Mis twits sobre el aborto (1)

Comparto por este medio los twists que he ido sacando estos días de debate sobre el aborto en Argentina… como una colección de ideas sobre el tema…

¿Aborto un derecho?

El aborto jamás puede ser un derecho: es la eliminación de un ser humano. La desesperación, situación extrema, angustia… pueden exculpar a una mujer que lo comete, pero no lo convierten en un  derecho: sigue siendo negativo, nunca digno de promoción.

¿Qué discutimos?

Una pregunta ¿estamos debatiendo que exista un derecho a destruir una vida humana?

Términos claros…

Un debate comienza por aclarar los términos del mismo. Quien está embarazada tiene un hijo creciendo en su útero. ¿Alguna duda al respecto?

Otro

¿El aborto, un derecho? ¿Cómo es posible que algo dramático, una decisión tomada muchas veces en una situación desesperada, que destruye una vida humana pueda ser presentado como un derecho?

¿Es posible?

¿Puede haber una contradicción mayor que pretender que el aborto sea un derecho humano? ¿La eliminación de un ser humano indefenso un derecho? ¿Estamos locos?

Aborto e inclusión social…

¿Algo más opuesto a la inclusión social que el aborto? Es la exclusión definitiva de la sociedad de uno de sus miembros, no se le da ni siquiera una tumba para descansar, sino que acaba -con suerte- entre desechos sanitarios.

Otro

La peor de las exclusiones: la licencia para eliminar un ser humano simplemente porque alguien lo declara “no deseado”.

¿Aborto una ayuda a la mujer?

¡Cuántas mujeres son presionadas a abortar por parejas, jefes inescrupulosos, abusadores…! Una legalización, les quitaría el poco margen que tienen en esos casos para defender su libertad de criar a su hijo y salir de la explotación

¿Seguir el ejemplo de países desarrollados?

Países desarrollados tienen aborto… ¿Será que cuánto más dinero y utilitarismo, más materialismo y consumismo tiene una sociedad, menos valora toda vida humana? Los pobres valoran más los hijos que los ricos: compará los testimonios de la farándula y la Villa

Ver para saber…

El debate por el aborto debería incluir la realización de ecografías de mujeres embarazadas en el Congreso para que los diputados puedan ver, en los hechos, de qué están discutiendo.

¿Confundir un ser humano?

Quien justifica el aborto diciendo que se elimina parte del cuerpo de la mujer, confunde un óvulo con un nuevo ser originado de la fecundación. O ignora una cuestión básica de biología o está mintiendo descaradamente para justificar el aborto

Un ser humano…

¿Quién puede decir que no sabe qué es “eso” que saca la mano?

House With The Cute Fetus !! vía

¿Interrumpir la maternidad…?

Una mujer embarazada no va a ser madre, ¡ya lo es! ¿Otorgarle un derecho a eliminar/matar a su hijo? ¿Eso es civilizado? Si tiene dificultades para aceptar a su hijo, lo que necesita es ayuda, no licencia para matar.

Un fracaso como sociedad…

Legalizar el aborto sería el mayor fracaso ante la maternidad vulnerable. Es renunciar a hacer algo por ella y empujarla hacia la eliminación del hijo, dejándola sola con la terrible carga que implica.

¿Cómo ayudamos…?

Ante una mujer embarazada en crisis por su maternidad, la alternativa de la sociedad es darle los medios para superar la crisis, darle licencia para eliminar al hijo, o dejarla sola. ¿Queremos solidaridad, crueldad o individualismo?

Cruel

¡Qué cruel una sociedad que, ante una mujer embarazada con problemas, en vez de ayudarla se lava las manos, y para sacarse el “problema”  de encima, le ofrece eliminar a su hijo!

¿Un problema?

Una mujer embarazada puede tener problemas, pero el hijo nunca es el problema. Necesita ayuda solidaria. El aborto nunca es solidario, sino una manera de lavarse las manos.

¿Una conquista para las mujeres?

La mujer merece algo mejor, más grande, generoso, positivo, amoroso, lindo, solidario… que el aborto.

¿Un problema de salud pública?

El aborto no es un problema de salud pública. Es una crisis moral que sufre una mujer ante la llegada de un hijo inesperado. Una sociedad sana responde con ayuda solidaria para superar la crisis, no con una licencia para eliminar al hijo.

Aclarar el debate

Para la sinceridad del debate: ¿Qué buscan? ¿Despenalizar el aborto (que deje de ser un delito) o declararlo un derecho (como dice la ley presentada, que lo convertiría casi en obligación para el Estado…)? Son dos cosas radicalmente distintas.

Mentiras sobre los números…

Es curioso… en un país donde la gente no cree en las estadísticas oficiales… los medios están difundiendo números de abortos por año… (actividad ilegal de la que no hay estadísticas…) que son exageradamente grandes… y ¡¡¡se las creen!!!

Tantas mentiras…

¡Cuántas falacias! Escuchar a un promotor del aborto decir que quiere que haya menos abortos… Su sistema para reducirlos es facilitarlos, que el Estado se haga cargo y proclamarlo un derecho (¡curioso decir que quieren que un derecho no se actúe!)

Una editorial del diario La Nación…

¿Somos todos iguales o no?

Pareciera que ya no todos los seres humanos somos iguales. Que hay seres humanos que son “menos” humanos, y antes de nacer, no tienen derechos; es más, sería un “derecho” eliminarlos… ¿Esto es lo que queremos como sociedad?

¿Un servicio del Estado?

El aborto ¿un “servicio” que el Estado debe “prestar” a sus futuros ciudadanos y a todos los que sean traídos a morir en el suelo argentino?

¿Promover el aborto?

¿El aborto algo progresista? ¿Una conquista? ¿Un derecho? ¿Algo positivo? ¿Un evento feliz, quizás? Hay quienes lo defienden en términos semejantes ¿nos están tomando el pelo?

¿Una solución?

La eliminación de un ser humano nunca puede ser la solución: ¡es un gran problema!

Por favor, basta de mentiras.
Es agotador escuchar a los promotores del aborto repetir sistemáticamente mentiras, mentiras y más mentiras.

– “Queremos que haya menos abortos” (y promueven todo lo contrario a disminuirlos: facilitarlo, que lo pague el Estado…)
– “No se sabe cuando comienza a ser humano el embrión” (mentira: todos los científicos lo saben)
– “Miles de mujeres mueren” (mentira)
– “Se hacen quinientos mil abortos por año” (otra mentira, insostenible)
– “Tenemos derecho de decidir sobre nuestro cuerpo” (mentira, no es tu cuerpo: tu hijo no sos vos)
– “Queremos aborto seguro para los pobres” (y ¿los pobres también lo quieren?)
– “Los países desarrollados, como Estados Unidos lo tienen…” (y callan que también tienen libre portación de armas… y otras cosas que odian).
– “No estamos a favor del aborto, solo queremos salvar vidas” (y lo declaran un derecho: extraño afirmar que algo que no quieren sea un derecho).
– “Queremos despenalizar el aborto” (cuando lo que proponen es declararlo un derecho)
– “hasta las 12 semanas no es humano” (cuando sí lo es, y lo que quieren legislar es el aborto libre hasta los 9 meses)

¡¡¡Aporten algún argumento verídico!!! y ¡¡¡dejen de mentir!!! Así es muy difícil un debate.
¿Es que no se puede defender el aborto sin mentir?
La verdad, estoy harto de tanta hipocresía y mentira…

Anuncios

Cuando la ideología se impone sobre la ciencia

Ejemplo 1

“Si te amputan un brazo, sus células estarán vivas durante un tiempo. Voy a ser un poco duro: un embrión en el vientre de una madre se parece más a un órgano de la madre que a un ser independiente”

Alberto Kornblihtt, investigador del Conicet y director del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias, en diario La Nación, 25.3.18.

¿Puede un científico estar tan ideologizado  para no ser capaz de distinguir una parte del cuerpo humano de un ser humano completo? ¿No es capaz, acaso, de distinguir el todo de la parte? ¿confunde un brazo con un ser humano? ¿sigue siendo científico?

Ejemplo 2

¿Es posible dudar que el ser humano en la panza de su madre sea humano? ¿Nos están tomando el pelo? ¿Cómo alguien puede decir que no sabe qué tipo de vida sea “eso”?

Ver video en un debate

 

Aprendiendo a defender la vida…

En Argentina estamos en pleno debate en defensa de la vida, ante los intentos de declarar el aborto un derecho de la persona, con todo lo que lleva consigo…

En un debate hay que estar preparado para argumentar. Aquí van algunas herramientas.

aborto y derechosHay varios puntos que vale la pena pensarlos bien, tenerlos trabajados, para ser capaces de explicarlos de modo adecuado y convincente.

Se publica mucho sobre el tema, y tenemos que seleccionar lo que más nos interesa. Y aprovechar los argumentos que más nos llegan,convencen, mueven…

Aquí van una serie de artículos que han sido publicados. Iré actualizando esta entrada con las novedades que vayan apareciendo.

Antes unos pocos consejos para defender la vida:

1) El debate comienza en la calle con presencia: es muy importante participar en las marchas que se organicen y animar a quienes les importa el tema a hacerlo. No basta limitarse a reenviar mensajes por Whats App a gente que ya piensa como nosotros.

