¿Qué hacemos con las dudas de fe?

¿Quién no ha experimentado dudas de fe?

Pienso que todos las hemos sufrido. Es natural que quien piensa, se plantee preguntas e interrogantes acerca de lo que ve, piensa, reza, hace, reza, vive, etc.

Además, en nuestros días, la cultura reinante desafía constantemente muchas verdades de fe, y es muy importante tener respuesta para esos desafíos. Verdades incómodas para la cultura moderna (la moral sexual cristiana, por ejemplo) exigen un mayor conocimiento de sus razones. Ya San Pedro pedía a los primeros cristianos que estuvieran dispuestos a dar respuesta a “cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen” (1 Pedro, 3, 15).

Por eso no debería inquietarnos experimentarlas, ya que son una ocasión de madurar y crecer en la fe. Plantearnos y replantearnos cuestiones nos lleva a redescubrir su sentido y valor.

Por otro lado, también es cierto que fomentar dudas de modo frívolo, sin resolverlas; o apagarlas para no pensar, puede dañarla y mucho. Todo depende de cómo las analicemos y les respondamos.

Por tanto, no te sientas mal por tener dudas de fe, ni las fomentes. Simplemente, intentemos aprovecharlas.

La seguridad de la fe no excluye una cierta inseguridad

La fe nos aporta el conocimiento más importante de nuestra vida, el más profundo, el que aporta el sentido a todo, el que da trascendencia a una vida –la nuestra– que, sin ella, quedaría encerrada en las coordenadas espacio-temporales en las que trascurre, sin apertura a lo eterno.

Ese conocimiento, por ir más allá de lo sensible y experimentable, no es demostrable a ese nivel. Por definición es un saber de algo que, tenemos por seguro, pero no podemos demostrar en términos de ciencias experimentales, es decir, empíricamente, sin que quede margen de duda. La fe nos permite el conocimiento de lo que es, pero no se ve… No se ve, pero es muy sensato, ya que aporta respuestas a las preguntas más importantes de la vida; preguntas que sin fe, no es que tendrían otras respuestas, sino que se quedarían absolutamente sin respuesta[1].

Ese saber tiene certeza –estoy seguro de lo que creo–, con una certeza que no es ni metafísica (no puede ser de otra manera de modo absoluto), ni física (demostrada empíricamente), sino moral (seguridad subjetiva, sólida, pero no absolutamente cerrada externamente). Para fundamentar esa fe, tengo numerosos argumentos convincentes (es decir, que convencen, sin ser cada uno de ellos definitivos) y convergentes (todos apuntan en la misma dirección, llevan a afirmar la fe). Esto hace de la fe, siempre un acto libre. Los argumentos me llevan a la fe, pero el último paso, lo doy, no movido por una necesidad racional (el caso de aceptar que 2 + 2 = 4, no puedo negarlo sin negar lo evidente), sino en libertad.

Tanto el creyente como el no creyente creen, tienen fe. En el primer caso, una fe positiva (“creo en Dios”) y en el segundo, negativa (“no creo en Dios”). Pero tan fe, la una como la otra.

Y ambos, tanto el creyente como el no creyente, tienen –en su seguridad– un margen de inseguridad. Al creyente le pueden asaltar pensamientos del estilo de “¿y si todo esto es un cuento chino…”. Y al no creyente, “y si Dios existe…”. Nos ocupamos de este tema en mi libro “Creer o no creer: esa es la cuestión”.

Evidentemente la seguridad de la fe de cada uno –cuánto de sólida sea mi fe–, dependerá de su fundamento personal (cuánto conozco de la fe, la he estudiado; conozco sus razones, he alcanzado una visión de conjunto, coherente de la fe; entiendo el sentido que tienen las cosas…), del carácter de cada uno (las personas inseguras, tienden a tener más dudas que el resto, por su forma de ser…), del ambiente en que se vive (en un ambiente creyente, será más fácil que la fe sufra menos terremotos que en un ambiente contrario a la misma).

Cuánto menos conozca de la fe, es natural que más cosas me resulten difíciles de entender… y más dudas se me presenten.

A veces, las dudas de fe tienen su origen en la poca formación personal: en no haber estudiado la propia fe. Muchos no saben bien qué es lo que creen; tienen, más que dudas de fe, dudas de lo que afirma la fe… o dudas de cosas que no son de fe… Y desconocen las razones de la fe.

La duda no es mala en sí misma, hasta puede ser una buena motivación para profundizar en la fe. El asunto es no conservarla como duda, sino como ex duda resuelta…

Maduración de la fe

En el crecimiento de la fe, se debe pasar de la fe infantil (basada en lo que has recibido) a una fe personal (asumida como propia). Y tendrá que pasar por pruebas, para llegar victoriosa a una fe más sólida. Triste cosa sería perderla en esas crisis de crecimiento.

