia es un caso típico de cooperación al mal. Y unos padres cristianos no deberían estar dispuestos a hacerlo[5].

Los padres podrían explicar a su hijo:

“Te podés ir a vivir a cualquier lugar del mundo, cuando quieras, no dejaremos de quererte porque no quieras vivir la moral cristiana, pero no nos pidas a nosotros que te ayudemos, cuando esa ayuda significaría dejar de vivir nuestra fe y principios morales. No sería justo”.

Si el hijo, se enojara y amenazara a los padres de distanciarse de ellos por esto, estaríamos en un caso de extorsión, lo que agravaría la cuestión, ya que el hijo estaría no pidiendo ayuda, sino violentando la conciencia de sus padres.

Por tanto, sí a dar a los hijos toda la libertad que tienen; pero no a la cooperación al mal. Son dos cuestiones muy distintas. Los hijos necesitan la coherencia moral de sus padres, no pueden obrar mal ellos, para dar una alegría a sus hijos. Quizá en el momento no lo entiendan, pero si son sinceros, valorarán la coherencia de sus padres.

Eduardo Volpacchio
Córdoba, 30 de abril de 2021

Para los que quieran profundizar en el matrimonio, les ofrezco cuatro charlas sobre el matrimonio que di el año 2020 por Zoom, durante la cuarentena, y que subí a mi canal de YouTube a modo de curso sobre el matrimonio.


[1] https://algunasrespuestas.wordpress.com/2013/12/21/para-que-casarse-que-diferencia-hay-entre-casarse-y-no-casarse/

[2] Cosa que parece extraña: si tienen donde vivir juntos, no se entiende qué les falta para estar casados. ¿Casarse es sólo una cuestión de tener más dinero?

[3] Ministros del matrimonio son los contrayentes, de manera que bastaría su consentimiento para casarse. Pero el Concilio de Trento en el siglo XVI, ante cierto caos debido a los matrimonios clandestinos (gente que se casaba pero que nadie sabía que estaba casada) puso como condición de validez del matrimonio que ese consentimiento sea expresado delante testigos cualificados (en principio el párroco). De manera que el matrimonio civil es inválido para un católico como matrimonio por no cumplir los requisitos de validez del consentimiento. Sólo es válido realizado con la forma canónica.

[4] Esto se podría matizar un poco, pero para el objeto de este artículo alcanza.

[5] Aclaro que en casos extremos, cabe la cooperación material al mal en ciertas condiciones, sin cometer pecado, pero me parece claro que este caso –en principio– no cumple tales condiciones.

¿Dejar de amar a Dios porque es bueno?

Aunque parezca curioso —y en realidad sea paradójico— hay personas que se alejan de Dios porque piensan —con razón— que es muy bueno. ¿Tiene esto sentido?

Me preocupa que haya almas que se alejen de Dios por una concepción sentimental del amor, sin darse cuenta de lo poco razonable de un planteo que dan por obvio, y que no lo es en absoluto.

En concreto, hay personas que justifican, por ejemplo, su inasistencia a la Misa dominical, con un argumento sorprendente:

“Yo no voy a Misa los domingos. Dios es bueno y no me va a castigar por eso”

Parecería que detrás se esconde el siguiente razonamiento:

“No voy a Misa porque Dios no me va a condenar por eso; es decir, sólo iría en caso de que corriera peligro de condenación”.

Y con la misma actitud se intenta justificar algunos comportamientos contrarios a la moral cristiana (el uso de anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales, el concubinato —que es como se llama técnicamente que novios vivan juntos—).

Ante estos casos, tenemos que preguntarnos si la misericordia infinita de Dios es motivo para ofenderlo sin reparo. Y si esa ofensa es gratis; es decir, no tiene un costo personal para nuestras almas.