2) Siempre con caridad y cariño, no discutir, agredir, acusar. Queremos compartir el amor a la vida, no derrotar al enemigo (no tenemos enemigos, no queremos tenerlos). No estamos contra los abortistas, ni feministas radicales… defendemos lo más valioso del mundo: al ser humano, en su estado más indefenso. Y quisiéramos que ellos también entendieran su valor y lo protegieran.

3) Argumentar en positivo con los valores que más peso tienen en la sociedad: defensa de la mujer, derechos humanos, no discriminación, lo que dice la ciencia…).

4) Reconocer que existe un problema. No somos insensibles: sabemos que quien quiere abortar tiene serios problemas que la llevan a pensar en eso. Como sabemos que el aborto es la peor solución, porque no soluciona nada… queremos ayudarla en esta dificil encrucijada.

5) Añadiría prohibido hablar de Dios: la defensa de la vida se basa en el valor de la vida humana y no sólo en valores religiosos. Además del otro lado del debate suele haber no creyentes… que piensan que el aborto es un tema religioso… y no sería bueno confirmarlos en tan errónea percepción.

6) Fundar esta tarea con oración: a Dios sí tenemos que hablarle mucho del tema.

Una vida que tiene derechos y nuestra misma dignidad

Aborto y derechos humanos

No a la cultura del descarte

Aborto, ciencia y religión

El derecho a decidir de la mujer no puede estar por encima de la vida humana

Despenalizar no es la solución

Curas villeros contra el aborto

No descartemos vidas humanas

Porqué decidí no abortar

Otros links añadidos:

¿Cuántas son realmente las muertes por aborto en Argentina?

La solución es acompañar, nunca descartar

Contener, cuidar y perdonar para preservar la vida

El cuidado de la vida vulnerable es la solución

 

Protejamos a las madres vulnerables

Debate sobre el aborto, ¿qué discutimos?

Ahora que en Argentina se viene el debate sobre la legalización del aborto, es hora para entender de qué se trata a fondo, para ayudar a todos a descubrir qué es lo que estamos discutiendo…

no aborto perfil mujer

Dos sitios con películas:   http://abortoyverdad.blogspot.com.ar/
https://abortoyverdad.wordpress.com/

 

Aquí subo un artículo mío de hace unos años…
Para bajar en Word: ¿Qué es en realidad un aborto?

¿Qué es en realidad un aborto?

Una sociedad que acepta el aborto está muy enferma. Hoy en día el lugar más peligroso para la vida de un chico puede ser el vientre de su madre. Si consideramos las probabilidades de supervivencia desde su concepción hasta su nacimiento, con las probabilidades desde el nacimiento hasta los 70 años, nos daremos cuenta que algo realmente malo está pasando. El vientre de su madre puede ser más peligroso que el barrio mafioso más peligroso…

Muchas organizaciones internacionales luchan por reducir la mortalidad infantil –un muy buen trabajo– pero posiblemente la causa más frecuente de muerte infantil no es registrada por sus estadísticas: el aborto.

Se debate mucho sobre el aborto. Es este artículo se desarrollan ideas básicas, elementales, que apuntan a lo esencial del asunto.

¿Qué es “eso”: un embarazo o un niño?

La primera y fundamental idea: Cuando vemos una mujer embarazada, nos damos cuenta de que lo que está creciendo en su vientre es un ser humano. Esto es obvio. No es simplemente un embarazo. El embarazo es un estado, el estado de una mujer que tiene un hijo. El embarazo no significa que una mujer va a tener un hijo, significa que ya lo tiene ahora.

¿Qué es esa “cosa” que hace que la mujer engorde? La ciencia nos dice:

Genéticamente, eso es un ser humano. No hay en absoluto duda sobre esto. Si alguien niega esta afirmación, debería responder la siguiente pregunta: ¿qué es entonces? ¿un conejo? ¿a lo mejor un gusano? ¿quizá una masa informe de células? Debería explicar como algo que no es humano puede transformarse en humano después de un tiempo. La genética nos dice que ese ser tiene 46 cromosomas humanos, que genéticamente pertenece a la raza humana.

Este ser humano está completo. Aunque le esté faltando desarrollo, desde la primera  célula, tiene toda la información genética para crecer: todo está en la primer célula: raza, sexo, órganos, carácter, etc. El tiempo le permitirá crecer, pero genéticamente no cambiará. Desde la primera célula hasta la edad adulta la única diferencia será de edad.

Este ser humano es diferente de su madre y su padre. Si fecundás in vitro un óvulo de una mujer blanca con espermatozoides de un hombre blanco, y lo implantás en una mujer africana, ella dará a luz a un chiquito blanco, mostrando que la africana sólo le ha dado un lugar para vivir y lo ha alimentado. Por tanto, ese ser humano no es parte de la mujer que lo lleva y alimenta.

Este ser humano es único e irrepetible. Su madre puede tener otros hijos, pero nunca puede tenerlo a él de nuevo. Para él existen sólo dos posibilidades: que le den la oportunidad de crecer o que lo asesinen a pesar de su inocencia.

Pero entonces ¿qué es un aborto?

El aborto consiste en la eliminación voluntaria de un ser humano que está creciendo en el vientre de su madre. No se puede definir como “la terminación de un embarazo ” porque esto no es la esencia del acto sino sólo su consecuencia. Es verdad que el embarazo se termina con un aborto, pero sólo porque alguien ha matado al bebé; no hay fin del embarazo sin destrucción del chico. Es un eufemismo hablar de fin del embarazo sin referencia al sistema para terminarlo, es decir el asesinato del bebé. Quienes buscan razones para justificar este homicidio, deberían considerar que este ser humano es inocente, no puede defenderse, ni siquiera llorando, no puede pedir ayuda, sufre…

Por tanto, cuando discutamos sobre el tema del aborto, nuestra atención debe estar centrada en el  chico, porque el punto en discusión es: si permitimos a este chico vivir o no. Otras consideraciones -la situación de la madre, sus problemas, su futuro, si ama o no al chico, etc.- pueden ser muy interesantes y deben ser tenidas en cuenta, pero no se puede centrar la atención exclusivamente en ellas: sería escapar del núcleo de la cuestión. En realidad, estamos hablando de matar a un chico. Pensar en la madre olvidando su hijo es, al menos, estar fuera de foco. Cuando discutas sobre el aborto, no te confundas con argumentos que llevan la conversación fuera del hecho real en discusión: si es bueno o malo matar a un chico en el seno de su madre.

Se puede ver qué es un aborto en el video “Dura realidad” en http://www.hispanicsforlife.org/

Aborto y maternidad

Hay muchas razones por las que un embarazo puede resultar incómodo para una mujer. Pero si ella está embarazada no puede evitar ser madre, porque ya lo es… No es que ella  vaya a ser madre, ella ya es madre de un bebé muy chiquito y simpático que está creciendo en su vientre. El aborto no es un viaje en el túnel de tiempo, no la va a llevar al pasado unos momentos antes de las relaciones sexuales. No va a cambiar el pasado. El aborto no evita el embarazo, solamente mata un bebé. El aborto no salva a una chica de convertirse en madre. Nunca olvides que para mujer embarazada la verdadera alternativa no es “ser madre” o “no ser madre”, sino “ser madre de un chico vivo” o “ser madre de un chico muerto”, porque ella ya es madre del bebé que tiene en su seno.

Diferencia entre aborto e infanticidio

Nadie duda de que el aborto sea la eliminación de un ser humano, porque nadie duda la naturaleza de lo que es eliminado por el aborto. Entonces, la aceptación del aborto implica la aceptación de que el asesinato de un ser humano en cierto estadio de su crecimiento, es una acción lícita. Por supuesto, los partidarios del aborto no defienden la eliminación de un ser humano de cualquier edad, sino sólo cuando éste está viviendo en el seno de su madre y no después. Esta distinción no parece muy coherente porque la única diferencia es estar dentro o fuera del útero. Podemos decir que lo que determina la bondad o maldad de este homicidio es el “domicilio”. Parece ser el único caso en la historia en la que la dirección determina el derecho a vivir o no.

¿Cuál es la diferencia entre el aborto y el infanticidio? ¿La media hora del parto? Si una madre mata a su hijo justo después del nacimiento, cometería un asesinato e iría a parar a la cárcel. Si lo mata media hora antes, el asesinato sería lícito, hasta se hablaría de “maternidad segura”, “derechos reproductivos”, etc. Esta increíble diferencia de evaluación del mismo hecho -la eliminación de un bebito como ejercicio de un derecho o asesinato- en tan poco tiempo no parece ser muy coherente.

La vida humana es sagrada porque es vida humana. Esta es la razón por al que un ser  humano tiene derecho a vivir. Es un derecho absoluto. Todos y cada ser humano tiene derecho a la vida independientemente de su edad, raza, religión, nacionalidad, etc. Cuando se comienzan a hacer distinciones para justificar la eliminación de un chiquito, considerando excepciones o tratando de establecer cuando la vida humana es sagrada y cuando su sacralidad desaparece, el derecho a la vida se convierte en un asunto arbitrario. Una de las cosas más peligrosas que pueden pasar en la sociedad es que alguien se atribuya el poder de decidir qué clase de persona tiene derecho a vivir y cuál no. Hoy el derecho a la vida es negado a los chicos en el vientre de su madre, mañana a aquellos que tienen deformidades o están enfermos, el día de mañana a aquellos que no tienen los ojos azules… La alternativa es clara: el ser humano tiene derecho a la vida o no lo tiene, porque ese derecho no depende de la edad, salud, dinero, energía, capacidades, raza. Es anterior a toda otra consideración, procede del simple hecho de ser humano.

