Paradojas de una muerte

Con la liturgia el Viernes Santo revivimos la muerte de Cristo y nos arrodillamos en el momento de su muerte. Es un día de paradojas divinas.

Muerte de Cristo. Muerte por amor, que mata a la muerte misma: la gran derrotada del Viernes Santo.

Muerte de Cristo: amor que transforma el acto de violencia y destrucción en el comienzo de una nueva creación: en gloria.

Qué misterio: un sufrimiento que produce bien. Muestra que el amor puesto en contacto con el sufrimiento explota en bien. Como la nafta -veneno si la bebemos- puesta en contacto con la chispa que produce la bujía en el motor, explota produciendo un movimiento imponente. El dolor  es veneno, pero con la chispa del amor produce explosiones de bien. Como una reacción química en cadena, el dolor tocado por el amor explota en una explosión creadora.

Una muerte… que es muy viva. Y no sólo porque el cuerpo muerto de Cristo está unido a la divinidad: es decir, es el cuerpo muerto de Dios. Estamos ante la más viva de las muertes, porque es vivificadora.

Una muerte que da vida: porque es entrega de amor infinito. Esa vida entregada no se pierde en el vacío: quienes la reciben viven de ella.

Muerte que da vida: ¡qué misterio más inefable!

Dar la vida hace fecunda la vida entregada. Da vida, no sólo a quien la entrega, sino a muchísimas almas que la reciben. Abre la vida a una fecundidad gloriosa, sobrenatural, divina, que llena –en Cristo- de vida sobrenatural a sí mismo y a los demás.

Toda la vida de Cristo se dirige al Triduo Pascual: glorificación, triunfo, realización y plenitud. Y allí todo es inseparable.

Una muerte unida a la resurrección: Para vivir  hay que morir. En la entrega amorosa de sí mismo está la causa de la exaltación. Con palabras de San Pablo: Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre (Fil. 2,8-9). No como un premio extrínseco, sino como producto de una lógica interna, de una dinámica divina.

Hablando de las imágenes de Cristo, el Card. Ratzinger explica como deben representar todo su misterio, uniendo cruz y gloria:

Cristo es representado como el Crucificado, como el Resucitado, como el que ha de venir de nuevo, como el Señor que reina ya ahora sobre el mundo de forma misteriosa.

Toda imagen de Cristo ha de incluir estos tres aspectos esenciales del misterio de Cristo y, en este sentido, será una imagen pascual. Naturalmente que quedan abiertas aquí diversas posibilidades de acentuación. Una determinada imagen puede explicitar más la cruz, a pasión y el desamparo, o bien puede poner en primer plano la Resurrección y la parusía. Pero ninguna de estas dimensiones debe quedar aislada. A pesar de las diversas acentuaciones, ha de aparecer el misterio pascual en toda su integridad. Un crucifijo en el que en modo alguno pudiera entreverse el elemento pascual sería tan erróneo como un imagen pascual que olvidada las llagas  de Cristo y la actualidad de su sufrimiento.(1)

Hay una conexión entre la muerte y la resurrección.

En la muerte y resurrección de Jesús se verifica y confirma toda su vida y enseñanza: quien quiera salvar su vida la perderá, quien la pierde por mí, la salvará. El que quiera venir en post de mi, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga…: ¿adonde? A la Gloria. Bienaventurados: pobres, mansos, los que lloran, los perseguidos… Dios es amor, amor que da la vida. Nacer de nuevo: Nicodemo para nacer de nuevo, no hay que volver al seno de nuestra madre, tenemos que unirnos a la muerte y resurrección de Cristo. Amor hasta el extremo (¿tiene sentido llamar enemigos a aquellos por los que se da la vida?).

El grano de trigo, que nace al morir, al entregarse del todo se hace fecundo. Muerte que conduce a la resurrección, no sólo propia –la de Cristo mismo-, sino a la de todos los que viven por  Él.

No hay muerte sufrida por amor, sin resurrección: cuando se hace entrega –cuando el sufrimiento se hace entrega amorosa- entonces es transformado radicalmente: se llena de vida, de una vida que es absolutamente superior a la vida previa al sufrimiento, a una vida sin sufrimiento. El amor hace explotar el dolor, transformándolo en vida divina.

No somos salvados desde fuera, sin por una participación personal: incorporándonos a Cristo, a su muerte y resurrección. Es lo que hace el Bautismo. Y es lo que hace la cruz de cada día.

Una vida sin cruz –si fuera posible después del pecado original: que no lo es-, no sería vida, le faltaría el factor que posibilita la entrega amorosa, que hace plena esa vida.

Una vida sin amor no es vida: le faltaría el agente transformador, divinizador, glorificador.

Dinamismo cruz – resurrección: clave, luz, fuerza. Y sobretodo, presencia y compañía del crucificado junto a nosotros: nunca nos deja solos en la cruz. Cercanía de Dios siempre, pero sobretodo en la cruz. Ahí su amor se da hasta el extremo por cada uno.

No nos escapemos de su cruz, no dejemos solo a Jesús con la nuestra.

In laetitia nulla die sine cruce.
Con alegría –con amor, con entrega amorosa- ningún día sin cruz; ningún día sin resurrección, ningún día sin Jesús, sin su gloria.

A San Josemaría no le gustaba nada la palabra resignación: ¿resignarse con lo que da la vida? ¡Si es gloria! ¡Con lo que nos hace hijos de Dios! ¡Con lo que hace fecundos y redentores!

Así como en las imágenes del crucificado debe estar presente la chispa de la resurrección, que sepamos ver en la cruz de cada día –en la de cada uno- la chispa de la gloria, de nuestra gloria en Cristo.

Cruz, fuente de vida. Cruz fuente de amor. Cruz fuente de resurrección. Que no te tengamos ya miedo. Que no nos escapemos de vos. Que te abracemos decididos, que en vos, nos fundamos con el amor divino que nos busca.

Ante Cristo muerto en la cruz, esperando la resurrección, pedimos a gritos: no más esquivar la cruz, no más miedo al dolor, no más amargura ante el sufrimiento, no más cobardía, no más quejas, no más escaparnos, no más protestas, sentirnos víctimas… con aquello que llena de vida, diviniza y glorifica.

La Virgen sabe de la inseparabilidad de la cruz y la resurrección, que nos ayude a ver en cada cruz –en la que sea- la luz de la gloria y nos de el amor que la llene de alegría.

P. Eduardo Volpacchio
Buenos Aires, 6 de abril de 2012

(1) J. Ratzinger, Introducción al espíritu de la Liturgia, San Pablo, Bogotá 2006, pp. 109-110

Para bajar esta entrada en Word: Viernes Santo 2012

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