Así nos hacemos merecedores de la bienaventuranza que Jesús pronuncia con ocasión del acto de fe de Tomás, que ha visto y tocado las llagas de sus manos y sus pies: “bienaventurados los que creen sin haber visto” (Jn 20,39).

Hay dudas y dudas…

Las dudas surgen por muchos motivos (afectivos, ante problemas, falta de formación…).

Para saber cómo manejar las dudas, habrá que precisar un poco.

Hay que distinguir las dudas razonables y la no razonables. Hay dudas que no proceden de la falta de entendimiento o de la dificultad de aceptación de alguna cuestión de fe, sino que tienen su un origen lejos de la racionalidad.

Las dudas afectivas, no son propiamente dudas, porque no tienen un origen racional: surge de la sensibilidad, de un sentimiento: algo no me gusta, me desagrada… y entonces lo cuestiono. Me enojo con Dios porque murió un familiar, y me cuestiono su bondad… También podría ser el caso de quien, cansado para ir a Misa, se pregunta ¿sirve para algo ir a Misa? Su pregunta busca una respuesta negativa, la podríamos llamar duda perezosa. No es “honrada”, en el sentido que no busca encontrar su sentido, sino una excusa para dejar de asistir…

También son dudas afectivas, las que llevan a sentirse raro por las propias creencias en un ambiente ateo o anticristiano. Sería una duda vanidosa o vergonzosa. Uno no se siente bien con su fe, pero no por su relación personal con la fe, sino por la falta de sintonía con quienes le rodean o por cómo lo miran –o piensa que lo miran–; y eso lo lleva a sentirse incómodo. Puede uno sentirse un dinosaurio, donde se considera a la fe pasada de moda… Pero no se trata de incomodidad con la fe, sino de respetos humanos.

Existen las dudas perezosas o desganadas… Me decía una adolescente: “tengo dudas de fe”. Le pregunto qué inquietudes tenía. Y me respondió que no sabía si iba a Misa los domingos por mera costumbre o porque quería… Le expliqué que ese no era un problema para ir a Misa… Le digo: ir por costumbre es bueno, y de hecho si vas es porque querés (si no quisieras, no irías). Es bueno que te lo preguntes, para actualizar tu querer, redescubrir el sentido de la Misa, y encender el amor a Dios cuando asistas, para que no sea sólo costumbre (porque sola es muy pobre). Pero, absolutamente esa duda, no es una duda de fe, ya que no dudás de la Eucaristía, sino de tus ganas de asistir a Misa…

También existen dudas contreras. Es el caso de algunos adolescentes peleados con sus padres. Si estos son creyentes, no es poco frecuente que –para poner distancia con ellos y hasta una pizca de venganza…– rechacen la fe que sus padres tanto valoran.

Hay dudas negativas. Se llaman dudas negativas a las que no tienen razón de ser. Por ejemplo, cuando te estás alejando del auto que dejaste estacionado, te puede venir a la cabeza, ¿habré cerrado con llave o lo dejé abierto? Si no hubiera ningún motivo positivo que genere la duda (salí muy rápido, no escuché el ruido de las trabas al cerrarse…), la respuesta a esta pregunta, debería ser: siempre lo dejo cerrado, seguro que lo cerré. Dudas negativas en el ámbito de la fe son, por ejemplo, esas que vienen a la cabeza del tipo de “y si el cielo no existe”, “y si Dios es un invento humano” …

Las dudas negativas –no tienen razones que las justifiquen, son dudas que surgen sin motivo– deberían ser despreciadas, no tenidas en cuenta, ya que de otro modo nos volveríamos locos dudando de todo y en todo momento…

Las dudas intelectuales son las dudas propiamente de fe. Es cuando me planeo la racionalidad de una verdad de fe, la duda de una cuestión concreta, con ciertos argumentos contra ella. O el sentido de un precepto moral, que de repente nos parece poco razonable. Estas son propiamente las dudas de fe, y es conveniente buscarles respuestas.

¿Qué hacer con las dudas?

