Amor conyugal y apertura a la vida

Amor conyugal y apertura a la vida

(Charla dada por Zoom, desde el CUP, Córdoba, Argentina, el 27 de agosto de 2020).

Vamos a hablar de la antropología del acto conyugal, ese acto específico en el que los esposos corporalmente expresan y sellan esa unidad existencial que han realizado en el matrimonio.

Comenzaremos con tres cuestiones previas, para enmarcar la cuestión.

El particular modo de aproximar las cuestiones morales, para progresar en su entendimiento, unas premisas que damos por supuestas y el progresivo vaciamiento de la sexualidad que se ha realizado en un poco más de medio siglo.

Cómo progresar en la comprensión de las cuestiones morales

En primer lugar hace falta buenas disposiciones morales. Si no las tengo (si no estoy dispuesto a vivir aquello) es muy difícil que lo entienda. Porque no es como las matemáticas, en las que 2+2=4 no tiene implicancias existenciales. Las cuestiones morales, sí. Por ejemplo: quien es egoísta tiene serias dificultades para entender la justicia, porque siempre pensará que le corresponde más de lo que en realidad le corresponde: no entenderá qué es lo justo, porque su mirada carece de imparcialidad.

Peleas por herencias familiares. Con frecuencia, alguno trata de sacar una tajada más grande… incluso convencido de que lo merece, que los demás le están haciendo la guita (como dicen los tucumanos). O esos jueces coimeros que piensan que es justo que les den una gratificación. Porque no es justo que los abogados se lleven suculentos honorarios, cuando es él quien hace gran parte del trabajo…

Una segunda idea, es que en las cuestiones morales se avanza en su entendimiento de forma de espiral: dando vueltas a los asuntos, mirándolos desde distintas perspectivas, me voy acercando. Hace falta tiempo, leer…

En un mundo supererotizado, no pretendo que con esta charla, agotar sus inquietudes sobre el tema. Sí ayudarlos a da un paso racional hacia el entendimiento de la relación entre el amor conyugal y la apertura a la vida.

Lo que diremos no es cuestión cumplir de reglas. Son exigencias antropológicas de la persona humana. Lo que la realidad exige para recorrer el camino de la plenitud y la felicidad. Procede de la razón –que es capaz de discernir el bien y el mal en la conducta–. En esta tarea se ve ayudada por la revelación divina y por el Magisterio de la Iglesia, que es su intérprete auténtico.

Cuatro premisas para encarar este tema:

  • La unidad corpóreo espiritual que es el ser humano, que hace que el cuerpo sea expresión de toda la persona. Esto lleva consigo que haya un lenguaje del cuerpo, y que por tanto haya verdad o falsedad en sus expresiones. Sonrisa, si/no, saludo… si te abrazo para robarte la billetera, estoy traicionando el abrazo, lo prostituyo.
  • La naturaleza sexuada del ser humano. No existe en neutro: dos modalidades: mujer y varón. En todo el ser: cuerpo –hasta la última célula–, psicología, afectividad, cerebro, forma de pensar… Complementariedad que permite llegar a ser una sola cosa, una carne…
  • El amor total que supone el matrimonio. Cuerpo, alma, presente y futuro, dinero… Implica: exclusivo, definitivo, para siempre…
  • El sentido de la sexualidad como vehículo corporal del amor. El amo ser expresa sexualmente a través de la feminidad y la masculinidad.

El progresivo vaciamiento de la sexualidad

En los últimos 60 años ha habido cuatro divorcios fatales para el sexo. Lo han ido vaciando de contenido, robándole lo más valioso… hasta dejar solo el placer.

1º se lo separó de la procreación (anticoncepción)

2º se lo separó del matrimonio: no hace falta estar casados: prematrimonial, “pareja”.

3º se lo separó del amor: amor libre, amigos con derechos, actividad lúdica: juntos pero no unidos.

4º se lo separó de la corporeidad (de la biología), autopercepción. Todos con todos…

Así se lo fue empobreciendo, vaciando de significado, de valor, despersonalizando, deshumanizando, instrumentalizando. Sólo resta compadecerse: ¡pobre sexo!

De algo sagrado pasó a ser algo tan banal que no es nada. La persona es la que pierde…

EL AMOR ES FECUNDO

Por definición el amor conyugal está abierto a la vida.

Francisco le dedica el 5º capítulo en Amoris laetitia. Veamos los tres primeros números.

Capítulo quinto. AMOR QUE SE VUELVE FECUNDO

165. El amor siempre da vida. Por eso, el amor conyugal «no se agota dentro de la pareja […] Los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre» (JPII; FC 14).

Uno dice: ¡Wow!

Los hijos están en el amor de sus padres, antes de ser concebidos.

Acoger una nueva vida

166. La familia es el ámbito no sólo de la generación sino de la acogida de la vida que llega como regalo de Dios. Cada nueva vida «nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, que jamás deja de sorprendernos. Es la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen» (Catequesis 11.2.15). Esto nos refleja el primado del amor de Dios que siempre toma la iniciativa, porque los hijos «son amados antes de haber hecho algo para merecerlo» (Id).

Y ya enseguida el Papa entra en la mentalidad antivida, con una descripción que hace patente la crueldad y egoísmo que lleva consigo.

Sin embargo, «numerosos niños desde el inicio son rechazados, abandonados, les roban su infancia y su futuro. Alguno se atreve a decir, casi para justificarse, que fue un error hacer que vinieran al mundo. ¡Esto es vergonzoso! […] ¿Qué hacemos con las solemnes declaraciones de los derechos humanos o de los derechos del niño, si luego castigamos a los niños por los errores de los adultos?» (Catequesis 8.4.15). Si un niño llega al mundo en circunstancias no deseadas, los padres, u otros miembros de la familia, deben hacer todo lo posible por aceptarlo como don de Dios y por asumir la responsabilidad de acogerlo con apertura y cariño. Porque «cuando se trata de los niños que vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será considerado demasiado costoso o demasiado grande, con tal de evitar que un niño piense que es un error, que no vale nada y que ha sido abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres» (Ibid).

Tema central: la cooperación de los padres y Dios en la generación de nuevos seres humanos.

Un paréntesis antes: en los seres humanos hablamos de procreación y no de reproducción como en los animales. Porque Dios participa del asunto, creando el alma personal.

El don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de la vida eterna.

Contexto existencial de los hijos: toda la eternidad. Tema central: ¿para qué tienen hijos? Dar la existencia a personas para que sean felices por toda la eternidad. No cabe mayor generosidad…

Yo no puedo hacer eso: yo ayudo a llegar al cielo a seres que ya existen…

Una mirada serena hacia el cumplimiento último de la persona humana, hará a los padres todavía más conscientes del precioso don que les ha sido confiado. En efecto, a ellos les ha concedido Dios elegir el nombre con el que él llamará cada uno de sus hijos por toda la eternidad.

Por eso no tiene sentido, pensar solo en coordenadas económicas, sociales… terrenales en última instancia.

Y termina la introducción al capítulo, con una referencia a las familias numerosas.

167. Las familias numerosas son una alegría para la Iglesia. En ellas, el amor expresa su fecundidad generosa. Esto no implica olvidar una sana advertencia de san Juan Pablo II, cuando explicaba que la paternidad responsable no es «procreación ilimitada o falta de conciencia de lo que implica educar a los hijos, sino más bien la facultad que los esposos tienen de usar su libertad inviolable de modo sabio y responsable, teniendo en cuenta tanto las realidades sociales y demográficas, como su propia situación y sus deseos legítimos» (JPII).”

¿Cuántos hijos debe tener un matrimonio?

Es un tema que deben resolver con Dios. Con generosidad y responsabilidad.

Ni cuantos más, mejor. Ni cuantos menos, mejor.

Depende de los hijos que estén en condiciones de sacar adelante. Tantas variables: salud física, psíquica. Carácter, energía. Condiciones materiales: casa, dinero…; laborales. Capacidad de educar…

Prudencia y generosidad: las dos cosas. No querer tenerlo todo bajo control.

* * * * *

Lo que sigue a continuación está inspirado/ tomado/ sintetizado… del Cap. 9 “La consumación del amor”, del libro “El destino del eros. Perspectivas de moral sexual”, de José Noriega, Ed. Palabra, Madrid 2005, pp. 234-259

Tratar de entender la conexión entre el amor conyugal y la apertura a la vida.

¿Qué sentido tiene el acto conyugal?

Preguntar por el significado de algo quiere decir preguntar por su valor, su sentido dentro de la vida de la persona, por su razón de ser;

El acto conyugal realiza, consuma, significa la entrega de vida de los cónyuges. Corporalmente expresan la unión total de sus vidas. Es sacramento de su unión existencial. Por eso se lo llama conyugal. Por eso ese mismo acto sin conyugalidad, sin estar casados, es una mentira, un engaño, una traición, porque expresa algo que no existe. La unión de vidas, total y exclusiva, definitiva, se realiza en el matrimonio. Y el acto conyugal lo expresa corporalmente.

De manera semejante, se miente cuando se priva al acto conyugal de un significado esencial. Cuando voluntariamente se lo hace infecundo, se esteriliza el amor. Se da un signo de entrega total, que no es verdadero, porque se están reservando, están rechazando, algo de esa entrega.

Es un acto antropológicamente viciado, falso. Contradice el lenguaje del cuerpo.

¿Cuál es el significado del acto conyugal? Los esposos obviamente no teorizan para hacerlo, simplemente se entregan.

Movidos por el deseo, se entregan mutuamente, sin reflexionar. Pero esa espontaneidad que supone el dinamismo sexual no implica que lo realicen sin sentido.

Y esto se hace evidente por dos hechos precisos: en primer lugar, solamente siguen ese deseo con una persona, su cónyuge, único e insustituible, por lo que esa acción es vivida con una exclusividad única. Y en segundo lugar, porque, al seguir ese deseo, ambos son conscientes de que puede venir un tercero, el hijo. No es una acción, por lo tanto, cuyo misterio escape totalmente a nuestra comprensión.

Es una acción llena de misterio. Porque hay algo demasiado grande detrás. La sexualidad es un mundo, porque alcanza hasta lo más íntimo de la persona. Por eso promete tanto, porque se intuye detrás algo que supone plenitud.

¿Qué hay detrás del deseo?

El deseo de entregarse, de cercanía, de unirse, de un modo muy peculiar –sexual– en una unión que conlleva una función procreativa.

El significado, es el valor que perfecciona a la persona. El sentido no viene de la acción física, sino de las personas que la realizan, a las que expresa íntimamente.

La comunión reclama que las personas sean acogidas como persona, no por placer. No es una mera acción que genera placer: expresa unión, amor, lo realiza corporalmente. Una unión particular (exclusiva, total, definitiva), que potencialmente los puede hacer padres.

Básicamente dos significados.

Significado unitivo.

El acto conyugal tiene un significado porque implica su libertad y su corporeidad: el cuerpo que es expresión de la persona y que por tanto tiene un lenguaje, se transmiten algo. En el encuentro de los cuerpos se encuentran las personas y su amor.

La dignidad humana no acepta –demasiado pobre– que la entrega de los cuerpos tenga solo el sentido de experiencia de placer: si solo fuera eso, instrumentalizaría al otro.

La mutua entrega de los cuerpos es expresión y actualización de la voluntad mutua de donación, por lo que es capaz de unir a sus protagonistas: no solamente sus cuerpos, sino también sus afectos, sus libertades, sus personas, sus vidas. La persona toda ella se da. Y dándose acoge al otro. Este mutuo darse y recibirse en la sexualidad abre el espacio de la intimidad al mutuo encuentro, a la presencia real y concreta de ambos, a la compañía recíproca, al aprecio mutuo.

Dos paréntesis

Los animo a profundizar en la riqueza de contenido del acto conyugal, para que de hecho lo realicen en su vida. Para evitar que la rutina, el egoísmo, la superficialidad, empobrezcan su amor.

Es un desafío: cultivar el amor de verdad.

En una cultura hedonista, que en la sexualidad sólo ve placer, descubrir la grandeza del misterio que viven, y entonces el mismo placer se identificará con el amor y no será algo al margen del mismo…

Para que sea real, es necesaria la virtud de la castidad. No nos da el tiempo: pero la castidad es la integración de la sexualidad en la unidad de la persona. Es decir, la sexualidad integrada, expresa a la persona. Cuando falta la castidad, la sexualidad se desconecta de lo espiritual, se convierte en una cabra loca que corre por el monte en busca de cualquier placer…

Seguimos…

Este significado de la unión conyugal se apoya en la función sexual de acoplamiento sexual mutuo, pero no se reduce a ella, ya que le ofrece una plenitud que la mera funcionalidad sexual no es capaz de producir: la unión de las personas. Y porque es una plenitud, adquiere de ella su significado.

