Quiéreme cuando menos lo merezca (nueva versión)

El amor nos engrandece y nos mejora

Si Dios es amor, el amor es lo que más nos asemeja a Dios.

Por eso el amor nos mejora.

Amar nos engrandece. El amor saca lo mejor de nosotros. Por amor somos capaces de cosas de las que no seríamos capaces sin amor.

El amor mejora a los demás. Sólo amándolos serán mejores. La base de la autoestima de una persona se construye con el amor de los padres: quien se sabe y siente amado con amor incondicional, tendrá una buena autoestima.

El amor completo, maduro, en plenitud, es incondicional.

No es un premio: te portaste bien, entonces, te amor… Es gratuito. No es merecido: te amo porque merecés mi amor…

Se ama personas, no partes de personas: no somos partibles… Si te amo, te amo a vos, como sos, no la imagen que yo tenía de vos: eso es un fantasma…

Si amo solo que me gusta de vos, lo valioso, lo que me hace sentir bien… todavía no he llegado a amarte a vos: se ama a la persona. El amor madura: toda la vida.

El amor de mis padres después de 62 años de casados… era mucho más grande que el del día que se casaron. Y mi padre estaba bastante sordo, mi madre tiene problemas para caminar…

Es clásica la distinción de amor de concupiscencia y de benevolencia. Concupiscencia: amor básico: por el bien que me hace, me gusta… pizza love, lo llama Mary Bonacci. Benevolencia: amor por sí mismo, gusto de hacer feliz, tu existencia llena mi vida, te amo a vos. Amor de madres. Primero tiende a ser posesivo: sos mío (está centrado en mí, por eso puede ser más egoísta…). El segundo es de entrega: soy feliz haciéndote feliz…

Todo amor comienza con complacencia y debería madurar en la entrega (que obviamente incluye el gusto). Similar a la distinción entre eros y ágape.

Amor incondicional. Amo a esta persona, amor que incluye sus defectos (que los tiene).

El amor nos mejora y hace mejor a los demás.

Sólo mejoramos en un clima de amor y con una actitud positiva (y los demás también)

La crítica nos humilla, no nos hace mejores. El pase de factura, nos enoja; sentirnos atacados, nos lleva a defendernos y nos mueve al contraataque. No es verdad que la ley con sangre entra…

Todos tenemos discapacidades: nuestras limitaciones y defectos. Discapacidades afectivas, intelectuales, de atención (no nos damos cuenta de cosas, como un sordo no escucha, y no es por mala voluntad…). Cuando una persona anda en silla de ruedas, no le echamos en cara que no pueda caminar, sino que con cariño procuramos ayudarla… De manera similar deberíamos reaccionar ante las discapacidades de carácter o personalidad de los seres queridos.

¿Cómo conseguir amar cuando el otro no lo merezca? ¿Cómo dejarme amar cuando yo no lo merezca (o cómo facilitarme que me ame… cuando no lo merezco: porque si se lo hago más difícil…)?

1.      Conocerse mutuamente, con empatía (sólo desde el otro podemos conocerlo).

Cuando llegué a Kenia, en escala a mi ida a vivir en Uganda, un sacerdote español que llevaba muchos años en África, me dijo: no te preocupes, ya entenderás las costumbres de estos países… Pensé que entendía… pero pasados dos años comprendí el consejo recibido al llegar… uno mira desde dentro: al llegar yo entendía, pero entendía y juzgaba desde mis esquemas mentales argentinos: lo entendía desde otra perspectiva; necesita tiempo para conseguir meterme en la cultura africana y entenderla desde dentro.

Si no sé lo que le pasa, difícilmente lo entienda, imposible que lo pueda ayudar, evitar lo que le molesta. Sólo podré hacerlo feliz si sé lo que lo hace feliz. Y sólo podrá hacerme feliz si sabe lo que me hace feliz.

Parece una tontería, pero no lo es.

Tratar de comprender al otro. Cosa que no es fácil: los varones y las mujeres pensamos, sentimos, experimentamos y reaccionamos de manera diferente. No olvides el famoso libro: Los hombres son de marte y las mujeres de venus. Y tenemos que aprender cómo vive las cosas el otro, de otro modo seremos injustos en nuestra valoración. Y para esto hay que aprender a escuchar sin defenderse, sin sentirse atacado. Y a expresarse abriendo el corazón, sin atacar, buscando entender al otro y que el otro entienda lo que me pasa. Con esa mutua empatía, no vamos poniendo en condiciones de comprendernos y ayudarnos.

