¿Comulgar sin participar de la fe y de la vida de la Iglesia?

PREGUNTA: ¿Qué puedo contestar a quien me dice “comulgo porque lo importante es la relación directa con Dios. No soy parte de la Iglesia ni de sus ritos, porque no creo en ella.., pero sí creo en el Dios cristiano”?

En primer lugar -como siempre en el apostolado- tendrás que rezar por esa persona.
Y tratar de explicar las cosas con calma, sin pretender “convencerla”, ya que en las discusiones cada persona se cierra más en su postura, en lugar de abrirse a entender…

Habría que explicarle que una religión supone coherencia con ella. Si yo participara de unos ritos en los que no creo, estaría faltando sinceridad: los ritos de los que participo expresan exteriormente mi adhesión interior a lo que significan. Y además, con ello ofendería a los creyentes, ya que implícitamente les estaría diciendo que no valoro sus creencias.
Se trata de una ofensa a una fe de la que no se participa: una cosa es no tener fe y otra muy distinta simular esa fe buscando no se sabe qué tipo de unión con Dios…
Los cristianos creemos que en el Eucaristía está presente Jesucristo, y que por eso, recibirlo sin las debidas condiciones (la primera de las cuales es la fe) supone un grave sacrilegio.
A quien comulgara sin fe en la Iglesia, le pediría con cariño que no lo haga. Si no cree en la Iglesia, comulgar sería una farsa. Realizaría un gesto de comunión sin la menor comunión… estaría mintiendo.
También tendría que darse cuenta que ofende a Dios: quien creen en la Eucaristía cree que no es un trozo de pan, sino Cristo mismo. Por eso, comulgar sin fe, es una ofensa a Dios. Sería pretender unirme con Él a través de algo en lo que no creo… profanaría el signo de unión en el que no creo.
Si no cree, tendría que mostrar su respeto por la fe que no tiene, no participando de ella.
En cuanto a que lo importante es la relación con Dios, esto eso es obvio. Pero… esa relación tiene un cauce concreto…
Dios quiso hacer nuestra relación con Él más cercana, accesible a nuestra experiencia. Siendo espíritu puro, no tenemos experiencia física de Él: ¿cómo podríamos tener una relación con un Dios con el que no pudiéramos tener contacto?
Por eso se hizo Hombre: para que encontráramos a Dios en Jesucristo.
Y Jesús para eso envío el Espíritu Santo e instituyó la Iglesia: para que el Espíritu actuando en la Iglesia hiciera posible nuestro encuentro con Él.
Sin la Iglesia no podríamos tener a Jesús: la Iglesia nos transmite su palabra en la Sagrada Escritura y nos da su gracia en los sacramentos (que Jesús instituyó y confió a la Iglesia), sobretodo el don más precioso que es la Eucaristía.
Por todo eso tendría que aclararse a sí misma, analizar qué significa cuando dice que cree en el Dios cristiano… sin creer en la Iglesia, ni en sus enseñanzas… Aclararse qué es creer y qué es en concreto lo que cree…
El Dios cristiano es un Dios que se ha revelado… Por eso no es coherente con su concepción querer decidir qué es importante y qué no en la relación con Dios: nosotros no somos Dios…, no decidimos la fe… la recibimos de Él.
Por ser una religión revelada no surge de nosotros, la recibimos de Dios. Esto no lo podemos demostrar matemáticamente… pero lo creemos firmemente. Se puede creer o no creer, aceptarla o no; pero no tiene sentido “usar” ritos en los que no se cree buscando una experiencia de lo divino.
Anuncios

La doctrina y la pastoral de los divorciados vueltos a casar

Para bajar el artículo en Word: La doctrina y la pastoral de los divorciados vueltos a casar

El Papa Francisco ha manifestado en varias ocasiones su preocupación –que es una preocupación de toda la Iglesia- por la situación de los católicos divorciados: en muchos casos se sienten excluidos de la Iglesia, sin lugar en ella. Los ha animado a acercarse, y espera que el próximo Sínodo de la Familia, encuentre soluciones para éste y tantos otros desafíos que la pastoral familiar presenta a la Iglesia.

