Meterse en la Escritura de la mano de San Josemaría

Hoy me atrevo a postear la homilía que prediqué el sábado 25 de junio en la Parroquia de San Juan Bosco (San Isidro) en la festividad de San Josemaría.

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En los últimos meses el Santo Padre en dos ocasiones, se ha referido a San Josemaría como uno de los grandes santos que son punto de referencia en la historia de la Iglesia. De ellas nos serviremos, para esta celebración de su fiesta.

En el pasado mes de marzo, en un discurso a la penitenciaría apostólica sobre la confesión, se refería a grandes confesores de la historia, invitando a “la fiel y generosa disponibilidad de los sacerdotes para escuchar de las confesiones, con el ejemplo de los grandes Santos de la historia, desde San Juan María Vianney hasta san Juan Bosco, desde san Josemaría Escrivá a san Pío de Pietralcina, desde san José Cafasso a san Leopoldo Mandić, nos indica a todos nosotros cómo el confesionario puede ser un “lugar” real de santificación”. Como uds. no son sacerdotes, no me detendré a proponérselo como ejemplo de confesor… aunque sí de apostolado del sacramento de la alegría, como lo llamaba San Josemaría.

La otra —y en esta sí que nos detendremos— es en la Ex. Ap. Verbum Domini, cuando –hablando de la recta interpretación de la SE- señala la importancia de considerar la vida de los santos, ya que son quienes han vivido la Palabra divina en plenitud. Y, para ejemplificar esto, constataba que –de hecho-, y son sus palabras, “las grandes espiritualidades que han marcado la historia de la Iglesia, han surgido en relación con la Sagrada Escritura”. Entonces el Santo Padre –seguramente sin pretender hacer un elenco exhaustivo de cuáles son a su juicio esas espiritualidades que marcaron la historia de la Iglesia, señala 16 grandes santos de toda la historia -los puntos de referencia fundamentales, santos de la talla de San Benito, San Francisco de Asís, Santo Domingo, San Ignacio de Loyola, el cura de Ars-; entre ellos, cinco del siglo XX, con su respectivo papel: San Josemaría –y su predicación de la llamada universal a la santidad—, el Padre Pío –y su ser instrumento de la misericordia divina- y la Beata Teresa de Calcuta -misionera de la caridad de Dios para con los últimos, junto a dos mártires (el siglo XX fue el siglo con más mártires de la historia).

En un contexto menos solemne, encontramos una nueva llamada a seguir sus consejos en lo referente a la búsqueda de Jesús en el Evangelio, en la Audiencia del miércoles Santo, dirigiéndose a los participantes del UNIV, allí presentes, citando el punto 2 de Camino.

No cito estas recientes referencias magisteriales con intención estadística, sino para  —además de agradecer a Dios—recoger estas llamadas del Magisterio, y concretarlas para nosotros, de manera que esta celebración de San Josemaría nos ayude personalmente en nuestro camino de santidad.

A la luz de las palabras del Santo Padre, consideremos el papel que la Palabra de Dios tuvo en la vida de San Josemaría y el que debería tener en la nuestra. Veamos algunos puntos de su amor y vivencia de la Sagrada Escritura, con la intención de seguir sus huellas.

Imitar, copiar, sin peligro de ser acusados de plagio. Imitar y copiar, no sirve si se reduce a lo exterior —la formalidad de repetir algo hecho por otro—; pero que es muy valioso, si se copia con adhesión interior, encarnando, haciendo propio, viviendo lo que se copia según la propia interioridad. Porque entonces es vivencia personal y no copia.

Así viviremos en nuestra vida, personalmente, lo que aprendemos de la suya. Así nos enriquecemos con modos y vivencias de los santos.

Cuando leí en la Ex. Ap. Verbum Domini que no era una casualidad que las grandes espiritualidades que han marcado la historia de la Iglesia hayan surgido de una explícita referencia a la Escritura, y la referencia explícita a San Josemaría, de repente vino a mi cabeza una expresión muy de Scott Hahn: ¡bingo! Es decir, claro, obvio, aunque hasta ese momento no lo hubiera visto así de claro. Y pasaron por mi mente luces que recibió de Dios nuestro Padre, cada una con textos de la Escritura. Santificación del trabajo y el ut operaretur del Génesis; la filiación divina y el Abba Pater de la oración en el huerto; locuciones que perfilaron el espíritu del Opus Dei: et ego si exaltatus fuero a terra omnia traham ad meipsum (cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí), inter medium montium, pertransibunt aquae (a través de los montes las aguas pasarán), y un larga lista de locuciones divinas. En efecto, Dios le hablaba con la Sagrada Escritura, mostrándole esos pasajes con luces nuevas.

Todo el espíritu del Opus Dei –como toda la vida cristiana- procede de la Escritura. A modo de resumen, nuestro Fundador, decía que era “viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo”. Viejo, auténtico, original, salido de los divinos labios y de la vida de Cristo hace dos mil años. Nuevo: actual, vivo, vivificante, porque Cristo está vivo, renovando todas las cosas.

La fuerza vital que realizó la santidad de San Josemaría y llenó de eficacia su apostolado, fue la gracia. Gracia divina, que le llegó por los cauces ordinarios: el pan y la palabra. Los sacramentos –sobre todo la Eucaristía— y la Palabra de Dios. Lo suyo fue una respuesta generosa, pero la santidad la da Dios, no la conseguimos los hombres.

Amaba profundamente la Palabra de Dios, porque amaba a Dios. En su relación con la Biblia, no era un teórico, ni pretendía pasar por erudito de la exégesis. Su vivencia y predicación de la misma, lo coloca en línea directa con los Padre de la Iglesia, como bien ha subrayado conocidos teólogos.

Su vida interior, su oración se alimentaron y vivieron de la Palabra divina.

