¿El infierno está vacío?

El infierno en el Juicio final de Miguel Angel en la Capilla Sixtina

¿El infierno está vacío?

Me contaba una persona amiga que su párroco predica con entusiasmo que el infierno está vacío.

Más allá del alcance que quiera dar dicho sacerdote a la expresión y de la verosimilitud de la tesis –muy discutible por cierto–, no acabo de ver qué busca con su predicación entusiasta; es decir, qué consecuencias prácticas podría tener semejante audaz afirmación.

Comencemos con la verosimilitud de la tesis.

  1. No hay datos en la Sagrada Escritura en los que basar la afirmación.

Efectivamente si uno recorre la Sagrada Escritura no encontrará ningún pasaje que afirme, sugiera o deje entrever que el infierno podría ser una creación “superflua” de Dios porque lo haya creado para nadie…

Es más, resultaría difícil de explicar la insistencia de Jesús en el tema si no existiera o estuviera vacío (lo cual es equivalente). Porque Jesús es quien más menciona el infierno en toda la Biblia, y habla más veces del infierno que del cielo.

El dato es que en latín “infierno” es “infernus”; en Hebreo es “Sheol”; el Griego es “Gehenna”. Esta última es usada 12 veces en el Nuevo Testamento, y siempre es traducida infierno. Y siempre está en boca de Jesús.

Solo podría afirmarse que el infierno está vacío a partir de razonamientos genéricos basados en la misericordia de Dios, concebida sin conexión con su justicia –al menos en referencia a nuestra comprensión–, y en claro contraste con la Escritura y la Tradición de la Iglesia.

  • No resultaría fácil hacerlo armonizar con algunas verdades de fe fundamentales.

Por ejemplo, ¿para qué Dios se hizo hombre y murió en la cruz? Si el infierno está vacío no habría de qué salvar al hombre.

Esta idea hace desaparecer el concepto de un Dios remunerador.

Hay muchas enseñanzas de Jesús respecto a la vida eterna que Él concede a quien cree en Él, lo recibe, lo ama, cumple sus palabras… Si esa vida eterna fuera para todos, no parecería que su causa pudiera ser creer en Él, o recibirlo, acercarse a Él y seguirlo… ya que también todos los que no creen, ni lo reciben, ni cumplen su palabra la tienen sin excepción…

¿Qué necesidad habría de amar a Dios si todo es lo mismo? ¿Qué consecuencias tendría amarlo o no amarlo?

  • Es contrario a todas las experiencias místicas referentes al infierno de la historia.

Que yo sepa, nadie ha tenido ninguna visión del infierno en la que lo haya visto vacío; ni ha habido ningún santo que haya declarado haber tenido una experiencia mística o aparición del Señor, la Virgen, ángeles o santos afirmando esto.

Por el contrario, todas las personas que han tenido visiones sobrenaturales del infierno, han visto lo contrario: han visto condenados en él.

Algunos santos que tuvieron visiones del infierno: Santa Teresa de Ávila, Beata Ana Catalina Emmerich, San Juan Bosco, Santa María Faustina Kowalska, Santa Verónica Giuliani, la Venerable Josefa Menéndez y la vidente de Fátima Sor Lucía, hoy en proceso de beatificación. Para releer sus relatos, basta googlear sus nombres.

Vamos al tema en el que me quería detener: qué consigue esta predicación tan “audaz”, por llamarla de alguna  manera.

Consecuencias prácticas de esta predicación

De la teoría del vaciamiento del infierno, más allá de sus poquísimas posibilidades de ser verdadera y de que sería ridículo ponerse a discutir si hay muchos o pocos condenados…; me preocupan sus consecuencias prácticas para la vida moral y espiritual de la gente. Pienso que -en el mejor de los casos- no solo no aporta nada, sino que dificulta el empeño moral por mejorar.