  1. Plantearse la racionalidad o no de la duda.
    Para ver si vale la pena resolverla o despreciarla, no perder el tiempo con dudas sin sentido, y encarar las que reclaman una respuesta.
  2. Buscar la respuesta con honradez intelectual.
    Buscar la verdad con apertura mental. Se trata de encontrar la verdad, y no de buscar excusas para vivir más cómodo, o justificar cosas que me gustan… Esta honradez intelectual comienza por buscar conocer qué enseña exactamente la Iglesia sobre el tema que despierta la duda y entender por qué lo enseña.
  3. No esconder dudas bajo la alfombra.
    Siempre me impresionó la honradez del Card. Ratzinger para hacerse preguntas difíciles, esas que quisiéramos evitar porque parece que nos mueven el piso, que no tienen respuesta fácil, que van en contra de nuestra fe… Las dudas son una oportunidad de madurar en la fe, de encontrar respuestas que deberíamos buscar para entenderla mejor. Quien tiene fe, no teme los desafíos de la razón y de la ciencia, porque sabe que nunca la podrán contradecir.
  4. No asumir que una duda es lo que pensamos.
    Que no entienda un asunto, no quiere decir que no crea en él. Que se nos ocurra una duda, nos venga a la cabeza una ocurrencia, experimentar una tentación, no significa que no tengamos fe. Significa solamente que no vemos a Dios cara a cara, como lo veremos en el cielo (donde obviamente no habrá dudas), que nos falta conocimiento más profundo de muchas cuestiones (no somos una enciclopedia), nuestra fe debe madurar (y es en la prueba, como se consolida), que tenemos curiosidad intelectual… Podríamos decir que yo no soy mis dudas, soy mis certezas. Las cosas necesitan estudio y una reflexión profunda.
  5. Pedir al Señor que nos aumente la fe.
    Es un don de Dios, que hemos de pedir con humildad, ya que Dios se esconde de los soberbios y se muestra a los humildes. Quién de modo patotero exige demostraciones, no encontrará a Dios. A quien lo busque humildemente, se le hará el encontradizo.
    A Jesús no le ofenden tus dudas sinceras. Abrí el corazón con Él, contáselas y pedile que te ayude a encontrarles respuesta. No te va a dejar solo. No son un problema solo tuyo, es un problema de los dos. No olvides que creer es primariamente creerle a alguien, y después, creer lo que dice. Cuando te cueste creer, tu reacción bien puede ser la de aquel padre que al constatar que no tenía tanta fe como para conseguir el milagro de la curación de su hijo, pide a Jesús con sencillez: “Señor, creo, pero ayuda mi falta de fe” (Mateo 9,23).
  6. ¿A quién acudir?
    Buscar respuesta en los que saben: el cristianismo ha buscado explicar racionalmente la fe desde su mismo comienzo. Nunca le ha huido a los desafíos intelectuales.
    Los Padres apologistas, por ejemplo, escribieron a los emperadores explicándoles el cristianismo… Toda la historia, hemos estado escribiendo y desafiando la inteligencia para penetrar en el misterio, entenderlo, explicarlo, acercarlo a nuestra cultura (la de cada época). Al punto que las universidades nacieron de la Iglesia.
    Cuanto tengo dudas de fe, el primer paso es buscar entender qué es exactamente eso de lo que dudamos, para precisar la cuestión. Muchas veces, las dudas de fe son motivadas por matices malinterpretados. Por eso, es razonable que la primera búsqueda sea con personas que conozcan la fe mejor que nosotros.
    Ese decir, antes que ponerte a googlear como loco en cualquier sitio, comenzá buscando en fuentes católicas serias. ¿Quién sabe más del cristianismo que cristianos bien formados? Otros pueden opinar, pero debido a prejuicios, falta de conocimiento a fondo de la fe, y no pocas veces una visión deformada de la misma…, no podrán ayudarte.
    Si quiero saber las razones de tal misterio de la fe o de alguna cuestión moral, es razonable que acuda a expertos en el tema, de la misma manera que si quiero saber algo sobre las estrellas, acudo a un astrónomo.
    En mi blog www.algunasrespuestas.com encontrarás, como el nombre indica, algunas respuestas a tus preguntas y también la oportunidad de hacerme preguntas escribiéndome a algunasrespuestas.com@gmail.com
  7. Hacer una lista de cuestiones de fe que me gustaría entender mejor.
    Es un buen sistema para ir mejorando la propia formación a partir de las propias inquietudes. Así podrás ir estudiando temas concretos según tus necesidades de respuesta.
    Así, aprovechando tus dudas para crecer en tus certezas, también serás capaz de dar razón de tu esperanza a muchos que viven sin esperanza y sin sentido.

No pretendas entenderlo todo, pero irás entendiéndolo todo. Con momentos de oscuridad, y otros de tanta luz que deslumbra. Con paciencia y perseverancia, hasta que no necesitemos fe, porque veremos cara a cara.

Eduardo Volpacchio
Mendoza, 18.7.2022

Nota. Quien escribe estas líneas está convencido de la racionalidad de fe en la existencia de Dios y de la racionalidad del cristianismo. De tal manera, que la razón tiene mucho que aportar a nuestra fe, así como la fe le aporta mucho a nuestra razón.

Para bajar el artículo en PDF: Dudas de fe


[1] La diferencia entre una persona con fe y otra sin fe frente a las preguntas sobre el sentido de la vida, el dolor, la muerte…, no es que tengan respuestas distintas, sino que la segunda no tiene respuesta alguna.

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