No vamos a ir aquí al fondo de la cuestión (el papel de la moral en la vida cristiana, la obligatoriedad moral de los preceptos de la Iglesia y el papel de la Eucaristía en la vida cristiana, etc.), sino que simplemente nos preguntaremos si el supuesto que Dios no va a castigarme por dejar de adorarlo, de amarlo y de dedicarle tiempo, es un motivo razonable para dejar de hacerlo; si pensar que no va a condenarme es motivo suficiente para ofenderlo con actos contrarios a su ley moral.

La aclaración de algunos puntos fundamentales ayudará a entender el error que esconde la justificación que nos estamos analizando.

1) El amor y la vida cristiana

Comenzamos por analizar el papel del amor de Dios y de nuestra correspondencia en la salvación.

Una cosa es clara: lo que nos salva es el amor de Dios, no nuestras obras. Hay una primacía absoluta de la gracia sobre nuestras obras.

Jesucristo no se hizo hombre para evitar la condenación de los hombres, sino para llevarlos a la plenitud de la filiación divina: eso es lo que nos salva.

La causa de la salvación no es el amor que tenemos a Dios, sino el amor que Dios nos dona con la gracia.

Un amor cuyo fruto no es sólo la satisfacción afectiva de quien lo recibe, sino sobre todo una vida nueva (ese amor es amor divino, y como tal, nos diviniza). Esa vida, la recibimos y vivimos nosotros. Ser amados por Dios no es algo meramente pasivo, hemos de aceptar y asimilar ese amor, haciéndolo nuestro y ¡viviéndolo!

“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, decía San Agustín. Nuestra libertad tiene un papel fundamental.

Haciendo nuestro amor que Dios no dona, podemos amar con ese amor y entonces la salvación se expresa en ese amor: recibimos el amor para asimilarlo, y una vez asimilado –hecho nuestro- poder amar con ese amor de Dios, que ahora es nuestro.

Es decir, es Dios quien nos salva, pero nuestras obras coherentes con esa salvación resultan indispensables para aceptación y la vivencia de esa salvación.

2) Quien salva y quien se condena

Si nos negáramos a amar, rechazaríamos el amor y con él, la salvación que se nos ofrece… y, por lo mismo, dejaríamos de estar salvados.

El amor de Dios es inagotable (es infinito), de manera que no se cansa de ofrecernos su amor salvador. Siempre estará dispuesto a perdonarnos, si volvemos a El arrepentidos. Siempre estará dispuesto a recibirnos, si a Él nos acercamos. Pero para que efectivamente nos perdone, nos salve y nos reciba, hemos de aceptarlo amando: nuestra libertad también aquí es imprescindible.

Dios no nos condena, pero no porque no pueda hacerlo, sino porque ¡no quiere hacerlo! Espera paciente y quiere la conversión de nuestro corazón. Conversión que sólo se llevará a término recorriendo el camino que El nos señala. Si nosotros no queremos amarlo, si rechazamos su voluntad, si nos cerramos a las fuentes de la gracia, estamos rechazando libremente su amor, su perdón y su salvación. Y esto es muy malo, haciéndolo nos condenamos a nosotros mismos. En esto consiste el infierno:

Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.

Catecismo de la Iglesia Católica, 1033.

3) Razón de ser de las exigencias de Dios

Dios no necesita nuestro culto ni nuestra obediencia. Simplemente pide lo que necesitamos para alcanzar la plenitud humana y sobrenatural. Así lo creemos los cristianos. Detrás de sus mandamientos no vemos un capricho irrazonable, sino una voluntad paterna que conduce a la plenitud en la vida eterna, a través de las vicisitudes de esta vida. Eso vale para los mandamientos y para la recepción de los sacramentos, para la oración y para la caridad. Todo es importante, porque nuestro Padre Dios nunca nos pedirá algo para molestarnos.

Jesús nos enseñó a pedir: “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. Y pedimos que la cumplan los planetas, y los animales y los hombres… comenzando por nosotros mismos. Porque ¡de verdad!, es lo mejor para nosotros.

4) El perdón de Dios y realización personal

El pecado hace mal al alma. El perdón, no es una cuestión formal: Dios cura el alma cuando perdona. Sería una locura pecar solamente porque Dios perdona (como diciendo, ¿para qué dejar de pecar si después te perdonan igual?).