Consuma, resume, concentra toda la unión personal.

Tenemos así la posibilidad de situar esta acción concreta dentro de la globalidad de la vida y entender su valor, su finalización. La unión de los esposos que este acto actualiza y favorece no es su única plenitud. Más aún, para que lo sea, aparece un nuevo significado, la capacidad de ser padres que viene a integrarse no como algo extrínseco, sino como algo que pertenece a la misma unión de ambos, ya que esta unión no es de total complementariedad, sino que implica una cierta asimetría que solo el hijo puede llenar.

La capacidad de ser padres no es algo desligado de esta unión. No es una cuestión meramente biológica… es algo personalísimo.

Es más, ser una carne, ser una sola realidad, en sentido pleno lo son como único principio generativo. En el ser padres, se hacen uno: en cada hijo están los dos… Cuando se separan… es una ficción… porque en los hijos no pueden separar lo que es de cada uno…

Es significado procreativo.

La  comunión de los esposos, por implicar la totalidad de la persona, les hace capaces de transmitir la vida, porque dicha unión implica la función sexual, que incluye la función reproductiva. Son capaces de transmitir la vida. No se trata de que si de hecho la transmiten o no, lo cual depende de muchas cosas.

El hecho es que es una acción capaz de generar a una persona.

Entregarse sexualmente implica, entonces, donar la capacidad de convertirse en padre o madre en virtud de lo que se está haciendo. Esta potencialidad de generar vida que se expresa en el significado procreativo se constituye como un verdadero bien inmanente de la misma acción de los esposos. El que los esposos, uniéndose, estén abiertos a generar una vida indica la plenitud de su amor. Hablamos de «capacidad», porque el hecho de que el hijo venga no dependerá de la sola donación. Solamente un número reducido de uniones entre los esposos es fecunda, pero en todo acto está presente esta fecundidad en esta apertura.

Dios interviene, creando el alma. La acción de los esposos adquiere la forma de una colaboración con Dios creador, asumiendo el significado procreativo

Así los esposos participan de una cualidad singular del amor de Dios: porque Dios ha amado cada persona antes que existiera como alguien digno de existir y ser amado por sí mismo, y ha sido ese amor el que le ha movido a creamos. El amor de los esposos es también así, porque cada persona ha sido amada por sus padres antes de que fuese engendrada. Ella es el fruto de un amor que se dirige, en primer lugar, al cónyuge, pero que, dirigiéndose a él, incluye en sí la posibilidad de acoger un nuevo don del amor. El hijo es así amado también como alguien digno de existir por sí mismo, y no en función de los propios deseos a satisfacer o ulteriores utilidades.

La mutua donación se convierte así en el templo santo donde Dios celebra su liturgia creadora, generando una persona como alguien que es amado por sí mismo.

Por eso el hijo es un don. Engendrar un ser humano es un acto humano, no una consecuencia biológica de un acto humano.

Esta apertura a la fecundidad es necesaria para su amor, no es independiente de él, ni puede ser separado de él.

¡Hace que ese amor no se cierre en ellos mismos!

Por ello, esta dimensión procreativa incluye en sí misma también la dimensión educativa, que se radica, por lo tanto, en el mutuo amor de los esposos, en su mutua entrega.

La unión conyugal incluye en sí el significado de la transmisión de la vida que es posible por el don que Dios hace al amor esponsal.

Por eso protege de egoísmos: porque un egoísmo hacia el posible hijo, no puede no ser también egoísmo entre ellos. La apertura a la vida implica y realiza la apertura entre los esposos.

Por eso esta apertura protege el amor.

De hecho hay muchas menos separaciones y divorcios entre quienes no recurren a la contracepción.

La inseparable unión de los dos significados.

¿Se puede eliminar un significado sin afectar al amor? ¿sin que afecte la naturaleza del acto?

Los significados están unidos: se reclaman mutuamente, en una relación de enriquecimiento mutuo, que es constitutiva para ambos. Tienen una dependencia mutua que procede de la misma realidad. No son independientes.

Si no es un acto de amor, la generación de la vida se desnaturaliza.

El significado procreativo se realiza de modo humano en la donación recíproca de amor. Generar una persona –alguien que debe ser querido por sí mismo, no por su utilidad o conveniencia de su existencia– supone acogerla en sí misma, no puede ser producida. Es el gran problema de la fecundación artificial. En la donación recíproca lo esposos acogen el hijo como un don.

Si no es procreativo, el amor se desvirtúa, porque es lo que lo caracteriza en su más profunda realidad.

El significado unitivo, como acto de donación, es un amor interpersonal en la sexualidad capaz de procrear. Solo este tipo de amor es procreativo a diferencia de otros. Es un amor espiritual y corporal. Desde el inicio está especificado como amor procreativo.

Cada uno de los significados adquiere sentido en relación al otro.

Intentar buscar uno de estos significados independientemente del otro lleva a perder la especificidad de cada uno de ellos. Porque cada uno adquiere su sentido en la relación con el otro: una unión capaz de generar una persona, una procreación en la mutua donación. Esta unión de ambos es lo que constituye la especificidad e identidad de cada uno de ellos.

No es una cuestión moral (un deber ser). Es decir, no es que no se deban separar porque hay una ley que lo exige. Se trata, más bien, de una inseparabilidad antropológica: esto es, no se pueden separar, porque, si se separan, se pierden ambos, haciéndose imposible realizar ninguno.

Y ello porque dejan de ser lo que son. Un amor conyugal que no sea procreativo en su significado no es un amor conyugal, o una procreación que no se dé en la mutua donación no es procreación: serían otra cosa. Así como, en la persona, alma y cuerpo están unidos «sustancialmente» del mismo modo la separación de estos dos significados hace que el acto sexual sea algo distinto desde el punto de vista moral, y no quede especificado por ninguno de ellos, asumiendo otros significados.

Resumen

Son significados. No dos funciones o realidades físicas. Obviamente físicamente une y tiene un significados procreativo. Perdón, pero la acción de introducir espermatozoides en un útero… no parece orientarse a otra cosa más que a fecundar óvulos que pueda haber ahí… pero la cuestión va mucho más allá: es muy profunda.

Es procreativo en la medida que es unitivo. Y porque es unitivo, es procreativo. Porque el tipo de unión de amor que realiza no se cierra en los cónyuges sino que está abierta a un nuevo posible ser fruto de ese amor.

Es un amor tan grande que es creador…, más precisamente procreador  (porque no crea solo, necesita que Dios cree el alma).

Me refiero a procreativo como exigencia antropológica: es el contexto en el que debe ser engendrado un ser humano. Su dignidad exige ser fruto de un acto de amor humano, que esté en sintonía con el acto de amor divino que crea su alma. Fruto del amor de sus padres y del amor de Dios.

Y siempre un don. Porque más allá de que pueda no ser esperado, es fruto de la unión amorosa de sus padres.

Cuando el amor se hace infecundo: el problema de la contracepción

Porque –debemos decirlo– la anticoncepción no es una solución, es un problema.

La malicia de la anticoncepción reside en el rechazo de la fecundidad del otro cónyuge. En excluir anulando positivamente de la unión sexual, la fecundidad de amor.

El problema de la contracepción

¿Dónde se sitúa la dificultad de la contracepción?

No está en la elección de no tener más hijos. Puede haber situaciones complicadas en la vida de los matrimonios en las que no vean conveniente la generación de un nuevo hijo. Elegir no tener más hijos no es el problema de la contracepción, porque, además, también los que recurren a la continencia periódica han elegido no tener más niños.

No está en el método. Tampoco se sitúa el problema en el «medio» elegido para no tener hijos. No es el hecho de ser un medio artificial.

El problema está propiamente a nivel de la definición de la acción «unión sexual» que realizan los esposos en una acción contraceptiva.

Es decir, la acción que hacen: porque la anticoncepción afecta a la acción en lo más profundo, cambiando su naturaleza, al cambiar su significado. Es otro acto distinto, aunque físicamente parezcan idénticos.

Si la unión sexual se define como «entregarse en la totalidad de lo que ambos son» , ahora la acción que realiza es una entrega sexual-contraceptiva, que implica eliminar una dimensión intrínseca de la totalidad de la persona. Los esposos –por determinadas circunstancias que les hace valorar como no oportuno el nacimiento de un nuevo hijo– deciden unirse sexualmente eliminando la posibilidad de ser padres, para así poder encontrarse mutuamente y actualizar la unión de sus personas.

¿Se unen de verdad? Cierto que se unen corporalmente, pero en la entrega del cuerpo no está la voluntad de entrega en totalidad, porque han eliminado la posibilidad de ser padres. Entonces, en el acto de voluntad de donación recíproca, se ha introducido un elemento que lo cambia, esto es, deja de ser una entrega en totalidad y una acogida en totalidad de lo que ambos son en su realidad personal. Los cuerpos, ciertamente, están unidos. Pero el acto de amor que motiva la entrega es un acto de amor que se ha hecho infecundo intencionalmente, por lo que no es un acto de amor total.

Ha surgido, dentro del acto de amor, una nueva intención que se dirige contra la función reproductiva, eliminándola. Pero de este modo, la acción deja de tener inmediatamente un significado procreativo, ya que se ha hecho infecunda. Al perder el significado procreativo, la donación deja de tener un significado unitivo, porque a nivel intencional no se incluye la totalidad de entrega. ¿Qué queda en él? Queda la función sexual.

No es una entrega total porque se unen específicamente en cuanto varón y mujer, pero excluyen la fecundidad que es específico de su masculinidad y feminidad.

Como se puede apreciar en la explicación realizada, el problema de la contracepción está en la intención de hacer estéril el amor, y no en que la funcionalidad reproductiva pueda o no realizarse. La misma declaración magisterial que rechaza la contracepción especifica que se trata de aquella acción que se proponga hacer estéril el amor: esto es, que tenga esa intención:

Queda excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal o en su realización o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga (intendat), como fin o como medio, hacer imposible la procreación (HV 14).

¿Por qué? Sencillamente, porque esta intención de hacer infecundo el amor contradice la verdad del amor conyugal. Aquí está su drama: lo hace imposible, ya que elimina su especificidad propia. El lenguaje sexual, interactuar sexualmente, pierde ahora su significado propio, el de la totalidad de una donación y de una acogida, para adquirir un nuevo significado, el de la posibilidad de colmar una necesidad, un deseo. De ser un regalo mutuo que los esposos se hacían, pasa a ser la ocasión de saciar una carencia, un deseo. Se ha introducido una lógica muy diferente en la sexualidad: ya no es la lógica de la donación, sino la lógica de la necesidad. Aquí está el cambio simbólico que se ha introducido y que vendrá a determinar su relación.

Ciertamente, los esposos pensarán que no es así como ellos quieren vivir sexualmente su amor, proponiéndose la posibilidad de expresarse mutuamente su aprecio, de encontrar momentos de intimidad. Es cierto, pero el problema es que la expresión de ese amor ha sido vaciada de contenido: no dirigiéndose a la donación y aceptación en totalidad de la otra persona, se concentra en la posibilidad que esta acción tiene de autosatisfacción. Aquí está su sentido, más allá de la vivencia que le quieran dar.

No hay entrega… sino satisfacción de una necesidad de sexo… o te necesita a vos sexualmente, si apertura a la familia. Excluyo tu fecundidad, no la quiero…. El acto sale de la esfera de la donación mutua.

Como vemos la anticoncepción no respeta la dinámica del amor conyugal. Por eso siempre fue considerada ilícita.

La píldora es de los 60… pero la anticoncepción existió siempre. En el primer libro de la Biblia aparece: Onán (2º hijo de Judá, es decir, bisnieto de Abraham) le da el nombre al pecado de onanismo (coito interrupto). 1900 años antes de Cristo.

Hasta 1930 todas las confesiones cristianas fueron unánimes. Los anglicanos fueron los primeros… Ahora desgraciadamente, se han apartado de la tradición moral judeocristiana.

Las consecuencias han sido nefastas. Las pandemia de rupturas matrimoniales, tiene en parte su raíz acá. El aborto. La aceptación social de la homosexualidad.

No soy profeta.., pero hace 30 años… decía: quien acepta la anticoncepción, no tiene argumentos para rechazar la homosexualidad, porque está destruyendo la lógica del acto sexual y el sentido de la sexualidad…

Los divorcios de los que hablé al principio: iter: no procreación, no matrimonio, no amor, no biología… solo placer. Trágico para el sexo, y trágico para la persona porque afecta profundamente la capacidad de amar, y por tanto de ser felices.