En efecto, los divorciados son miembros de la Iglesia, de los que la Iglesia como buena madre debe ocuparse también. Sería un grave error confundir el hecho de que, en principio, no puedan comulgar, con que estuvieran excomulgados. Ambas cosas son muy diferentes. Están en plena comunión con la Iglesia.

Por otro lado, sería un reduccionismo enfocar el tema sólo desde la perspectiva de la posibilidad de que puedan recibir el sacramento de la Eucaristía. Nuevas soluciones pastorales para este tema, vendrán en el conjunto de una pastoral familiar general e integrada; y no de la búsqueda de parches puntuales para situaciones concretas.

Hay persona que entusiasmadas, piensan que el Papa cambiará la doctrina católica sobre el matrimonio. En otro campo, hay quienes tienen miedo a que lo haga… Pero si hay una cosa clara es que el Papa no quiere cambiar la doctrina: quiere encontrar soluciones pastorales auténticas para los problemas que plantea la crisis de la familia en el mundo actual.
Siendo que con frecuencia los medios de comunicación opinan sobre el asunto con cierta ligereza y sin fundamento teológico, en este artículo queremos presentar algunas ideas sobre el tema.

Cuando se plantea el tema de la Comunión de los divorciados vueltos a casar (1) , con frecuencia se mezclan varias cuestiones, algunas doctrinales y otras pastorales. Sería interesante una aclaración.

El tema doctrinal que está en la base es simple: para comulgar es necesario estar en gracia de Dios (es decir, tener la conciencia libre de pecados graves). La recuperamos –cuando la hemos perdido– con el sacramento de la penitencia. Y para recibirlo es necesario el propósito de enmienda (intención concreta de esforzarse por evitar los pecados de los que uno se confiesa). 

En otros campos quien comete un pecado mortal, se confiesa, es perdonado y está en condiciones de comulgar. Nadie le exige que garantice que no vuelva a pecar, sino solamente que se esfuerce por no hacerlo.

Quien vive maritalmente con una persona que no es su esposa/o(2) (sea cual sea su situación civil: soltero, casado, viudo, separado o divorciado), vive en un estado que le impide acercarse a la confesión y, por tanto, a la Comunión. Quien quisiera hacerlo debería remover la causa que se lo impide (casarse, si es soltero o viudo; conseguir la nulidad matrimonial, si es casado, y casarse; separarse; comenzar a vivir como hermanos) o al menos esforzarse por hacerlo. De otro modo, no puede recuperar la gracia necesaria para comulgar. Estoy abierto a que el ingenio humano sea capaz de descubrir otros sistemas para hacerlo, pero hoy por hoy no los hemos encontrado.

Quien sin estar casado por la Iglesia vive maritalmente, si quiere comulgar no tiene otra solución que casarse, separarse o vivir como hermanos. Punto. Aquí reside todo el problema.

Quien tuviera un vínculo anterior no puede volver casarse por la Iglesia mientras este vínculo exista. Si el primer matrimonio ha sido válido, a quien quiera comulgar sólo le quedan la segunda y la tercera opción del párrafo anterior porque la confesión perdona los pecados pero no disuelve los vínculos matrimoniales.

Pero hay un problema pastoral bastante complicado: en nuestros días debido a la ignorancia religiosa, a la existencia de visiones alternativas del matrimonio que difieren esencialmente del cristiano, etc., es razonable suponer que haya muchos matrimonios que son nulos. Quienes los contrajeron de hecho no se casaron, porque su matrimonio fue nulo. 