Este planteo supone que pecar es bueno —lo mejor que podemos hacer—, pero un Dios caprichoso nos lo prohíbe. Pero como tan malo no es, nos deja una puerta de escape: que lo hagamos tranquilos ya que después El nos perdona. ¡Esto es absurdo!

Otra cosa es que seamos débiles y caigamos. Entonces necesitamos perdón de por las cosas malas que hacemos, y por el bien que dejamos de hacer, por el amor que dejamos voluntariamente de tener. Y el primer paso para el perdón es el arrepentimiento: es imposible el perdón sin el rechazo personal del pecado, ya que Dios no nos liberará de las acciones que nosotros no rechazamos (una vez más respeta nuestra libertad). Pero esto imposible si pensamos que lo que hicimos es bueno.

Pero no es sólo cuestión de que pensar en el perdón de Dios. Es el aspecto negativo: liberarnos de lo malo que haya en nuestra vida.

Pero hay una cuestión mucho más importante y muy positiva: para realizarnos, cumplir su palabra es esencial.

Cumplir la ley de Dios no es lo que nos salva, sino que es la consecuencia natural de haber sido alcanzados por su amor. La procuramos cumplir no por miedo a castigo, sino porque hemos descubierto el amor de Dios. Queremos hacer lo que Dios nos pide porque lo amamos. Porque entendemos lo grande que es su sabiduría y su amor.

En el caso de la Misa; no asisto por miedo a que Dios me castigue (sé que me va a perdonar todas las veces que sinceramente le pida perdón por haberlo ofendido), sino porque quiero participar de la mayor donación de amor de Dios a los hombres: la Eucaristía.

5) Amor y temor

La Teología nos enseña que el temor de Dios es un don del Espíritu Santo: se nos infunde junto con la gracia santificante y las virtudes infusas.

Esto podría resultar un poco curioso: ¿Acaso Dios quiere que le temamos? ¿No es acaso nuestro Padre? ¿El buen Pastor que busca la oveja perdida y da la vida por ella?

Ante estas perplejidades es justo que nos preguntemos qué tipo de temor nos infunde el Espíritu Santo, de qué miedo se trata.

En relación a Dios, puede haber varios tipos de temores, uno malo, uno imperfecto y otro óptimo.

Tener miedo a Dios y mantenerse alejado de Él por eso, es un temor malo, sin sentido. Un miedo que teme a un Dios del que habría que cuidarse…

Está claro que no hemos de tener miedo a Dios: es el más amoroso de todos los padres.

Entonces, ¿miedo a qué hemos de tener? En primer lugar a nosotros mismos… a que —por nuestra debilidad— nos apartemos de Dios, a que lo ofendamos. Se trata de un sano temor a ofender a quien tanto nos quiere, un temor que nos lleva a alejarnos de las ocasiones de hacerlo. En esta línea el sacerdote reza en Misa, antes de recibir la Comunión: “haz que siempre cumpla tus mandamientos y no permitas que me separe de Ti”. Este es el temor de Dios bueno: temor a fallarle a nuestro Padre, a estropear nuestra vida con el pecado. Es un “miedo” muy santo, filial, cariñoso.

Un temor a cometer la locura de rechazar su amor pecando, de vivir lejos de El; y, por lo mismo, terminar lejos suyo por toda la eternidad (te recuerdo que eso es el infierno).

Hay quienes piensan el amor y la confianza excluyen todo respeto y temor. Pero no es así; el amor incluye el respeto como línea de mínimo: respeto a quien amo, y difícilmente amaré a quien ni siquiera respete.

Y el respeto es una cierta forma de temor: un temor que puede ser amoroso, cuando lo que se teme es alejarse del amado, hacerlo sufrir, fallarle, ofenderlo.  De manera que amor, temor y respeto, si se los considera en su justo lugar, están relacionados.

Por eso la Sagrada Escritura enseña que “el comienzo de la sabiduría es el temor de Yahveh; muy cuerdos todos los que lo practican” (Ps 111,10).