El “precio” de un aborto: ¿hay algún aborto “seguro”?

No debemos olvidar que en un aborto hay dos víctimas: el bebé y su madre. Aparentemente el aborto soluciona un problema de la madre –ella no necesitará cuidar a su hijo porque ha muerto–, pero en realidad le crea un montón de problemas. Oirás hablar de abortos “inseguros” que necesitan ser hechos “seguros”, y por tanto legalizados como si la ley les aportara seguridad. Los promotores del aborto identifican ilegal e inseguro por un lado; y seguro y legal, por otro. Una identificación absolutamente arbitraria. La realidad es que no existen tales abortos seguros porque hay mujeres que mueren a causa de abortos legales, y porque para el bebé siempre es inseguro toda clase de aborto sin distinción de status legal. Veamos algunas de las consecuencias más corrientes de aborto en relación a la mujer:

Consecuencias físicas del aborto. Los riesgos inmediatos son dolor intenso, perforación del útero, excesivo sangrado, infecciones, partes del bebé dejadas adentro, shock/coma, daño de otros órganos, muerte. Riesgos posteriores son la imposibilidad de quedar embarazada posteriormente, pérdidas de bebés, embarazos ectópicos, partos prematuros, enfermedad de la inflamación de la pelvis, histerectomía, cáncer de pecho, etc.

Las consecuencias psicológicas más comunes son sentimiento de culpa, deseos de conseguir un nuevo embarazo, depresión, llanto, incapacidad de perdonarse a sí misma, intensa tristeza y duelo, bronca, insensibilidad emocional, disfunción sexual, baja autoestima, pesadillas, anorexia u otros desórdenes alimentarios, abuso de alcohol o droga, deseos de suicidio, etc.

En Medicina se habla del Post Abortion Syndrome (Mujeres que sufren angustia mental y emocional después de un aborto): “El aborto tiene un doloroso después, independientemente de las creencias religiosas de la mujer, o cuán positivo ella puede haber sentido su decisión de abortar antes del aborto.”  (Vincent Rue, Ph.D. – Psicólogo).

La Dra. Anne Speckhard, en su estudio sobre Post Abortion Syndrome, encontró los siguientes efectos en la mujer:

EFECTOS RELACIONADOS CON EL ABORTO

  • 23% tuvo alucinaciones relacionadas con el aborto
  • 35% percibió visitas del chico abortado
  • 54% tuvo pesadillas relacionadas con el aborto
  • 69% experimentó sentimientos de “locura “
  • 73% tuvo flashbacks de la experiencia del aborto
  • 81% tuvo preocupaciones por el chico abortado

MÁS COMUNES PROBLEMAS DE COMPORTAMIENTO DESPUES DEL ABORTO

  • 61% aumenta su consumo de alcohol
  • 65% tiene pensamientos de suicidio
  • 69% estuvieron sexualmente inhibidos
  • 73% tuvieron flashbacks del aborto
  • 77% experimentó incapacidad para comunicarse
  • 81% experimentó llanto frecuente

Considerá solo la esterilidad: entre el 5 y el 10% de las mujeres que abortan quedan estériles… ¿Te das cuenta del dolor que esas madres sufren por haber matado el único chico que ellas podrían haber tenido?

En esta discusión los defensores del aborto tratan de presentar el tema como una disyuntiva: los derechos de la madre contra los derechos del chico. Y urgen a la opinión pública a apoyar los primeros. No debemos entrar en esta polémica porque la alternativa que presentan es falsa. El aborto daña a la mujer con heridas que durarán toda su vida. Para poner el tema en términos de derechos, podríamos hablar de los derechos de los aborcionistas a hacer negocios con la industria del aborto, contra el derecho del chico a la vida y los derechos de la mujer a la salud mental y física.

Podemos concluir que el aborto es “seguro” solo para el aborcionista que obtiene grandes beneficios económicos del mismo.

Sobre el Síndrome post-aborto ver: http://www.nomassilencio.com/

Las comunes excusas aducidas para justificar el aborto

  1. Los promotores del aborto usan los “casos extremos” -“hard cases”- para justificar el aborto.

Se trata de tres situaciones muy duras: el caso de peligro para la vida de la madre y los casos de embarazo como consecuencia de violaciones o de incesto. ¿Sabés que porcentaje de los abortos se deben a estas razones en los Estados Unidos? Menos del 1%. Impresionante, ¿no es cierto? Moviendo la sensibilidad de la gente con los casos difíciles, abren la puerta para el  aborto libre que es lo que los aborcionistas realmente quieren. En los casos de violación e incesto hay muchas razones para no abortar en defensa de la salud mental de la madre (podés encontrar abundante bibliografía en Internet sobre el tema). Y el caso de riesgo para la vida de la madre con los avances de la medicina, prácticamente no existe. Además, en los casos difíciles la respuesta es exactamente la misma que para el resto de los casos: ninguna razón puede justificar el asesinato de un chico inocente.

  1. Otras veces oímos hablar de anormalidades en el bebé.

Quizás, si el chico tuviera algún defecto o fuera retrasado mental… ¿no sería un acto de piedad abortarlo? En realidad quien piensa así, está diciendo que si el chico no pasa un control de calidad, habría que eliminarlo, no merecería vivir… esto por el bien de la Humanidad, por supuesto. No ser perfecto, no quita el derecho a la vida. Habría que pensar que harías frente un chico de 10 años ciego, paralítico y sordo… ¿lo matarías? ¿Qué diferencia hay entre eso y hacerlo antes de que nazca? Estas circunstancias nos deben mover a querer más a esos chicos. De hecho, todas las asociaciones de chicos con discapacidades están en contra del aborto.

  1. Otra excusa es la existencia de abortos ilegales.

El hecho de que algo malo sea hecho por la gente, no justifica su legalización, y menos todavía la legalización soluciona el problema. Este argumento podría ser aplicado al asesinato, robo, violaciones, contrabando, corrupción, etc., pero nadie lo hace. La triste experiencia de los países que han legalizado el aborto muestra que en todos ellos el número de abortos se ha incrementado como consecuencia de la ley, porque la ley tiene un valor pedagógico: dice a la sociedad qué es correcto. Además aprobar el aborto empuja a muchas mujeres en crisis hacia la solución aparentemente más fácil, algo que ellas después lamentarán toda su vida.

  1. Frecuentemente se oye hablar de «embarazos no deseados».

En primer lugar tendrían que explicar por qué el hecho de que un embarazo pueda sorprender a una mujer, ésta tendría derecho a eliminar al chico y para así reponerse de la sorpresa… Hay un salto muy grande, sin relación lógica.

Por otro lado, este concepto es tan genérico que da lugar a muchos equívocos. Debemos clarificar el término porque embarazo siempre refiere a un chico (no hay embarazo sin chico) y aunque se pueda hablar de «embarazos no deseados», uno no debería hablar de «chicos no deseados», aunque los enemigos de los niños lo hacen. Puede ser verdad que un chico sea inesperado y una sorpresa para la madre, pero si uno aplica el concepto de «no querido» al chico, estamos en problemas. Casi siempre embarazos «inesperados» son seguidos por chicos «muy queridos» (¡quizá nuestra misma madre se sorprendió al descubrir que estaba embarazada con nosotros!)

Veamos tres consideraciones sobre el término.

La consecuencia natural de una relación sexual es un embarazo. ¿Qué otro fin puede tener introducir semen en la vagina de una mujer (porque es lo que dos personas hacen cuando tienen relaciones sexuales)? Una mujer debería saber que después de tener sexo con un hombre puede quedar embarazada (suponiendo que no es estéril). ¿No es ridículo hablar de «no querido» la consecuencia natural de algo que la mujer hizo «queriéndolo»? Entonces, deberíamos concluir que ese embarazo no es tan «no deseado».

Hablar de chicos «no deseados» es  muy peligroso. En primer lugar porque el concepto de «no deseado» no es médico, ni biológico, sino fruto de una decisión personal. Una persona se transforma en «no deseada» sólo cuando alguien lo declara tal. Si fuera correcto eliminar el derecho a la vida de aquellas personas consideras no queridas por alguien, la vida en la sociedad se tornaría muy difícil. ¿Porqué no declarar «no deseada» a una abuela enferma? ¿A un vecino molesto que no permite dormir de noche con sus ruidos? ¿A un cliente que no paga las deudas? ¿A un conductor que me cierra en una curva? Los ejemplos se pueden suceder hasta el infinito. También podría pasar que el bebé que fue muy «querido» durante el embarazo, unos años después se vuelva «no querido» porque en el colegio no le va tan bien como sus padres esperaban y no satisface sus expectativas…

La “aparición” de un chico puede ser “inesperada”, pero cuando está aquí, la única respuesta correcta es brindarle amor y la oportunidad de vivir. Incluso en el caso de una chica que no quiere conservarlo con ella, le debe, al menos, dar el amor de ofrecerle unos padres adoptivos que lo amen. El chico en su vientre no pide demasiado, solo nueve meses de cuidados. Un chico no es una enfermedad, cuando una mujer tiene una gripe porque un virus ha entrado en su organismo, se la cura matando el “intruso” con antibióticos. Pero un chico no puede ser considerado un virus «no deseado» que está atacando la madre.