Tratar de entender al otro y comunicar sentimientos.

Varones y mujeres tenemos necesidades distintas. Además, se suman las diferencias de carácter que tenemos.

“Debería darse cuenta”… a veces decimos enojados. Pero posiblemente no se da cuenta. Habrá que decírselo.

No me corresponde. No lo valora. Le enoja todo. Siempre quiere salirse con la suya… El asunto es ¿cómo lo digo sin que se ofenda? ¿cómo lo digo con cariño, de modo positivo, animante?

Y ¿cómo me dejo decir las cosas? Caso mujer que me dice: Padre, tengo un problema…

Todos tenemos ese problema: dejarnos decir las cosas, todo: sin ofenderme, sin defenderme, sin replicar (en silencio, escuchar, dejar hablar), si atacar, sin refugiarme en una cueva después…

Una tentación frecuente es banalizar las necesidades que yo no experimento. Quien no siente la necesidad de algo que el otro le reclama, tiende a pensar que lo que el otro le pide o le reclama es una pavada. Si soy muy casero y no me gusta salir, cuando me reclamen que salimos poco, reaccionaré menospreciando esa necesidad… Sin empatía, solo consigo aumentar el sufrimiento del otro, ya que no se siente comprendido (porque de hecho, no lo comprendo…), y rechazo satisfacer su necesidad.

Los varones -simplificando muchísimo…- necesitan sexo y comida. Las mujeres, cariño, compartir, hablar. Los varones y las mujeres suelen quejarse de las mismas cosas del “otro bando”. ¿Y si en vez de despreciar las necesidades ajenas, cada uno se propone ayudar a satisfacerlas? ¿Y si cada uno se propone hacer feliz al otro, en vez de reclamar lo que el otro no le provee?

Sólo me conocerá si me doy a conocer. No pretender que sepa o adivine lo que me pasa. Porque le otro no es yo… es él o ella.

Para  esto fundamental mejorar la comunicación. Sin discursos, sin sermones. No se trata de recordar al otro lo que no hace o hace mal, sino de trasmitirle una necesidad mía que el otro no percibe. Alcanzan frases telegráficas: “me haría feliz…”, “no sabés cuanto valoro…”, “me dolió mucho lo que me dijiste el otro día…”. Sin sermón, sin reclamo.

Mostrar necesidades no es una debilidad. Mostrarnos vulnerables (que algo nos hirió) no es humillante. Todos necesitamos ayuda. Todos tenemos necesidades. Todos necesitamos cariño. Pedirlo cuando haga falta: ¿necesito que me abraces…?

Transmitir mi emoción, sentimiento, carencia… para que el otro lo sepa, para que después lo piense. Con cariño, sin buscar hacerlo sentir culpable: solo para que sepa que algo me haría feliz o lo que me duele. Y si la otra parte tiene un mínimo de corazón –que sí lo tiene– se empeñará en satisfacer esa necesidad o en intentar no volver a hacer sufrir.

2.      Principio básico: No sólo el otro tiene que mejorar…

Cada uno de los cónyuges solo puede mejorar a uno de ellos… a él mismo. Pero a veces nos empeñamos en cambiar al otro… y así no vamos muy lejos.

Los defectos del otro, muchas veces, pueden ser una gran ocasión para que yo crezca en virtud. Y mi intolerancia ante ellos, es fruto –en parte– de mi falta de virtud.

Puede acabarse la paciencia –y se nos acaba–, pero en ese caso el problema es de mi paciencia, no del otro. Y siempre puedo recargar la paciencia que necesito.

Cuando hay buena voluntad de los dos lados, casi siempre se puede llegar a una situación aceptable para los dos lados, que es muchísimo mejor que la separación.

¿Qué pasa cuando echamos en cara lo que nos pasa?

Cuando uno está molesto, enojado, cansado… la primera reacción es cargar sobre quien se considera culpable de mis problemas y echarle en cara todo el asunto.

Olvidamos que, en parte, yo también soy culpable de mi malestar: mi impaciencia, mi soberbia, mi baja autoestima, mi frustración, mi susceptibilidad… hacen que me dé manija y agrande problemas.

Además achacar al otro mis problemas no arregla nada. Suscita en el otro, la actitud refleja de defenderse. Ante un ataque recibido, no me fijo en lo que el otro sufre o tiene razón, sino que busco defenderme. Y ¿cual es la mejor defensa? El ataque. De manera, que paso a echar en cara, los defectos del otro. Así entramos en una discusión sobre la malicia del otro, tratando de convencernos que el otro es muy malo… en vez de buscar cómo querernos mejor y hacernos más felices.