Cuando nos encontramos con matrimonios sospechosos de nulidad, en los que no hay manera de comprobar que lo sean… ¿qué hacer? Porque si el matrimonio fue válido, no hay nada que hacer, ya que el matrimonio es indisoluble. Pero si es nulo y no puede demostrarse…

Cómo saber si un matrimonio es válido o no, es problema difícil. A resolver estos problemas se dedican los tribunales eclesiásticos. Pero no sería razonable poner en duda automáticamente la validez de los matrimonios que sufren una crisis… Se crearía un problema pastoral peligrosísimo: se expondría a las parejas a que ante las dificultades que lleva consigo la vida en común, dieran su matrimonio por nulo… La presunción está por la validez, lo que habría que demostrar es su nulidad.

Siendo algo público no cabe la solución propuesta por algunos de que cada uno vea en conciencia si su matrimonio fue nulo o no. Esto, no sólo atentaría contra la estabilidad del matrimonio, sino que lo haría posible sujeto de una condena de nulidad –unilateral y sin proceso– por parte de alguno de los cónyuges. Además no solucionaría nada, ya que esa persona –aunque estuviera subjetivamente libre del vínculo anterior– para poder comulgar debería casarse por la Iglesia. Para esto, la Iglesia tendría que dar a ese juicio de conciencia validez legal, cosa que parece ser contraria al derecho: una cosa es el fuero interno y otra el fuero externo, una cosa es la conciencia y otra los juicios canónicos y la validez de los sacramentos. El matrimonio tiene una dimensión pública.

Recientemente un artículo publicado en el diario La Nación planteó que nos encontramos en una encrucijada entre la doctrina y la pastoral. Como si la doctrina impidiera la pastoral. Pero esto no es cierto. La pastoral es la forma de llevar a la práctica la doctrina. La doctrina no es un corsé que impide la vida, sino la explicación de la vida cristiana. No tendría sentido plantear una pastoral que negara la doctrina.

Un error frecuente es presentar la cuestión en términos antagónicos, como si la misericordia llevara en una dirección y la justicia en otra diferente. Es necesario tener en cuenta todas las circunstancias, para no caer en una falsa disyuntiva: comunión o excomunión, pues no es real. Misericordia y justicia.

La misericordia no se opone a la justicia. No tendría sentido faltar a la misericordia en nombre de la justicia, ni en nombre de la misericordia, faltar a la justicia. Un justicia inmisericorde y una misericordia injusta son inmorales. Ambas atentan contra la caridad y la justicia.

La preocupación por los divorciados, que rezan, quieren formar cristianamente a sus hijos y sufren la no recepción de la Comunión, etc., necesita una pastoral concreta (obviamente los divorciados que viven al margen de la Iglesia no tienen ninguna intención de comulgar, su interés en el tema podría venir a lo sumo del deseo de que la Iglesia apruebe su opción de vida).

Los divorciados tienen lugar y un papel en la Iglesia, aún aquellos que no puedan recibir la comunión. Como todos pueden y deben rezar, asistir a Misa, educar cristianamente a sus hijos, participar en grupos de oración, de formación, de ayuda social, catequesis, etc. La comunión es importante, pero no es la única forma de participar de la vida de la Iglesia.

Al ocuparnos de los divorciados, debemos hacerlo en el contexto de todos los fieles y de la realidad de la situación de cada uno. No podemos olvidar, por ejemplo, a los tantísimos cónyuges que, una vez separados en su matrimonio, han permanecido fieles al vínculo conyugal. A nadie se le ocurriría decir que han sido víctimas de la doctrina, ni que deberían buscar alguien con quien rehacer su vida.

Defender la indisolubilidad del matrimonio y buscar el acercamiento de los divorciados a la Iglesia no son cuestiones alternativas, sino ambas exigencias de la misión de la Iglesia.

Pienso que una época de crisis familiar es muy importante ayudar a entender la indisolubilidad matrimonial, y ayudar a vivir la fidelidad. Y que la necesaria misericordia para con los divorciados vueltos a casar, no contradiga la misericordia con los separados fieles al vínculo, ni socave la estabilidad de los matrimonios en crisis. Y que la promoción de la estabilidad matrimonial no signifique la exclusión de los divorciados. Este es uno de los desafíos que tendrá en próximo Sínodo.