Por lo tanto, quien no quiera correr el riesgo de ser declarado «no querido» y, por lo mismo, eliminado por otra persona, no debería hablar de embarazos o hijos «no deseados», mejor será hablar de chicos inesperados, y tratar de amarlos como a uno mismo.

  1. Otro caso es el de una chica estudiante que queda embarazada y no quiere perjudicar su futuro académico. No es verdad que tener un hijo le impida estudiar. Deberá quizá interrumpir su estudio unos meses… y después de dar a luz puede continuar sus estudios. Ella debería haber pensado en el asunto antes de tener relaciones sexuales -entonces hubiera evitado quedar embarazada, evitando lo que lo produce- pero ahora que su hijo está viviendo en su vientre, la única decisión humana es darle amor y la posibilidad de vivir. Esperar nueve meses no es demasiado.

Tácticas pro-aborto

Los promotores del aborto no tienen ningún problema en mentir para que cambiar la ley.

No hay que olvidar que en muchos países las campañas pro-aborto han hecho uso de mentiras para conseguir el apoyo de la opinión pública. El sistema ha sido presentar estadísticas inventadas sobre el número de mujeres que morían como consecuencia de abortos “inseguros” (en su esquema sinónimo de ilegal), del número de abortos ilegales que exigirían ser legalizados (¿?) y el porcentaje de gente que apoyaría dicha legislación. En la mayoría de los casos las estadísticas fueron falsas. Para más datos se puede ver el testimonio del Dr. Nathanson (un gran promotor del aborto arrepentido) (http://www.buzoncatolico.org/actualidad/abortocartadeldrbernardnathanson.html).

Confundir el vocabulario.

Los pro-aborto hablan de “salud reproductiva”, “derechos reproductivos, maternidad segura y otros términos similares para ocultar la cara real del aborto.  Nunca hablan de niños ni de bebés, o de las  consecuencias del aborto para la madre, quieren –necesitan– que la gente se olvide de la realidad de lo que es un aborto. Por eso se vuelven locos cuando los defensores de la vida muestran películas o fotos de chicos abortados, porque muestran gráficamente la realidad. Nunca apoyarán planes de adopción, darán ayuda a chicas embarazadas o tratamientos post-aborto porque su objetivo –su negocio– es que aborten cuantas más mejor.

Dicen estar a favor de la decisión (pro-chioce) para presentar con una cara simpática la promoción del aborto, porque nadie quiere ser pro-aborto. Pero, si analizás qué clase de elección promueven, te darás cuenta de que es una elección muy mala: matar a un inocente bebé.

Desviar la discusión a otros ámbitos

Por eso, te dirán que no quiera imponerles tu religión. Pero, ¿quién está hablando de religión? Este no es un tema religioso, es de derechos humanos. No se trata de discutir entre distintas religiones.

Te dirán que respetes su libertad, que si no quieres, no abortes, pero dejes abortar a los demás. Falso, no es cuestión de respeto de libertades, es cuestión de proteger la vida indefensa.

La batalla contra el aborto

Salvar chicos del aborto es una tarea que nos involucra a todos. Nadie puede mirar indiferente, o hacerse el distraído mirando para otro lado. Cuando se matan chicos uno no puede excusarse en la libertad ajena y quedarse tranquilo pensando que yo no los mato.

La batalla de la defensa de la vida humana tiene varios frentes. En general, esforzarse por crear una cultura que ame la vida. En lo operativo concreto, cara al aborto, hay cuatro tipo iniciativas básicas: apoyar las leyes que defienden la vida e impedir las que favorezcan el aborto, ayudar a mujeres embarazados que se encuentran en dificultades, colaborar con los organizaciones que se ocupan de la adopción de chicos, y enseñar a la gente a vivir la castidad, que es la solución definitiva.

Es muy útil ayudar en un movimiento pro-vida: hace que los esfuerzos sean mucho más eficaces, brindan formación, animan, aportan material para propaganda, etc., etc., etc., y, además ¡uno se lo pasa en grande! (me refiero sobre todo a los movimientos de jóvenes pro-vida).

Ayudar a mujeres embarazadas con problemas. “Lo que es bueno,  es bueno; lo que es malo, es malo”. Debemos aplicar esta sencilla proposición al caso del aborto. Tener relaciones sexuales sin estar casado es moralmente malo. Un bebé es siempre bueno. No podemos confundir una acción con una persona. A veces la sociedad puede ser hipócrita: cuando considera normal la vida sexual activa de los adolescentes, y se sorprende de los embarazos de los mismos. No olvidemos en la mayoría de los casos el aborto es consecuencia del miedo, la angustia o la desesperación; y que es buscado como una  vía de escape. ¿Cuántas chicas matarían a sus hijos si encontraran comprensión, ayuda y cariño? Muy pocas. Muchos abortos son consecuencia de presión de la sociedad.

Hay muchas soluciones para el resolver los problemas que el aborto pretende resolver, pero eliminar un chico inocente, nunca es parte de la solución. Los problema son cosas que les suceden a los seres humanos, pero una persona no es un problema. Eliminar un ser humano para resolver un problema personal… no soluciona nada. Sólo crea un nuevo problema: me convierto en un asesino. Busquemos soluciones para los problemas reales -ayuda económica, cuidados médicos, quizá adopción…- ¡Todos los problemas tienen solución!

La solución definitiva al problema del aborto

La principal causa del aborto es la promiscuidad sexual. Y esto no hay quien pueda negarlo. ¿Cómo evitar que se maten chicos con abortos? Enseñando a la gente a vivir la castidad. La prevención real y definitiva al aborto es la pureza: la abstinencia sexual antes del matrimonio y la fidelidad después. Si una persona no está preparada para tener un chico, no debe tener relaciones sexuales. Esto es simple y evidente. Quien no quiera enfrentarte con un embarazo, no debería hacer lo necesario para tener un chico. La abstención del uso de la sexualidad antes del matrimonio es el sistema más efectivo para evitar abortos.

Con frecuencia se oye decir que el camino para luchar contra el aborto es la anticoncepción. Nos dicen que cuantos más anticonceptivos se consuman, menos abortos serán necesarios. Esto parece lógico, pero la realidad muestra lo contrario: las estadísticas dicen que los países con más alto índice de anticoncepción, son los que tienen más abortos.

Esto es así por tres razones:

No hay anticonceptivo que sea 100% seguro. El índice de fallo varía según el tipo de anticonceptivo y la “habilidad” del usuario, pero ninguno garantiza con el 100% no tener un bebé. De manera, que la anticoncepción necesita tener el aborto, como cobertura para el fallo anticonceptivo. De hecho, el 40% de las personas que acuden a las clínicas abortistas de Marie Stopes en Gran Bretaña, culpan del embarazo a fallos anticonceptivos.

Además, muchos anticonceptivos, no conducen al aborto… porque ellos mismos son abortivos. Anticonceptivos sin efectos abortivos son los de barrera -previenen el encuentro del óvulo con los espermatozoides-; y éstos son los que tienen más alto índice de falla. Todos los anticonceptivos hormonales (diferentes tipos de pastillas o inyecciones) tienen además de efectos anticonceptivos -procurar evitar la ovulación y tratar de impedir el ascenso de los espermatozoides hacia las trompas de Falopio-, otro que “cubre” los posibles fallos de los dos anteriores: hacer imposible la implantación del minúsculo ser humano en caso de ser concebido. De forma que tienen un potencial efecto abortivo.

La mentalidad anticonceptiva y el aborto tienen la misma raíz: ver el embarazo como una enfermedad y al bebé como un enemigo que hay que combatir a cualquier precio.

 

NOTA: Podés encontrar abundante material sobre el aborto en http://www.vidahumana.org/ y películas en http://www.provida.es/valencia/videos.htm

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2018

El próximo 14 de febrero comienza la Cuaresma. Todos los años los Papas escriben un Mensaje para darnos unas líneas espirituales que inspiren la forma de vivirla.

Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma 2018

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»,(1) que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?

Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo;(2) su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos.(3) Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.(4)

¿Qué podemos hacer?

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos,(5) para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?(6)

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

El fuego de la Pascua

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»,(7) para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

Vaticano, 1 de noviembre de 2017 

Solemnidad de Todos los Santos 

Francisco

Notas

(1) Misal Romano, I Dom. de Cuaresma, Oración Colecta.

(2) «Salía el soberano del reino del dolor fuera de la helada superficie, desde la mitad del pecho» (InfiernoXXXIV, 28-29).

(3) «Es curioso, pero muchas veces tenemos miedo a la consolación, de ser consolados. Es más, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Sabéis por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas. En cambio en la consolación es el Espíritu Santo el protagonista» (Ángelus, 7 diciembre 2014).

(4) Núms. 76-109.

(5) Cf. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 33.

(6) Cf. Pío XII, Enc. Fidei donum, III.

(7) Misal Romano, Vigilia Pascual, Lucernario.

Catequesis del Papa Francisco sobre la Eucaristía (IV-VIII)

4. ¿Por qué ir a Misa el domingo?