Dejando claro que el cristianismo es una llamada a la santidad (es decir, la meta no es zafar del infierno), que el primer mandamiento es el amor a Dios (este es el motor que lleva a la santidad), y que el miedo al infierno no es motivación suficiente para alcanzar la santidad a la que estamos llamados, me permito imaginar algunas consecuencias que la predicación entusiasta del vaciamiento del infierno podría tener.

  1. Da una seguridad en la propia no condenación –ya que sería imposible- que es al menos peligrosa.

En caso de no estar vacío y existir la posibilidad de acabar en él, expone a quienes viven alegremente su teórica imposibilidad de ir al infierno a efectivamente acabar en él.

Es obvio que no me cuidaré para evitar lo que no existe o no hay posibilidad de sufrirlo.

  1. No lleva a evitar el pecado, sino que más bien inclina hacia él.

Mi padre -un sabio “teólogo” de la calle- subrayaba exagerando -casi caricaturizando la situación, podríamos decir- una paradoja. Decía: “antes la gente le tenía miedo a Dios y se portaba bien. Ahora, desde que “descubrieron” que es bueno, se dedican a ofenderlo”. Obviamente no se trata de tenerle miedo a Dios, pero contemplar su amor debería llevar a amarlo más, no a abusar de su amor… Debería llevarnos a experimentar su amor, no a alejarnos de Él precisamente porque es bueno.

Si los pecados no tienen consecuencias, ¿para qué evitar lo que me gusta o me conviene aunque contraríe la ley de Dios…?

Haría casi absurdo el martirio: ¿por qué preferir la muerte antes que pecar, si el pecado no tiene consecuencias?

  1. Aleja de los sacramentos.

Los haría casi superfluos, ya que todos se salvan, los reciban o no.

Una vez una adolescente, justificando su falta de práctica religiosa, me dijo: “Padre, a mí Dios no me va a mandar al infierno por no ir a Misa…” Me limité a contestarle, sin entrar en la discusión: “eso no lo sé, lo que sí sé es que con tan poco amor a Dios, no te va a ser fácil entrar en el cielo…”

De modo particular, pierde urgencia la necesidad de “morir con los sacramentos”. Los enfermos graves, terminales, moribundos, son privados de la ayuda de la Unción de los enfermos. Esto sucede de hecho: cada vez son más los católicos que mueren sin el consuelo y la ayuda de los sacramentos: la confesión, Unción y Viático, por dejadez de los familiares. Es un tema no menor, ya que siempre se ha dicho –y resulta razonable pensar que es así- que es el momento más importante de la vida y es cuando el demonio ataca con más intensidad para ganarse su presa.

  1. No mueve al amor y crecimiento interior.

Es verdad que el pensamiento del infierno no es, ni debería ser el principal motivo para evitar el pecado… Un sabio sacerdote –ya difunto, el P. Raúl Lanzetti– solía decir que al cielo no se llega corriendo para atrás. Es decir, no es huyendo del infierno como uno llega al cielo. Pero está claro que el santo temor de ir al infierno, no es de poca ayudar en ciertas circunstancias…

  1. La misión evangelizadora pierde sentido, motivación y empuje.

Si el infierno está vació, si todos se salvan… ¿para qué empeñarse en difundir la fe? Porque en ese caso no la necesitarían para salvarse. Sería un esfuerzo casi superfluo, y obviamente no justificaría gastar energías, sacrificios, medios económicos, exponerse al martirio, etc.

Por todo esto, me parece que aquel párroco fan del vaciamiento del infierno, en el mejor de los casos, está perdiendo el tiempo, y haciendo más difícil a sus fieles el crecimiento en el amor a Dios.

P. Eduardo Volpacchio
Córdoba, 1 de febrero de 2021

La fe de los ateos

Dios y las dos preguntas

Xavier Zubiri decía –palabras más, palabras menos– que todos creemos en un Dios, lo que pasa es que no nos ponemos de acuerdo en cuál. La idea es tan provocadora como cierta. Provocadora del porque basta asomarse un poco al mundo para darse cuenta de que hay muchos hombres y mujeres que afirman, sin pestañear, que Dios no existe. Cierta, porque si esas personas lo reflexionasen a fondo se darían cuenta de que su ateísmo va de la mano de una gran fe. Una fe tal vez mayor que la de los creyentes.