Algunos medios pretenden transmitir el mensaje de que la Iglesia va hacia aprobación del divorcio o a –lo que es lo mismo– abrir el acceso a la comunión a todos los divorciados. Esto, además de no ser cierto, da lugar a un problema muy serio, y no sólo porque crea falsas expectativas. No hay soluciones mágicas para la cuestión.

Cuidemos de no simplificar cuestiones tan complejas. La Iglesia busca una pastoral hacia los divorciados que esté en perfecta sintonía con su pastoral matrimonial general, en la que se pide –y se exige– el esfuerzo para sacar adelante el propio matrimonio. Si consideráramos el divorcio superficialmente ¿con qué cara le vamos a pedir a los casados que cuiden su matrimonio?

Quien buscara soluciones pastorales que negaran la doctrina, estaría creando nuevos grandes problemas pastorales. En nombre de la misericordia con los divorciados vueltos a casar, agravaríamos el terremoto que sufre la familia en nuestros días.

El gran desafío pastoral que tenemos no reside en conseguir dar la comunión a los divorciados a cualquier precio (bendito sean los casos que se pueda resolver, ya sea por vía de una nulidad auténtica o por vía de abstención de vida marital), sino que es triple: cómo ayudar a que los jóvenes quieran casarse y se casen con las debidas disposiciones –que sus matrimonios sean válidos–; a que los matrimonios duren toda la vida; y el acercamiento a Dios de los divorciados, acercamiento que para cada persona supone un camino que toca a cada uno recorrer.

P. Eduardo Volpacchio

(1) Los divorciados que no han formado una nueva pareja no tienen ningún problema para comulgar (deben cumplir las mismas condiciones que los demás fieles).
(2) Se sobrentiende que nos referimos a su esposa/o en un matrimonio canónico (lo que comúnmente se llama “casados por la Iglesia”).

La Eucaristía: alimentarse de Cristo

Respuestas rápidas sobre la Comunión eucarística

Artículo de preguntas y respuestas publicado en la Revista Misión, pp. 50-51

“Quien comulga tiene dentro de sí a Jesús, tanto como María lo tuvo durante los nueve meses del embarazo”.
Así de grande es el sacramento de la Eucaristía, que nos permite nutrirnos de Cristo y degustar el Cielo en la Tierra.
Si nuestro cuerpo va a ser morada del mismo Jesús, 
¿hay algo que podamos hacer para recibirlo mejor?

¿No es una locura pensar que en un trozo de pan está el mismo Cristo?

Es cierto, es una locura. Solo Dios pudo haber pensado y hecho algo tan grande. Pero desde el punto de vista del amor, es muy razonable. Cuando una madre tiene a su bebe en brazos, llena de amor, lo abraza y, como le parece poco besarlo, le dice: “te comería”. Es lo que Dios hace: hace posible que lo comamos. Y, para ello, eligió un alimento humilde, sencillo y al alcance de todos.

¿De qué modo está presente Cristo en el pan y en el vino?

La Eucaristía esconde a Jesús. Todo Jesús está presente detrás de la apariencia de pan. Quien comulga tiene dentro de sí a Jesús, tan real y físicamente como María lo tuvo durante los nueve meses del embarazo. Obviamente, de un modo distinto: escondido tras las figuras del pan y el vino.

¿Para qué comer la hostia consagrada en lugar de simplemente venerarla?

Porque Cristo se quedó precisamente para que lo comamos; si no, hubiera elegido otro modo de quedarse. Cuando lo instituye, dice “tomad y comed”, no “tomad y venerad”… ¡Se quedó para alimentarnos! No solo para adorarle… El sentido radical de la Eucaristía es comida. Lo comprobamos al repasar el capítulo 6 del Evangelio de Juan: comienza con la multiplicación de los panes (con las que se sacia el hambre material), pasa a hablar del mana (el pan del Cielo, con el que Dios alimentaba todos los días al pueblo en el desierto) y es en ese contexto en el que Jesús promete la Eucaristía (el pan de la vida eterna: su mismo ser).