5. Ritos introductorios

6. Acto penitencial

7. Gloria y Colecta

8. Liturgia de la Palabra

Para bajarla en Word: Catequesis sobre la Eucaristía I-VIII (Francisco)

4. ¿Por qué ir a Misa el domingo? (13.12.17)

Retomando el camino de catequesis sobre la misa, hoy nos preguntamos: ¿Por qué ir a misa el domingo?

La celebración dominical de la eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia (cf. Catequismo de la Iglesia Católica, n.2177). Nosotros cristianos vamos a misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor, para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, alimentarnos en su mesa y así convertirnos en Iglesia, es decir, en su Cuerpo místico viviente en el mundo.

Lo entendieron, desde la primera hora, los discípulos de Jesús, los que celebraron el encuentro eucarístico con el Señor en el día de la semana que los hebreos llamaban «el primero de la semana» y los romanos «día del sol» porque en ese día Jesús había resucitado de entre los muertos y se había aparecido a los discípulos, hablando con ellos, comiendo con ellos y dándoles el Espíritu Santo (cf. Mateo 28, 1; Marcos 16, 9-14; Lucas 24, 1-13; Juan 20, 1-19), como hemos escuchado en la lectura bíblica. También la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés sucede en domingo, el quincuagésimo día después de la resurrección de Jesús. Por estas razones, el domingo es un día santo para nosotros, santificado por la celebración eucarística, presencia viva del Señor entre nosotros y para nosotros. ¡Es la misa, por lo tanto, lo que hace el domingo cristiano! El domingo cristiano gira en torno a la misa. ¿Qué domingo es, para un cristiano, en el que falta el encuentro con el Señor?

Hay comunidades cristianas en las que, desafortunadamente, no pueden disfrutar de la misa cada domingo; sin embargo, también estas, en este día santo, están llamadas a recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la palabra de Dios y manteniendo vivo el deseo de la eucaristía.

Algunas sociedades seculares han perdido el sentido cristiano del domingo iluminado por la eucaristía. ¡Es una lástima esto! En estos contextos es necesario reanimar esta conciencia, para recuperar el significado de la fiesta, el significado de la alegría, de la comunidad parroquial, de la solidaridad, del reposo que restaura el alma y el cuerpo (cf. Catequismo de la Iglesia católica nn. 2177-2188). De todos estos valores la eucaristía es la maestra, domingo tras domingo. Por eso, el Concilio Vaticano II quiso reafirmar que «el domingo es el día de fiesta primordial que debe ser propuesto e inculcado en la piedad de los fieles, de modo que se convierta también en día de alegría y abstención del trabajo» (Const. Sacrosanctum Concilium, 106)

La abstención dominical del trabajo no existía en los primeros siglos: es una aportación específica del cristianismo. Por tradición bíblica los judíos reposan el sábado, mientras que en la sociedad romana no estaba previsto un día semanal de abstención de los trabajos serviles. Fue el sentido cristiano de vivir como hijos y no como esclavos, animado por la eucaristía, el que hizo del domingo —casi universalmente— el día de reposo.

Sin Cristo estamos condenados a estar dominados por el cansancio de lo cotidiano, con sus preocupaciones y por el miedo al mañana. El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza para vivir el hoy con confianza y coraje y para ir adelante con esperanza. Por eso, nosotros cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo en la celebración eucarística.

La comunión eucarística con Jesús, Resucitado y Vivo para siempre, anticipa el domingo sin atardecer, cuando ya no haya fatiga ni dolor, ni luto, ni lágrimas sino solo la alegría de vivir plenamente y para siempre con el Señor. También de este bendito reposo nos habla la misa del domingo, enseñándonos, en el fluir de la semana, a confiarnos a las manos del Padre que está en los cielos.

¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien y amar al prójimo? Es cierto que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Juan 13, 35); ¿Pero cómo podemos practicar el Evangelio sin sacar la energía necesaria para hacerlo, un domingo después de otro, en la fuente inagotable de la eucaristía? No vamos a misa para dar algo a Dios, sino para recibir de Él aquello de lo que realmente tenemos necesidad. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: «Tú no tienes necesidad de nuestra alabanza, pero por un regalo de tu amor llámanos para darte las gracias; nuestros himnos de bendición no aumentan tu grandeza, pero nos dan la gracia que nos salva» (Misal Romano, Prefacio común IV).

En conclusión, ¿por qué ir a misa el domingo? No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a preservar su valor, pero solo no es suficiente. Nosotros cristianos tenemos necesidad de participar en la misa dominical porque solo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento y así ser sus testigos creíbles.

5. Ritos introductorios (20.12.17)

Hoy quisiera entrar en el vivo de la celebración eucarística. La misa está formada de dos partes, que son la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre ellas que forman un único acto de culto (cf. Sacrosanctum Concilium, 56; Instrucción General del Misal Romano, 28). Introducida por algunos ritos preparatorios y concluida por otros, la celebración es por tanto un único cuerpo y no se puede separar, pero para una mejor comprensión trataré de explicar sus diferentes momentos, cada uno de los cuales es capaz de tocar e implicar una dimensión de nuestra unidad. Es necesario conocer estos santos signos para vivir plenamente la misa y saborear toda su belleza.

Cuando el pueblo está reunido, la celebración se abre con los ritos introductorios, incluidas la entrada de los celebrantes o del celebrante, el saludo — «El Señor esté con vosotros», «La paz esté con vosotros» —, el acto penitencial — «Yo confieso», donde nosotros pedimos perdón por nuestros pecados—, el Kyrie eleison, el himno del Gloria y la oración colecta: se llama «oración colecta» no porque allí se hace la colecta de las ofrendas: es la colecta de las intenciones de oración de todos los pueblos; y esa colecta de las intenciones de los pueblos sube al cielo como oración. Su fin —de estos ritos introductorios— es hacer «que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan debidamente a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía» (Instrucción General del Misal Romano, 46). No es una buena costumbre mirar el reloj y decir: «Voy bien de hora, llego después del sermón y con esto cumplo el precepto». La misa empieza con la señal de la cruz, con estos ritos introductorios, porque allí empezamos a adorar a Dios como comunidad. Y por esto es importante prever no llegar tarde, más bien antes, para preparar el corazón a este rito, a esta celebración de la comunidad.

Mientras normalmente tiene lugar el canto de ingreso, el sacerdote con los otros ministros llega en procesión al presbiterio, y aquí saluda el altar con una reverencia y, en signo de veneración, lo besa y, cuando hay incienso, lo inciensa. ¿Por qué? Porque el altar es Cristo: es figura de Cristo. Cuando nosotros miramos al altar, miramos donde está Cristo. El altar es Cristo. Estos gestos, que corren el riesgo de pasar inobservados, son muy significativos, porque expresan desde el principio que la misa es un encuentro de amor con Cristo, el cual «por la ofrenda de su Cuerpo realizada en la cruz […] se hizo por nosotros sacerdote, altar y víctima» (prefacio pascual V). El altar, de hecho, en cuanto signo de Cristo, «es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía» (Instrucción General del Misal Romano, 296), y toda la comunidad en torno al altar, que es Cristo; no por mirarse la cara, sino para mirar a Cristo, porque Cristo es el centro de la comunidad, no está lejos de ella.

Después está el signo de la cruz. El sacerdote que preside lo hace sobre sí y hacen lo mismo todos los miembros de la asamblea, conscientes de que el acto litúrgico se realiza «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Y aquí paso a otro tema pequeñísimo. ¿Vosotros habéis visto cómo se hacen los niños la señal de la cruz? No saben qué hacen: a veces hacen un gesto, que no es el gesto de la señal de la cruz. Por favor: mamá y papá, abuelos, enseñad a los niños, desde el principio —de pequeños— a hacer bien la señal de la cruz. Y explicadle qué es tener como protección la cruz de Jesús. Y la misa empieza con la señal de la cruz. Toda la oración se mueve, por así decir, en el espacio de la Santísima Trinidad —«En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo»—, que es espacio de comunión infinita; tiene como origen y como fin el amor de Dios Uno y Trino, manifestado y donado a nosotros en la Cruz de Cristo. De hecho su misterio pascual es don de la Trinidad, y la eucaristía fluye siempre de su corazón atravesado. Marcándonos con la señal de la cruz, por tanto, no solo recordamos nuestro Bautismo, sino que afirmamos que la oración litúrgica es el encuentro con Dios en Cristo Jesús, que por nosotros se ha encarnado, ha muerto en la cruz y ha resucitado glorioso.

El sacerdote, por tanto, dirige un saludo litúrgico, con la expresión: «El Señor esté con vosotros» u otra parecida —hay varias—, y la asamblea responde: «Y con tu espíritu». Estamos en diálogo; estamos al principio de la misa y debemos pensar en el significado de todos estos gestos y palabras.

Estamos entrando en una «sinfonía», en la cual resuenan varias tonalidades de voces, incluido tiempos de silencio, para crear el «acuerdo» entre todos los participantes, es decir reconocerse animados por un único Espíritu y por un mismo fin. En efecto «con este saludo y con la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada» (Instrucción General del Misal Romano, 50). Se expresa así la fe común y el deseo mutuo de estar con el Señor y vivir la unidad con toda la comunidad.

