Viernes Santo: amor y sentido del dolor

Ante tanta injusticia, tanto dolor, tanta entrega, tanta destrucción… Ante una muerte tan violenta, puede surgir la pregunta: ¿hacía falta tanto? ¿no había otras maneras de redimir al hombre? Como le preguntaron una vez a San Josemaría en un retiro que predicaba a sacerdotes, después de una meditación sobre la Pasión:¿ Para qué  sufrir y hacer sufrir con la consideración de tanto sufrimiento de Cristo?

La cultura actual se opone al dolor quizá más que cualquiera otra anterior. Y eso la lleva a no comprender el cristianismo. 

Esto se debe a factores positivos como una mayor sensibilidad ante el dolor propio y ajeno, a una mayor conciencia de la dignidad humana, a avances científicos y tecnológicos que permiten vivir más cómodamente. Pero también a otros factores negativos como lo son el profundo hedonismo reinante y el relativismo. La búsqueda de placer como objetivo de la vida, la felicidad reducida a placer se opone radicalmente al dolor al punto de preferir la muerte de un no nacido para evitarme sufrimiento o promover  la muerte de quien sufre como medio para que no sufra. Y el relativismo que conduce a la falta de sentido y hace muy difícil encontrar valor al sufrimiento (y obviamente muchas otras cosas).

Y al huir del dolor, renuncian al amor. Y así se pierden lo mejor de la vida.

Decir el Papa emérito Benedicto:

“no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera.”

¿Qué nos dice la revelación de la muerte de Jesús?

En primer lugar que no era inesperada. Estaba anunciada por los profetas, hasta en detalles muy pequeños, como el sorteo de sus vestiduras. Se hizo hombre para morir. Es muy fuerte. Tiene que encerrar un misterio muy divino y grandioso, de otro modo sería un gran absurdo.

La revelación nos dice, además, que lo que lleva a Jesús a la no es un destino fatídico, ni la mala suerte, ni la maldad de los ejecutores. Nos dice que es el amor. El amor del Padre, y el amor suyo propio. Aquí reside la clave de todo.

Tantos pasajes del Nuevo Testamento, sobretodo en San Juan: tanto amó Dios al mundo… Nadie tiene amor más grande… Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin… 

También subraya la libertad: “El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla.Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla (Jn 10,17-18).

Enseña además, que nosotros somos los culpables de la muerte de Cristo. Todos. Son nuestros pecados los que llevan a Jesús a la cruz. No somos ajenos a tanto dolor, sino sus protagonistas. Y Jesús lo asume loco de amor, para redimirnos precisamente a quienes somos culpables.

Tenemos que descubrir el amor de Jesús en su Pasión.  Es algo esencial en la vida cristiana. 

Siempre enamoró a los cristianos y los lanzó a imitarlo. 

Descubrieron la fuerza de la cruz. Dejó de ser locura o escándalo, para ser sabiduría y fuerza. San Pablo llega a no querer gloriarse en nada sino en la cruz de Jesús. Es lo que le llena la vida. 

Por eso el cristianismo desde el principio honró la cruz. Guardaron con amor los clavos, Santa Elena buscó la cruz, siempre su fue la reliquia de las reliquias: el lignum crucis. Coronó las Iglesias con una cruz, la puso en los cruces de las rutas. La colgó en el pecho de los obispos y de los fieles. La puso en todas las casas… Es el signo del cristiano, la Santa Cruz.

Tantos libros sobre la Pasión, meditaciones… Tanto arte: cuadros, esculturas, crucifijos…  Hasta una película genial. Tanta música. Para que nos entre también por los sentidos y nos mueva el corazón.

Cuánto depende de nuestro amor a la cruz… 

Hoy ante Jesús muerto, pidamosle a Dios que  nos dé la sabiduría de la cruz. Que nos ayude a transmitir a nuestros contemporáneos -que huyen de Cristo porque huyen de su cruz-, a encontrar en Cristo crucificado y resucitado el sentido de la vida, la fuente de salvación, la fuerza de sus vidas, la felicidad y la paz.

Agradecer tanto amor. Mirar la cruz sin descubrir y experimentar el amor de Jesús por mí  es perdérselo todo. Necesitamos contemplar esa cruz en la que Jesús hace el acto más grande de libertad y amor de la historia.

Y aprender de María, que no quiso ahorrarse el sufrimiento de acompañar a su Hijo y sufrir con Él y por Él  por todos nosotros. Así nos recibió como hijos.

P. Eduardo Volpacchio
Viernes Santo 2021

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