Carta a quien sufre

Muchas veces nos encontramos que tenemos que acompañar a alguien que está sufriendo. 

En esas ocasiones puede costar encontrar el modo de ayudarlo a vivir su sufrimiento con dignidad y con fruto. Aquí ensayamos una carta a quien sufre, que puede servir de fuente de inspiración en esos momentos.

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Carta a quien sufre

Querido amigo:

En estas líneas encontrarás un intento de acompañarte en la búsqueda del sentido de tu dolor, incluso de su valor, porque –no lo dudes– escondido en el dolor hay algo que puede aportar mucho a nuestra vida, y que nos toca a cada uno descubrir –y nadie puede hacerlo por nosotros–.

Es un desafío importante. Hay que recorrer un camino que no es fácil,  pero vale la pena intentarlo, ya que está el juego el sentido con que vivimos el dolor.

Aunque aquí trataré de explicar brevemente algunos puntos, te advierto que las ideas solas no te aportarán la paz y el consuelo que necesitas. Eso sólo puede venir de Dios: en los brazos de tu Padre Dios y de la Virgen encontrarás la serenidad y la compañía que necesitas. 

De todos modos, ayuda mucho entender algunas cuestiones, y abre la puerta a encontrar la verdadera respuesta.

Un primer consejo es que no te hagas preguntas que no tienen respuesta. Sería como recorrer una calle sin salida, con todo lo frustrante que significa buscar y no encontrar.  Preguntas como ¿por qué a mí? ¿por qué ahora? no son razonables, ya que la primera tácitamente supondría plantear que el dolor le vaya a otro… (y eso seguro que no lo deseas) y la segunda, cambiarlo de momento en la vida… (tampoco arregla el asunto). 

Nunca sirve –es contraproducente– compararse con los demás: si sufren más o menos que nosotros, si tienen la vida más fácil o difícil. La vida no es una competencia con otros, sino un desafío de vivir con plenitud nuestra vida, la que tenemos. 

Por eso, ante el dolor, las preguntas que deberíamos hacernos son: qué sentido puede tener y cómo deberíamos vivirlo. 

Sabemos que una vida plena no es una vida sin problemas ni dolor, sino una vida que vive plenamente lo que le toca vivir, en el momento en que lo vive. Y así toda vida merece ser vivida y puede ser portadora de grandeza.

Y esta plenitud procede de dos fuentes: la fe y el amor. La fe ilumina el sentido oculto, y el amor –vivir amorosamente cada suceso de la vida, sea como fuera– da plenitud y realiza.

La pregunta del dolor sólo encuentra plena respuesta en Dios, una respuesta no teórica sino existencial. 

El dolor sólo encuentra consuelo definitivo en Dios, ya que su presencia y compañía lo transforma. 

El dolor se hace valioso con Dios, ya que así nos une a Jesús. 

En el Pesebre y en la Cruz de Jesús está la respuesta definitiva. Y de allí sale la fuerza para vivirlo con fruto.

No intentaré demostrar nada. El dolor es un tema misterioso, en el sentido propio del término misterio: una realidad compleja y profunda,  que no llegamos a comprender plenamente.

La fe precisamente se ocupa de lo que no se ve, ni se puede demostrar: permite penetrar el misterio y llegar a lo trascendente, aquello que está más allá de lo que se ve y se toca, a la realidad profunda de las cosas.

No se puede demostrar…, pero sí aporta razonamientos convincentes y convergentes, que muestran claramente el sentido. Convincentes porque son razonables. Convergentes, porque si bien cada uno no es definitivo, el conjunto no deja lugar a dudas.

Y como te imaginarás la fuerza para llevar el dolor no es algo que salga de nosotros. Dios no solo muestra el sentido, sobre todo consuela, sostiene, fortalece, anima, llena de esperanza, acompaña…

De manera, que el recorrido, necesita mucha oración, mucha unión con tu Padre Dios.

La experiencia de tanta gente que encontró la felicidad en la cruz (y no eran ni locos ni superhombres, sino gente como vos y como yo), te llenará de esperanza para hacer este recorrido de la mano de Dios.

Te señalo algunas pistas para recorrer el camino de la aceptación, que es el camino que conduce a la alegría:

1) Libertad ante la rebelión interior

La paz nunca vendrá del enojo, la queja, la protesta, el rechazo, la rebelión, el odio.