Y esta es una sinfonía orante, que se está creando y presenta enseguida un momento muy tocante, porque quien preside invita a todos a reconocer los propios pecados. Todos somos pecadores. No lo sé, quizá alguno de vosotros no es pecador… Si alguno no es pecador que levante la mano, por favor, así todos lo vemos. Pero no hay manos levantadas, va bien: ¡tenéis buena la fe! Todos somos pecadores; y por eso al inicio de la misa pedimos perdón. Y el acto penitencial. No se trata solamente de pensar en los pecados cometidos, sino mucho más: es la invitación a confesarse pecadores delante de Dios y delante de la comunidad, delante de los hermanos, con humildad y sinceridad, como el publicano en el templo. Si realmente la eucaristía hace presente el misterio pascual, es decir el pasaje de Cristo de la muerte a la vida, entonces lo primero que tenemos que hacer es reconocer cuáles son nuestras situaciones de muerte para poder resurgir con Él a la vida nueva. Esto nos hace comprender lo importante que es el acto penitencial. Y por esto retomaremos el argumento en la próxima catequesis.

Vamos paso a paso en la explicación de la misa. Pero os pido: ¡enseñad bien a los niños a hacer la señal de la cruz, ¡por favor!

6. Acto penitencial (3.1.18)

Retomando las catequesis sobre la celebración eucarística, consideramos hoy, en nuestro contexto de los ritos de introducción, el acto penitencial. En su sobriedad, esto favorece la actitud con la que disponerse a celebrar dignamente los santos misterios, o sea, reconociendo delante de Dios y de los hermanos nuestros pecados, reconociendo que somos pecadores. La invitación del sacerdote, de hecho, está dirigida a toda la comunidad en oración, porque todos somos pecadores. ¿Qué puede donar el Señor a quien tiene ya el corazón lleno de sí, del propio éxito? Nada, porque el presuntuoso es incapaz de recibir perdón, lleno como está de su presunta justicia. Pensemos en la parábola del fariseo y del publicano, donde solamente el segundo —el publicano— vuelve a casa justificado, es decir perdonado (cf Lucas 18, 9-14). Quien es consciente de las propias miserias y baja los ojos con humildad, siente posarse sobre sí la mirada misericordiosa de Dios. Sabemos por experiencia que solo quien sabe reconocer los errores y pedir perdón recibe la comprensión y el perdón de los otros. Escuchar en silencio la voz de la conciencia permite reconocer que nuestros pensamientos son distantes de los pensamientos divinos, que nuestras palabras y nuestras acciones son a menudo mundanas, guiadas por elecciones contrarias al Evangelio. Por eso, al principio de la misa, realizamos comunitariamente el acto penitencial mediante una fórmula de confesión general, pronunciada en primera persona del singular. Cada uno confiesa a Dios y a los hermanos «que ha pecado en pensamiento, palabras, obra y omisión». Sí, también en omisión, o sea, que he dejado de hacer el bien que habría podido hacer. A menudo nos sentimos buenos porque —decimos— «no he hecho mal a nadie». En realidad, no basta con hacer el mal al prójimo, es necesario elegir hacer el bien aprovechando las ocasiones para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús. Está bien subrayar que confesamos tanto a Dios como a los hermanos ser pecadores: esto nos ayuda a comprender la dimensión del pecado que, mientras nos separa de Dios, nos divide también de nuestros hermanos, y viceversa. El pecado corta: corta la relación con Dios y corta la relación con los hermanos, la relación en la familia, en la sociedad, en la comunidad: El pecado corta siempre, separa, divide.

Las palabras que decimos con la boca están acompañadas del gesto de golpearse el pecho, reconociendo que he pecado precisamente por mi culpa, y no por la de otros. Sucede a menudo que, por miedo o vergüenza, señalamos con el dedo para acusar a otros. Cuesta admitir ser culpables, pero nos hace bien confesarlo con sinceridad. Confesar los propios pecados. Yo recuerdo una anécdota, que contaba un viejo misionero, de una mujer que fue a confesarse y empezó a decir los errores del marido; después pasó a contar los errores de la suegra y después los pecados de los vecinos. En un momento dado, el confesor dijo: «Pero, señora, dígame, ¿ha terminado? — Muy bien: usted ha terminado con los pecados de los demás. Ahora empiece a decir los suyos». ¡Decir los propios pecados!

Después de la confesión del pecado, suplicamos a la beata Virgen María, los ángeles y los santos que recen por nosotros ante el Señor. También en esto es valiosa la comunión de los santos: es decir, la intercesión de estos «amigos y modelos de vida» (Prefacio del 1 de noviembre) nos sostiene en el camino hacia la plena comunión con Dios, cuando el pecado será definitivamente anulado.

Además del «Yo confieso», se puede hacer el acto penitencial con otras fórmulas, por ejemplo: «Piedad de nosotros, Señor / Contra ti hemos pecado. / Muéstranos Señor, tu misericordia. / Y dónanos tu salvación» (cf. Salmo 123, 3; 85, 8; Jeremías 14, 20). Especialmente el domingo se puede realizar la bendición y la aspersión del agua en memoria del Bautismo (cf. OGMR, 51), que cancela todos los pecados. También es posible, como parte del acto penitencial, cantar el Kyrie eléison: con una antigua expresión griega, aclamamos al Señor –Kyrios– e imploramos su misericordia (ibid., 52).

La Sagrada escritura nos ofrece luminosos ejemplos de figuras «penitentes» que, volviendo a sí mismos después de haber cometido el pecado, encuentran la valentía de quitar la máscara y abrirse a la gracia que renueva el corazón. Pensemos en el rey David y a las palabras que se le atribuyen en el Salmo. «Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito» (51, 3). Pensemos en el hijo pródigo que vuelve donde su padre; o en la invocación del publicano: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lucas 18, 13). Pensemos también en san Pedro, en Zaqueo, en la mujer samaritana. Medirse con la fragilidad de la arcilla de la que estamos hechos es una experiencia que nos fortalece: mientras que nos hace hacer cuentas con nuestra debilidad, nos abre el corazón a invocar la misericordia divina que transforma y convierte. Y esto es lo que hacemos en el acto penitencial al principio de la misa.

7. Gloria y Colecta (10.1.18)

En el recorrido de catequesis sobre la celebración eucarística hemos visto que el Acto penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos a Dios como somos realmente, conscientes de ser pecadores, en la esperanza de ser perdonados. Precisamente del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina toma vida la gratitud expresada en el «Gloria», «un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero» (Ordenamiento General del Misal Romano, 53).

La introducción de este himno —«Gloria a Dios en el cielo»— retoma el canto de los ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén, alegre anuncio del abrazo entre cielo y tierra. Este canto también nos involucra reunidos en la oración: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor».

Después del «Gloria», o cuando este no está, inmediatamente después del Acto penitencial, la oración toma forma particular en la oración denominada «colecta», por medio de la cual se expresa el carácter propio de la celebración, variable según los días y los tiempos del año (cf Ibíd., 54). Con la invitación «oremos», el sacerdote insta al pueblo a recogerse con él en un momento de silencio, con el fin de tomar conciencia de estar en presencia de Dios y hacer emerger, a cada uno en su corazón, las intenciones personales con las que participa en la misa (cf. Ibíd., 54). El sacerdote dice «oremos»; y después, viene un momento de silencio y cada uno piensa en las cosas que necesita, que quiere pedir en la oración.

El silencio no se reduce a la ausencia de palabras, sino a la disposición a escuchar otras voces: la de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo. En la liturgia, la naturaleza del sagrado silencio depende del momento en el que tiene lugar: «Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la comunión, alaban a Dios en su corazón y oran» (Ibíd., 45). Por lo tanto, antes de la oración inicial, el silencio ayuda a recogerse en nosotros mismos y a pensar en por qué estamos allí. He ahí entonces la importancia de escuchar nuestro ánimo para abrirlo después al Señor. Tal vez venimos de días de cansancio, de alegría, de dolor, y queremos decírselo al Señor, invocar su ayuda, pedir que nos esté cercano; tenemos amigos o familiares enfermos o que atraviesan pruebas difíciles; deseamos confiar a Dios el destino de la Iglesia y del mundo. Y para esto sirve el breve silencio antes de que el sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre de todos, la oración común que concluye los ritos de introducción haciendo de hecho «la colecta» de las intenciones. Recomiendo vivamente a los sacerdotes observar este momento de silencio y no ir deprisa: «oremos» y que se haga el silencio. Recomiendo esto a los sacerdotes. Sin este silencio, corremos el riesgo de descuidar el recogimiento del alma. El sacerdote recita esta súplica, esta oración de colecta, con los brazos extendidos y la actitud del orante, asumida por los cristianos desde el final de los primeros siglos —como dan testimonio los frescos de las catacumbas romanas— para imitar al Cristo con los brazos abiertos sobre la madera de la cruz. Y allí, Cristo es el Orante y es también la oración. En el crucifijo reconocemos al Sacerdote que ofrece a Dios la oración que desea, es decir, la obediencia filial.

En el Rito Romano, las oraciones son concisas pero ricas de significado: se pueden hacer tantas meditaciones hermosas sobre estas oraciones. ¡Muy hermosas! Volver a meditar los textos, incluso fuera de la misa puede ayudarnos a aprender cómo dirigirnos a Dios, qué pedir, qué palabras usar. Que la liturgia pueda convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración.