¿Qué nos aporta comulgar?

Todo. Diviniza nuestra vida. Nos aporta lo esencial, aquello que engrandece nuestra vida y la hace eterna: la vida de Cristo, la vida eterna, vivir en Dios. Y para que nuestra unión a Él sea plena, se nos da como alimento. Para santificarnos, purificarnos, divinizarnos, fortalecernos, hacernos crecer, llenar nuestra vida de El mismo… Lo más grande que podemos hacer en nuestra vida es alimentarnos con Cristo, hacernos una “cosa” con El.

¿Qué efectos puede tener en nuestra vida comulgar con asiduidad?

Todos los beneficios que alimentarse produce en el cuerpo, los produce la Eucaristía a todos los niveles, en cuerpo y alma. No es un alimento solamente espiritual: ¡nos comemos su cuerpo y nos bebemos su sangre! En nuestra existencia corpórea no basta con comer una vez, necesitamos alimentarnos con frecuencia y, gracias a la comida, tenemos energía… El fin de la vida cristiana es cristificarnos, identificarnos con El. Y, para ello, necesitamos una fuerza divina que nos transforme: esa fuerza nos la brinda la Eucaristía.

Al recibirlo con frecuencia, ¿no podríamos trivializar la grandeza del acto?

Hemos de estar atentos para que la facilidad con que se nos entrega no nos haga perder conciencia de la grandeza del don. Sería triste acostumbrarnos a comulgar y hacerlo como si no fuera algo especial. La solución para desearlo más no es espaciar en el tiempo las comuniones, sino evitar el peligro de la rutina. Y el gran remedio para la rutina es la oración: cuando meditamos en la grandeza de la Eucaristía nos enamoramos del amor que Dios nos tiene. El tesoro es tan grande –es Dios– que nunca acabaremos de abarcarlo.

¿Debemos comulgar aunque nos sintamos indignos de recibir a Cristo?

Hay personas que dejan de comulgar porque se sienten indignas… Pero, por más indignos que nos sintamos, conviene que comulguemos si cumplimos con las dos condiciones básicas para recibir la comunión: estar en gracia y guardar una hora de ayuno.

¿Por qué hay que guardar ayuno?

Es una forma de garantizar la delicadeza con nuestro Dios. Si vamos a recibirlo, privarnos de alimentos y bebidas (menos de agua y de medicamentos, los cuales no rompen este ayuno) una hora antes de comulgar es una manera de prepararnos para algo tan grande. Esta condición no se les exige a las personas mayores ni a los enfermos.

¿Qué es el estado de gracia?

La gracia es una participación de la vida divina. Nos introduce en la vida de la Trinidad, ya que nos hace participar de la filiación del Hijo: hijos de Dios Padre, en el Hijo, por la acción del Espíritu Santo. La recibimos en el Bautismo y la perdemos cuando cometemos un pecado mortal. Si la perdemos, la recuperamos en el Sacramento de la Penitencia.

¿Y si se comulga en pecado mortal?

Se comete un sacrilegio, que es pecado grave por el mal uso de lo sagrado. Dejar de comulgar no es pecado; hacerlo indignamente, sí. Por esto, si uno duda si está en pecado mortal, siempre es mejor no comulgar; salvo en el caso de los escrupulosos, que son aquellos que creen estar en pecado mortal, sin estarlo.

Por tanto, ¿no es obligatorio comulgar cada vez que asistimos a misa?

Durante la misa, solo es obligatoria la comunión del sacerdote. Los fieles no tienen esta obligación, pero es muy conveniente comulgar cuando participamos en esta gran celebración. Eso sí, si uno no está en gracia o no cumple con el tiempo de ayuno, no debe comulgar. Los católicos que tienen uso de razón tienen la obligación de comulgar al menos una vez al año, en Pascua.

¿Y para qué nos sirve ir a misa si no podemos comulgar?

