La oración de una madre…

Jesús y la mujer cananea_ Pieter Lastman (1617)_ (1)

Mt 15,21-28

21 Jesús se dirigió hacia el país de Tiro y de Sidón. 22 Entonces una mujer cananea, que salió de aquella región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. 23 Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. 24 Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. 25 Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”. 26 Jesús le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. 27 Ella respondió: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”. 28 Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”. Y en ese momento su hija quedó curada

En este pasaje encantador, quisiera detenerme en un detalle del milagro, la condición materna que quien reza: es la oración de una madre por su hija.

Es un gran ejemplo de oración de una madre. A la cananea, el hecho de que la oración sea por hija su le aporta a su oración un valor extraordinario.

Le da fuerza, para ir más allá de sí misma. La lleva tener una fe que no hubiera tenido si no hubiera tenido a su hija enferma.

La lleva buscar a Jesús. De no ser por la enfermedad no hubiera buscado a Jesús. Podríamos decir a los padres y madres: que el amor a tus hijos, te acerque a Dios, te lleve a Jesús: ellos necesitan que estés más cerca de Dios… Por eso ellos te acercan… Recuerdo un medallón que algunas familias ponían en los autos, bien a la vista del conductor, con una frase: “papá no corras te esperamos…” Como diciéndole, manejá con prudencia… te necesitamos…, no te arriesgues. Se podría aplicar a tus hijos pidiéndote: papá rezá, lo necesitamos…

La lleva a perseverar. A seguir pidiendo más allá de la aparente poca expectativa de éxito. Jesús la hace perseverar para mostrarnos a nosotros su fe… para que aprendamos de ella.

No parece que Jesús vaya a hacerle caso… Al principio, parece no escucharla; después, peor, parece rechazarla, pero desde el principio admira su fe… Y ella insiste.

Jesús la escucha -te escucha- desde el primer momento, pero quiere que insistas. Te escucha y contempla complacido tu constancia. En la oración por tus hijos, por tu familia, Dios cuenta con vos como corredentores en general, pero también particular.

A una madre que perdió tres embarazos avanzados… alguien le escribió: tenés tres hijos que se ganaron el cielo con el dolor de su madre, con tu dolor. Los hijos “viven” de la gracia que les consiguen sus padres… Esto incluye, a veces, el ofrecer no ver resultados inmediatos a la oración… que es parte de la oración.

El amor a su hija la lleva a humillarse, a llenar su oración de humildad. Jesús parece rechazarla, pero ella entra en el juego de Jesús. Bendito juego que parece que la abaja, pero la engrandece. Que oración… Jesús la ayuda a hacer un acto de humildad.

La lleva a conseguir…

Jesús acaba con una exclamación de admiración: Mujer ¡Qué grande es tu fe! Esa fe que el amor a tu hija te ayudó a cultivar, a madurar. Pienso que ese amor estuvo en la raíz de su fe, del enorme valor de su oración.

Tus hijos necesitan tu fe, de tu oración. Y esa necesidad debería empujar tu oración…

La Comunión de los santos es ordenada… participan de las riquezas espirituales todos los cristianos, pero de manera particular los más próximos…

Dios siempre escucha, y de manera particular la oración de los padres. Ahí tenemos la historia de Santa Mónica… y el gran San Agustín que consiguió siguiendo el consejo de San Ambrosio: “habla más a Dios de tu hijo”… El valor de la oración de un padre, de una madre. ¡Que tesoro!

Quizás te pase lo que a aquel padre que acude a los Apóstoles… y ante el fracaso de estos, a Jesús… (Mc 14, 9-29). Ante Jesús que le dice “todo es posible para el que cree”, viendo que le faltaba… le suplica “¡Creo, pero ayuda mi incredulidad!” Sabía que necesitaba más fe para conseguir el milagro que necesitaba su hijo. ¡Y consigue las dos cosas: la fe y el milagro!

Que la conciencia de este valor, encienda tu vida interior… No cumplimos prácticas de piedad como quien hace gimnasia… No son ejercicios de autoperfeccionamiento espiritual. Con nuestra oración traemos a Dios a nuestra vida, a nuestra familia, a tus hijos, al país, al mundo… Necesitamos considerar tanta gracia que consigue nuestra vida interior, es un incentivo muy grande para cuidarla, sostenerla y mejorarla.

¡Jesús siempre se rinde ante el amor de una madre!

P. Eduardo Volpacchio
Tanti, 20 de agosto de 2017

 

 

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