Y así se puede vivir en una espiral de reclamo y de mirar negativamente al otro… solamente como defensa de mí mismo… 

Para ser felices necesitamos querernos más, mirarnos positivamente, ayudarnos… no atacarnos, criticarnos, defendernos…

3.      Punto de partida: amor, actitud positiva, no boicotear el amor

El amor encuentra dificultades, tiene que superar obstáculos y pasa por pruebas que lo maduran, purifican, profundizan, testean su autenticidad, pero también dan lugar a crisis que pueden destruirlo. Es natural que se presenten, sabemos que se presentan, más suaves o más fuertes. La relación puede salir de ellas más sólida que antes. Depende de cómo se manejen, pueden sacar de nosotros lo mejor o lo peor, depende de nosotros: somos libres.

Cuando uno tiene problemas está incómodo, lo pasa mal. El problema se presenta cuando ese malestar dirige el comportamiento y en vez de buscar soluciones, se echa la culpa de los mismos a la otra persona, se pone a la defensiva, en lugar de atacar el problema, se ataca al cónyuge…

Las diferencias matrimoniales se resuelven apostando por mejorar y aumentar lo que los une, no dinamitándolo todo… Así las dificultades podrán ser consideradas en un ambiente positivo y de esperanza, único en el que se resuelven.

Y es importante, no permitir que ese malestar marque la agenda y las respuestas que se dan.

Que sean nuestras virtudes y no nuestros defectos los que manden. Sería muy loco y triste que la soberbia (resistencia a perdonar, a ceder…), el egoísmo (agarrarnos a una pavada y perder lo más importante), el rencor, el deseo de vengarse le ganen a la humildad, el amor, el perdón y la generosidad. Tenemos que evitar que los enojos destruyan lo que más queremos: la familia.

A veces escuchando historias de rupturas matrimoniales me impresiona la cantidad de errores gordos no forzados, tontos, pequeños, que van haciendo una bola de nieve, que acaba destruyendo tontamente una historia de amor. 

Con una actitud de bronca, rencor, venganza, impaciencia, incomprensión… las cosas empeoran, no mejoran. Esto es clarísimo, y es el punto de partida. Sólo desde una actitud positiva ante el otro es puede progresar y encarar problemas, dificultades, errores, etc.

Los problemas de comunicación se mejoran con comunicación, no rompiendo la comunicación. Los problemas matrimoniales se resuelven mejorando el matrimonio, no rompiéndolo…

Si me molestan cosas de mi cónyuge no será poniendo distancia, dándome manija o con pequeñas venganzas cómo contribuya a mejorar la relación… Cuántas veces una mujer, ante la falta de cariño de su marido, reacciona poniendo distancia e indiferencia. ¿Es un buen sistema para conseguir cariño? Parece que no… Y es falso el argumento de que lo hago “para que se dé cuenta…”. Porque de lo único de lo que se dará cuenta es que estoy contra él… y a veces ni sabe por qué. El devolver mal por mal –aunque sea indiferencia–, multiplica el mal, no lo combate. Cuantas veces un marido ante el malestar de su mujer, se refugia en el televisor, en el Ipad, en el deporte… con lo que lo único que consigue es aumentar ese malestar…

Los problemas de relación se mejoran de muchas maneras, pero hay cosas que no la mejoran, sino que la boicotean. Sería triste convertirse en saboteador del amor de nuestra vida.

Cuando algo está roto, hay que procurar repararlo, no destruirlo del todo. No demoler, sino construir.

No es fácil. Hay que aprender, cultivar la paciencia (lo bueno crece de a poco), la humildad (la soberbia lo pudre todo) y la generosidad (el egoísmo destruye el amor). Todo lo que sigue supone un mínimo de buena voluntad de las dos partes, que casi siempre –al menos teóricamente existe–. Y a partir de allí construir.

Hay una canción de la Oreja de Van Gogh que podría ser un buen lema para los matrimonios: “quiéreme cuando menos lo merezca”. Me parece colosal.

No siempre merecemos amor… y siempre lo necesitamos, también cuando no lo merecemos. Si amamos a los demás, los amaremos también cuando no lo merecen… porque no son descartables… Incondicionalmente.

 ¿Cuándo necesito más amor? Cuando menos lo merezco. Y entonces, ese amor no merecido, podrá hacer surgir en mí amor… que me haga merecedor de ese amor que ahora no merezco… Si esperamos que el otro lo merezca, para amarlo… nunca conseguiremos que lo merezca. Aprender de Dios que nos amó y nos ama siempre primero, sin que lo merezcamos. Y así puede despertar nuestro amor.