La misa es el centro de nuestra vida. En ella nos unimos a la ofrenda de Cristo, al Padre, y así esta recibe un valor de eternidad. Esto no es por la comunión, sino por la participación en la misa. Y, en muchísimos casos, la solución es sencilla: buscar un sacerdote para confesarse.

Si no estamos seguros de sí podemos comulgar, ¿qué debemos hacer?

Si esa duda tiene fundamento (“dudo si un pecado que cometí es grave”) hay que dejar de comulgar. Es mejor no comulgar que cometer un sacrilegio. Si la duda no tiene fundamento (“dudo de que, a lo mejor, podría tener un pecado grave”), hay que despreciar la duda y comulgar.

¿Comulgar sin confesarse?

¿Se puede recuperar el estado de gracia antes de confesarse?  

Si, haciendo un acto de perfecta contrición, con el propósito de confesar tan pronto como sea posible.

¿Puedo comulgar si hago un acto de contrición perfecta?  

Para comulgar se debe estar en estado de gracia: esto no tiene excepción. Como un acto de contrición perfecta devuelve la gracia, en tal caso se cumpliría con dicha condición.

¿Cómo sé que mi acto de contrición ha sido perfecto?  

Para custodiar la Eucaristía y evitar sacrilegios, la Iglesia prescribe que quien tenga conciencia de haber cometido un pecado grave no comulgue sin haberse confesado antes.

¿Hay alguna excepción que permita comulgar sin haberse confesado?  

Los preceptos de la Iglesia no obligan cuando existe una dificultad grave en su cumplimiento. Cuando una persona no puede confesarse y debe comulgar (algo poco frecuente), podría lícitamente comulgar haciendo antes un acto de contrición perfecto. Es el caso, por ejemplo, de un sacerdote que ha cometido un pecado grave y, no teniendo con quien confesarse, debe celebrar misa (ya que no puede celebrarla sin comulgar). En el caso de los laicos no parece que esto se dé, salvo en casos muy extraordinarios.

¿Preparar para la Primera Comunión a un nieto aunque sus padres no practiquen la fe?

Tengo un nieto de nueve años. Por un cambio de colegio no tomó la Primera Comunión con sus compañeros. Los padres -mi hija y mi yerno- rezan algo, pero no van a Misa  los domingos. Puedo prepar a mi nieto para hacer su primera Confesión y Comunión, pero  para la continuidad y perseverancia dependerá de sus padres … con lo que no veo posible que vaya a ir a Misa. Por otro lado, cuando le propuse enseñarle el catecismo no le vio ningún sentido aprenderlo, no mostró ningún interés. ¿Qué hago? ¿Insisto en prepararlo o dejo que la tome más adelante?

Es muy importante que todo bautizado haga la Comunión aunque no encuentre apoyo en sus padres y sea previsible que después no continuará asistiendo a Misa los domingos. Y no retrasarla para más adelante.

Los sacramentos de la iniciación cristiana -es decir, los que “equipan” al cristiano- son el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Y los tres son necesarios. 

Recibir la Eucaristía es muy importante: incluso en el caso de una persona que no fuera a practicar la fe por el motivo que sea: quien se ha alimentado con el Cuerpo de Cristo aunque sea una sola vez, está en muchísimas mejores condiciones espirituales que quien nunca lo ha recibido. Recibirlo dignamente nos diviniza.

Jesús dijo: “dejen que los niños vengan a Mí”. Hemos de procurar que ningún chico bautizado se vea privado de la Eucaristía por ignorancia o dejadez de sus padres (obviamente siempre que sus padres no se opongan a que lo haga). La fe nos hace confiar que la gracia divina actúa mucho más de lo que vemos exteriormente.

Además hay un motivo práctico muy importante: si un chico hace la Comunión y después no continúa con la práctica religiosa, en el futuro el día que quiera retomar la vida de fe (hasta para comulgar el día de su casamiento), para dar el paso, sólo tendrá que confesarse. Mientras que si no la hace ahora, el día que tenga la inquietud de acercarse a Dios, le será mucho más costoso: deberá comenzar a prepararse para recibir la Primera Comunión, con lo que supone no sólo de asistencia a clases, sino también de vergüenza, etc. 