Encontró su alimento en la lectura y meditación del Evangelio (no más tiempo del que  estipuló en el Opus Dei para todos sus hijos). En la liturgia: la Liturgia de la Palabra de la Misa y el rezo de la Liturgia de las Horas eran fuente para su vida interior. Las luces divinas encendían su alma, lo sostenían, iluminaban, surgían básicamente de allí; y las recogía cuidadosamente en fichitas, para que no se les perdieran y poder transmitirlas.

Su predicación, está llena de la Sagrada Escritura, acudía a ella como fuente de vida. Confiaba en su fuerza transformadora, por eso era la base de su predicación. Con gran capacidad de síntesis, encontraba en dos o tres palabras, que resumían, llenas de luz, horizontes de vida cristiana: con un sencillo erat subditus illis (les estaba sujeto), mostraba la esencia de la obediencia, con un omnia in bonum (así resumía Rom 8,28) nos llevaba a confiar en la Providencia de nuestro Padre Dios.

Confiaba plenamente en la eficacia sobrenatural de la Palabra divina.

En la Audiencia General del último miércoles Santo, Benedicto XVI, citaba a los participantes del congreso UNIV el punto 2 de Camino, deseando que su cumpliese en sus vidas: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo”.

Para esto, quisiera detenerme en consejo concreto que nos daba para acercarnos al Evangelio. Nos advertía que no nos acercásemos a la Sagrada Escritura como a un libro cualquiera; y nos recomendaba entrar, con todo nuestro ser y vida, en su trama viva.

Resumía su método —por llamarlo de alguna manera, ya que no era amigo de encasillar a las almas en métodos— de aproximación a la Escritura en cuatro palabras: Como un personaje más. Así era como nos invitaba a que nos metiéramos en el Evangelio como un personaje más.

Meterse, un expresión bien gráfica. Entrar, entonces ver, escuchar, sentir, en primera persona; pero no como un intruso, un espía que se asoma desde fuera para ver qué pasa –como quien espiara por el agujero de una cerradura-. Nos invitaba a introducirnos con pleno derecho a vivir ese suceso, como un personaje presente y activo en la escena.

En Amigos de Dios nos aconseja: “mezclaos con frecuencia entre los personajes del Nuevo Testamento. Saboread aquellas escenas conmovedoras en las que el Maestro actúa con gestos divinos y humanos, o relata con giros divinos y humanos la historia sublime del perdón, la de su Amor ininterrumpido por sus hijos. Esos trasuntos del Cielo se renuevan también ahora, en la perennidad actual del Evangelio: se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina” (Amigos de Dios, n. 216).

Es sus libros, nos lleva de la mano a hacerlo. En El Santo Rosario, lo hace de un modo muy didáctico y práctico: tu eres en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado un vecino…

No es cuestión de imaginación: sino una puerta de acceso al mundo divino. En el ámbito temporal con la imaginación podemos vivir muchas cosas, pero no dejan de ser fantasías. Cuando se aplica, en la fe, a vivir en el Evangelio, se trata en cambio de algo real: se vive con Cristo su vida. Lo que vivo, eso que sucede en la quietud de mi alma entre Jesús y yo, no es algo que sólo imagino. Es el punto de encuentro existencial con Dios.

Entonces, el Evangelio cobra vida, un personaje real se añade a la escena: yo mismo. Como soy, con toda mi carga existencial —que es distinta cada día—, viviendo la escena como si la hubiera vivido entonces; pero no la vivo entonces –un suceso pasado-, sino que la vivo ahora. Me meto allí con toda mi vida, y así no sólo entro en la vida de Jesús, sino que al mismo tiempo lo meto en la mía. Soy un personaje más en el Evangelio, Jesús es un personaje más en mi vida.

Esto es posible, porque la Palabra de Dios es viva: es eterna. Es Dios mismo: el Verbo. Entro en la eternidad de Dios, donde vivo ese suceso de la vida de Cristo, y el eterno presente de Dios, se hace hoy, aquí y ahora, en la temporalidad de mi oración. Conecto con su vida a través de su Palabra –que es divina-, vivificante, actualizada por la acción del Espíritu Santo, del que soy Templo.

Tenemos una escuela en sus escritos, por ejemplo en las homilías recogidas en Es Cristo que pasa y Amigos de Dios.

Ese vivir inmersos en la Palabra de Dios, nos hará necesariamente apostólicos: éste lee la vida de Cristo. La vida interior requiere intimidad, pero no es intimista: no se cierra entre nosotros y Dios, sino que se abre a todas las almas. Receptores de la Palabra de Dios, transmisores de la misma. En nuestras vidas deben encontrar el Cristo del que vivimos.

Seamos buenos hijos e hijas, alumnos y herederos de su escuela de oración. Vivamos la Palabra divina y vivamos de ella. Alimentemos así nuestras almas, iluminemos nuestra vida. Encontraremos la fuerza y la vida divina. Así responderemos con generosidad y fidelidad al querer de Dios y seremos los apóstoles que Dios quiere que seamos. Quienes estén cerca, podrán decir éste o ésta lee la vida de Cristo, y se sentirán atraídos por la vida del Señor. Entonces, la autenticidad y la madurez de nuestro encuentro con Cristo se manifestará en nuestro apostolado.

La Virgen. En Ella, el Verbo se hizo carne. San Juan se refiere con estas palabras a la Encarnación. Pero pienso que también podemos aplicarlas, en un sentido más general a toda la Palabra divina, que se hizo vida en la vida de María. Y la hizo Madre de todos, porque a todos alcanzó esa vida que nació de Ella.

Que nuestra Madre, nos acompañe, en este empeño de vivir de la Palabra de Dios, como nos enseñó San Josemaría.

 P. Eduardo Volpacchio

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