6) El miedo y el cumplimiento de los preceptos

En relación al temor de Dios y el cumplimiento de su voluntad caben varias posibilidades. Analicemos sólo tres de ellas.

a) Podemos movernos en la vida por miedo al infierno, un miedo nada filial ni amoroso. Sería un miedo timorato, un miedo que nos apartaría del pecado y nos haría cumplir la voluntad de Dios; un miedo que nos llevaría a hacer cosas buenas y evitar las malas —por tanto que nos haría buenos—, pero imperfecto porque le faltaría amor. Imperfecto no significa malo: es bueno, pero carece de perfección.

Antiguamente –y también en nuestros días- era frecuente encontrar personas que cumplían los preceptos de la ley de Dios por este tipo miedo: miedo a un castigo de Dios, miedo al infierno, etc.

Aunque debemos reconocer que no todo era miedo. Querían a Dios lo suficiente para no querer perdérselo en la eternidad, y estaban dispuestas a pagar el precio de cumplir con lo que Dios mandara para conseguirlo. Se trataba de un miedo que era bueno, porque las apartaba de hacer cosas malas y las conducía a hacer otras buenas, aunque como dijimos bastante imperfecto. No habían descubierto el amor a Dios como motor de su comportamiento. Esas personas tendrían que superar este temor, aprendiendo a cumplir la ley de Dios por amor a Dios.

b) También existe –y ojalá lo tengamos- el santo temor de Dios, que excluye todo miedo a Dios y está lleno de confianza en El.

Quien tiene este santo temor de Dios, hará lo que Dios le pide por amor. Un amor que le llevará a sacrificarse cuando le cueste, para evitar ofender a quien tanto quiere.

c) Podríamos experimentar también una carencia de miedo “patotera”, que enfrenta a Dios. Éste es el caso del que nos ocupamos en este artículo.

Nos encontramos aquí con una versión radicalizada del miedo como motor de la relación con Dios, pero desde una perspectiva negativa: ya no es que cumpla con Dios por miedo al infierno, sino que dejo de cumplir con El, precisamente porque no le tengo miedo.

En esta versión Dios se ha vuelto inofensivo: ya no inspira miedo. Entonces no mueve.

Es bueno no tener miedo; pero es muy triste dejar de gozar de la Eucaristía por falta de miedo. Es bueno no tener miedo a Dios, pero es triste alejarse de El con la excusa de esa falta de miedo.

7) La esperanza y la presunción

En este análisis no puede faltar una breve referencia a la presunción. Es un pecado contra la virtud de la esperanza, que el Catecismo de la Iglesia (n. 2092) define de la siguiente manera:

“Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas, (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito)”.

De más está decir que el caso que no ocupa se encuadra absolutamente en estos términos.

De más está decir que el caso que no ocupa se encuadra absolutamente en estos términos.

Conclusión: cosas que no cierran…

Dejar de ir a Misa porque Dios no me va a condenar por eso, resulta curioso. Y parece bastante egoísta.

Si Dios no me condena, entonces no hago lo que me pide, no me acerco a la Eucaristía, no cumplo sus preceptos. Como si la voluntad de Dios fuera opuesta a la mía… y mientras no corra peligro de condenación, no tengo ninguna intención de corregir la mía para identificarla con la suya.

Además surge otro inconveniente: la asistencia a Misa dominical no es un opcional de la vida cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica señala que “la Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (…) (y) recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días” (n. 1389). Es decir, es de las cosas que determinan la identidad cristiana.

Lo mismo ocurre con los preceptos morales: no son simples consejos, sino que hacen a la fidelidad fundamental a Cristo.

Ante semejante planteo, surgen muchas preguntas que no encuentran respuesta:

¿Donde queda el amor? ¿Qué espero de Dios? ¿No me importa vivir y edificar mi vida al margen de El? ¿Puedo decidir yo cómo amar a Dios, independientemente de lo que Él me pide? ¿Qué es la Eucaristía para mí? ¿Puede ser que me importe tan poco lo que pide?