De alguna manera, tendrás que buscar cómo entender y vivir con amor aquello. Es la única manera. No es fácil, pero es el único camino que lleva a superarlo.

Si experimentamos un rechazo pasional hacia el dolor y la situación que pasamos, habrá que trabajar sobre esa respuesta instintiva y no dejarse llevar por ella.

¿Y si en lugar de rebeldía experimento un peso que me aplasta y no me permite reaccionar?  La respuesta es la misma, no dejarse llevar, en este caso, por el aplastamiento.  Buscar fortaleza para reaccionar. 

Somos libres. La libertad más grande está en elegir lo que no hemos elegido y no podemos evitar. Aceptarlo y vivirlo con dignidad, con entereza, con amor. Esa es la grandeza del hombre: poder amar siempre, convertir el dolor en un acto de amor.

Y entonces, se puede sufrir en paz, con serenidad.

Para conseguirlo, hay que pedir ayuda a Dios. Rezar, pero no sólo que se acabe ya el dolor –por supuesto que hay que hacerlo–, sino más todavía para recibir la fortaleza para llevarlo, el amor para vivirlo, la paciencia para soportarlo, la paz para nosotros y para dar a quienes nos rodean.

La rebelión, la tensión, el estrés aumentan el dolor.

Entregar el propio dolor y el ajeno, ofrecerlo y ofrecerse a uno mismo en él. 

Y junto a la entrega, el abandono.

La paz y la serenidad hacen que duela menos. Para esto, abandonarse en Dios, confiar en Él.

Y ¿cuándo nos destroza ver sufrir a una persona amada? Ser conscientes de que lo primero que necesita quien sufre es una compañía serena. Además es señal que nuestro amor necesita madurar –y el dolor es un gran madurador del amor–. Que el dolor ajeno nos haga sufrir es bueno –es señal de amor–; pero que destroce, no lo es.

2) Vivir al día.

Pensar obsesivamente en el dolor, produce más dolor. Cuánta más atención se le presta al dolor, más duele. Tendremos que esforzarnos por controlar la imaginación. Los miedos hacen presentes males posibles que no están presentes, haciendo sufrir por lo que no ha pasado y posiblemente no pase… ¿para qué sufrir por cosas que no van a pasar? El dolor de hoy es soportable, el dolor de toda la vida –todo junto–, no. Pero nunca estará todo junto más que en la imaginación. Cada día tiene su afán. Meditar el cap. 6 de San Mateo.

3) Cultivar la esperanza.

El dolor no tiene la última palabra. Incuso la muerte no tiene la última palabra. Todo lo malo se acaba. Después de la noche siempre viene el día. El cristiano siempre espera lo mejor. Cuando más cerca está la Pasión de Jesús,  más cerca está su Resurrección. El grano de trigo da mucho fruto…

Esto no es un placebo, es la seguridad en las promesas de Dios. Precisamente la apuesta del cristiano es a la Vida plena, definitiva y feliz, más allá de las coyunturas de esta vida.

4) Salir de uno mismo.

No te encierres en tu dolor: ni en el tiempo, ni en tu interior –necesitamos a los demás–, ni en el espacio –tomar aire, da aire…–.

No sufras solo, buscá a Dios  que sabe lo que nos pasa y está presente. No te deja solo nunca. No es indiferente a tu dolor. Se experimenta de manera particular junto al sagrario, pero en todas partes –estemos donde estemos– lo encontramos buscando en nuestro corazón. 

Dios no quiere el sufrimiento pero lo permite. Y nunca lo permite sólo para que suframos. Si lo hace, es porque es capaz de sacar bienes mayores, que bienes que se pierden (eso es el mal: carencia de bien). ¿Qué bienes sacará? No lo sé, pero es de las preguntas que ahora no tiene respuesta, pero la tendrán en el Cielo. Acá nos pide que confiemos en Él. 

Sabemos que Dios se hizo hombre, para sufrir con nosotros. Sabe lo que es sufrir. Con su amor en el sufrimiento nos abrió las puertas de la gloria a todos. Y su dolor hizo redentor nuestro dolor, de manera que quien se une a Él en su dolor, redime con Cristo. Esa entrega generosa del propio dolor, produce un crecimiento interior imposible en épocas de calma y bienestar. 