Cuando el Gobierno de CABA les dice a los adolescentes: disfruta tus derechos, los está animando frívolamente a dar rienda suelta al instinto sexual… y los destruye. ¡Pobres! Se incapacitan para amar de verdad… Además de agarrarse todas las ETS y empujarlos al aborto.

Regulación natural de la fertilidad

¿Cómo afrontar, entonces, aquellas situaciones más o menos temporales en la vida matrimonial en las que no se ve prudente engendrar un hijo más? Estas situaciones concretas de salud física o psicológica, de momento económico o laboral de la familia u otras semejantes, pueden llevar a los esposos a «interpretar» la voluntad de Dios respecto a su vida conyugal y entender que deberían distanciar o posponer la posibilidad del nacimiento de un hijo.

El mismo Creador ha puesto en el dinamismo sexual de la mujer la posibilidad de administrar la fertilidad. Hoy en día es relativamente fácil conocer los ritmos de fertilidad de la mujer con los diferentes métodos de observación.

Y de eso tratan los métodos de regulación natural de la fertilidad.

Premisa: exige un cambio en la vida sexual de la pareja.

Para eso hace falta de una manera particular la virtud de la castidad, como virtud del amor verdadero, ya que, integrando los diversos dinamismos del amor en el amor a la persona, al don de sí misma y a la acogida de la persona amada en totalidad, es capaz de mover al sujeto a cambiar su comportamiento sexual, adaptando su vida sexual a los ritmos de fecundidad.

Así, los esposos se unirán conyugalmente en los tiempos en que previsiblemente la mujer es infecunda, dejando de unirse en los momentos de previsible fecundidad.

Este cambio de su comportamiento sexual tiene lugar por una motivación muy gorda: conservar el sentido íntegro que la mutua unión tiene, esto es, el don total de sí mismos. Por esta razón, el hecho de cambiar entraña ya en sí un acto de amor a la persona, y un acto de amor que compromete también la corporeidad.

¿Esto atenta contra el significado procreativo?

Ciertamente que los esposos obran así porque han elegido no tener un hijo. Los esposos obran así porque han elegido no tener un hijo. Pero esta elección no les mueve a realizar nada contra la función reproductiva, por lo que el significado procreativo de sus actos permanece inalterable: son actos -en sí y por sí mismos- capaces de engendrar vida, aunque ahora la función reproductiva no se activa porque en sí misma no es capaz de hacerlo. Con ello están administrando una posibilidad dada por el Creador de la naturaleza humana.

El que los esposos no quieran tener hijos no es algo negativo, si ellos tienen motivos serios para no tenerlos.

La dificultad surge cuando se hace intencionalmente algo contra la totalidad de la entrega, eliminando de ella la posibilidad de ser padres.

La continencia periódica y los métodos contraceptivos comparten, por tanto, algo: la elección de posponer el nacimiento de un hijo.

Sin embargo se configuran como acciones totalmente diferentes.

La radicalidad de su diferencia reside en que, en la continencia periódica, la persona asume el dinamismo sexual-afectivo y, por amor a la persona, espera el momento oportuno para unirse. Mientras que, en la contracepción, la persona no asume su dinamismo sexual-afectivo en su integridad, realizándolo sin implicar una totalidad de entrega, para lo que debe resolver técnicamente el problema que le plantea: debe hacerlo estéril.

Es verdad que cambiar las costumbres sexuales no es fácil: exige  dominio de sí, y conocimiento de un método que, en ocasiones, puede ser complejo.

La dificultad es real. No hay que minusvalorarla. Pero, se le puede dar vuelta y verla no como un obstáculo a su espontaneidad, sino como una ocasión de madurez en su propio amor. La continencia periódica exige madurez porque requiere un diálogo recíproco, una escucha atenta de la otra persona, un aprender a esperar sus propios tiempos, ya que no siempre se encuentra disponible para la unión conyugal.

La continencia periódica pide asumir el impulso sexual en el amor personal, evitando que este impulso tienda a imponerse como una exigencia. La castidad conyugal ayuda a los esposos a orientar su mirada, a integrar los dinamismos del amor, a buscar con creatividad formas nuevas de expresión de la ternura y del diálogo que permitan abrir espacios de comunión y transmitirse su mutua compañía.

No tiene porqué apagar el amor, lo puede enriquecer.

Integrarlo en el seguimiento de Cristo.

Por otro lado, la dificultad que puede conllevar la continencia periódica en la vida de los esposos no es algo extraño a su propio amor conyugal. Al pertenecer al mismo dinamismo amoroso integrado por la virtud de la castidad, constituye el caminar del matrimonio, que en el seguimiento de Jesús es capaz de acoger los desafíos que conlleva su propia vocación. Es cierto que estos desafíos pueden implicar momentos difíciles, por el esfuerzo que comportan: esfuerzo en el cambio del comportamiento sexual, en el dominio del impulso erótico, de la imaginación y de la atención que se le presta… El gozo de la comunión vivida en la entrega sexual incluye también la dificultad que pueden suponer los momentos de abstinencia. Este es su modo propio de amarse, y, por ello, de seguir a Jesús y, por lo tanto, su modo propio también de santificación.

Diferencia con la anticoncepción: a dos niveles

La exhortación apostólica Familiaris consortio habla, en su número 32, de la diferencia antropológica y moral entre el método de la continencia periódica y el método contraceptivo. Es una diferencia antropológica, porque está en juego es el sentido de la sexualidad, la posibilidad de expresar a la persona en el lenguaje sexual: posibilidad que se ancla no simplemente en un «querer expresar el amor», sino en un efectivo entregarse en totalidad. El cuerpo con todos sus dinamismos se convierte en verdadero sujeto de acción junto con el espíritu, en verdadero principio de operación. La continencia periódica asume la subjetividad del cuerpo en la totalidad de entrega, permite que sea verdadero principio operativo; mientras que, en la contracepción, se establece una división entre el amor espiritual, lo que quiere expresarse, y el lenguaje corporal, lo que de hecho se da, objetivando el cuerpo al eliminar de él su capacidad procreativa.

Y es una diferencia ética, porque entre ambos métodos hay una diferencia radical en el modo como la persona se sitúa ante el impulso sexual y la acción: en la continencia periódica lo hace como verdadero dueño de sí mismo, por lo que puede cambiar su comportamiento y entregar un amor entero; mientras que, en la contracepción, no lo domina y quiere dejarse llevar de él, para lo que tiene que resolver técnicamente el problema que se le plantea.

Un desafío…

Esto es mucho más que un mandamiento a vivir (el sexto), es un desafío, posiblemente uno de los mayores desafíos de los matrimonios católicos.

El desafío de mostrar al mundo que este punto de la moral, no es una carga insufrible, sino una protección del amor y garantía de felicidad, también cuando cuesta vivirlo, cuando se puede hacer cuesta arriba, incluso cuando el cónyuge no entienda mucho.

Es una cuestión de fe, de creer y confiar que Dios no pide imposibles, y que lo que pide es camino de felicidad.

Muy floja estaría nuestra fe, si la viéramos como una carga, y no como una liberación.

Tenemos, –tienen– toda la gracia sacramental para vivirlo y testimoniarlo con alegría.

Muchas gracias.

Eduardo Volpacchio
Córdoba, 27 de julio de 2020

Quiéreme cuando menos lo merezca (nueva versión)

La canción:

Video de la charla para matrimonios

El amor nos engrandece y nos mejora

Si Dios es amor, el amor es lo que más nos asemeja a Dios.

Por eso el amor nos mejora.

Amar nos engrandece. El amor saca lo mejor de nosotros. Por amor somos capaces de cosas de las que no seríamos capaces sin amor.

El amor mejora a los demás. Sólo amándolos serán mejores. La base de la autoestima de una persona se construye con el amor de los padres: quien se sabe y siente amado con amor incondicional, tendrá una buena autoestima.

El amor completo, maduro, en plenitud, es incondicional.

No es un premio: te portaste bien, entonces, te amor… Es gratuito. No es merecido: te amo porque merecés mi amor…

Se ama personas, no partes de personas: no somos partibles… Si te amo, te amo a vos, como sos, no la imagen que yo tenía de vos: eso es un fantasma…

Si amo solo que me gusta de vos, lo valioso, lo que me hace sentir bien… todavía no he llegado a amarte a vos: se ama a la persona. El amor madura: toda la vida.

El amor de mis padres después de 62 años de casados… era mucho más grande que el del día que se casaron. Y mi padre estaba bastante sordo, mi madre tiene problemas para caminar…

Es clásica la distinción de amor de concupiscencia y de benevolencia. Concupiscencia: amor básico: por el bien que me hace, me gusta… pizza love, lo llama Mary Bonacci. Benevolencia: amor por sí mismo, gusto de hacer feliz, tu existencia llena mi vida, te amo a vos. Amor de madres. Primero tiende a ser posesivo: sos mío (está centrado en mí, por eso puede ser más egoísta…). El segundo es de entrega: soy feliz haciéndote feliz…

Todo amor comienza con complacencia y debería madurar en la entrega (que obviamente incluye el gusto). Similar a la distinción entre eros y ágape.

Amor incondicional. Amo a esta persona, amor que incluye sus defectos (que los tiene).

El amor nos mejora y hace mejor a los demás.

Sólo mejoramos en un clima de amor y con una actitud positiva (y los demás también)

La crítica nos humilla, no nos hace mejores. El pase de factura, nos enoja; sentirnos atacados, nos lleva a defendernos y nos mueve al contraataque. No es verdad que la ley con sangre entra…

Todos tenemos discapacidades: nuestras limitaciones y defectos. Discapacidades afectivas, intelectuales, de atención (no nos damos cuenta de cosas, como un sordo no escucha, y no es por mala voluntad…). Cuando una persona anda en silla de ruedas, no le echamos en cara que no pueda caminar, sino que con cariño procuramos ayudarla… De manera similar deberíamos reaccionar ante las discapacidades de carácter o personalidad de los seres queridos.

¿Cómo conseguir amar cuando el otro no lo merezca? ¿Cómo dejarme amar cuando yo no lo merezca (o cómo facilitarme que me ame… cuando no lo merezco: porque si se lo hago más difícil…)?

1.      Conocerse mutuamente, con empatía (sólo desde el otro podemos conocerlo).

Cuando llegué a Kenia, en escala a mi ida a vivir en Uganda, un sacerdote español que llevaba muchos años en África, me dijo: no te preocupes, ya entenderás las costumbres de estos países… Pensé que entendía… pero pasados dos años comprendí el consejo recibido al llegar… uno mira desde dentro: al llegar yo entendía, pero entendía y juzgaba desde mis esquemas mentales argentinos: lo entendía desde otra perspectiva; necesita tiempo para conseguir meterme en la cultura africana y entenderla desde dentro.

Si no sé lo que le pasa, difícilmente lo entienda, imposible que lo pueda ayudar, evitar lo que le molesta. Sólo podré hacerlo feliz si sé lo que lo hace feliz. Y sólo podrá hacerme feliz si sabe lo que me hace feliz.

Parece una tontería, pero no lo es.

Tratar de comprender al otro. Cosa que no es fácil: los varones y las mujeres pensamos, sentimos, experimentamos y reaccionamos de manera diferente. No olvides el famoso libro: Los hombres son de marte y las mujeres de venus. Y tenemos que aprender cómo vive las cosas el otro, de otro modo seremos injustos en nuestra valoración. Y para esto hay que aprender a escuchar sin defenderse, sin sentirse atacado. Y a expresarse abriendo el corazón, sin atacar, buscando entender al otro y que el otro entienda lo que me pasa. Con esa mutua empatía, no vamos poniendo en condiciones de comprendernos y ayudarnos.

Tratar de entender al otro y comunicar sentimientos.

Varones y mujeres tenemos necesidades distintas. Además, se suman las diferencias de carácter que tenemos.

“Debería darse cuenta”… a veces decimos enojados. Pero posiblemente no se da cuenta. Habrá que decírselo.

No me corresponde. No lo valora. Le enoja todo. Siempre quiere salirse con la suya… El asunto es ¿cómo lo digo sin que se ofenda? ¿cómo lo digo con cariño, de modo positivo, animante?

Y ¿cómo me dejo decir las cosas? Caso mujer que me dice: Padre, tengo un problema…

Todos tenemos ese problema: dejarnos decir las cosas, todo: sin ofenderme, sin defenderme, sin replicar (en silencio, escuchar, dejar hablar), si atacar, sin refugiarme en una cueva después…

Una tentación frecuente es banalizar las necesidades que yo no experimento. Quien no siente la necesidad de algo que el otro le reclama, tiende a pensar que lo que el otro le pide o le reclama es una pavada. Si soy muy casero y no me gusta salir, cuando me reclamen que salimos poco, reaccionaré menospreciando esa necesidad… Sin empatía, solo consigo aumentar el sufrimiento del otro, ya que no se siente comprendido (porque de hecho, no lo comprendo…), y rechazo satisfacer su necesidad.