¿Donde queda el sentido más profundo del cristianismo como divinización del hombre? ¿Qué es para mí la vida de la gracia? ¿Qué es esa vida eterna que me da la Eucaristía?

¿Donde queda el “haced esto en memoria mía”? ¿Qué “pasa” en la Misa para que tenga que ir? ¿Qué falta en mi vida cuando no voy?

¿Por qué la Iglesia enseña que faltar a Misa sin causa grave, sea un pecado mortal? ¿Exagera? ¿Quiere asustar? ¿Acaso miente o simplemente no sabe de qué está hablando? ¿Qué importancia tiene un pecado? El hecho de que Dios perdone los pecados ¿hace que sea lo mismo cometerlos o no cometerlos?

¿Me hace bien el no ir a Misa? ¿Pierdo algo si no voy? ¿Es indiferente ir o no ir? ¿Hace algún daño a mi alma dejar voluntariamente la Misa?

Los que cumplen la voluntad de Dios ¿acaso son tontos? ¿no se han dado cuenta que no es necesario?

Este planteo deja demasiadas preguntas sin responder. Y no es cuestión de que Dios me vaya a castigar… es cuestión de que no puedo vivir sin El…

Y es una actitud que acaba siendo demasiado peligrosa, ya que vivir voluntariamente desconectado de las fuentes de la gracia hace que nuestra vida sea sobrenaturalmente muy pobre, si no es que acaba careciendo totalmente de la vida sobrenatural que dan los sacramentos.

Ir al fondo de las cosas

Para terminar, te invito a que por tu cuenta consideres varias cosas: qué es la Misa, para qué la ha instituido Dios, qué espera de mí. Por qué la Iglesia me insiste tanto en la necesidad que tengo de ella, al punto de obligarme a ir bajo pena de pecado mortal. Qué sentido tienen las exigencias morales. Qué es el amor a Dios y qué papel tiene el santo temor en la vida cristiana.

Si todavía no has descubierto el tesoro divino escondido en la Misa, o en los bienes que protegen los mandamientos… no dejes de asistir o de vivirlos, buscá y pedí a María que te lo enseñe: serás feliz cuando lo encuentres y tu vida alcanzará una dimensión divina.

Y por último que no te dejes llevar por la falta de miedo.

¿Dejar de cumplir la voluntad de Dios excusado en que va a perdonarme?

¿Ofenderlo porque me perdona?

¿Vivir lejos suyo porque no me quiere condenar?

¿Tiene esto algún sentido?

Que Dios no quiera condenarme no es excusa para ofenderlo, sino que ¡hace más grave el desprecio! Endurece el corazón.

Podría sucedernos lo que a los judíos en Meribá, después de cruzar el Mar Rojo: cuantos más prodigios veían, más caprichosos y patoteros con Dios se volvían (cfr. Exodo cap. 15-17; Ps 94).

Eduardo María Volpacchio

2-3-10

La heterosexualidad como requisito para el matrimonio

DECLARACIÓN DE LA COMISIÓN PERMANENTE DEL EPISCOPADO ARGENTINO

La heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar

Ante el conocimiento de un próximo debate legislativo sobre proyectos de ley de matrimonio homosexual, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, dijo que “afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto. Lo contrario sería desconocer su esencia, es decir, aquello que es”. “En el matrimonio se encuentran y realizan tanto las personas en su libertad, como el origen y el cuidado de la vida. Esto no debe ser considerado como un límite que descalifica, sino como la exigencia de una realidad que por su misma índole natural y significado social, debe ser tutelada jurídicamente. Estamos ante una realidad que antecede al derecho positivo y, por lo mismo, es para él fuente normativa en lo sustancial”, subrayó en un comunicado.

LA HETEROSEXUALIDAD COMO REQUISITO PARA EL MATRIMONIO NO ES DISCRIMINACIÓN
Ante el conocimiento de un próximo debate legislativo sobre proyectos de ley de matrimonio homosexual, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, dijo que “afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto. Lo contrario sería desconocer su esencia, es decir, aquello que es”.