Y abrirse a los demás, que también nos necesitan. Darse quita el dolor: aún quien piensa que no tiene nada para dar, en cuanto comienza a dar lo que tiene, se enriquece y comienza a experimentar la alegría.

5) Del dolor puede salir lo mejor y lo peor de nosotros.

Esto conecta con el primer punto: la respuesta al dolor es nuestra, es libre.

El dolor puede generar ternura, compasión, misericordia, amor. Depende cómo manejemos lo que sentimos.

El dolor puede engendrar resentimiento, enojo, malhumor. Esto no es necesario y hace sufrir más. Sucede cuando el dolor es rechazado, cuando se buscan culpables, cuando no se vive con serenidad.

Conclusión.

El dolor te pone delante una tarea. En tu interior, con vos mismo. En unión con Jesús podrás mucho más de lo pensás, con su ayuda serás capaz de lo que te parece imposible. 

El primer paso es romper el bloqueo que se puede producir, de rechazo, negación, pataleo, queja ante su presencia. Aceptar su realidad, es el primer paso para vivirlo con fruto. Y todo, de la mano de tu Padre Dios.

Y una última consideración. Muy importante.

En último término frente al sufrimiento sólo caben dos posibles actitudes: el rechazo y la aceptación. Ninguna de las dos cambia las cosas exteriormente, pero la vivencia de lo vivido es radicalmente distinta según sea el camino que decidamos seguir. Junto a la Cruz de Jesús hay dos cruces, los dos condenados sufren lo mismo, pero lo sufren de modo radicalmente distinto, y con un fruto esencialmente distinto. 

Te animo a tener el coraje de tomar el camino de la aceptación y del amor. Vale la pena en el sentido más propio del término: cualquier pena, así vale y nos hace valiosos.

No podemos eliminar el dolor, pero sí podemos convertirlo en un acto de amor, y eso siempre engrandece.

P. Eduardo Volpacchio
La Chacra, 9 de julio de 2013

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Paradojas de una muerte

Con la liturgia el Viernes Santo revivimos la muerte de Cristo y nos arrodillamos en el momento de su muerte. Es un día de paradojas divinas.

Muerte de Cristo. Muerte por amor, que mata a la muerte misma: la gran derrotada del Viernes Santo.

Muerte de Cristo: amor que transforma el acto de violencia y destrucción en el comienzo de una nueva creación: en gloria.

Qué misterio: un sufrimiento que produce bien. Muestra que el amor puesto en contacto con el sufrimiento explota en bien. Como la nafta -veneno si la bebemos- puesta en contacto con la chispa que produce la bujía en el motor, explota produciendo un movimiento imponente. El dolor  es veneno, pero con la chispa del amor produce explosiones de bien. Como una reacción química en cadena, el dolor tocado por el amor explota en una explosión creadora.

Una muerte… que es muy viva. Y no sólo porque el cuerpo muerto de Cristo está unido a la divinidad: es decir, es el cuerpo muerto de Dios. Estamos ante la más viva de las muertes, porque es vivificadora.

Una muerte que da vida: porque es entrega de amor infinito. Esa vida entregada no se pierde en el vacío: quienes la reciben viven de ella.

Muerte que da vida: ¡qué misterio más inefable!

Dar la vida hace fecunda la vida entregada. Da vida, no sólo a quien la entrega, sino a muchísimas almas que la reciben. Abre la vida a una fecundidad gloriosa, sobrenatural, divina, que llena –en Cristo- de vida sobrenatural a sí mismo y a los demás.

Toda la vida de Cristo se dirige al Triduo Pascual: glorificación, triunfo, realización y plenitud. Y allí todo es inseparable.

Una muerte unida a la resurrección: Para vivir  hay que morir. En la entrega amorosa de sí mismo está la causa de la exaltación. Con palabras de San Pablo: Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre (Fil. 2,8-9). No como un premio extrínseco, sino como producto de una lógica interna, de una dinámica divina.

Hablando de las imágenes de Cristo, el Card. Ratzinger explica como deben representar todo su misterio, uniendo cruz y gloria:

Cristo es representado como el Crucificado, como el Resucitado, como el que ha de venir de nuevo, como el Señor que reina ya ahora sobre el mundo de forma misteriosa.