Los varones -simplificando muchísimo…- necesitan sexo y comida. Las mujeres, cariño, compartir, hablar. Los varones y las mujeres suelen quejarse de las mismas cosas del “otro bando”. ¿Y si en vez de despreciar las necesidades ajenas, cada uno se propone ayudar a satisfacerlas? ¿Y si cada uno se propone hacer feliz al otro, en vez de reclamar lo que el otro no le provee?

Sólo me conocerá si me doy a conocer. No pretender que sepa o adivine lo que me pasa. Porque le otro no es yo… es él o ella.

Para  esto fundamental mejorar la comunicación. Sin discursos, sin sermones. No se trata de recordar al otro lo que no hace o hace mal, sino de trasmitirle una necesidad mía que el otro no percibe. Alcanzan frases telegráficas: “me haría feliz…”, “no sabés cuanto valoro…”, “me dolió mucho lo que me dijiste el otro día…”. Sin sermón, sin reclamo.

Mostrar necesidades no es una debilidad. Mostrarnos vulnerables (que algo nos hirió) no es humillante. Todos necesitamos ayuda. Todos tenemos necesidades. Todos necesitamos cariño. Pedirlo cuando haga falta: ¿necesito que me abraces…?

Transmitir mi emoción, sentimiento, carencia… para que el otro lo sepa, para que después lo piense. Con cariño, sin buscar hacerlo sentir culpable: solo para que sepa que algo me haría feliz o lo que me duele. Y si la otra parte tiene un mínimo de corazón –que sí lo tiene– se empeñará en satisfacer esa necesidad o en intentar no volver a hacer sufrir.

2.      Principio básico: No sólo el otro tiene que mejorar…

Cada uno de los cónyuges solo puede mejorar a uno de ellos… a él mismo. Pero a veces nos empeñamos en cambiar al otro… y así no vamos muy lejos.

Los defectos del otro, muchas veces, pueden ser una gran ocasión para que yo crezca en virtud. Y mi intolerancia ante ellos, es fruto –en parte– de mi falta de virtud.

Puede acabarse la paciencia –y se nos acaba–, pero en ese caso el problema es de mi paciencia, no del otro. Y siempre puedo recargar la paciencia que necesito.

Cuando hay buena voluntad de los dos lados, casi siempre se puede llegar a una situación aceptable para los dos lados, que es muchísimo mejor que la separación.

¿Qué pasa cuando echamos en cara lo que nos pasa?

Cuando uno está molesto, enojado, cansado… la primera reacción es cargar sobre quien se considera culpable de mis problemas y echarle en cara todo el asunto.

Olvidamos que, en parte, yo también soy culpable de mi malestar: mi impaciencia, mi soberbia, mi baja autoestima, mi frustración, mi susceptibilidad… hacen que me dé manija y agrande problemas.

Además achacar al otro mis problemas no arregla nada. Suscita en el otro, la actitud refleja de defenderse. Ante un ataque recibido, no me fijo en lo que el otro sufre o tiene razón, sino que busco defenderme. Y ¿cual es la mejor defensa? El ataque. De manera, que paso a echar en cara, los defectos del otro. Así entramos en una discusión sobre la malicia del otro, tratando de convencernos que el otro es muy malo… en vez de buscar cómo querernos mejor y hacernos más felices.

Y así se puede vivir en una espiral de reclamo y de mirar negativamente al otro… solamente como defensa de mí mismo… 

Para ser felices necesitamos querernos más, mirarnos positivamente, ayudarnos… no atacarnos, criticarnos, defendernos…

3.      Punto de partida: amor, actitud positiva, no boicotear el amor

El amor encuentra dificultades, tiene que superar obstáculos y pasa por pruebas que lo maduran, purifican, profundizan, testean su autenticidad, pero también dan lugar a crisis que pueden destruirlo. Es natural que se presenten, sabemos que se presentan, más suaves o más fuertes. La relación puede salir de ellas más sólida que antes. Depende de cómo se manejen, pueden sacar de nosotros lo mejor o lo peor, depende de nosotros: somos libres.

Cuando uno tiene problemas está incómodo, lo pasa mal. El problema se presenta cuando ese malestar dirige el comportamiento y en vez de buscar soluciones, se echa la culpa de los mismos a la otra persona, se pone a la defensiva, en lugar de atacar el problema, se ataca al cónyuge…

Las diferencias matrimoniales se resuelven apostando por mejorar y aumentar lo que los une, no dinamitándolo todo… Así las dificultades podrán ser consideradas en un ambiente positivo y de esperanza, único en el que se resuelven.

Y es importante, no permitir que ese malestar marque la agenda y las respuestas que se dan.

Que sean nuestras virtudes y no nuestros defectos los que manden. Sería muy loco y triste que la soberbia (resistencia a perdonar, a ceder…), el egoísmo (agarrarnos a una pavada y perder lo más importante), el rencor, el deseo de vengarse le ganen a la humildad, el amor, el perdón y la generosidad. Tenemos que evitar que los enojos destruyan lo que más queremos: la familia.

A veces escuchando historias de rupturas matrimoniales me impresiona la cantidad de errores gordos no forzados, tontos, pequeños, que van haciendo una bola de nieve, que acaba destruyendo tontamente una historia de amor. 

Con una actitud de bronca, rencor, venganza, impaciencia, incomprensión… las cosas empeoran, no mejoran. Esto es clarísimo, y es el punto de partida. Sólo desde una actitud positiva ante el otro es puede progresar y encarar problemas, dificultades, errores, etc.

Los problemas de comunicación se mejoran con comunicación, no rompiendo la comunicación. Los problemas matrimoniales se resuelven mejorando el matrimonio, no rompiéndolo…

Si me molestan cosas de mi cónyuge no será poniendo distancia, dándome manija o con pequeñas venganzas cómo contribuya a mejorar la relación… Cuántas veces una mujer, ante la falta de cariño de su marido, reacciona poniendo distancia e indiferencia. ¿Es un buen sistema para conseguir cariño? Parece que no… Y es falso el argumento de que lo hago “para que se dé cuenta…”. Porque de lo único de lo que se dará cuenta es que estoy contra él… y a veces ni sabe por qué. El devolver mal por mal –aunque sea indiferencia–, multiplica el mal, no lo combate. Cuantas veces un marido ante el malestar de su mujer, se refugia en el televisor, en el Ipad, en el deporte… con lo que lo único que consigue es aumentar ese malestar…

Los problemas de relación se mejoran de muchas maneras, pero hay cosas que no la mejoran, sino que la boicotean. Sería triste convertirse en saboteador del amor de nuestra vida.

Cuando algo está roto, hay que procurar repararlo, no destruirlo del todo. No demoler, sino construir.

No es fácil. Hay que aprender, cultivar la paciencia (lo bueno crece de a poco), la humildad (la soberbia lo pudre todo) y la generosidad (el egoísmo destruye el amor). Todo lo que sigue supone un mínimo de buena voluntad de las dos partes, que casi siempre –al menos teóricamente existe–. Y a partir de allí construir.

Hay una canción de la Oreja de Van Gogh que podría ser un buen lema para los matrimonios: “quiéreme cuando menos lo merezca”. Me parece colosal.

No siempre merecemos amor… y siempre lo necesitamos, también cuando no lo merecemos. Si amamos a los demás, los amaremos también cuando no lo merecen… porque no son descartables… Incondicionalmente.

 ¿Cuándo necesito más amor? Cuando menos lo merezco. Y entonces, ese amor no merecido, podrá hacer surgir en mí amor… que me haga merecedor de ese amor que ahora no merezco… Si esperamos que el otro lo merezca, para amarlo… nunca conseguiremos que lo merezca. Aprender de Dios que nos amó y nos ama siempre primero, sin que lo merezcamos. Y así puede despertar nuestro amor.

4.      Con malas políticas es imposible conseguir buenos resultados

Vencer el propio malestar para encarar las cosas

Muchas veces la gente –todos sentimos la tentación– hace todo lo contrario de lo que debería hacer para conseguir lo que querría. Porque el enojo y el malestar interior son de los peores consejeros: difícilmente ofrecerán alternativas positivas y esperanzadoras.

Cuál es la reacción instintiva ante algo que molesta o cuya carencia me hace sufrir (y el peor método para resolverlo): echar en cara al cónyuge la carencia de lo que quiero.

Echar en cara conductas o actitudes que molestan, duelen, hacen sufrir… no ayuda a nadie a cambiar. Es un desahogo –normalmente agresivo o victimista–. Humilla al otro, normalmente lo ofende (aunque sea verdadero).

No puedo sentarme a esperar que cambie, tengo que involucrarme en su cambio.

Sin echar en cara, animando, pidiendo, motivando…

Maridos y mujeres se suelen echar en cara lo que les molesta o las necesidades que el otro no satisface.

Empatía. Meterse en los zapatos del otro, no intentar meter de prepo al otro en los míos… No es fácil porque son distintos, tienen necesidades distintas. Hay que esforzarse por conocer las necesidades del otro, una necesidad que yo puedo no experimentar en absoluto, y que no por eso no es importante.

Qué es importante para mí, qué es importante para el otro. Que el otro sepa qué es importante para mí. El amor lleva a esforzarme para que sea importante para mí, lo que  es importante para el otro…

¿Qué es lo espontáneo? Que me parezca insoportable lo que me molesta del otro, y que me parezca una pavada lo que al otro le molesta de mí… Porque a cada uno le parece importante lo que pretende y banal lo pretendido por el otro.

Que lo importante para el otro sea importante para mí, porque lo quiero.

Si se descuidan –y se dejan llevar por esa tendencia natural– comienzan a carecer de la mínima empatía necesaria para el diálogo. Esto hace muy difícil la comunicación y uno cada vez está más enojado… Entonces recurre a meterse en la propia trinchera para defenderse de los reclamos ajenos, y a su vez bombardear la otra trinchera con reclamos propios, para demostrarle al otro qué malo que es… y que es mucho peor que yo… Se enojan cada vez más, buscan y encuentran cada vez más cosas negativas en el otro. Se van haciendo incapaces de ver cosas buenas. Se va viendo al otro como culpable de todos mis problemas… Un espiral que –si no se maneja bien– acaba explotando…

Hay que aprender a ser paciente y abrir el corazón sin echar en cara. A escuchar sin defenderse. A comprender al otro, ya que mientras no lo comprenda, no pondré entender lo que le pasa y no podremos resolver los problemas (que como los problemas matemáticos, tienen solución).

No discutir enojados

Un principio fundamental: no discutir enojados. Porque enojados decimos muchas cosas que no pensamos realmente, de la peor manera y que se graban a fuego en la otra persona. “Vos siempre…”, “vos nunca…”… “ya no te quiero…””Como tu padre/madre/…”.

Solo se busca herir… y se lo consigue. La persona herida, busca venganza y busca herir… Lastimándose mutuamente no arreglarán nada.

Aprender a manejar mejor: si chocamos es porque manejamos mal, no supimos esquivar el choque, frenar… Si chocamos nos abollamos los dos, nos duele a los dos… Obvio hay que evitar choques…

Parece de locos, pero somos así. Por eso hemos de estar atentos. Si lo manejaran mejor… –los dos– podrían vivir en paz. Vale la pena.

Decirlo: no quiero herirte, hacerte sentir mal, ofenderte… te quiero… Decirlo: te quiero: no te digo esto porque te odie o no te quiera. Quiero que seamos felices y nos hagamos felices el uno al otro.

Si quiero resolver las cosas, ayudar a ser mejor, tengo que hacerlo sin humillar, animando a mejorar, no aplastarlo por lo malo que es…

No se trata de dar oportunidades

A veces, cuando un cónyuge está cansado del otro, lo llena de reproches y, en un alarde de generosidad, se propone darle otra oportunidad para que cambie…

Pero no es cuestión de dar oportunidades. Como quien toma un examen para ver si el cónyuge aprueba o es reprobado. El asunto es cómo nos ayudamos, entre los dos, a superar problemas de comunicación, carácter, defectos… que todos tenemos. 

Las cuestiones de amor nunca se resuelven así. Cuando lo pongo a prueba, muchas veces, inconscientemente, tengo la disponibilidad de bocharlo. Pero yo no debería querer bocharlo, debería querer verlo superar con creces el problema que me enoja, molesta, duele, impacienta… Sí le exijo cuestiones concretas, que las charlamos, “negociamos”, tirando los dos para el mismo lado.