8. Liturgia de la Palabra (31.1.18)

Continuamos hoy las catequesis sobre la misa. Después de habernos detenido en los ritos de introducción, consideramos ahora la Liturgia de la Palabra, que es una parte constitutiva porque nos reunimos precisamente para escuchar lo que Dios ha hecho y pretende hacer todavía por nosotros. Es una experiencia que tiene lugar «en directo» y no por oídas, porque «cuando se leen las sagradas Escrituras en la Iglesia, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio» (Instrucción General del Misal Romano, 29; cf. Cost. Sacrosanctum Concilium, 7; 33). Y cuántas veces, mientras se lee la Palabra de Dios, se comenta: «Mira ese…, mira esa…, mira el sombrero que ha traído esa: es ridículo…”. Y se empiezan a hacer comentarios. ¿No es verdad? ¿Se deben hacer comentarios mientras se lee la Palabra de Dios? [responden: “¡No!”]. No, porque si tú chismorreas con la gente, no escuchas la Palabra de Dios. Cuando se lee la Palabra de Dios en la Biblia —la primera Lectura, la segunda, el Salmo responsorial y el Evangelio— debemos escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo que nos habla y no pensar en otras cosas o hablar de otras cosas. ¿Entendido?… Os explicaré qué sucede en esta Liturgia de la Palabra.

Las páginas de la Biblia cesan de ser un escrito para convertirse en palabra viva, pronunciada por Dios. Es Dios quien, a través de la persona que lee, nos habla e interpela para que escuchemos con fe. El Espíritu «que habló por medio de los profetas» (Credo) y ha inspirado a los autores sagrados, hace que «para que la Palabra de Dios actúe realmente en los corazones lo que hace resonar en los oídos» (Leccionario, Introd., 9). Pero para escuchar la Palabra de Dios es necesario tener también el corazón abierto para recibir la palabra en el corazón. Dios habla y nosotros escuchamos, para después poner en práctica lo que hemos escuchado. Es muy importante escuchar. Algunas veces quizá no entendemos bien porque hay algunas lecturas un poco difíciles. Pero Dios nos habla igualmente de otra manera. [Es necesario estar] en silencio y escuchar la Palabra de Dios. No os olvidéis de esto. En la misa, cuando empiezan las lecturas, escuchamos la Palabra de Dios. ¡Necesitamos escucharlo! Es de hecho una cuestión de vida, como recuerda la fuerte expresión que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4, 4). La vida que nos da la Palabra de Dios. En este sentido, hablamos de la Liturgia de la Palabra como de la «mesa» que el Señor dispone para alimentar nuestra vida espiritual. Es una mesa abundante la de la Liturgia, que se basa en gran medida en los tesoros de la Biblia (cf. SC, 51), tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, porque en ellos la Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo (cf. Leccionario, Introd., 5). Pensamos en las riquezas de las lecturas bíblicas ofrecidas por los tres ciclos dominicales que, a la luz de los Evangelios Sinópticos, nos acompañan a lo largo del año litúrgico: una gran riqueza. Deseo recordar también la importancia del Salmo responsorial, cuya función es favorecer la meditación de lo que escuchado en la lectura que lo precede. Está bien que el Salmo sea resaltado con el canto, al menos en la antífona (cf. IGMR, 61; Leccionario, Introd., 19-22).

La proclamación litúrgica de las mismas lecturas, con los cantos tomados de la sagrada Escritura, expresa y favorece la comunión eclesial, acompañando el camino de todos y cada uno. Se entiende por tanto por qué algunas elecciones subjetivas, como la omisión de lecturas o su sustitución con textos no bíblicos, sean prohibidas. He escuchado que alguno, si hay una noticia, lee el periódico, porque es la noticia de día. ¡No! ¡La Palabra de Dios es la Palabra de Dios! El periódico lo podemos leer después. Pero ahí se lee la Palabra de Dios. Es el Señor que nos habla. Sustituir esa Palabra con otras cosas empobrece y compromete el diálogo entre Dios y su pueblo en oración. Al contrario, [se pide] la dignidad del ambón y el uso del Leccionario, la disponibilidad de buenos lectores y salmistas. ¡Pero es necesario buscar buenos lectores!, los que sepan leer, no los que leen [trabucando las palabras] y no se entiende nada. Y así. Buenos lectores. Se deben preparar y hacer la prueba antes de la misa para leer bien. Y esto crea un clima de silencio receptivo.

Sabemos que la palabra del Señor es una ayuda indispensable para no perdernos, como reconoce el salmista que, dirigido al Señor, confiesa: «Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero» (Salmos 119, 105). ¿Cómo podremos afrontar nuestra peregrinación terrena, con sus cansancios y sus pruebas, sin ser regularmente nutridos e iluminados por la Palabra de Dios que resuena en la liturgia? Ciertamente no basta con escuchar con los oídos, sin acoger en el corazón la semilla de la divina Palabra, permitiéndole dar fruto. Recordemos la parábola del sembrador y de los diferentes resultados según los distintos tipos de terreno (cf. Marcos 4, 14-20). La acción del Espíritu, que hace eficaz la respuesta, necesita de corazón que se dejen trabajar y cultivar, de forma que lo escuchado en misa pase en la vida cotidiana, según la advertencia del apóstol Santiago: «Poned por obra la Palabra y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1, 22). La Palabra de Dios hace un camino dentro de nosotros. La escuchamos con las oídos y pasa al corazón; no permanece en los oídos, debe ir al corazón; y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras. Este es el recorrido que hace la Palabra de Dios: de los oídos al corazón y a las manos. Aprendamos estas cosas. ¡Gracias!

 

Catequesis del Papa Francisco sobre la Eucaristía (I-III)

El pasado 8 de noviembre el Papa Francisco comenzó una nueva serie de Catequesis, dedicada a la Eucaristía.

Quiere ayudarnos a todos a redescubrir el gran tesoro de la Misa, que lejos de ser aburrida es fuente de la felicidad verdadera.

Basta mirar la foto que sigue, para comprobar que él “ve” algo que nosotros no conseguimos “ver”.

Acá tenés las tres primeras Audiencias dedicadas al tema.

Para bajarlo en Word: Catequesis sobre la Eucaristía (1-3)

Francisco en misa

CATEQUESIS SOBRE LA EUCARISTIA
Papa Francisco


1. Centralidad de la Eucaristía en la propia vida. Redescubrir la Eucaristía (8.11.17)

Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada hacia el «corazón» de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios.
No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. En el año 304, durante las persecuciones de Diocleciano, un grupo de cristianos, del norte de África, fueron sorprendidos mientras celebraban misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo hicieron, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería decir: si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.
De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Juan 6, 53-54).
Estos cristianos del norte de África fueron asesinados porque celebraban la eucaristía. Han dejado el testimonio de que se puede renunciar a la vida terrena por la eucaristía, porque esta nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa y acercarnos a la mesa del Señor. ¿Estamos buscando esa fuente que «fluye agua viva» para la vida eterna, que hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa eucaristía, que significa «agradecimiento»: agradecimiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.
En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para redescubrir o descubrir, cómo a través de este misterio de la fe resplandece el amor de Dios.
El Concilio Vaticano II fue fuertemente animado por el deseo de conducir a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por este motivo era necesario sobre todo realizar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella. Un tema central que los Padres conciliares subrayaron es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y es precisamente éste también el objetivo de este ciclo de catequesis que hoy empezamos: crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha donado en la eucaristía. La eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo» (Homilía en la santa misa, Casa S. Marta, 10 de febrero de 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Muchas veces nosotros vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la eucaristía… y no celebramos cerca de Él. ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, seguro que todos estaríamos cerca de él, querríamos saludarlo. Pero pienso: cuando tú vas a misa, ¡ahí está el Señor! Y tú estas distraído. ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto. «Padre, es que las misas son aburridas” —«pero ¿qué dices, el Señor es aburrido?» —«No, no, la misa no, los sacerdotes» —«Ah, que se conviertan los sacerdotes, ¡pero es el Señor quien está allí!». ¿Entendido? No lo olvidéis. «Participar en la misa es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Intentemos ahora plantearnos algunas preguntas sencillas. Por ejemplo, ¿por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al principio de la misa? Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Vosotros habéis visto cómo se hacen los niños la señal de la cruz? Tú no sabes qué hacen, si la señal de la cruz o un dibujo. Hacen así [hace un gesto confuso]. Es necesario enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada. Esto quiere decir que nosotros somos redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a hacer bien la señal de la cruz. Y estas lecturas, en la misa, ¿por qué están ahí? ¿Por qué se leen el domingo tres lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué significa la lectura de la misa? ¿Por qué se leen y qué tiene que ver? O ¿por qué en un determinado momento el sacerdote que preside la celebración dice: «levantemos el corazón»? No dice: «¡Levantemos nuestro móviles para hacer una fotografía!». ¡No, es algo feo! Y os digo que a mí me da mucha pena cuando celebro aquí en la plaza o en la basílica y veo muchos teléfonos levantados, no solo de los fieles, también de algunos sacerdotes y también obispos. ¡Pero por favor! La misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por esto el sacerdote dice: «levantemos el corazón». ¿Qué quiere decir esto? Recordadlo: nada de teléfonos.
Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de aquello que se toca y se ve en la celebración de los sacramentos. La pregunta del apóstol santo Tomas (cf Juan 20, 2 5), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder de alguna manera «tocar» a Dios para creerle. Lo que santo Tomás pide al Señor es lo que todos nosotros necesitamos: verlo, tocarlo para poder reconocer.
Los sacramentos satisfacen esta exigencia humana. Los sacramentos y la celebración eucarística de forma particular, son los signos del amor de Dios, los caminos privilegiados para encontrarnos con Él.
Así, a través de estas catequesis que hoy empezamos, quisiera redescubrir junto a vosotros la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez desvelada, da pleno sentido a la vida de cada uno. Que la Virgen nos acompañen en este nuevo tramo de camino. Gracias.