“El matrimonio como relación estable entre el hombre y la mujer, que en su diversidad se complementan para la transmisión y cuidado de la vida, es un bien que hace tanto al desarrollo de las personas como de la sociedad. No estamos ante un hecho privado o una opción religiosa, sino ante una realidad que tiene su raíz en la misma naturaleza del hombre, que es varón y mujer”, subrayó en un comunicado.

Tras indicar que “este hecho, en su diversidad y reciprocidad, se convierte, incluso, en el fundamento de una sana y necesaria educación sexual”, advirtió que “no sería posible educar la sexualidad de un niño o de una niña, sin una idea clara del significado o lenguaje sexual de su cuerpo”.

El Episcopado señaló que “estos aspectos que se refieren a la diversidad sexual como al nacimiento de la vida, siempre fueron tenidos en cuenta como fuente legislativa a la hora de definir la esencia y finalidad del matrimonio. En el matrimonio se encuentran y realizan tanto las personas en su libertad, como el origen y el cuidado de la vida”.

“Esto no debe ser considerado como un límite que descalifica, sino como la exigencia de una realidad que por su misma índole natural y significado social, debe ser tutelada jurídicamente. Estamos ante una realidad que antecede al derecho positivo y, por lo mismo, es para él fuente normativa en lo sustancial”, aseveró.

Texto completo de la declaración

Ante el conocimiento de un próximo debate legislativo sobre proyectos de ley de matrimonio homosexual, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina manifiesta al respecto:

El matrimonio como relación estable entre el hombre y la mujer, que en su diversidad se complementan para la transmisión y cuidado de la vida, es un bien que hace tanto al desarrollo de las personas como de la sociedad. No estamos ante un hecho privado o una opción religiosa, sino ante una realidad que tiene su raíz en la misma naturaleza del hombre, que es varón y mujer. Este hecho, en su diversidad y reciprocidad, se convierte, incluso, en el fundamento de una sana y necesaria educación sexual. No sería posible educar la sexualidad de un niño o de una niña, sin una idea clara del significado o lenguaje sexual de su cuerpo. Estos aspectos que se refieren a la diversidad sexual como al nacimiento de la vida, siempre fueron tenidos en cuenta como fuente legislativa a la hora de definir la esencia y finalidad del matrimonio. En el matrimonio se encuentran y realizan tanto las personas en su libertad, como el origen y el cuidado de la vida.

Esto no debe ser considerado como un límite que descalifica, sino como la exigencia de una realidad que por su misma índole natural y significado social, debe ser tutelada jurídicamente. Estamos ante una realidad que antecede al derecho positivo y, por lo mismo, es para él fuente normativa en lo sustancial.

Afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto. Lo contrario sería desconocer su esencia, es decir, aquello que es. “El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes”.

El matrimonio se funda en la unión complementaria del varón y la mujer, cuyas naturalezas se enriquecen con el aporte de esa diversidad radical. La realidad nos muestra que toda consideración física, psicológica y afectiva de los sexos, es expresión de esa diversidad, la cual además no se explica en un sentido antagónico, sino de complemento mutuo. El varón y la mujer, conforman desde esa diversidad complementaria, una nueva realidad que es la familia y que, desde los inicios mismos de la humanidad, ha sido protegida por las sociedades civilizadas, con la institución del matrimonio. Confirma esa realidad, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre la cual exige “reconocer el derecho del hombre y de la mujer a contraer matrimonio y a formar una familia”.

Es responsabilidad de todos proteger este “bien de la humanidad”, (como llamaba Juan Pablo II a la familia), de allí el deseo que nos mueve a sumar las presentes reflexiones en un diálogo sincero con la sociedad y como aporte a quienes tienen la difícil tarea de legislar sobre estos temas.

La Sagrada Familia de Nazareth, modelo permanente, ayude a descubrir a nuestros jóvenes, el valor de la vocación matrimonial.+