4.      Con malas políticas es imposible conseguir buenos resultados

Vencer el propio malestar para encarar las cosas

Muchas veces la gente –todos sentimos la tentación– hace todo lo contrario de lo que debería hacer para conseguir lo que querría. Porque el enojo y el malestar interior son de los peores consejeros: difícilmente ofrecerán alternativas positivas y esperanzadoras.

Cuál es la reacción instintiva ante algo que molesta o cuya carencia me hace sufrir (y el peor método para resolverlo): echar en cara al cónyuge la carencia de lo que quiero.

Echar en cara conductas o actitudes que molestan, duelen, hacen sufrir… no ayuda a nadie a cambiar. Es un desahogo –normalmente agresivo o victimista–. Humilla al otro, normalmente lo ofende (aunque sea verdadero).

No puedo sentarme a esperar que cambie, tengo que involucrarme en su cambio.

Sin echar en cara, animando, pidiendo, motivando…

Maridos y mujeres se suelen echar en cara lo que les molesta o las necesidades que el otro no satisface.

Empatía. Meterse en los zapatos del otro, no intentar meter de prepo al otro en los míos… No es fácil porque son distintos, tienen necesidades distintas. Hay que esforzarse por conocer las necesidades del otro, una necesidad que yo puedo no experimentar en absoluto, y que no por eso no es importante.

Qué es importante para mí, qué es importante para el otro. Que el otro sepa qué es importante para mí. El amor lleva a esforzarme para que sea importante para mí, lo que  es importante para el otro…

¿Qué es lo espontáneo? Que me parezca insoportable lo que me molesta del otro, y que me parezca una pavada lo que al otro le molesta de mí… Porque a cada uno le parece importante lo que pretende y banal lo pretendido por el otro.

Que lo importante para el otro sea importante para mí, porque lo quiero.

Si se descuidan –y se dejan llevar por esa tendencia natural– comienzan a carecer de la mínima empatía necesaria para el diálogo. Esto hace muy difícil la comunicación y uno cada vez está más enojado… Entonces recurre a meterse en la propia trinchera para defenderse de los reclamos ajenos, y a su vez bombardear la otra trinchera con reclamos propios, para demostrarle al otro qué malo que es… y que es mucho peor que yo… Se enojan cada vez más, buscan y encuentran cada vez más cosas negativas en el otro. Se van haciendo incapaces de ver cosas buenas. Se va viendo al otro como culpable de todos mis problemas… Un espiral que –si no se maneja bien– acaba explotando…

Hay que aprender a ser paciente y abrir el corazón sin echar en cara. A escuchar sin defenderse. A comprender al otro, ya que mientras no lo comprenda, no pondré entender lo que le pasa y no podremos resolver los problemas (que como los problemas matemáticos, tienen solución).

No discutir enojados

Un principio fundamental: no discutir enojados. Porque enojados decimos muchas cosas que no pensamos realmente, de la peor manera y que se graban a fuego en la otra persona. “Vos siempre…”, “vos nunca…”… “ya no te quiero…””Como tu padre/madre/…”.

Solo se busca herir… y se lo consigue. La persona herida, busca venganza y busca herir… Lastimándose mutuamente no arreglarán nada.

Aprender a manejar mejor: si chocamos es porque manejamos mal, no supimos esquivar el choque, frenar… Si chocamos nos abollamos los dos, nos duele a los dos… Obvio hay que evitar choques…

Parece de locos, pero somos así. Por eso hemos de estar atentos. Si lo manejaran mejor… –los dos– podrían vivir en paz. Vale la pena.

Decirlo: no quiero herirte, hacerte sentir mal, ofenderte… te quiero… Decirlo: te quiero: no te digo esto porque te odie o no te quiera. Quiero que seamos felices y nos hagamos felices el uno al otro.

Si quiero resolver las cosas, ayudar a ser mejor, tengo que hacerlo sin humillar, animando a mejorar, no aplastarlo por lo malo que es…

No se trata de dar oportunidades

A veces, cuando un cónyuge está cansado del otro, lo llena de reproches y, en un alarde de generosidad, se propone darle otra oportunidad para que cambie…

Pero no es cuestión de dar oportunidades. Como quien toma un examen para ver si el cónyuge aprueba o es reprobado. El asunto es cómo nos ayudamos, entre los dos, a superar problemas de comunicación, carácter, defectos… que todos tenemos. 