Se trata de crear oportunidades, de dar ocasiones, de facilitar lo que quiero o necesito del otro.

5.      Búsqueda de acuerdos.

Somos distintos. Hay personas más caseras y otras más salidoras. Unos más deportista y otros más sedentarios. Unos más independientes y otros que disfrutan compartiéndolo todo. Unos que necesitan más aire, y otros que tienen a asfixiar al otro… Por eso, hay que encontrar modos de vivir en pareja, en la cual los dos se sientan a gusto. Algunas parejas necesitarán más aire… y eso les hará bien. Hace falta creatividad para modelar el propio estilo de pareja.

Y cuando no hay acuerdos en algunas cuestiones, renunciar por amor a eso que no consigo quizá sea la solución. Obviamente, en una relación sana, las renuncias no son unilaterales, sino que el amor lleva a los dos a renunciar a algunas cosas. Y si la renuncia es por amor, no genera rencores, ni es traumática…

Una concepción del amor como satisfacción personal conduce a fracasar afectivamente. Un amor sin entrega no es amor. Pero entrega amorosa, no entrega rencorosa (cedo, pero me quedo herido, guardo rencor por haber tenido que renunciar a eso…).

Las renuncias rencorosas hacen mal al corazón. Si renuncio a algo, sin “perdonar” al otro por esa renuncia, mala cosa… eso no es un acto de amor. Cuando la renuncia es un acto de amor, me hace feliz. Si me amarga, significa que no la he procesado bien…

Estoy convencido que dos personas, mínimamente buenas y generosas, son capaces de vivir en armonía, más allá de los cortocircuitos que puedan tener. Si el amor las llevó a casarse, significa que tienen la base mínima necesaria –que es bastante grande– para edificar una pareja razonablemente amable. Lo que, en algunos casos, puede incluir tratamientos psicológicos y psiquiátricos cuando haga falta…

6.      Invertir cariño.

San Juan de la Cruz nos dejó la extraordinaria frase llena de riqueza: “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”.

En esta enseñanza se condensan tres enseñanzas de San Pablo:

  1. Uno siembra lo que cosecha. Alguna temporada la cosecha se perderá y no se recoge, como pasa en la agricultura, pero también es posible que la siguiente posiblemente coseche más de lo esperado… Quien deja de sembrar por una mala cosecha, no volverá a cosechar nunca.

El que siembra abundantemente cosecha abundantemente…: “Sepan que el que siembra mezquinamente, tendrá una cosecha muy pobre; en cambio, el que siembra con generosidad, cosechará abundantemente. Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,6-7).

  • Ahogar el mal en abundancia de bien: “Bendigan a los que los persiguen, bendigan y no maldigan nunca. Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios. No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres. En cuanto dependa de ustedes, traten de vivir en paz con todos.  Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos (…) No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien” (Rom 12,14-21).

3) «La felicidad está más en dar que en recibir» (Hechos 20,35).

San Pablo recuerda estas palabras de Jesús. Si das generosamente, te llenarás de alegría. Se encuentra la felicidad, no cuando se la busca para uno mismo, sino cuando se la busca para los demás… No midas tanto lo que recibís… Pon amor y sacarás amor. No te canses de amar, serás feliz.

Sabiendo que –si lo hacemos por Dios– nada nunca se pierde….

7.      Esperanza

La esperanza es de las virtudes más importantes. Todo lo que se consigue, es porque se ha confiado en conseguirlo. Cuando no se espera, no se consigue.

La desesperanza, el pesimismo, la visión negativa y tremendista, son sentimientos que salen de mi corazón, y debo trabajar sobre ellos. Soy libre de aceptarlos o buscar generar otros. Solo con una actitud positiva y esperanzada mejoran las cosas.

Hay motivos para tenerla, porque se han amado mucho; y tienen muchos motivos para luchar. A partir de esa esperanza se pueden curar heridas y construir un futuro mejor.

Esperanza, además, porque hay milagros. He visto muchos “milagros matrimoniales”.

P. Eduardo Volpacchio
Córdoba, 30 de julio de 2020

Quiéreme cuando menos lo merezca*

Ideas para prevenir, evitar y superar crisis matrimoniales.


Algunos modos eficientes y contraproducentes de encarar dificultades matrimoniales

Este artículo complementa uno anterior: ¿Separarse es una buena solución?

Como dice la canción de la Oreja de Van Gogh cuando más necesito que me quieras, es cuando menos lo merezco… Eso sí que es amor, y protege el amor: porque ambos cónyuges hay momentos en que merecen cualquier cosa menos amor… Y es ese, precisamente, el momento para quererlos, porque queriéndolos es como se los ayuda a que comiencen a merecerlo…

El amor encuentra dificultades, tiene que superar obstáculos y pasa por pruebas que lo maduran, purifican, profundizan, testean su autenticidad, pero también dan lugar a crisis que pueden destruirlo. Es natural que se presenten, sabemos que se presentan, más suaves o más fuertes. La relación puede salir de ellas más sólida que antes. Depende de cómo se manejen, pueden sacar de nosotros lo mejor o lo peor, depende de nosotros: somos libres.

Cuando uno tiene problemas está incómodo, lo pasa mal. El problema se presenta cuando ese malestar dirige el comportamiento y en vez de buscar soluciones, se echa la culpa de los mismos a la otra persona.

Las diferencias matrimoniales se resuelven apostando por mejorar y aumentar lo que los une, no dinamitándolo todo… Así las dificultades podrán ser consideradas en un ambiente positivo y de esperanza, único en el que se resuelven.

Y es importante, no permitir que ese malestar marque la agenda y las respuestas que se dan.

Que sean nuestras virtudes y no nuestros defectos los que manden. Sería muy loco y triste que la soberbia (resistencia a perdonar, a ceder…), el egoísmo (agarrarnos a una pavada y perder lo más importante), el rencor, el deseo de vengarse le ganen a la humildad, el amor, el perdón y la generosidad. Tenemos que evitar que los enojos destruyan lo que más queremos: la familia.

A veces escuchando historias de rupturas matrimoniales me impresiona la cantidad de errores gordos no forzados, tontos, pequeños, que van haciendo una bola de nieve, que acaba destruyendo tontamente una historia de amor. 

Con una actitud de bronca, rencor, venganza, impaciencia, incomprensión… las cosas empeoran, no mejoran. Esto es clarísimo, y es el punto de partida. Sólo desde una actitud positiva ante el otro es puede progresar y encarar problemas, dificultades, errores, etc.

Los problemas de comunicación se mejoran con comunicación, no rompiendo la comunicación. Los problemas matrimoniales se resuelven mejorando el matrimonio, no rompiéndolo…

Si me molestan cosas de mi cónyuge no será poniendo distancia, dándome manija o con pequeñas venganzas cómo contribuya a mejorar la relación… Cuántas veces una mujer, ante la falta de cariño de su marido, reacciona poniendo distancia e indiferencia. ¿Es un buen sistema para conseguir cariño? Parece que no… Y es falso el argumento de que lo hago “para que se dé cuenta…”. Porque de lo único de lo que se dará cuenta es que estoy contra él… y a veces ni sabe por qué. El devolver mal por mal –aunque sea indiferencia–, multiplica el mal, no lo combate. Cuantas veces un marido ante el malestar de su mujer, se refugia en el televisor, en el Ipad, en el deporte… con lo que lo único que consigue es aumentar ese malestar…

Los problemas de relación se mejoran de muchas maneras, pero hay cosas que no la mejoran, sino que la acaban por destruir.

Cuando algo está roto, hay que procurar repararlo, no destruirlo del todo. No demoler, sino construir.

No es fácil. Hay que aprender, cultivar la paciencia (lo bueno crece de a poco), la humildad (la soberbia lo pudre todo) y la generosidad (el egoísmo destruye el amor). Todo lo que sigue supone un mínimo de buena voluntad de las dos partes, que casi siempre –al menos teóricamente existe–. Y a partir de allí construir.

Hay una canción de la Oreja de Van Gogh que podría ser un buen lema para los matrimonios: “quiéreme cuando menos lo merezca”. Me parece colosal. ¿Cuándo necesito más amor? Cuando menos lo merezco. Y entonces, ese amor no merecido, podrá hacer surgir en mí amor… que me haga merecedor de ese amor que ahora no merezco… Si esperamos que el otro lo merezca, para amarlo… nunca conseguiremos que lo merezca. Aprender de Dios que nos amó y nos ama siempre primero, sin que lo merezcamos. Y así puede despertar nuestro amor.

Vencer el propio malestar para encarar las cosas

Muchas veces la gente –todos sentimos la tentación– hace todo lo contrario de lo que debería hacer para conseguir lo que querría. Porque el enojo y el malestar interior son de los peores consejeros: difícilmente ofrecerán alternativas positivas y esperanzadoras.

Cuál es la reacción por excelencia ante algo que molesta o cuya carencia me hace sufrir (y el peor método para resolverlo): echar en cara al cónyuge la carencia de lo que quiero.

Echar en cara conductas o actitudes que molestan, duelen, hacen sufrir… no ayuda a nadie a cambiar. Es un desahogo –normalmente agresivo o victimista–. Humilla al otro, normalmente lo ofende (aunque sea verdadero).

Un principio fundamental: no discutir enojados. Porque enojados decimos muchas cosas que no pensamos realmente, de la peor manera y que se graban a fuego en la otra persona. “Vos siempre…”, “vos nunca…”… “ya no te quiero…””Como tu padre/madre/…”.

Solo se busca herir… y se lo consigue. La persona herida, busca venganza y busca herir… Lastimándose mutuamente no arreglarán nada.

Si quiero resolver las cosas, ayudar a ser mejor, tengo que hacerlo sin humillar, animando a mejorar, no aplastarlo por lo malo que es…

No puedo sentarme a esperar que cambie, tengo que involucrarme en su cambio.

Sin echar en cara, animando, pidiendo, motivando…

Maridos y mujeres se echan en cara lo que les molesta o necesitan. Y a todos les parece normal que a cada uno le parezca insoportable lo que le molesta del otro, y una pavada lo que al otro le molesta de uno… A cada uno le parece importante lo que pretende y banal lo pretendido por el otro. Si se descuidan –y se dejan llevar por esa tendencia natural– comienzan a carecer de la mínima empatía necesaria para el diálogo. Esto hace muy difícil la comunicación y uno cada vez está más enojado… Entonces recurre a meterse en la propia trinchera para defenderse de los reclamos ajenos, y a su vez bombardear la otra trinchera con reclamos propios, para demostrarle al otro qué malo que es… y que es mucho peor que yo… Se enojan cada vez más, buscan y encuentran cada vez más cosas negativas en el otro. Se van haciendo incapaces de ver cosas buenas. Se va viendo al otro como culpable de todos mis problemas… Un espiral que –si no se maneja bien– acaba explotando…

Parece de locos, pero somos así. Por eso hemos de estar atentos. Si lo manejaran mejor… –los dos– podrían vivir en paz. Vale la pena.

Hay que aprender a ser paciente y abrir el corazón sin echar en cara. A escuchar sin defenderse. A comprender al otro, ya que mientras no lo comprenda, no pondré entender lo que le pasa y no podremos resolver los problemas (que como los problemas matemáticos, tienen solución).

Tratar de comprender al otro. Cosa que no es fácil: los varones y las mujeres pensamos, sentimos, experimentamos y reaccionamos de manera diferente. No olvides el famoso libro: Los hombres son de marte y las mujeres de venus. Y tenemos que aprender cómo vive las cosas el otro, de otro modo seremos injustos en nuestra valoración. Y para esto hay que aprender a escuchar sin defenderse, sin sentirse atacado. Y a expresarse abriendo el corazón, sin atacar, buscando entender al otro y que el otro entienda lo que me pasa. Con esa mutua empatía, no vamos poniendo en condiciones de comprendernos y ayudarnos.

No se trata de dar oportunidades

A veces, cuando un cónyuge está cansado del otro, lo llena de reproches y, en un alarde de generosidad, se propone darle otra oportunidad para que cambie…

Pero no es cuestión de dar oportunidades. Como quien toma un examen para ver si el cónyuge aprueba o es reprobado. El asunto es cómo nos ayudamos, entre los dos, a superar problemas de comunicación, carácter, defectos… que todos tenemos. 

Las cuestiones de amor nunca se resuelven así. Cuando lo pongo a prueba, muchas veces, inconscientemente, tengo la disponibilidad de bocharlo. Pero yo no debería querer bocharlo, debería querer verlo superar con creces el problema que me enoja, molesta, duele, impacienta… Sí le exijo cuestiones concretas, que las charlamos, “negociamos”, tirando los dos para el mismo lado.