2. La Misa es oración. Silencio, dejarse sorprender (15.8.17)

Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Para comprender la belleza de la celebración eucarística deseo empezar con un aspecto muy sencillo: la misa es oración, es más, es la oración por excelencia, la más alta, la más sublime, y el mismo tiempo la más «concreta». De hecho es el encuentro de amor con Dios mediante su Palabra y el Cuerpo y Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.
Pero primero debemos responder a una pregunta. ¿Qué es realmente la oración? Esta es sobre todo diálogo, relación personal con Dios. Y el hombre ha sido creado como ser en relación personal con Dios que encuentra su plena realización solamente en el encuentro con su creador. El camino de la vida es hacia el encuentro definitivo con Dios. El libro del Génesis afirma que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, el cual es Padre e Hijo y Espíritu Santo, una relación perfecta de amor que es unidad. De esto podemos comprender que todos nosotros hemos sido creados para entrar en una relación perfecta de amor, en un continuo donarnos y recibirnos para poder encontrar así la plenitud de nuestro ser.
Cuando Moisés, frente a la zarza ardiente, recibe la llamada de Dios, le pregunta cuál es su nombre. ¿Y qué responde Dios? «Yo soy el que soy» (Éxodo 3, 14). Esta expresión, en su sentido original, expresa presencia y favor, y de hecho a continuación Dios añade: «Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (v. 15). Así también Cristo, cuando llama a sus discípulos, les llama para que estén con Él. Esta por tanto es la gracia más grande: poder experimentar que la misa, la eucaristía, es el momento privilegiado de estar con Jesús, y, a través de Él, con Dios y con los hermanos.
Rezar, como todo verdadero diálogo, es también saber permanecer en silencio —en los diálogos hay momentos de silencio—, en silencio junto a Jesús. Y cuando nosotros vamos a misa, quizá llegamos cinco minutos antes y empezamos a hablar con este que está a nuestro lado. Pero no es el momento de hablar: es el momento del silencio para prepararnos al diálogo. Es el momento de recogerse en el corazón para prepararse al encuentro con Jesús. ¡El silencio es muy importante! Recordad lo que dije la semana pasada: no vamos a un espectáculo, vamos al encuentro con el Señor y el silencio nos prepara y nos acompaña. Permaneced en silencio junto a Jesús. Y del misterioso silencio de Dios brota su Palabra que resuena en nuestro corazón. Jesús mismo nos enseña cómo es realmente posible «estar» con el Padre y nos lo demuestra con su oración. Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira en lugares apartados a rezar; los discípulos, viendo esta íntima relación con el Padre, sienten el deseo de poder participar, y le preguntan: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11, 1). Hemos escuchado en la primera lectura, al principio de la audiencia. Jesús responde que la primera cosa necesaria para rezar es saber decir «Padre». Estemos atentos: si yo no soy capaz de decir «Padre» a Dios, no soy capaz de rezar. Tenemos que aprender a decir «Padre», es decir ponerse en la presencia con confianza filial. Pero para poder aprender, es necesario reconocer humildemente que necesitamos ser instruidos, y decir con sencillez: Señor, enséñame a rezar.
Este es el primer punto: ser humildes, reconocerse hijos, descansar en el Padre, fiarse de Él. Para entrar en el Reino de los cielos es necesario hacerse pequeños como niños. En el sentido de que los niños saben fiarse, saben que alguien se preocupará por ellos, de lo que comerán, de lo que se pondrán, etc. (cf. Mateo 6, 25-32). Esta es la primera actitud: confianza y confidencia, como el niño hacia los padres; saber que Dios se acuerda de ti, cuida de ti, de ti, de mí, de todos.
La segunda predisposición, también propia de los niños, es dejarse sorprender. El niño hace siempre miles de preguntas porque desea descubrir el mundo; y se maravilla incluso de cosas pequeñas porque todo es nuevo para él. Para entrar en el Reino de los cielos es necesario dejarse maravillar. En nuestra relación con el Señor, en la oración —pregunto— ¿nos dejamos maravillar o pensamos que la oración es hablar a Dios como hacen los loros? No, es fiarse y abrir el corazón para dejarse maravillar. ¿Nos dejamos sorprender por Dios que es siempre el Dios de las sorpresas? Porque el encuentro con el Señor es siempre un encuentro vivo, no es un encuentro de museo. Es un encuentro vivo y nosotros vamos a la misa no a un museo. Vamos a un encuentro vivo con el Señor.
En el Evangelio se habla de un cierto Nicodemo (Juan 3, 1-21), un hombre anciano, una autoridad en Israel, que va donde Jesús para conocerlo; y el Señor nos habla de la necesidad de «renacer de lo alto» (cf v. 3). ¿Pero qué significa? ¿Se puede «renacer»? ¿Volver a tener el gusto, la alegría, la maravilla de la vida, es posible, también delante de tantas tragedias? Esta es una pregunta fundamental de nuestra fe y este es el deseo de todo verdadero creyente: el deseo de renacer, la alegría de recomenzar. ¿Nosotros tenemos este deseo? ¿Cada uno de nosotros quiere renacer siempre para encontrar al Señor? ¿Tenéis este deseo vosotros? De hecho se puede perder fácilmente porque, a causa de tantas actividad, de tantos proyectos que realizar, al final nos queda poco tiempo y perdemos de vista lo que es fundamental: nuestra vida del corazón, nuestra vida espiritual, nuestra vida que es encuentro con el Señor en la oración.
En verdad, el Señor nos sorprende mostrándonos que Él nos ama también en nuestras debilidades. «Jesucristo […] es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (1 Juan 2, 2). Este don, fuente de verdadera consolación —pero el Señor nos perdona siempre— esto, consuela, es una verdadera consolación, es un don que se nos ha dado a través de la Eucaristía, ese banquete nupcial en el que el Esposo encuentra nuestra fragilidad. ¿Puedo decir que cuando hago la comunión en la misa, el Señor encuentra mi fragilidad? ¡Sí! ¡Podemos decirlo porque esto es verdad! El Señor encuentra nuestra fragilidad para llevarnos de nuevo a nuestra primera llamada: esa de ser imagen y semejanza de Dios. Este es el ambiente de la eucaristía, esto es la oración.

3. La Misa: entrar en el misterio pascual de Cristo (22.11.17)

Continuando con las Catequesis sobre la misa, podemos preguntarnos: ¿Qué es esencialmente la misa? La misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Nos convierte en partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte y da significado pleno a nuestra vida.
Por esto, para comprender el valor de la misa debemos ante todo entender entonces el significado bíblico del «memorial». «En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la Pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos». Catecismo de la Iglesia Católica (1363). Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo llevó a término la Pascua. Y la misa es el memorial de su Pascua, de su «éxodo», que cumplió por nosotros, para hacernos salir de la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un recuerdo, no, es más: es hacer presente aquello que ha sucedido hace veinte siglos.
La eucaristía nos lleva siempre al vértice de las acciones de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, vierte sobre vosotros toda la misericordia y su amor, como hizo en la cruz, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (Cost. Dogm. Lumen gentium, 3).
Cada celebración de la eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús nos arrastra también a nosotros con Él para hacer la Pascua. En la misa se hace Pascua. Nosotros, en la misa, estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él nos lleva adelante, a la vida eterna. En la misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él: «Yo estoy crucificado con Cristo —dice san Pablo— y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 19-20). Así pensaba Pablo.
Su sangre, de hecho, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos toma cada vez que caemos víctimas del pecado nuestro o de los demás. Y entonces nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita.
Cristo, en cambio, nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó la muerte la derrota para siempre: «Resucitando destruyó la muerte y nos dio vida nueva». (Oración eucarística iv). La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él trasformó su muerte en un supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la eucaristía, Él quiere comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar como Él nos ha amado, dando la vida.
Si el amor de Cristo está en mí, puedo darme plenamente al otro, en la certeza interior de que si incluso el otro me hiriera, yo no moriría; de otro modo, debería defenderme. Los mártires dieron la vida precisamente por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos verdaderamente libres de darnos sin miedo. Esto es la misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesús; cuando vamos a misa es si como fuéramos al calvario, lo mismo. Pero pensad vosotros: si nosotros en el momento de la misa vamos al calvario —pensemos con imaginación— y sabemos que aquel hombre allí es Jesús. Pero, ¿nos permitiremos charlar, hacer fotografías, hacer espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Nosotros seguramente estaremos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. Cuando entramos en la iglesia para celebrar la misa pensemos esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparecen las charlas, los comentarios y estas cosas que nos alejan de esto tan hermoso que es la misa, el triunfo de Jesús.
Creo que hoy está más claro cómo la Pascua se hace presente y operante cada vez que celebramos la misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la eucaristía nos hace entrar en el misterio pascual de Cristo, regalándonos pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, allí en el calvario. La misa es rehacer el calvario, no es un espectáculo.