Por otro lado, en la estima común de la gente, quien ha hecho la Comunión, se considera a sí mismo católico; mientras que quien lo la ha hecho, no sabe bien qué es… No alcanza a tener una identidad cristiana como propia. 

De manera, que te animo a que -si no es posible que asista a la Catequesis de la Parroquia-, lo prepares vos mismo para la Confesión y la Comunión. Será fácil ilusionarlo con recibir a Jesús, ya que para todos nosotros el día de la Primera Comunión es de los días más importantes y recordados de la vida. Incluso puedes buscar algún otro alumno para que no reciba las clases solo (siempre hay chicos que han quedado fuera del “sistema” por algún motivo). Y sin perder la seriedad necesaria para el estudio, es bueno dar un tono de fiesta a las clases: que antes o después tengan algún juego, que tenga algún premio cuando ha estudiado, ver algún video religioso de vez en cuando, etc.

Los abuelos son grandes transmisores de la fe. Dios cuenta con ellos para la educación cristiana de sus nietos.

Mi novio comulga sin confesarse, ¿cómo le explico que hace mal?

Me preocupa que mi novio comulgue a pesar de estar en pecado mortal.
Él se justifica diciendo que a él le enseñaron diferente.
Le expliqué que antes tiene que confesarse, pero no logro convencerlo.

Quisiera preguntarle:
¿Qué es un sacrilegio? ¿Qué le pasa a la Eucaristía en cuerpo de un alma en pecado mortal? ¿Qué le pasa a un alma cuando comete un sacrilegio?

¿Cómo puedo convencerlo de que se confiese, de que únicamente con el Sacerdote recibes la absolución y nosotros no podemos perdonarnos a nosotros mismos?
Muchos dicen que no quieren decirle sus pecados a un sacerdote y que ellos piden perdón por su cuenta.

Primero te diría que reces por él -yo lo hago mientras te respondo-, ya que la gracia le vendrá de Dios y no de nuestras explicaciones (con las que Dios también cuenta para ayudarlo a vivir mejor, y que la oración convierte en parte de la gracia que le concede).

Quien se recibe la Comunión en pecado, la recibe indignamente. De esta manera comete un pecado mortal llamado “sacrilegio”: el uso de indigno de algo sagrado.

Recibiendo así la Eucaristía no sólo no se recibe ninguna gracia (es decir, no se gana nada), sino que se comente un pecado grave. De  manera que es muchísimo mejor no comulgar que hacerlo en pecado (como no es obligación hacerlo,  quien no comulga no comete ningún pecado). Si tu novio no quiere confesarse, que no comulgue. Si quiere comulgar que haga una comunión espiritual: una manera de recibirlo al Señor espiritualmente, sin cometer ningún pecado.

Tendrías que ayudar a tu novio a entender tres cuestiones que están en la base de su error práctico de comulgar sin confesarse estando en pecado:

1) La fe no depende de sacerdotes o catequistas.

No importa quien nos dijo una cosa u otra: la cuestión no depende de que si el P. Fulanito le dio permiso para comulgar sin confesarse o le dijo que no hacía falta hacerlo; o que si a vos el P. Menganito te dijo lo contrario. La cuestión es qué dice la Iglesia, ya que el P. Fulanito o Menganito pueden ser más o menos fieles a su enseñanza, y lo importante es ser fieles a la Iglesia, no al un sacerdote particular que puede equivocarse o incluso ser rebelde a las enseñanzas magisteriales.

La materia de los sacramentos no la establecemos nosotros, sino que fueron instituidos por Jesucristo. La Iglesia para garantizar la licitud y el respeto de los mismos, además de recoger lo que estableció Jesús, puso una serie de ritos y condiciones. Y nos interesa mucho ser fieles.