Se trata de crear oportunidades, de dar ocasiones, de facilitar lo que quiero o necesito del otro.

No sólo el otro tiene que mejorar…

Cada uno de los cónyuges solo puede mejorar a uno de ellos… a él mismo. Pero a veces nos empeñamos en cambiar al otro… y así no vamos muy lejos.

Los defectos del otro, muchas veces, pueden ser una gran ocasión para que yo crezca en virtud. Y mi intolerancia ante ellos, es fruto –en parte– de mi falta de virtud.

Puede acabarse la paciencia –y se nos acaba–, pero en ese caso el problema es de mi paciencia, no del otro. Y siempre puedo recargar la paciencia que necesito.

Cuando hay buena voluntad de los dos lados, casi siempre se puede llegar a una situación aceptable para los dos lados, que es muchísimo mejor que la separación.

¿Qué pasa cuando echamos en cara lo que nos pasa?

Cuando uno está molesto, enojado, cansado… la primera reacción es cargar sobre quien se considera culpable de mis problemas y echarle en cara todo el asunto.

Olvidamos que, en parte, yo también soy culpable de mi malestar: mi impaciencia, mi soberbia, mi baja autoestima, mi frustración, mi susceptibilidad… hacen que me dé manija y agrande problemas.

Además la política de achacar al otro mis problemas no arregla nada. Suscita en el otro, la actitud refleja de defenderse. Ante un ataque recibido, no me fijo en lo que el otro sufre o tiene razón, sino que busco defenderme. Y ¿cual es la mejor defensa? El ataque. De manera, que paso a echar en cara, los defectos del otro. Así entramos en una discusión sobre la malicia del otro, tratando de convencernos que el otro es muy malo… en vez de buscar cómo querernos mejor y hacernos más felices.

Y así se puede vivir en una espiral de reclamo y de mirar negativamente al otro… solamente como defensa de mí mismo… 

Para ser felices necesitamos querernos más, mirarnos positivamente, ayudarnos… no atacarnos, criticarnos, defendernos…

Tratar de entender al otro y comunicar sentimientos.

Varones y mujeres tenemos necesidades distintas. Además, se suman las diferencias de carácter que tenemos.

“Debería darse cuenta”… a veces decimos enojados. Pero posiblemente no se da cuenta. Habrá que decírselo.

No me corresponde. No lo valora. Le enoja todo. Siempre quiere salirse con la suya… El asunto es ¿cómo lo digo sin que se ofenda? ¿cómo lo digo con cariño, de modo positivo, animante?

Una tentación frecuente es banalizar las necesidades que yo no experimento. Quien no siente la necesidad de algo que el otro le reclama, tiende a pensar que lo que el otro le pide o le reclama es una pavada. Si soy muy casero y no me gusta salir, cuando me reclamen que salimos poco, reaccionaré menospreciando esa necesidad… Sin empatía, solo consigo aumentar el sufrimiento del otro, ya que no se siente comprendido (porque de hecho, no lo comprendo…), y rechazo satisfacer su necesidad.

Los varones -simplificando muchísimo…- necesitan sexo y comida. Las mujeres, cariño, compartir, hablar. Los varones y las mujeres suelen quejarse de las mismas cosas del “otro bando”. ¿Y si en vez de despreciar las necesidades ajenas, cada uno se propone ayudar a satisfacerlas? ¿Y si cada uno se propone hacer feliz al otro, en vez de reclamar lo que el otro no le provee?

Para  esto fundamental mejorar la comunicación. Sin discursos, sin sermones. No se trata de recordar al otro lo que no hace o hace mal, sino de trasmitirle una necesidad mía que el otro no percibe. Alcanzan frases telegráficas: “me haría feliz…”, “no sabés cuanto valoro…”, “me dolió mucho lo que me dijiste el otro día…”. Sin sermón, sin reclamo. Transmitir mi emoción, sentimiento, carencia… para que el otro lo sepa, para que después lo piense. Con cariño, sin buscar hacerlo sentir culpable: solo para que sepa que algo me haría feliz o lo que me duele. Y si la otra parte tiene un mínimo de corazón –que sí lo tiene– se empeñará en satisfacer esa necesidad o en intentar no volver a hacer sufrir.

Y cuando no hay acuerdos en algunas cuestiones, renunciar por amor a eso que no consigo quizá sea la solución. Obviamente, en una relación sana, las renuncias no son unilaterales, sino que el amor lleva a los dos a renunciar a algunas cosas. Y si la renuncia es por amor, no genera rencores, ni es traumática…

Una concepción del amor como satisfacción personal conduce a fracasar afectivamente. Un amor sin entrega no es amor. Pero entrega amorosa, no entrega rencorosa (cedo, pero me quedo herido, guardo rencor por haber tenido que renunciar a eso…).

Las renuncias rencorosas hacen mal al corazón. Si renuncio a algo, sin “perdonar” al otro por esa renuncia, mala cosa… eso no es un acto de amor. Cuando la renuncia es un acto de amor, me hace feliz. Si me amarga, significa que no la he procesado bien…

Búsqueda de acuerdos.

Somos distintos. Hay personas más caseras y otras más salidoras. Unos más deportista y otros más sedentarios. Unos más independientes y otros que disfrutan compartiéndolo todo. Unos que necesitan más aire, y otros que tienen a asfixiar al otro… Por eso, hay que encontrar modos de vivir en pareja, en la cual los dos se sientan a gusto. Algunas parejas necesitarán más aire… y eso les hará bien. Hace falta creatividad para modelar el propio estilo de pareja.

Estoy convencido que dos personas, mínimamente buenas y generosas, son capaces de vivir en armonía, más allá de los cortocircuitos que puedan tener. Si el amor las llevó a casarse, significa que tienen la base mínima necesaria –que es bastante grande– para edificar una pareja razonablemente amable. Lo que, en algunos casos, puede incluir tratamientos psicológicos y psiquiátricos cuando haga falta…

Invertir cariño.

San Juan de la Cruz nos dejó una extraordinaria frase llena de riqueza: “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”.

En este consejo se condensan tres enseñanzas de San Pablo:

1. Uno siembra lo que cosecha. Alguna temporada la cosecha se perderá y no se recoge, como pasa en la agricultura, pero también es posible que la siguiente posiblemente coseche más de lo esperado… Quien deja de sembrar por una mala cosecha, no volverá a cosechar nunca.

El que siembra abundantemente cosecha abundantemente…: “Sepan que el que siembra mezquinamente, tendrá una cosecha muy pobre; en cambio, el que siembra con generosidad, cosechará abundantemente. Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,6-7).

2. Ahogar el mal en abundancia de bien: “Bendigan a los que los persiguen, bendigan y no maldigan nunca. Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios. No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres. En cuanto dependa de ustedes, traten de vivir en paz con todos.  Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos (…) No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien” (Rom 12,14-21).

3. «La felicidad está más en dar que en recibir» (Hechos 20,35).

San Pablo recuerda estas palabras de Jesús. Si das generosamente, recibirás alegría. Se encuentra la felicidad, no cuando se la busca para uno mismo, sino cuando se la busca para los demás… No midas tanto lo que recibís… Pon amor y sacarás amor. No te canses de amar, serás feliz.

Sabiendo que –si lo hacemos por Dios– nada nunca se pierde….

Esperanza

La esperanza es de las virtudes más importantes. Todo lo que se consigue, es porque se ha confiado en conseguirlo. Cuando no se espera, no se consigue.

La desesperanza, el pesimismo, la visión negativa y tremendista, son sentimientos que salen de mi corazón, y debo trabajar sobre ellos. Soy libre de aceptarlos o buscar generar otros. Solo con una actitud positiva y esperanzada mejoran las cosas.

Hay motivos para tenerla, porque se han amado mucho; y tienen muchos motivos para luchar. A partir de esa esperanza se pueden curar heridas y construir un futuro mejor.

Esperanza, además, porque hay milagros. He visto muchos “milagros matrimoniales”.

P. Eduardo Volpacchio
Córdoba, 9 de junio de 2020

* Título de una canción de la Oreja de Van Gogh (recomiendo escucharla).

La doctrina y la pastoral de los divorciados vueltos a casar

Para bajar el artículo en Word: La doctrina y la pastoral de los divorciados vueltos a casar

El Papa Francisco ha manifestado en varias ocasiones su preocupación –que es una preocupación de toda la Iglesia- por la situación de los católicos divorciados: en muchos casos se sienten excluidos de la Iglesia, sin lugar en ella. Los ha animado a acercarse, y espera que el próximo Sínodo de la Familia, encuentre soluciones para éste y tantos otros desafíos que la pastoral familiar presenta a la Iglesia.

En efecto, los divorciados son miembros de la Iglesia, de los que la Iglesia como buena madre debe ocuparse también. Sería un grave error confundir el hecho de que, en principio, no puedan comulgar, con que estuvieran excomulgados. Ambas cosas son muy diferentes. Están en plena comunión con la Iglesia.

Por otro lado, sería un reduccionismo enfocar el tema sólo desde la perspectiva de la posibilidad de que puedan recibir el sacramento de la Eucaristía. Nuevas soluciones pastorales para este tema, vendrán en el conjunto de una pastoral familiar general e integrada; y no de la búsqueda de parches puntuales para situaciones concretas.

Hay persona que entusiasmadas, piensan que el Papa cambiará la doctrina católica sobre el matrimonio. En otro campo, hay quienes tienen miedo a que lo haga… Pero si hay una cosa clara es que el Papa no quiere cambiar la doctrina: quiere encontrar soluciones pastorales auténticas para los problemas que plantea la crisis de la familia en el mundo actual.
Siendo que con frecuencia los medios de comunicación opinan sobre el asunto con cierta ligereza y sin fundamento teológico, en este artículo queremos presentar algunas ideas sobre el tema.

Cuando se plantea el tema de la Comunión de los divorciados vueltos a casar (1) , con frecuencia se mezclan varias cuestiones, algunas doctrinales y otras pastorales. Sería interesante una aclaración.

El tema doctrinal que está en la base es simple: para comulgar es necesario estar en gracia de Dios (es decir, tener la conciencia libre de pecados graves). La recuperamos –cuando la hemos perdido– con el sacramento de la penitencia. Y para recibirlo es necesario el propósito de enmienda (intención concreta de esforzarse por evitar los pecados de los que uno se confiesa). 

En otros campos quien comete un pecado mortal, se confiesa, es perdonado y está en condiciones de comulgar. Nadie le exige que garantice que no vuelva a pecar, sino solamente que se esfuerce por no hacerlo.

Quien vive maritalmente con una persona que no es su esposa/o(2) (sea cual sea su situación civil: soltero, casado, viudo, separado o divorciado), vive en un estado que le impide acercarse a la confesión y, por tanto, a la Comunión. Quien quisiera hacerlo debería remover la causa que se lo impide (casarse, si es soltero o viudo; conseguir la nulidad matrimonial, si es casado, y casarse; separarse; comenzar a vivir como hermanos) o al menos esforzarse por hacerlo. De otro modo, no puede recuperar la gracia necesaria para comulgar. Estoy abierto a que el ingenio humano sea capaz de descubrir otros sistemas para hacerlo, pero hoy por hoy no los hemos encontrado.

Quien sin estar casado por la Iglesia vive maritalmente, si quiere comulgar no tiene otra solución que casarse, separarse o vivir como hermanos. Punto. Aquí reside todo el problema.

Quien tuviera un vínculo anterior no puede volver casarse por la Iglesia mientras este vínculo exista. Si el primer matrimonio ha sido válido, a quien quiera comulgar sólo le quedan la segunda y la tercera opción del párrafo anterior porque la confesión perdona los pecados pero no disuelve los vínculos matrimoniales.

Pero hay un problema pastoral bastante complicado: en nuestros días debido a la ignorancia religiosa, a la existencia de visiones alternativas del matrimonio que difieren esencialmente del cristiano, etc., es razonable suponer que haya muchos matrimonios que son nulos. Quienes los contrajeron de hecho no se casaron, porque su matrimonio fue nulo. 

Cuando nos encontramos con matrimonios sospechosos de nulidad, en los que no hay manera de comprobar que lo sean… ¿qué hacer? Porque si el matrimonio fue válido, no hay nada que hacer, ya que el matrimonio es indisoluble. Pero si es nulo y no puede demostrarse…

Cómo saber si un matrimonio es válido o no, es problema difícil. A resolver estos problemas se dedican los tribunales eclesiásticos. Pero no sería razonable poner en duda automáticamente la validez de los matrimonios que sufren una crisis… Se crearía un problema pastoral peligrosísimo: se expondría a las parejas a que ante las dificultades que lleva consigo la vida en común, dieran su matrimonio por nulo… La presunción está por la validez, lo que habría que demostrar es su nulidad.