Las cuestiones de amor nunca se resuelven así. Cuando lo pongo a prueba, muchas veces, inconscientemente, tengo la disponibilidad de bocharlo. Pero yo no debería querer bocharlo, debería querer verlo superar con creces el problema que me enoja, molesta, duele, impacienta… Sí le exijo cuestiones concretas, que las charlamos, “negociamos”, tirando los dos para el mismo lado.

Se trata de crear oportunidades, de dar ocasiones, de facilitar lo que quiero o necesito del otro.

5.      Búsqueda de acuerdos.

Somos distintos. Hay personas más caseras y otras más salidoras. Unos más deportista y otros más sedentarios. Unos más independientes y otros que disfrutan compartiéndolo todo. Unos que necesitan más aire, y otros que tienen a asfixiar al otro… Por eso, hay que encontrar modos de vivir en pareja, en la cual los dos se sientan a gusto. Algunas parejas necesitarán más aire… y eso les hará bien. Hace falta creatividad para modelar el propio estilo de pareja.

Y cuando no hay acuerdos en algunas cuestiones, renunciar por amor a eso que no consigo quizá sea la solución. Obviamente, en una relación sana, las renuncias no son unilaterales, sino que el amor lleva a los dos a renunciar a algunas cosas. Y si la renuncia es por amor, no genera rencores, ni es traumática…

Una concepción del amor como satisfacción personal conduce a fracasar afectivamente. Un amor sin entrega no es amor. Pero entrega amorosa, no entrega rencorosa (cedo, pero me quedo herido, guardo rencor por haber tenido que renunciar a eso…).

Las renuncias rencorosas hacen mal al corazón. Si renuncio a algo, sin “perdonar” al otro por esa renuncia, mala cosa… eso no es un acto de amor. Cuando la renuncia es un acto de amor, me hace feliz. Si me amarga, significa que no la he procesado bien…

Estoy convencido que dos personas, mínimamente buenas y generosas, son capaces de vivir en armonía, más allá de los cortocircuitos que puedan tener. Si el amor las llevó a casarse, significa que tienen la base mínima necesaria –que es bastante grande– para edificar una pareja razonablemente amable. Lo que, en algunos casos, puede incluir tratamientos psicológicos y psiquiátricos cuando haga falta…

6.      Invertir cariño.

San Juan de la Cruz nos dejó la extraordinaria frase llena de riqueza: “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”.

En esta enseñanza se condensan tres enseñanzas de San Pablo:

  1. Uno siembra lo que cosecha. Alguna temporada la cosecha se perderá y no se recoge, como pasa en la agricultura, pero también es posible que la siguiente posiblemente coseche más de lo esperado… Quien deja de sembrar por una mala cosecha, no volverá a cosechar nunca.

El que siembra abundantemente cosecha abundantemente…: “Sepan que el que siembra mezquinamente, tendrá una cosecha muy pobre; en cambio, el que siembra con generosidad, cosechará abundantemente. Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,6-7).

  • Ahogar el mal en abundancia de bien: “Bendigan a los que los persiguen, bendigan y no maldigan nunca. Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios. No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres. En cuanto dependa de ustedes, traten de vivir en paz con todos.  Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos (…) No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien” (Rom 12,14-21).

3) «La felicidad está más en dar que en recibir» (Hechos 20,35).

San Pablo recuerda estas palabras de Jesús. Si das generosamente, te llenarás de alegría. Se encuentra la felicidad, no cuando se la busca para uno mismo, sino cuando se la busca para los demás… No midas tanto lo que recibís… Pon amor y sacarás amor. No te canses de amar, serás feliz.

Sabiendo que –si lo hacemos por Dios– nada nunca se pierde….

7.      Esperanza

La esperanza es de las virtudes más importantes. Todo lo que se consigue, es porque se ha confiado en conseguirlo. Cuando no se espera, no se consigue.

La desesperanza, el pesimismo, la visión negativa y tremendista, son sentimientos que salen de mi corazón, y debo trabajar sobre ellos. Soy libre de aceptarlos o buscar generar otros. Solo con una actitud positiva y esperanzada mejoran las cosas.

Hay motivos para tenerla, porque se han amado mucho; y tienen muchos motivos para luchar. A partir de esa esperanza se pueden curar heridas y construir un futuro mejor.

Esperanza, además, porque hay milagros. He visto muchos “milagros matrimoniales”.

P. Eduardo Volpacchio
Córdoba, 30 de julio de 2020

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