Toda imagen de Cristo ha de incluir estos tres aspectos esenciales del misterio de Cristo y, en este sentido, será una imagen pascual. Naturalmente que quedan abiertas aquí diversas posibilidades de acentuación. Una determinada imagen puede explicitar más la cruz, a pasión y el desamparo, o bien puede poner en primer plano la Resurrección y la parusía. Pero ninguna de estas dimensiones debe quedar aislada. A pesar de las diversas acentuaciones, ha de aparecer el misterio pascual en toda su integridad. Un crucifijo en el que en modo alguno pudiera entreverse el elemento pascual sería tan erróneo como un imagen pascual que olvidada las llagas  de Cristo y la actualidad de su sufrimiento.(1)

Hay una conexión entre la muerte y la resurrección.

En la muerte y resurrección de Jesús se verifica y confirma toda su vida y enseñanza: quien quiera salvar su vida la perderá, quien la pierde por mí, la salvará. El que quiera venir en post de mi, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga…: ¿adonde? A la Gloria. Bienaventurados: pobres, mansos, los que lloran, los perseguidos… Dios es amor, amor que da la vida. Nacer de nuevo: Nicodemo para nacer de nuevo, no hay que volver al seno de nuestra madre, tenemos que unirnos a la muerte y resurrección de Cristo. Amor hasta el extremo (¿tiene sentido llamar enemigos a aquellos por los que se da la vida?).

El grano de trigo, que nace al morir, al entregarse del todo se hace fecundo. Muerte que conduce a la resurrección, no sólo propia –la de Cristo mismo-, sino a la de todos los que viven por  Él.

No hay muerte sufrida por amor, sin resurrección: cuando se hace entrega –cuando el sufrimiento se hace entrega amorosa- entonces es transformado radicalmente: se llena de vida, de una vida que es absolutamente superior a la vida previa al sufrimiento, a una vida sin sufrimiento. El amor hace explotar el dolor, transformándolo en vida divina.

No somos salvados desde fuera, sin por una participación personal: incorporándonos a Cristo, a su muerte y resurrección. Es lo que hace el Bautismo. Y es lo que hace la cruz de cada día.

Una vida sin cruz –si fuera posible después del pecado original: que no lo es-, no sería vida, le faltaría el factor que posibilita la entrega amorosa, que hace plena esa vida.

Una vida sin amor no es vida: le faltaría el agente transformador, divinizador, glorificador.

Dinamismo cruz – resurrección: clave, luz, fuerza. Y sobretodo, presencia y compañía del crucificado junto a nosotros: nunca nos deja solos en la cruz. Cercanía de Dios siempre, pero sobretodo en la cruz. Ahí su amor se da hasta el extremo por cada uno.

No nos escapemos de su cruz, no dejemos solo a Jesús con la nuestra.

In laetitia nulla die sine cruce.
Con alegría –con amor, con entrega amorosa- ningún día sin cruz; ningún día sin resurrección, ningún día sin Jesús, sin su gloria.

A San Josemaría no le gustaba nada la palabra resignación: ¿resignarse con lo que da la vida? ¡Si es gloria! ¡Con lo que nos hace hijos de Dios! ¡Con lo que hace fecundos y redentores!

Así como en las imágenes del crucificado debe estar presente la chispa de la resurrección, que sepamos ver en la cruz de cada día –en la de cada uno- la chispa de la gloria, de nuestra gloria en Cristo.

Cruz, fuente de vida. Cruz fuente de amor. Cruz fuente de resurrección. Que no te tengamos ya miedo. Que no nos escapemos de vos. Que te abracemos decididos, que en vos, nos fundamos con el amor divino que nos busca.

Ante Cristo muerto en la cruz, esperando la resurrección, pedimos a gritos: no más esquivar la cruz, no más miedo al dolor, no más amargura ante el sufrimiento, no más cobardía, no más quejas, no más escaparnos, no más protestas, sentirnos víctimas… con aquello que llena de vida, diviniza y glorifica.

La Virgen sabe de la inseparabilidad de la cruz y la resurrección, que nos ayude a ver en cada cruz –en la que sea- la luz de la gloria y nos de el amor que la llene de alegría.

P. Eduardo Volpacchio
Buenos Aires, 6 de abril de 2012

(1) J. Ratzinger, Introducción al espíritu de la Liturgia, San Pablo, Bogotá 2006, pp. 109-110

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