Siendo algo público no cabe la solución propuesta por algunos de que cada uno vea en conciencia si su matrimonio fue nulo o no. Esto, no sólo atentaría contra la estabilidad del matrimonio, sino que lo haría posible sujeto de una condena de nulidad –unilateral y sin proceso– por parte de alguno de los cónyuges. Además no solucionaría nada, ya que esa persona –aunque estuviera subjetivamente libre del vínculo anterior– para poder comulgar debería casarse por la Iglesia. Para esto, la Iglesia tendría que dar a ese juicio de conciencia validez legal, cosa que parece ser contraria al derecho: una cosa es el fuero interno y otra el fuero externo, una cosa es la conciencia y otra los juicios canónicos y la validez de los sacramentos. El matrimonio tiene una dimensión pública.

Recientemente un artículo publicado en el diario La Nación planteó que nos encontramos en una encrucijada entre la doctrina y la pastoral. Como si la doctrina impidiera la pastoral. Pero esto no es cierto. La pastoral es la forma de llevar a la práctica la doctrina. La doctrina no es un corsé que impide la vida, sino la explicación de la vida cristiana. No tendría sentido plantear una pastoral que negara la doctrina.

Un error frecuente es presentar la cuestión en términos antagónicos, como si la misericordia llevara en una dirección y la justicia en otra diferente. Es necesario tener en cuenta todas las circunstancias, para no caer en una falsa disyuntiva: comunión o excomunión, pues no es real. Misericordia y justicia.

La misericordia no se opone a la justicia. No tendría sentido faltar a la misericordia en nombre de la justicia, ni en nombre de la misericordia, faltar a la justicia. Un justicia inmisericorde y una misericordia injusta son inmorales. Ambas atentan contra la caridad y la justicia.

La preocupación por los divorciados, que rezan, quieren formar cristianamente a sus hijos y sufren la no recepción de la Comunión, etc., necesita una pastoral concreta (obviamente los divorciados que viven al margen de la Iglesia no tienen ninguna intención de comulgar, su interés en el tema podría venir a lo sumo del deseo de que la Iglesia apruebe su opción de vida).

Los divorciados tienen lugar y un papel en la Iglesia, aún aquellos que no puedan recibir la comunión. Como todos pueden y deben rezar, asistir a Misa, educar cristianamente a sus hijos, participar en grupos de oración, de formación, de ayuda social, catequesis, etc. La comunión es importante, pero no es la única forma de participar de la vida de la Iglesia.

Al ocuparnos de los divorciados, debemos hacerlo en el contexto de todos los fieles y de la realidad de la situación de cada uno. No podemos olvidar, por ejemplo, a los tantísimos cónyuges que, una vez separados en su matrimonio, han permanecido fieles al vínculo conyugal. A nadie se le ocurriría decir que han sido víctimas de la doctrina, ni que deberían buscar alguien con quien rehacer su vida.

Defender la indisolubilidad del matrimonio y buscar el acercamiento de los divorciados a la Iglesia no son cuestiones alternativas, sino ambas exigencias de la misión de la Iglesia.

Pienso que una época de crisis familiar es muy importante ayudar a entender la indisolubilidad matrimonial, y ayudar a vivir la fidelidad. Y que la necesaria misericordia para con los divorciados vueltos a casar, no contradiga la misericordia con los separados fieles al vínculo, ni socave la estabilidad de los matrimonios en crisis. Y que la promoción de la estabilidad matrimonial no signifique la exclusión de los divorciados. Este es uno de los desafíos que tendrá en próximo Sínodo.

Algunos medios pretenden transmitir el mensaje de que la Iglesia va hacia aprobación del divorcio o a –lo que es lo mismo– abrir el acceso a la comunión a todos los divorciados. Esto, además de no ser cierto, da lugar a un problema muy serio, y no sólo porque crea falsas expectativas. No hay soluciones mágicas para la cuestión.

Cuidemos de no simplificar cuestiones tan complejas. La Iglesia busca una pastoral hacia los divorciados que esté en perfecta sintonía con su pastoral matrimonial general, en la que se pide –y se exige– el esfuerzo para sacar adelante el propio matrimonio. Si consideráramos el divorcio superficialmente ¿con qué cara le vamos a pedir a los casados que cuiden su matrimonio?

Quien buscara soluciones pastorales que negaran la doctrina, estaría creando nuevos grandes problemas pastorales. En nombre de la misericordia con los divorciados vueltos a casar, agravaríamos el terremoto que sufre la familia en nuestros días.

El gran desafío pastoral que tenemos no reside en conseguir dar la comunión a los divorciados a cualquier precio (bendito sean los casos que se pueda resolver, ya sea por vía de una nulidad auténtica o por vía de abstención de vida marital), sino que es triple: cómo ayudar a que los jóvenes quieran casarse y se casen con las debidas disposiciones –que sus matrimonios sean válidos–; a que los matrimonios duren toda la vida; y el acercamiento a Dios de los divorciados, acercamiento que para cada persona supone un camino que toca a cada uno recorrer.

P. Eduardo Volpacchio

(1) Los divorciados que no han formado una nueva pareja no tienen ningún problema para comulgar (deben cumplir las mismas condiciones que los demás fieles).
(2) Se sobrentiende que nos referimos a su esposa/o en un matrimonio canónico (lo que comúnmente se llama “casados por la Iglesia”).

Amores a prueba…

UN VIDEO PARA PENSAR….

Para verlo clickeá aquí: Amores a prueba, amores probados

¿Qué hay en la raíz de tanto fracaso matrimonial?
Un respuesta muy interesante.

¿Qué pasa ante tantos fracasos matrimoniales?, ¿cuáles son sus causas? Una de las causas más importantes es que no sabemos amar.

El amor esponsal, para fructificar, no admite probaturas. En la logica del amor no hay término medio, o se entrega uno mismo o usa del otro, o se ama de verdad o no se ama.

En esta conferencia el P. Joan Costa explica las condiciones para vivir un amor a prueba de fracasos.

La tesis de la conferencia es muy interesante: los amores a prueba (es decir, los amores que se ponen a prueba con la convivencia previa al matrimonio) nunca serán amores probados…

Amores a prueba, amores probados

Unión libre: ¿libre de qué?

Cuando se pone de moda que parejas de novios se muden a vivir juntos, es bueno reflexionar un momento sobre la cuestión.

Desde el momento en que viven juntos, ya no estamos hablando propiamente de un noviazgo, porque su relación ha cambiado: han establecido entre ellos una unión libre. Sería interesante analizar de qué está libre esa relación. Está libre de las siguientes cosas:

      • libre de compromiso
      • libre de sacrificio
      • libre de entrega
      • libre de futuro
      • libre de generosidad
      • libre de proyecto a largo plazo
      • libre de grandeza
      • libre de fecundidad
      • libre de profundidad

Pero… ¿se puede llamar amor a eso?

Se trata de una relación bastante curiosa, en contradicción entre su intimidad y su libertad; lo que la hace bastante complicada… con una complicación que se ve muy bien reflejada en un mail que recibí en estos días.

Conocí un chico y se me hizo fácil, sin medir a futuro, vivir en unión libre con él, sin contraer matrimonio. En un inicio él quería casarse conmigo y yo también; pero después de unos problemas ya no quisimos. Después quede embarazada y nació mi bebe. Sigo insistiendo para que nos casemos, pero sé que no puedo forzar su voluntad. Me ha llegado a contestar que solo quiero casarme con él porque me lo exige mi religión.
(…) sigo llorando haber tomado esa decisión apresurada, que me ha hecho dejar de lado la práctica de mi fe; sé que no puedo confesarme ni comulgar hasta que me case o deje de vivir con él. Y pienso en el ejemplo que debo dar a mi hijo…

La respuesta fue la siguiente:

Más que casarse o no casarse, el tema es el proyecto de vida. Allí es donde has fallado, has vivido una unión libre, que por definición es libre, es decir, sin compromiso; no incluye un proyecto, de forma que pueda acabar de cualquier manera, en cualquier momento. No es un estado definitivo, ni fluye hacia ningún lado. No nos engañemos, eso es lo que has elegido al elegir una unión libre (como su nombre lo indica: abierta, suelta, sin futuro claro).
Ahora no se trata ni de lamentarse, ni de “obligarlo” a casarse. Se trata de ver si se quieren lo suficiente como para querer quererse para siempre. Aquí está la cuestión.
Cuando dos novios se van a vivir juntos, a mí me duele. Me digo: “que lástima que no se quieran”. Podrán responder: “nos queremos”. Bueno, pero no se quieren lo suficiente como para querer quererse para siempre: no lo suficiente como para querer tener una vida en común. Es decir, no se quieren lo suficiente para casarse… (casarse no es una formalidad: es realizar el deseo de querer unir las vidas para siempre, precisamente porque se quieren, con un amor que quieren que dure para siempre).
¿Qué te aconsejaría? Depende. Si lo querés de verdad (es decir, querés que tu vida y la suya sean una sola), entonces, “trabajá” la relación. Cultivala, ayudalo a mirar a largo plazo… y si él te quiere, se casarán.
Si no querés unir tu vida para siempre con él, no te cases con él: el matrimonio es para siempre. Has tenido un hijo, podrás casarte con otra persona o permanecer soltera, no es problema.
Aquí la cuestión no es la religión: es la existencia humana. Casarse no es un hecho primariamente religioso: se casan porque quieren unir sus vidas para siempre. Se convierte en algo religioso porque lo hacen en la presencia de Dios, pero el hecho es humano, terriblemente humano. Es el amor humano, el que hace que dos personas se quieran casar. Un amor grande, tan grande que es total: por eso mismo exclusivo (uno con una) y definitivo (sin límite de tiempo). Decile que no ponga la excusa de la religión. Aquí lo que tienen que definir es la relación entre Uds: se quieren o no se quieren. Si quieren que su amor dure para siempre, o solo por un tiempo. Esa es la cuestión. Se casarán o no según la respuesta que den a esa pregunta.
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Recemos por la protagonista, que me contestó: Gracias Padre por su tiempo, oración, bendición y respuesta, por aclararme las cosas que a lo mejor no quería ver, voy a trabajar es éste proyecto, también Dios lo bendiga.
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Los invito a ver un video corto y divertido sobre  el tema:
Amor, compromiso y cohabitación
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Reflexiones sobre el pretendido “matrimonio” homosexual

Sobre el Matrimonio Homosexual

Ante la posible reforma del artículo 172 del Código Civil que ya cuenta con media sanción de la Cámara de Diputados de la Nación, el Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral quiere reiterar sus argumentos ya expuestos públicamente:

  • Al hablar de la persona de condición homosexual, queremos destacar el sustantivo persona respecto del adjetivo homosexual. En tanto persona, es titular de todos los derechos humanos fundamentales. Por lo tanto, tiene derecho a casarse (con persona de otro sexo)  no existiendo en nuestro régimen legal civil vigente ningún impedimento matrimonial que afecte a la condición homosexual.
  • No es de interés público la amistad y los afectos sexuados heterosexuales u homosexuales de los ciudadanos aunque formen parte de la realidad social. Luego, no hay legislación ni debería haberla al respecto. Las situaciones de daño patrimonial que se deriven de dichas relaciones particulares, tienen en nuestro régimen legal vigente vías de prevención y de reparación: sociedad de hecho, teoría del enriquecimiento sin causa, donaciones, testamento.
  • Es de interés público (por lo tanto sujeto a legislación pertinente) la unión sexuada en la que sus protagonistas asumen un compromiso con posibilidades de cumplimiento, respecto de las funciones sociales estratégicas sin las cuales ningún país o sociedad es viable: procreación y educación de las próximas generaciones de argentinos, enriquecimiento personal a través de la diversidad sexuada masculina y femenina. Este tipo específico de unión sexuada transculturalmente es el matrimonio.
  • Es civilizado en una sociedad llamar con nombres distintos a realidades distintas. Generaría confusión cívica si quien sólo tiene derecho de uso de un inmueble y quien tiene la plena disposición del mismo no se distinguieran con nombres distintos (locatario y propietario respectivamente). Analógicamente, la unión sexuada entre personas del mismo sexo no puede ser denominada matrimonio ya que transculturalmente se llama matrimonio a la unión total de un hombre y una mujer en tanto varón y mujer, hacerlo, generaría la confusión antes citada.
  • Es justo tratar igual lo igual y desigual lo desigual. Por el contario sería una discriminación injusta tratar igual lo desigual o desigual lo igual. La equiparación en nombre y derechos de ciudadanos que asumen un compromiso respecto de las funciones sociales estratégicas antes mencionadas (los cónyuges), respecto de los ciudadanos que no pueden (personas de condición homosexual) o no quieren asumirlos (convivientes), sería evidentemente una discriminación injusta respecto de los cónyuges que si las asumen libremente. Además, la equiparación del matrimonio a la unión de personas del mismo sexo en cuanto a sus derechos, sería discriminatorio de otras personas convivientes con vínculos de parentesco consanguíneos.
  • En el proceso de maduración de un ser humano hay décadas de psicología evolutiva y psicología de la personalidad que respaldan científicamente la necesidad del niño de tener un padre y una madre. Luego, la adopción de un niño por una pareja homosexual lesionaría el interés superior del niño