Porque la inmensa mayoría de los hombres y mujeres de todos los tiempos que han observado el mundo con sencillez –lo cuál no quiere decir sin pensar–, se ha dado cuenta de que lo más lógico es que exista un Dios que organice este jaleo cósmico y que lo haya guiado hacia ese milagro que llamamos vida. Porque por mucho que quitemos a Dios de en medio, el universo y sus maravillas nos siguen preguntando: ¿a dónde vamos? ¿De dónde venimos? La primera pregunta es más fácil de responder con banalidades: a ninguna parte; a la nada; no se sabe, etc.

Creo que, a la hora de la verdad, cuando la vida apriete, la muerte nos acaricie o, simplemente, cuando tengamos un minuto para pensar, ninguna de esas respuestas nos consolará. Mientras tanto, para los que responden así, basta con no preocuparse demasiado.

La segunda pregunta es más complicada. Las banalidades tienen que ser más sofisticadas. El porqué del universo no puede responderse con un simple “porque sí”. Por eso los ateos se han visto obligados a buscar otras respuestas que les sacien o que, al menos, les tranquilicen

Algunos intentos de respuesta

Por un lado están quienes, para salvar la ínfima probabilidad de la aparición de la vida, dicen que, en realidad, éste no es si no uno de los millones de universos que han existido y que ha sido precisamente en éste donde ha surgido la vida. La idea no está mal, incluso tiene cierto ingenio. Pero es totalmente gratuita e indemostrable. Si escribiésemos un libro al respecto, tendría que ser de ciencia ficción.

Por otro lado están los que, para salvar las apariencias, se agarran al darwinismo como los náufragos de la balsa de medusa en medio de un mar de incongruencias. Hay que reconocer que Darwin tenía algo de razón, pero pretender que el ciego azar sea el creador de la inteligencia humana es como pretender que Rompetechos pintó la Capilla Sixtina.

Existen muchos más intentos de respuesta, pero la mayoría son una variante más o menos manida de los anteriores. El problema de estas afirmaciones es que, al final, requieren de una gran dosis de fe para ser aceptadas. Porque –si creer es aceptar lo que no vemos- creer que la vida ha surgido por la existencia de infinitos –e indemostrables– universos supone un gran acto de fe. Porque creer que la inteligencia es fruto de una casualidad inconsciente es otro gran acto de fe.

Es lo más razonable

Ambos son actos de fe mucho mayores que creer que Dios ha creado, y dirige con sus leyes y con su amor, el universo en el que vivimos. Es verdad que la razón humana no puede decirnos todo sobre Dios. Es más, nos dice muy poco y pretender lo contrario sería muy pretencioso. Pero que Dios existe, está perfectamente a su alcance.

En cambio, creer en el dios azar o en el mito de los infinitos universos parece más práctico. Ninguno de ellos puede reclamarnos la justicia, la coherencia de vida, el amor o el respeto por los demás. Pero tienen un problema: ni respetan la realidad ni respetan la inteligencia humana. Son actos de fe irracionales y nos convierten en seres aislados y egoístas.

Al final –y también al principio– resulta que lo más razonable es creer en Dios. Por eso ya decía Juan Pablo II que la fe y la razón son dos alas que nos elevan a la contemplación de la verdad. El que encuentre a Dios con la razón será capaz de ver el mundo con mucha mayor amplitud y perspectiva, pero sin perder pie en la realidad. El que, además, crea lo que la revelación le dice podrá vivir en plenitud –aunque cueste– y sentirse amado siempre, hasta la eternidad. El que tenga que apostar que no lo dude.

Íñigo Alfaro