Te aconsejaría no entrar en discusiones eternas sobre quien tiene razón, porque en el fondo será tu palabra contra la suya. El mejor camino no es el de mostrarle que vos tenés razón y él está equivocado (aquí la soberbia juega en contra de la verdad).

Lo mejor es sencillamente decir: ¿qué nos diría el Papa si le preguntáramos? Eso es lo que nos interesa. Y la respuesta la encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica.

2) Sobre la confesión y la comunión.

La Comunión es un sacramento de vivos; es decir, es necesario estar en gracia de Dios para recibirlo lícitamente. En caso contrario se comente un pecado. Es realmente triste ofender a Dios precisamente cuando se desea unirse a El. No es nada razonable: si quiero recibirlo, buscaré cómo quiere que lo reciba. No tiene sentido cometer un pecado comulgando.

Te paso el link de un artículo que explica cuándo y por qué es necesario confesarse para comulgar: ¿comulgar sin confesarse?

3) En la base de todo el problema está que le cuesta confesarse.

Y por eso no acaba de entender el sacramento de la confesión, medio ordinario para el perdón de los pecados. Un sacramento maravilloso, que como todos los sacramentos requiere un ministro que nos lo administre (la única excepción es el matrimonio: los contrayentes son los ministros, el sacerdote es un testigo cualificado de la entrega mutua expresada en el consentimiento que realiza el matrimonio).

Encontrarás una explicación detallada en el siguiente artículo: por qué tenemos que confesarnos con un sacerdote

¿Ayuno después de comulgar?

Soy profesora y doy clases de religión a niñas de 9 y 10 años. Leí con mucho interés su columna sobre el ayuno antes de comulgar.

He oído de otras profesoras, que es necesario hacer un tiempo de ayuno (10 minutos) después de comulgar. Me preocupa porque mis alumnas tienen una liturgia de comunión, antes de su recreo y apenas salen de la capilla comen su colación o van a almorzar. ¿Es correcto hacer esto o convendría cambiar la hora de comunión para que las niñas reciban el cuerpo de Cristo con el mayor respeto posible?

Como bien apuntás, hay un precepto de ayunar una hora antes de comulgar, pero no lo hay para después.

Ahora bien, lo importante es con la reverencia con la Eucaristía, y el aprovechamiento que hagamos de la Comunión: sacarle el jugo al maravilloso rato en que nos convertimos en auténticos templos de Dios, ya que Jesús está físicamente unido a nosotros: para adorar, llenar de amor, llenarnos de su amor, pedir (nunca Dios Padre nos mira mejor, que cuando ve a Cristo en nosotros), reparar, identificarnos con El, purificarnos con su presencia, y un largo etcétera. Son momentos sublimes.

¿Cuánto tiempo está Jesús físicamente en nosotros?

La Teología nos enseña que la presencia de Jesús en la hostia dura mientras se conservan las especies sacramentales. De manera que si el vino se avinagra, deja es estar el Señor presente en el cáliz; y lo mismo sucede cuando la hostia se descompone.

Esto ocurre cuando comulgamos: la presencia física de Jesús en nosotros dura lo que duran las especies sacramentales, y no solamente el tiempo en que tenemos la hostia en nuestra boca.

Te aclaro un término teológico:  llamamos especies sacramentales a la apariencia de pan; ya que como sabemos después de la consagración ya no es pan: donde había pan, está Cristo; pero queda la apariencia de pan. Bueno, cuando esta apariencia se desvanece, cesa la presencia eucarística de Cristo. Lo mismo ocurre en la especie de vino.

Por eso, siempre se ha recomendado, permanecer piadosamente rezando un rato después de comulgar. Se suele estimar que esa presencia dura en nosotros unos diez minutos.

Por tanto, tu preocupación es muy buena: sería bueno ayudar a esas chicas a vivir con mucho amor ese rato en que Jesús nos pertenece de modo tan especial, a ser muy buenos anfitriones de su visita. Y para ello rezar y no salir inmediatamente de comulgar, distraídamente a comer un caramelo o un sándwich teniéndolo a Jesús con nosotros.