Lic. Carlos Camean Ariza
Director
Instituto de Ciencias para la Familia
Universidad Austral

La Iglesia ofrece argumentos contra el “matrimonio homosexual”

LA IGLESIA CONSIDERÓ “MUY GRAVE” AVANCE DEL “MATRIMONIO HOMOSEXUAL”
El obispo auxiliar de La Plata y responsable de la Conferencia Episcopal Argentina del seguimiento legislativo, monseñor Antonio Marino, calificó de “muy grave” el avance parlamentario del proyecto de ley sobre “matrimonio” entre personas del mismo sexo, porque, advirtió, “no constituye ningún progreso” y va a cambiar “de manera revolucionaria el concepto de sociedad, de familia”.
“Se trata de una revolución conceptual y cultural sobre la cual la Iglesia no está de acuerdo”, subrayó en declaraciones a la agencia AICA.
El prelado insistió en afirmar que “la reingeniería conceptual para llamar matrimonio a otras realidades que no lo son, nos parece grave. Matrimonio viene de mater, madre, mujer que se une con un varón, de un varón que se une con una mujer. Que se equipare este concepto nos parece muy serio”.
Pero consideró que “lo más grave es la posibilidad de que estas parejas puedan adoptar niños”.
“Es negar la evidencia científica y quitarle al niño el derecho a crecer y desarrollarse en su dimensión psicosexual que requiere de la presencia masculina y femenina. Siempre debe primar el bien superior del niño, criterio rector de la Convención sobre los Derechos del Niño. Y si hay cuestiones médicas o psicológicas todavía por comprobar, no se puede estar experimentando con el bien superior del niño”, aseveró.
Monseñor Marino señaló que la Iglesia va a continuar “dialogando y ofreciendo argumentos en este sentido” a los senadores, instancia legislativa que deberá próximamente analizar el proyecto de ley aprobado en Diputados anoche por 129 votos positivos, contra 109 negativos y seis abstenciones.
El prelado lamentó, además, que “algunos legisladores cedan ante presiones de grupos minoritarios y no tengan la valentía de expresar lo que en conciencia creen”.
Asimismo, estimó que la votación en el Senado “puede ser un poco más difícil” para la aprobación, y expresó su confianza en que “así sea, para que vuelva a Diputado para su modificación o archivo”.+

Buenos Aires, 3 May. 10 (AICA)
La Conferencia Episcopal Argentina y la Universidad Católica Argentina (UCA) mantienen reuniones periódicas con diputados y senadores, a fin de manifestarles la posición de la Iglesia y ofrecerles argumentos para oponerse a los proyectos de ley para modificar el Código Civil y permitir el “matrimonio” entre personas del mismo sexo y que estas parejas puedan adoptar. También sobre las iniciativas para despenalizar el aborto.El obispo auxiliar de La Plata, monseñor Antonio Marino, encargado por el Episcopado de seguir las cuestiones legislativas, e Inés Franck, Guillermo Cartasso, Nicolás Lafferriere y el presbítero Rubén Revello, peritos de la UCA, son los encargados de exponer ante los legisladores estas cuestiones de inminente tratamiento parlamentario.

En los argumentos esgrimidos, se advierte sobre la inconstitucionalidad de los proyectos, sobre el porqué afecta el interés superior del niño, sobre cómo se pretende modificar en forma sustancial de la organización social, y la baja incidencia de uniones homosexuales y el deterioro de la unión heterosexual, entre otros.

Resumen de los argumentos
INCONSTITUCIONALIDAD DE LOS PROYECTOS: La Constitución Nacional y los Tratados Internacionales de Derechos Humanos con jerarquía constitucional reconocen al matrimonio como la unión de un varón y una mujer, como surge de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) cuando reconoce en el artículo 16.1: “Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia…”; del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (1966) en su artículo 23.2: “Se reconoce el derecho del hombre y de la mujer a contraer matrimonio y a fundar una familia…” y de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (1969) en el artículo 17.2: “Se reconoce el derecho del hombre y la mujer a contraer matrimonio y a fundar una familia…”. Por tanto, las uniones de personas del mismo sexo no tienen título jurídico para requerir la tutela del Estado.

SE AFECTA EL INTERÉS SUPERIOR DEL NIÑO: La legalización de uniones de personas del mismo sexo vulnera el interés superior del niño, criterio rector de la Convención sobre los Derechos del Niño, pues incluye la pretensión de tener descendencia, ya sea por técnicas de procreación artificial o por adopción. En este sentido, el niño tiene derecho a crecer y desarrollarse en su dimensión psicosexual a partir de la complementariedad entre varón y mujer. Tal legalización altera los principios civiles que regulan la filiación matrimonial y sus presunciones. Los proyectos pretenden eliminar todas las leyes donde se habla de “padre” y “madre”. No puede experimentarse con los niños, máxime cuando se han señalado diversas consecuencias negativas que podrían derivar de la sanción de estos proyectos de ley.

MODIFICACIÓN SUSTANCIAL DE LA ORGANIZACIÓN SOCIAL: La reforma del matrimonio tal como está regulado en el Código Civil proyecta sus efectos sobre todo el ordenamiento jurídico y la sanción de una ley de estas características supondría la modificación de partes sustanciales del Código Civil y de otras numerosas normas vigentes, sin que se cuente con los estudios sobre las consecuencias de tales modificaciones. Por otra parte, los beneficios que se conceden legalmente al matrimonio fueron instituidos considerando su constitución por varón y mujer y sus funciones intransferibles en la transmisión de la vida y la educación de los hijos. Estas uniones de personas del mismo sexo no cumplen tales funciones ni generan esos beneficios.

SOBRE LOS PROYECTOS DE UNIÓN CIVIL: Los argumentos de fondo sobre la pretensión de reconocer como “matrimonio” a las uniones de personas del mismo sexo, se extienden también a los proyectos de ley que pretenden una legalización de tales uniones a través de leyes de “unión civil” o similares. En estos casos, no se las puede equiparar al matrimonio, sin grave injusticia contra el bien común y el derecho de familia, en especial por la función pedagógica de la ley y por las diferencias esenciales existentes entre la unión de varón y mujer estable y abierta a la vida que es el matrimonio, y las uniones de personas del mismo sexo, que no se corresponden con la complementariedad sexual propia de la naturaleza humana.

BAJA INCIDENCIA DE UNIONES HOMOSEXUALES Y DETERIORO DE LA UNIÓN HETEROSEXUAL: Sin perjuicio de los argumentos de fondo, cabe señalar que, en los países en los que se legalizó como matrimonio la unión de personas del mismo sexo apenas un 5% (o menos) de la totalidad de la población de orientación homosexual tiene interés en contraerlo, y una vez que lo contrae la unión tiene baja duración. Ello provoca la disminución de la tasa de matrimonialidad. En consecuencia: las personas de orientación homosexual una vez que tienen el matrimonio, no se casan; pero perjudican a las personas heterosexuales, y a la institución matrimonial: después son menos los que quieren contraer matrimonio (ni homosexuales, ni heterosexuales).+

La heterosexualidad como requisito para el matrimonio

DECLARACIÓN DE LA COMISIÓN PERMANENTE DEL EPISCOPADO ARGENTINO

La heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar

Ante el conocimiento de un próximo debate legislativo sobre proyectos de ley de matrimonio homosexual, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, dijo que “afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto. Lo contrario sería desconocer su esencia, es decir, aquello que es”. “En el matrimonio se encuentran y realizan tanto las personas en su libertad, como el origen y el cuidado de la vida. Esto no debe ser considerado como un límite que descalifica, sino como la exigencia de una realidad que por su misma índole natural y significado social, debe ser tutelada jurídicamente. Estamos ante una realidad que antecede al derecho positivo y, por lo mismo, es para él fuente normativa en lo sustancial”, subrayó en un comunicado.

LA HETEROSEXUALIDAD COMO REQUISITO PARA EL MATRIMONIO NO ES DISCRIMINACIÓN
Ante el conocimiento de un próximo debate legislativo sobre proyectos de ley de matrimonio homosexual, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, dijo que “afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto. Lo contrario sería desconocer su esencia, es decir, aquello que es”.

“El matrimonio como relación estable entre el hombre y la mujer, que en su diversidad se complementan para la transmisión y cuidado de la vida, es un bien que hace tanto al desarrollo de las personas como de la sociedad. No estamos ante un hecho privado o una opción religiosa, sino ante una realidad que tiene su raíz en la misma naturaleza del hombre, que es varón y mujer”, subrayó en un comunicado.

Tras indicar que “este hecho, en su diversidad y reciprocidad, se convierte, incluso, en el fundamento de una sana y necesaria educación sexual”, advirtió que “no sería posible educar la sexualidad de un niño o de una niña, sin una idea clara del significado o lenguaje sexual de su cuerpo”.

El Episcopado señaló que “estos aspectos que se refieren a la diversidad sexual como al nacimiento de la vida, siempre fueron tenidos en cuenta como fuente legislativa a la hora de definir la esencia y finalidad del matrimonio. En el matrimonio se encuentran y realizan tanto las personas en su libertad, como el origen y el cuidado de la vida”.

“Esto no debe ser considerado como un límite que descalifica, sino como la exigencia de una realidad que por su misma índole natural y significado social, debe ser tutelada jurídicamente. Estamos ante una realidad que antecede al derecho positivo y, por lo mismo, es para él fuente normativa en lo sustancial”, aseveró.

Texto completo de la declaración

Ante el conocimiento de un próximo debate legislativo sobre proyectos de ley de matrimonio homosexual, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina manifiesta al respecto:

El matrimonio como relación estable entre el hombre y la mujer, que en su diversidad se complementan para la transmisión y cuidado de la vida, es un bien que hace tanto al desarrollo de las personas como de la sociedad. No estamos ante un hecho privado o una opción religiosa, sino ante una realidad que tiene su raíz en la misma naturaleza del hombre, que es varón y mujer. Este hecho, en su diversidad y reciprocidad, se convierte, incluso, en el fundamento de una sana y necesaria educación sexual. No sería posible educar la sexualidad de un niño o de una niña, sin una idea clara del significado o lenguaje sexual de su cuerpo. Estos aspectos que se refieren a la diversidad sexual como al nacimiento de la vida, siempre fueron tenidos en cuenta como fuente legislativa a la hora de definir la esencia y finalidad del matrimonio. En el matrimonio se encuentran y realizan tanto las personas en su libertad, como el origen y el cuidado de la vida.

Esto no debe ser considerado como un límite que descalifica, sino como la exigencia de una realidad que por su misma índole natural y significado social, debe ser tutelada jurídicamente. Estamos ante una realidad que antecede al derecho positivo y, por lo mismo, es para él fuente normativa en lo sustancial.

Afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto. Lo contrario sería desconocer su esencia, es decir, aquello que es. “El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes”.

El matrimonio se funda en la unión complementaria del varón y la mujer, cuyas naturalezas se enriquecen con el aporte de esa diversidad radical. La realidad nos muestra que toda consideración física, psicológica y afectiva de los sexos, es expresión de esa diversidad, la cual además no se explica en un sentido antagónico, sino de complemento mutuo. El varón y la mujer, conforman desde esa diversidad complementaria, una nueva realidad que es la familia y que, desde los inicios mismos de la humanidad, ha sido protegida por las sociedades civilizadas, con la institución del matrimonio. Confirma esa realidad, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre la cual exige “reconocer el derecho del hombre y de la mujer a contraer matrimonio y a formar una familia”.

Es responsabilidad de todos proteger este “bien de la humanidad”, (como llamaba Juan Pablo II a la familia), de allí el deseo que nos mueve a sumar las presentes reflexiones en un diálogo sincero con la sociedad y como aporte a quienes tienen la difícil tarea de legislar sobre estos temas.

La Sagrada Familia de Nazareth, modelo permanente, ayude a descubrir a nuestros jóvenes, el valor de la vocación matrimonial.+